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El cura Greg Pilkington arriba a un pequeño pueblo irlandés para oficiar las ceremonias religiosas. Todo transcurre sin contratiempos hasta que una niña de 14 años le revela luego de confesarse que es abusada por su padre. A partir de allí se inscribe el dilema: violar el secreto de confesión o resguardarlo a cualquier costo. Paralelamente, esta situación lleva al sacerdote a responder respecto de su propia elección sexual. El film reflexiona con agudeza sobre cuestiones como la posición de la Iglesia, la religión católica, los límites de la Ley Divina y humana, el celibato, las mociones pulsionales y la homosexualidad.
Al respecto en su comentario, Salomone nos sitúa en el plano de la responsabilidad subjetiva, Greg no puede escapar de su deseo, de aquella ajenidad que desconociendo le pertenece, ese discurso que siendo ajeno es paradójicamente nuestro, el discurso del Otro. De eso, parafraseando a Freud, siempre se es responsable. La cuestión radica en qué hacer con ese deseo, con esa verdad inconmovible. Algo viene a interpelar al sujeto, a movilizarlo, a exigirle una respuesta que podrá ser un mero cierre del circuito o una verdadera responsabilidad subjetiva, una singularidad emergente, efecto sujeto.
Así la autora sitúa este momento en la confesión del padre de Lisa “es natural el incesto. Todos lo quieren hacer pero no se animan”, esto violenta a Greg, lo interpela pues el sigilo sacramental es inviolable bajo todo punto de vista. La hipótesis barajada es que allí no hay un sujeto, sino que, parafraseando a Lacan, Greg está sujetado, mero apéndice obediente del sistema sacramental: callarás en nombre de la ley, ese es tu destino. No hay decisión, el problema se plantea desde la moral, no la ética.
Son las palabras de la madre en la reunión los que llevan al sacerdote a correrse de la escena, se retira de la reunión, el cambio subjetivo ya ha operado. Algo se realiza en acto: Greg sube a su habitación e insulta a Cristo enfurecido, “¿cómo puedes permitir que ocurra semejante atrocidad?”, podría leerse mientras yo permanezco mudo porque me lo exige tu ley. Allí algo se quiebra, hay un pasaje al acto: la madre llega a la casa y ve al padre violando a su hija.
Greg se dice a sí mismo “no puedo seguir con esto”, hay una ruptura de la posición pasiva, obediente, un cuestionamiento de la legalidad, podría leerse ya no soy el hijo obediente de Dios, el hijo perfecto, el hijo sacrificado para dar lugar a la dimensión clínica del sujeto en situación, resumida en el siguiente interrogante “¿he actuado en conformidad con el deseo que me habita?”. Singularidad en situación, destotalización del universo previo que se revela particular.
Es en este sentido que podríamos trazar el circuito de la responsabilidad subjetiva que transita Greg con un Tiempo 1 en el cual la niña le confiesa “mi papá me hace todo tipo de cosas”, una acción que sólo se resignifica en un Tiempo 2 a la manera de la articulación significante S1-S2. En este caso la interpelación (T2) se puede ubicar en el momento en que el padre de Lisa se confiesa, en ese punto se produce una retroacción al T1 que exige una respuesta. Esto lo obliga a Greg a callar en nombre del secreto de confesión, dogma inviolable. Podríamos decir además, siguiendo a Salomone que en ese secreto de confesión también se juega el propio secreto no confesado de Greg.
Es en un Tiempo 3 cuando finalmente emerge la singularidad en situación. Durante una reunión, la madre de Lisa le dice “ella está bien, está con Phil” (el padre). Lisa está con Phil que la está violando, esto lo lleva a cortar, quebrar la legalidad “no puedo seguir con esto”. Acto seguido se enfrenta con Dios, creando el efecto sujeto. ¿Cómo puede permitir Dios tanto sufrimiento, en nombre del secreto de confesión? ¿Qué lugar le queda pues a él, Greg, en ese borramiento de subjetividad, en esa obediencia automática que parafraseando a Fariña impide la posibilidad de escuchar, tomando la palabra en su valor sólo de código? ¿Qué clase de hombre es? ¿Qué clase de hombre quiere ser? Se inscribe la decisión: no voy a ser el hijo de Dios.
