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A confesión de partes, relevo de pruebas...

por Salomone, Gabriela Z.

Lisa ha confesado sus pecados y el Padre Greg da por concluido el acto sacramental. Pero la niña no se retira. Se muestra turbada y, aunque dubitativa, es evidente que quiere decir algo. –"Es todo Lisa. Hay gente esperando". Finalmente, habla: –"Él me obliga a hacer cosas." –"¿Quién?". –"Mi papá."

¿Confesó Lisa un pecado o relató su infierno personal?

Según el Código de Derecho Canónico: "El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo"[1]. En otros términos, el sigilo obliga a guardar secreto absoluto de todo lo confesado en orden a la absolución –in ordine ad absolutionem-, lo cual impide que el sacerdote traicione al pecador. Todo aquello confesado como pecado en busca de la absolución deberá ser mantenido en secreto. Y aún cuando el sacerdote necesite consejo para tratar una confesión, estará facultado para decir el pecado, pero no el pecador.

En este sentido, la descripción de la escena toma un valor distinto. No habla la pecadora cuando relata el abuso de su padre, sino que Lisa espera a que termine la confesión para hacer la confidencia. Entonces, vale la pregunta: ¿por qué el Padre Greg no decidió en ese momento intervenir? ¿Es que, tal vez, entendió que Lisa estaba confesando un pecado? ¿Pensó a Lisa pecadora en esa historia? Tal vez haya sido éste el motivo por el que se detuvo…

Hay que hacer notar que los devaneos del Padre Greg en relación al secreto de confesión, sólo surgen a partir de la perversa jugada maestra del padre de Lisa: habiéndose acercado al confesionario y relatándole al sacerdote los hechos, lo imposibilita absolutamente de revelarlos. Ahora sí se trata del pecador confesando sus pecados. Frente a esto, previsiblemente, el sistema de valores religiosos, especialmente aquellos vinculados a la función sacerdotal, se impone. Fuente de sentidos que, organizando su existencia, le han permitido configurar una posición voluntaria de obediencia y devoción.

La obligación del secreto de confesión lanza al sacerdote a su pequeño calvario de dudas. En este conflicto moral, Greg está sitiado. No obstante, insiste en plantearlo en esos términos. No puede decidir, la duda lo atormenta. Pero hay que decirlo: no puede decidir porque evita plantear el conflicto en el campo de la decisión. Si bien se trata de un secreto, tal vez no se trate sólo del secreto de confesión sino de un secreto no confesado.

Un dato a hacer notar es que la escena frente al crucifijo es exactamente eso: le hace una escena a Jesús. Reclamos, reproches, celos, envidia… "¡Tú podías hablar, eras el hijo de Dios! Tú ponías las reglas. Yo no soy el hijo de Dios. Soy sólo un sacerdote. Sólo soy un sacerdote católico. ¡No puedo cargar con dos mil años de historia! Eso sería orgullo, sería arrogancia…". Y finalmente, la verdadera confesión–: "¡Me crucificarían!".

El equívoco nos permite la conjetura: Greg acaba de confesar su temor al lugar siempre deseado, el lugar del hijo perfecto de Dios. Ese lugar lleva al sacrificio. Siempre lo supo, pero gozó en la ilusión de alcanzarlo. Ahora, se disponía a abandonarlo.

El cambio ya se había anunciado cuando se retiró de la reunión, pero él todavía no lo sabía[2]. Tampoco sabía las consecuencias que eso iba tener en la historia de Lisa; pero, menos aún, sabía la incidencia que la historia de Lisa había tenido sobre él.

Hasta entonces, se las había ingeniado para que sus prácticas sexuales no perturbaran su santísimo virtuosismo. Se despojaba del cuello clerical –testimonio de la consagración a Dios– y se lanzaba a la aventura de ser igual a todos los demás. Luego, enfundado nuevamente en su atuendo, volvía a la severidad moral para sí y hacia el resto. Pero con Graham, el hombre que acababa de conocer, fue diferente. Los escenarios comenzaron a mezclarse. No sólo porque estuvo presente en una misa celebrada por Greg, sino también –y especialmente- porque para Greg él no era uno más. El lugar del hijo perfecto consagrado a Dios Padre empieza a resultarle insostenible, tanto como insoportable la idea de perderlo.

No revelar(se) el secreto lo mantendría en aquella deseada y temida posición.

Volvamos a la escena. Se levanta abruptamente de la mesa, entra a su cuarto, –"haz algo, no te quedes ahí colgado desgraciado… Le contaré a alguien. ¡Eso harías tú! (…) ¡Tú dirías ‘esa niña soy yo’!"

El equívoco nuevamente nos da pistas en relación a la posición del sujeto: ahora sí ha decidido salvarla/salvarse del sacrificio al padre.

[1] Código de Derecho Canónico. Libro IV La función de santificar la Iglesia. Título IV Del sacramento de la Penitencia; Capítulo II: Del ministro del sacramento de la penitencia; canon 983, 1. El subrayado es nuestro.

[2] Fariña, J.J. Acto público, en este volumen.



NOTAS

Película:Actos Privados

Titulo Original:Priest

Director: Antonia Bird

Año: 1994

Pais: Gran Bretaña

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