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Trabajo Práctico.

Psicología, Ética y Derechos Humanos.

Materia: Psicología, Ética y Derechos Humanos.
Cátedra: I. Comisión: 8.
Titular: Juan Jorge Fariña.
Profesor: Gervasio Noailles.
Alumnos: Arévalo, María Laura. DNI: 31576321.

Arra, Hernán Guido. DNI: 31438285.

Fecha: 27 de Octubre. Año: 2010.

“Lo que es imperativo es la idea de una subjetivación siempre posible, de la cual la locura es una simple imposibilidad contingente”.

Alain Badiou.

Nieva en la tranquila noche vienesa. El imperturbable silencio de la noche se rompe irremediablemente con unas exclamaciones desesperadas, desgarradoras, proferidas desde el interior de una habitación: “¡Mozart! ¡Perdona a tu asesino! ¡Lo confieso, yo te maté! ¡Si, yo te maté! ¡Piedad! ¡Perdóname Mozart! ¡Perdona a tu asesino!”. De pronto, un grito desgarrador, un estruendo de piano, el golpe seco de algo que cae. Unos sirvientes derriban la puerta e irrumpen en la habitación. Un anciano Antonio Salieri se desangra en el piso. Se ha cortado el cuello con una navaja.
No pasa de un intento de suicidio, el músico se salva y es internado en un manicomio. Allí un cura se acerca a su habitación para escuchar su confesión y de ese modo darle el perdón divino. “¡Déjame en paz!”, es lo primero que Salieri dice hoscamente sentado al piano. El cura insiste. “¿Sabes quién soy?” pregunta Salieri. Y el cura le responde: “Eso no importa. Todos somos iguales ante Dios”. “¿Lo son?”, lo interpela, súbitamente interesado, Salieri al cura; aunque parece más bien haberse sentido él mismo especialmente interpelado por la frase. “Ofréceme tu confesión. Puedo ofrecerte el perdón de Dios”, vuelve a insistir el cura. Salieri toca dos melodías propias que el cura no reconoce y una tercera, de Mozart, que el cura identifica con alegría. “No es mía, es de Mozart” señala con amargura. “El hombre del que te acusas haber matado. ¿No es verdad? Si tienes algo que confesar hazlo ahora. Dale paz a tu alma”, el cura insiste una nueva vez y el músico italiano comienza a contarle su historia que inicia con la frase: “El era mi ídolo…”, que el cura escucha sin interrumpir.
Tras haberle relatado su historia, dominada por los celos y la envidia, el odio, pero también el amor, la admiración, hacia Mozart y su extraordinario talento musical. Y de haberle detallado su macabro plan de encargo de una misa para muertos al músico vienés, disfrazado, a los fines de torturarlo, del fantasma de su padre recientemente fallecido; un réquiem que sería tocado en su funeral, y cuya autoría se atribuiría. Y por último relatarle cómo el mismo plan se vio malogrado, por el avance vertiginoso de la enfermedad de Mozart y su precipitada muerte, y el regreso inesperado de la esposa que guarda la obra inconclusa bajo llave. Tras esto, Salieri ríe, burlón, altanero, y dice, ante un cura agobiado tras el relato: “Tu Dios misericordioso. Él destruyó a su propio amado, antes que dejar a la mediocridad compartir la más pequeña parte de su gloria ¡Él mató a Mozart! Y a mí me dejó vivir para torturarme…” Entonces, un enfermero irrumpe en la habitación y un Salieri con aires de delirio místico, proclamándose orgullosamente a sí mismo “el Santo Patrón de los mediocres”, predica la absolución de todos los mediocres del mundo y de todos aquellos que lo rodean, mientras es llevado en silla de ruedas al baño del manicomio donde permanecerá el resto de sus días.