Aparece la culpa necesaria para la responsabilidad subjetiva, no en tanto mero sentimiento de culpa (desde un lugar moral), sino culpa en tanto ob-liga a la responsabilidad subjetiva, a asumirse como sujeto deseante. Greg nunca más será el mismo. En la última escena Lisa y Greg se abrazan y lloran. Allí hay un lenguaje tácito de entendimiento: Lisa puede reconocer en él que se ha hecho cargo de su deseo.
Si bien nosotras nos hemos centrado en este lineamiento, no podemos soslayar el proceso de responsabilidad subjetiva que opera en Greg en relación a su homosexualidad. Hay algo en el dilema de violar o no el secreto de confesión frente al abuso de la niña que lo enfrenta con su propio deseo inconsciente, su verdad, sus propias contradicciones sexuales. El dilema se traslada a su posición como sujeto: seguir cegado ante la ley, callar, o llevar al acto, transitar la culpa que ob-liga a la responsabilidad en tanto sujeto deseante. Es responsable de su verdad más intima, inconsciente, de obrar o no en consonancia con el deseo que lo habita.
Sugerido el análisis del circuito de responsabilidad, debemos situar ahora los elementos de necesidad y azar en la situación. Podría pensarse que el hecho de ser Greg quien escucha el secreto de Lisa es azaroso, pues aquí coinciden tiempo y espacio; Greg es encomendado a confesar a unos niños entre los que se encuentra Lisa, que le revela ser abusada por el padre. En lugar de Greg podría haber estado en servicio otro sacerdote en ese momento preciso, la confesión se podría haber realizado en otra circunstancia pero la coincidencia espacio-temporal entre la revelación de Lisa y la presencia de Greg en el confesionario lo ubica a él como su confesor, desencadenando el dilema crucial de la película.
Finalmente en lo que concierne a la necesidad en tanto aquello que le es ajeno al sujeto y no puede modificar pero que a diferencia del azar no implica coincidencia espacio-temporal, podríamos ubicarla en las normativas del Código Canónico que declaran que el sigilo sacramental es inviolable, imponiéndose a Greg que sólo puede atenerse a su aplicación. En este sentido, nada le queda al sujeto, pues no puede elegir. Como señala Salomone, se dice el pecado pero jamás puede decirse el pecador.
En lo concerniente a la culpa consideramos que así como para asumirse como sujeto Greg debe transitarla, pero en el sentido de culpa que liga, que ob-liga a responder, a ser responsable, podemos también pesquisar figuras de la culpa en un sentido del sentimiento de culpa conciente, en tantos meras respuestas, anteriores al tiempo 3 cuando emerge el sujeto.
Así, por ejemplo encontramos el arrepentimiento de llamar al Servicio Social para denunciar el abuso pues no puede violar el secreto de confesión así como la proyección de su culpa en la figura de Dios “Vociferarías, si vieras esto, haz algo, bastardo, Yo sólo soy un sacerdote, me crucificarían”. Podría leerse haz lo que yo no me atrevo a hacer, mi culpa es seguir tu dogma, tu palabra, letra de Dios; soy culpable por tu culpa. También hallamos este mismo mecanismo en “yo le pido ayuda (a Cristo) y él me hace las cosas más difíciles”, como si él sólo fuera un engranaje más del sistema y no un sujeto capaz de decidir; un mero instrumento parafraseando a Contardo Calligaris.
Finalmente podría pensarse que aparece la negación de la responsabilidad, pues Greg se acerca al padre de Lisa para decirle “no lo haga más porque a Lisa le está haciendo daño”, como si bastara con una observación tan inocente para que se repare el daño, para que cese el abuso sexual, cuando en realidad debe intervenir el plano deontológico, la Ley Social.
