por 

PSICOLOGÍA, ÉTICA, Y DERECHOS HUMANOS

SEGUNDA EVALUACIÓN

ALUMNA: FELTREZ, MARÍA ROCÍO
DNI: 33309897
E-MAIL: ROCIOFELTREZ@HOTMAIL.COM

DOCENTE: PATRICIA GOROCITO
COMISIÓN: 16

18.11.2009
CONSIGNA DE EVALUACIÓN

Elija un film, un texto literario o alguna otra producción narrativa en la que se despliegue y pueda ser recortada una singularidad en situación. En caso de elegir una creación cinematográfica, la misma debe haber sido realizada entre el año 2005 y el presente (salvo condiciones excepcionales, las cuales deben ser autorizadas por el docente a cargo de la comisión de trabajos prácticos).

En ese recorte, escoja a un sujeto que tome una decisión comparable, en términos teóricos, a la de Ibbieta, el personaje del cuento “El Muro” de J. P. Sartre.

Analícela ubicando sus coordenadas en los tiempos lógicos del circuito de la responsabilidad y explicitando la hipótesis clínica que establezca respecto de qué debe responder el sujeto, en términos de responsabilidad subjetiva.

Incluya las referencias relativas a las categorías de necesidad y azar, así como a las de culpa y responsabilidad.

Articule con las categorías trabajadas a propósito de: la ética como horizonte en quiebra; el acto ético; lo universal-singular; la moral de lo particular y –si resulta pertinente– el efecto particularista.

LE FABULEUX DESTIN D’AMÉLIE POULAIN: ANÁLISIS DESDE EL PADRE

Título: Amélie
Título original: Le fabuleux destin d’Amélie Poulain
Dirección: Jean-Pierre Jeunet
País: Francia, Alemania
Año: 2001
Fecha de estreno: 19/10/2002
Duración: 122 min.
Género: Romance, Comedia
Reparto: Audrey Tautou, Mathieu Kassovitz, Rufus, Lorella Cravotta, Serge Merlin, Jamel Debbouze, Clotilde Mollet, Claire Maurier, Isabelle Nanty, Dominique Pinon

Basaré el análisis en el padre de Amélie; Raphaël Poulain.
Raphaël es un médico, retirado del ejército, de carácter frío, y poco sociable. Siempre mantuvo con Amélie, su hija, una relación algo peculiar: cuando era niña, sólo se producía entre ambos contacto físico una vez por mes, al realizar el chequeo clínico de rutina. La emoción que le generaba a Amélie este extraño y esporádico acercamiento, hacía que su corazón latiera más fuerte de lo normal, hecho que favoreció que el padre la creyera víctima de una anomalía cardíaca.