Por el recorte situacional con que hemos comenzado, resulta casi redundante decir que el personaje de la película que elegimos para el presente trabajo de articulación teórico-práctica es el de Antonio Salieri. El cual se halla, a nuestro juicio, en una situación comparable, en términos teóricos, a la de Ibbieta, el personaje del cuento “El muro” de J. P. Sartre. Esto es, nuestro personaje, Antonio Salieri, oportunamente, toma la decisión de llevar a cabo una acción con determinados fines, entendiendo que ésta se agota en los mismos, y no obstante, por obra del azar, la necesidad y la grieta que entre ellas se abre, la subjetividad del personaje, la acción no responde a los cálculos esperados, lo que luego va a dar lugar a una vuelta sobre la misma, resignificándola, en un tiempo de interpelación, a propósito de la implicación del sujeto en relación a su acto, es decir, acerca de su responsabilidad subjetiva.
En el relato que nuestro personaje hace de los acontecimientos, esa operación historiadora a la cual se ve movilizado por el cura, que más adelante articularemos como efecto retroactivo propio de un tiempo dos de interpelación subjetiva, un movimiento de retorno sobre lo dicho y hecho. En ese relato, decíamos, Salieri formula su plan de encargar, de incógnito, disfrazado del fantasma de su padre, una misa para los muertos a Mozart, un réquiem que sería tocado por el mismo Salieri, “su amigo entrañable”, cuya autoría se atribuiría, en su funeral. Un designio manifiesto de plagio, con tortura incluida. Y en esa dirección, en efecto, se emprende nuestro personaje y hace y dice todo tal cual lo había planeado. Tal es la acción llevada a cabo con fines determinados, entendiendo que en ellos se agotaba, que ubicamos semejante a la de Ibbieta.
Sin embargo, algo inesperado sucede, como también a Ibbieta. O mejor dicho, una serie de sucesos inesperados suceden, por obra del azar, la necesidad y también por obra de la responsabilidad del sujeto: el estado de salud de Mozart es cada vez peor y éste no consigue terminar con la obra encargada. Eventualmente, una noche sufre un desmayo en medio de un concierto, y Salieri, abriéndose paso entre el público, lo recoge y lo lleva a la casa del músico, que hace unos días su esposa había abandonado. Una vez allí, mientras Mozart agoniza en el lecho donde encontrará su muerte, Salieri se ofrece a tomar dictado de la misa para así poder concluir la obra. Pasan toda la noche trabajando en colaboración, Mozart dicta y Salieri escribe. Destellos de una batalla entre la envidia y la admiración iluminan el rostro de Salieri. La obra avanza. Asoma el día por la ventana y el genial músico vienés parece estar cada vez más cerca de la muerte. Salieri imperturbable quiere continuar. No obstante, ante el estado de Mozart se impone un descanso. Entonces, mientras reposan, llega la esposa con su hijo y ésta pretende echar a Salieri de su casa. Recoge las hojas escritas y las encierra bajo llave en un armario. Salieri con impotencia, al ver que su plan se malogra, se las pide, se niega a retirarse. Acto seguido Mozart muere en el lecho.
Obra del azar y la necesidad, lo casual, lo forzoso, es decir, los elementos que constituyen el campo de la determinación frente al cual el sujeto es responsable sólo en la medida de la posición que toma ante ellos, son: el rápido avance de la enfermedad de Mozart y su muerte precipitada, justo en ese azaroso momento en que estaban por terminarla, (si bien Salieri aporta lo suyo con su influencia para que no consiga trabajo en la corte y el tormento con la figura del padre), en base a lo cual no puede terminar la misa encargada por Salieri, así como el regreso inesperado de la esposa a la casa, también justo en ese azaroso momento, y su decisión de encerrar bajo llave la obra inconclusa. También lo es ese fantástico momento de trabajo compartido donde Mozart dicta y Salieri escribe. Pero allí claramente ya comienza a esbozarse algo del orden de la responsabilidad subjetiva (no porque antes no la hubiera, dado que como hemos dicho ésta se manifiesta en la toma de posición del sujeto, esa grieta que se abre entre el azar y la necesidad), por un lado, porque Salieri pone lo suyo para ayudarlo en la escritura de la obra, aunque sea con los fines de luego atribuírsela a su autoría, y por el otro, en tanto lo ve penosamente agonizar a Mozart, y no lo ayuda sino que persiste en su plan de plagio y tortura con la figura del padre. Incluso cuando Mozart esta en cama agonizando y tocan el timbre sus compañeros de trabajo para darle la paga, Salieri inconmovible le da el dinero diciéndole que se lo había dado el fantasma del padre.