Aquí podríamos esbozar una relación con la responsabilidad jurídica: Greg sabe que lo que hace el padre de Lisa es un delito, no hay argumentación posible para exculparlo, la situación trasciende cualquier análisis. Un padre viola a una niña menor de edad, es la aberración más extrema jamás pensada, escapa a la palabra, a la simbolización: es la ruptura simbólica. La ley debe venir aquí a resarcir ese quiebre, restituir el lazo simbólico, enfrentar al padre con su acto. En palabras de Salomone, la aplicabilidad del código tendría en este caso la función de una verdadera intervención clínica.
Para concluir este análisis podríamos esbozar una analogía conceptual con el cuento de Jean Paul Sartre “El muro” en relación a los avatares de su protagonista Ibbieta.
Aquí podríamos situar el azar en el hecho de que él dice que Gris está “en el cementerio” creyendo mentirles a los falangistas cuando en realidad esto es certero. Esa coincidencia espacio-temporal es azarosa, pues Ibbieta desconocía que Gris había modificado su refugio. Recordemos que esta dimensión podemos situarla en “Priest” en la coincidencia de la revelación de Lisa con la presencia de Greg en el confesionario en ese mismo momento.
En cuanto a la necesidad en el cuento de Sartre la recortamos en la situación que atraviesa España en esa época (La guerra civil) y la existencia de la Falange con sus maniobras extorsivas, acontecimientos que se imponen al sujeto y enmarcan su posición. Podríamos decir: de eso no es responsable Ibbieta, tampoco del hecho de que Gris cambiara su guarida.
La responsabilidad subjetiva emerge aquí de la posición frente a aquello que lo interpela, ese Tiempo 2 que resignifica aquella acción inicial y exige una respuesta. Ibbieta es responsable de su deseo de vivir, no es culpable desde el sentimiento moral que sólo atañe a la conciencia, es responsable de querer prolongar su vida, encontrando en el cementerio una tumba para Gris evitando ese destino para sí mismo. En ese punto, sí decide. Allí radica el efecto sujeto, el acto ético, de eso debe dar cuenta; de ese saber no sabido, de eso impensado e inesperado: su verdad última. Tiempo 3 que culmina el circuito en un movimiento de apertura, no de cierre, con la emergencia de la singularidad en situación, efecto de subjetivación.
Lo mismo sucede en la situación de Greg frente a la confesión del padre de Lisa “es natural el incesto y lo voy a seguir haciendo” , hecho que lo interpela, lo violenta, lo hace enfrentarse con una pregunta crucial: ¿callar o asumir/ se en su responsabilidad?
Para emerger como sujeto, Greg abandona ese lugar soñado, del hijo pródigo de Dios, y se asume en su mortalidad, en su culpabilidad más íntima; inconciente. Así cuando le dice a Lisa “perdóname” podríamos leer: “perdóname por mi temor, mi miedo, miedo a ser, ser sujeto”. Aquí ya ha operado el viraje desde lo moral al acto ético, por eso Lisa lo abraza en la escena final. Recordemos, nadie es más ético que otro: hay actos éticos, el de Greg lo es.
Al fin y al cabo, tal como plantea Mosca sujeto es siendo, nunca del todo realizado, en permanente incompletud, dueños de un saber no sabido, ignorado, ajeno pero paradójicamente, propio. Hay un destino del cual no pueden escapar ni Greg ni Ibbieta: su propio deseo.
De nosotros depende asumir esa responsabilidad que trasciende lo moral, ese acto ético que violenta el universo previo que se revela particular. Tal como afirma Lacan, de la posición de Sujeto siempre somos responsables. Aunque a veces lo olvidemos.

BIBLIOGRAFIA UTILIZADA

 Priest (Actos privados). Dirección: Antonia Bird. Gran Bretaña. 1994.

 Calligaris, C.: La seducción totalitaria. En Psyché, 1987.

 D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.

 Jinkis, J. (1987). Vergüenza y responsabilidad. Conjetural, número 13. Editorial Sitio. Buenos Aires.

 Michel Fariña, J & Gutiérrez, C. (1996). Veinte años son nada. Causas y azares. Número 3. Buenos Aires.

 Mosca, J.C. (1998). Responsabilidad, otro nombre de sujeto. En Etica: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.

 Salomone, G.Z. :El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol.I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



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