La madre de Amélie, Amandine Fouet-Poulain, presentada al espectador como con características neuróticas, muere de manera trágica: una tarde, decide llevar a Amélie a Notre Dame a prender una vela y pedir por un hermano menor, y en el mismo instante en que salen de allí, una turista suicida decide acabar con su vida: se arroja desde lo alto de la Catedral, e impacta contra Amandine, quien muere al instante. Podemos ubicar aquí, algo del orden del azar. A la vez, puede tomarse a la muerte como perteneciente al orden de la necesidad, como algo determinante, fuera de todo control posible.
A partir de la muerte de su esposa, Raphaël Poulain comienza a vivir – aún más – la vida como muerto. Atraviesa la vida como un fantasma.
Una voz en off comenta acerca de Amélie: “Le monde extérieur paraît si mort qu’Amélie préfère rêver sa vie en attendant d’avoir l’âge de partir…” – “El mundo exterior parece tan muerto, que Amélie prefiere soñar su vida esperando tener la edad de partir…”.
Raphaël, dedica sus días a la construcción y cuidado de un mausoleo, un monumento funerario donde yacen las cenizas de su difunta esposa. Luego de unos años, Amélie se va de su casa y comienza a trabajar como camarera en el “Cafe des deux moulins“.
Amélie visita a su padre los fines de semana. Un día se encuentra con que Raphaël está barnizando a un gnomo de jardín. Este gnomo no era del agrado de Amandine, es por eso que estaba guardado. El padre le comenta a Amélie que piensa colocarlo en el mausoleo, para que se reconcilien.
Amélie le sugiere a su padre que use el dinero de su jubilación para viajar. Él le contesta que cuando su madre vivía les hubiera gustado viajar, pero que no lo podían hacer, por su corazón: tenían que cuidar de ella. Esta queja lo protege de la responsabilidad. “Pero ahora… ahora...”, termina diciendo Raphaël, sin saber qué argumento dar. De esta forma, Raphaël sostiene un universo (egosintónico) particular, que enmarca sus días, y sigue la lógica de la completud. La lógica de lo particular es la lógica del narcisismo, de la consistencia. Mantiene estrecha relación con la moral. Tomando a Ariel, podemos decir que la moral es la pereza de la existencia, es un dormir en los signos del Otro.
En relación al circuito de la responsabilidad, desde una perspectiva teórica y siguiendo a María Elena Domínguez, podemos decir que en un tiempo uno se realiza una acción determinada en concordancia con el universo de discurso en que el sujeto se halla inmerso y que, se supone, se agota en los fines para los que fue realizada, la cual se ve confrontada en un tiempo dos con algún indicador que le señala un exceso en lo acontecido otrora. Tiempo donde el universo particular soportado en las certidumbres yoicas se resquebraja, posibilitando la emergencia de una pregunta sobre la posición que el sujeto tenía al comienzo del mismo. Momento propicio para la emergencia de una singularidad que, en consonancia con lo universal, demuestre la incompletud del universo previo junto con la caída de los ideales que allí lo sostenían. Acudiremos aquí al après coup freudiano para poder retroactivamente hallar en el lazo asociativo entre 1 y 2, una hipótesis clínica, que sitúe la naturaleza de esa ligadura. Es decir, si algo ha emergido en el segundo tiempo des-ligado del universo particular, éste buscará re-ligarlo hallando una explicación a su presencia. Finalmente, será necesario un tiempo tres que verifique la responsabilidad subjetiva, una toma de posición en relación a lo universal inscribiendo un acto que produzca un sujeto.
En base a la película, y tomando como se mencionó anteriormente al personaje de Raphaël Poulain, podemos ubicar un tiempo uno en una serie de acciones que el padre realiza: creer a su hija víctima de una anomalía cardíaca y ponerla como causa de la imposibilidad del cumplimiento de su deseo de viajar, dedicar sus días esclavizado al cuidado de un gnomo de jardín y de las cenizas de su esposa.
El tiempo uno – como plantea Domínguez, en base a los estatutos del síntoma en Lacan – se corresponderá con un síntoma egosintónico, un síntoma que al hallarse en la misma sintonía del yo pareciera conformar aquello que hace a un rasgo propio del sujeto y que se agota allí en lo que podríamos llamar su forma de ser o carácter. Un síntoma que no interroga, que no remite a Otro.
Amélie, por su parte, dedica sus días a hacer más feliz la existencia de los demás, inventando toda clase de estrategias que le permitan intervenir, sin que se den cuenta, en sus vidas. En un momento, mirando el televisor, fantasea su propia historia de vida: como vengadora del bien, ayudando a la humanidad. Una voz, dice acerca de ella: “Amélie Poulain, muere a los 23 años, arrepentida por no haberle podido dar a la asfixiante vida de su padre ese respiro que le dio a tantas otras vidas...” Aquí, Amélie decide hacer algo por él: intenta despertar su deseo.
Podemos ubicar, en un tiempo dos, la acción que realiza Amélie, al sustraerle al padre – de manera encubierta – el gnomo de jardín, dárselo a una amiga azafata y encomendarle a ésta que le saque fotos en todos los lugares del mundo a los que viaje y se las envíe a Raphaël por correo, de manera anónima. Aquí, él es interpelado. Se encuentra un día con que el gnomo no está, y comienza a recibir fotos del mismo en distintas ciudades del mundo. En esta desaparición, enigmática, inesperada, que implica cierta incertidumbre, puede también entreverse algo del orden del azar. Surge un elemento heterogéneo, diverso, que impacta contra el universo previo y lo desafía. Esto quiebra esa completud previa, ese todo. Debe ser nombrado, incorporado; no sin modificaciones. La lógica de lo universal-singular, es la lógica del sujeto dividido, de la inconsistencia.
Días más tarde, Amélie va a visitar al padre, quien – como de costumbre – no le presta atención. Éste le pregunta reiteradas veces cómo esta, y Amélie se da cuenta de que su pregunta no responde a un verdadero interés por saber acerca de ella, sino que es algo automático, tan automático y monótono como transcurren sus días. Para probar esto, Amélie le contesta: “tuve dos infartos, un aborto y tomé drogas duras durante mi embarazo. Aparte de eso estoy bien” a lo que el padre le responde: “bueno”.