Pero antes de abordar en profundidad la dimensión ética de la responsabilidad subjetiva a partir del circuito de la responsabilidad se nos impone delimitar de manera clara su diferencia con la responsabilidad jurídica, para lo cual vamos a recurrir a los trabajos de D´amore y Salomone. Su diferencia, hemos dicho, apresurándonos a señalar que no se trata de contrarios, ni tampoco complementarios, sino de suplementarios, un primer y segundo movimiento constituyentes de la ética contemporánea que expresan la dialéctica entre lo particular y lo universal singular, un “más allá” de la dimensión jurídica, particular, del sujeto ante Ley, soportado en un orden que comparte con otros. Un “plus” que apunta a la dimensión ética como horizonte en quiebra. Aún en la locura (independientemente de si se trata en este caso de una psicosis o no, lo cual excede el propósito de éste trabajo), como apuesta la frase de Badiou que elegimos como portada.
Y es que desde el punto de vista moral, que es la dimensión de la responsabilidad jurídica, Salieri, el “loco” Salieri, internado en un manicomio, no es culpable, ha sido exculpado por el Derecho, y como no hay responsabilidad sin culpa, tampoco es, jurídicamente, responsable. Podemos así decir que se le ha quitado el derecho a hacerse responsable, en ese sentido, por no contar con los requisitos básicos que hacen al sujeto-joya del Derecho, dueño y señor de sus actos: “faltan” la razón, especialmente, y la intención, que sin dudas se halla corrompida en alguien que ha “perdido” la razón. Queda, de ese modo, incluido nuestro personaje, como loco, dentro de la categoría de los jurídicamente inimputables, incapaces de responder en tanto no se les puede imputar culpa. De ese modo, desde el punto de vista jurídico-moral la responsabilidad de nuestro personaje queda anulada bajo la figura de desresponsabilización del “loco”.
No es así desde el punto de vista ético, singular, de la responsabilidad subjetiva, en donde la responsabilidad no se reduce, como en el discurso jurídico, a la posesión de la razón, a la intencionalidad consciente, sino que va “más allá” de las fronteras del yo: hacia la experiencia singular del deseo inconsciente. En este sentido, comenzaremos a abordar el campo de la responsabilidad subjetiva a partir de la introducción de los tiempos lógicos de su circuito.
Es en la primera escena que hemos narrado en el recorte situacional del inicio, en donde un anciano Salieri, mucho tiempo después de lo sucedido, se atribuye el asesinato de Mozart e implora piedad y perdón para terminar en un intento de suicidio, donde se observa algo del orden de una interpelación subjetiva, de un tiempo 2, una culpa desbordante por lo acontecido, por lo dicho y hecho, autorreferencial, que culmina en un pasaje al acto. Entendemos que algo en su interior ha vacilado, lo ha interpelado, y la respuesta del personaje es el sentimiento de culpa desbordante, el autorreproche yoico y el pasaje al acto.
En la segunda escena que hemos mencionado en el recorte situacional, en donde el cura le ofrece la confesión, ante la cual el anciano músico primero reacciona con desdén e indiferencia, la pronunciación por parte del cura de la frase “Todos somos iguales ante Dios”, pese a su efecto particularista, homogeneizante, parece remover algo en el interior de nuestro personaje, algo lo interpela subjetivamente y lo convoca a revisar sus acciones, a volver sobre ellas. El cura, de ese modo, al pedirle su confesión, le da la palabra, que jurídicamente se le ha denegado y, casi al modo de un analista, con su escucha, le brinda la oportunidad de revisar su historia, de volver sobre lo dicho y hecho, a modo de efecto retroactivo propio de un tiempo 2 de interpelación subjetiva, y así fundar un tiempo 1, en su resignificación, que sería, puntualmente, el plan de plagio con tortura incluida y sus consecuencias inesperadas. Sin embargo, bien lo sabemos, un cura no es un analista y en el mismo movimiento de apertura del circuito, el cura lo cierra, lo tapona, con la frase: “Escucho tu confesión. Puedo ofrecerte el perdón de Dios. Dale paz a tu alma”. Es decir, posibilita un retorno sobre la acción, pero al mismo tiempo imposibilita la implicación del sujeto al desculpabilizarlo con el perdón divino, propiciando su desresponsabilización sobre aquello que le pertenece. Una vez más, la dimensión particular, general, de la moral, antes desde la razón, con el derecho, y ahora desde la fe, con la religión, obstruye rápidamente la posibilidad de indagar algo de su responsabilidad subjetiva en el asunto, de conocer algo de su verdad singular.
Salieri, entonces, interpelado subjetivamente por la frase del cura, interpelación cuya causa articularemos más adelante en la hipótesis clínica del trabajo, es obligado a volver sobre lo que ha hecho, y es entonces cuando, convocado a responder, ríe, burlón, altanero, acusa a Dios de haber matado a Mozart, y se proclama “Santo Patrón de los mediocres”. Negación y proyección de la culpa hacia Dios, primero, y sustancialización del yo como “Santo Patrón” después. Defensas yoicas que obturan la responsabilidad subjetiva.
En síntesis, destacamos dos respuestas frente a la interpelación subjetiva provocada, primero, por las consecuencias inesperadas de su accionar y, más tarde, por la frase del cura que lo moviliza, y que con efecto retroactivo lo hacen volver sobre su accionar para resignificarlo, dos figuras de la culpa: autorreferencial la primera, yoica, se acusa a sí mismo de haber matado a Mozart y desbordante de culpa intenta suicidarse, y de negación y proyectiva la segunda, al acusarlo esta vez a Dios de tal crimen.
Por último, a modo de conclusión, elaboraremos una hipótesis clínica que intente dar cuenta de las razones por las cuales Salieri se ve interpelado en ambas ocasiones señaladas: la que lo lleva a acusarse de homicidio y al intento de suicidio, y la frase del cura que lo lleva a revisar lo cometido y a acusar a Dios y proclamarse “Santo Patrón de los mediocres”.
En este sentido, ubicamos dos complejos inconscientes activados en la interpelación. El primero se refiere a la ambivalencia de amor-odio de Salieri hacia Mozart. Ese complejo sentimiento que lo divide entre la admiración y la envidia más profunda. Salieri no deja nunca de alabar el talento musical de Mozart. Tampoco, por cierto, deja de envidiarlo y celarlo ante Dios, que le ha dado ese don al otro (con minúscula, y así mencionamos de paso la rivalidad imaginaria especular de él o yo que lo domina). Y que llega a su punto cúlmine en la maravillosa escena de trabajo compartido.
El segundo - cuya clave nos la aporta el título que el director ha elegido para su película: “Amadeus”, que etimológicamente significa “amado por Dios” -, alude, por otra parte, al complejo paterno, que el cura activa con el significante “todos somos iguales ante Dios”, que en el andarivel suplementario del inconciente mediante la sustitución metafórica de Dios por Padre sonaría así: “todos somos iguales ante el padre”. Actualizando una de las raíces inconcientes del odio feroz hacia Mozart, el hecho de que él fuera amado y apoyado por el padre, mientras que Salieri no –no solo refiere que no era amado ni apoyado por su padre, sino que llega a desear su muerte, para poder dedicarse a la música. En ese sentido, Salieri comienza su relato destacando ese detalle diferencial entre el niño Mozart y el niño Salieri, y sabemos muy bien la importancia que Freud le daba a las primeras comunicaciones.
Muerto el padre, en su adolescencia Salieri establece un pacto con Dios donde le pide ser músico a cambio de su castidad y laboriosidad. Y así llega a ser compositor de la corte. Pero irrumpe Mozart con su extraordinario talento musical y poco a poco los celos y la envidia desintegran la relación con Dios hasta llegar a proclamarse su enemigo. Entonces concibe su plan inspirado en una obra de Mozart la cual representa a su padre Leopold vuelto de la muerte. Salieri se disfraza del padre y atormenta a Mozart.
Bibliografía:

• D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.

• Mosca, J. C. (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.

• Salomone, G. Z.: El sujeto autónomo y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006

• Salomone, G. Z.: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



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