Amélie le dice que notó que el gnomo desapareció, y Raphaël le muestra una foto que le llegó, del gnomo en Moscú. Amélie le dice: “¿quiso recorrer el mundo?” y el padre le contesta, asombrado, afectado: “no lo entiendo… no lo entiendo”. Aquí puede entreverse algo del orden de la culpa. Amélie, interviene cual psicoanalista, entendiendo que la tarea de tal tiene que ver con la introducción del sujeto en el orden del deseo.
Como plantea Juan Carlos Mosca, ¿cuál es la importancia de cómo se ubique el Sujeto frente a esto que “le ha sucedido”? Eso inesperado e impensado que le ha sucedido lo toca de cerca, “realmente” lo toca. No es puro “bla-bla”. Roza lo real, pero todavía falta una segunda vuelta, que recorte la posición del Sujeto. De ese roce, que hace marca, la segunda vuelta plantea qué hacer con esa marca. Esto plantea una elección: o por el Otro y el sentido, o por el Sujeto, la verdad, y la responsabilidad.
Amélie lo interpela, y la respuesta esperable – como plantea Oscar D’Amore – queda supeditada a ese pasaje por la culpa; en la que ya no cuenta la intención y la pretendida autonomía de conciencia, pues introduce un dimensión deseante más allá de ella. Este tiempo dos, resignifica al tiempo uno.

Como hipótesis clínica, teniendo en cuenta los tiempos uno y dos, podemos ubicar a Raphaël Poulain como un sujeto con una estructura Neurótica Obsesiva. Entendiendo que la Neurosis es solidaria de la estructura de una pregunta, podemos afirmar que en la Neurosis Obsesiva, ésta pregunta se centra principalmente en torno al ser, y la muerte. Responde a la castración del Otro, a la falta del Otro, al deseo del Otro, de un modo neurótico. Degrada el deseo a la demanda: por ejemplo, al creer a su hija víctima de una anomalía cardíaca, genera él mismo la demanda del cuidado de su hija, dejando sus propios deseos postergados, viviendo como esclavo de un amo. Manteniendo a un Otro completo, consistente, no hay lugar para su deseo.
Tomando a Heidegger, puede entenderse que no asume el ser-para-la-muerte, la muerte como posibilidad de todas las posibilidades. Se somete al señorío de un Otro, encarnado en la anomalía cardíaca de Amélie, el cuidado del mausoleo de su esposa y del gnomo de jardín. Renuncia a pronunciar una palabra propia, en consonancia con su deseo. Según Heidegger, el ocultamiento de lo terrible de nuestra condición, lleva a una vida inauténtica. La autenticidad consistiría, entonces, en reconocer que somos un ser-para-la-muerte. En palabras de Lacan – en el Seminario 1 –: “¿Qué espera el obsesivo? La muerte del amo. ¿De qué le sirve esta espera? Se interpone entre él y la muerte. Cuando el amo muera todo empezará (…) Más allá de la muerte del amo, será preciso que afronte la muerte como todo ser plenamente realizado, y que asuma, en el sentido heideggeriano, su ser-para-la-muerte. Precisamente el obsesivo no asume su ser-para-la-muerte, está en suspenso.”. Atribuye al Otro el impedimento de su conducta, para desligarse así de su responsabilidad en la vida. Se protege en esa creencia para no correr riesgos y, en especial, el del deseo. El obsesivo evita el acto, determinado por el deseo. Hace de la prohibición misma el objeto de su deseo. Es su modalidad de sostenerlo: un deseo a distancia para que ese deseo subsista.
Como plantea Juan Carlos Mosca: siempre así resulta que “la vida está en otra parte” y como ésa no es su vida, tampoco lo amenaza la muerte. El obsesivo cuenta con todo el tiempo para postergar el acto, porque es inmortal y es por eso que casi nada de lo que le pasa tiene para él verdadera importancia, no es su juego ni su tiempo, es del Otro bajo cualquiera de sus formas.
También me resulta interesante el planteo de Calligaris, en relación a lo que llama la tendencia inercial de cualquier neurótico: la pasión de la instrumentalización. Un intento de salir del sufrimiento neurótico banal alienando la propia subjetividad, siendo instrumento del Otro. Calligaris ubica a este sufrimiento como una incertidumbre constitucional acerca de lo que quiere, que nunca será resuelta.
Raphaël, entonces, es interpelado a responder respecto de su deseo. Es interpelado por aquello que, aunque vivido como ajeno, le pertenece y perturba su intención conciente confrontándolo a un punto de sin-sentido. Esa hiancia, ese punto de inconsistencia, lo interpela, llama al sujeto a responder. Puede verse claramente la emergencia de una singularidad en situación.
Posteriormente, sobre el final de la película, vemos al padre subiéndose a un taxi, dirigiéndose hacia el aeropuerto internacional. El gnomo regresó, pero él decide irse y emprender su tan postergado viaje. Aquí, podemos ubicar un tiempo tres: la aparición de un sujeto del acto que coincide con el sujeto de la responsabilidad subjetiva. El acto en que se produce un sujeto del deseo inconciente. El sentimiento de culpa se diluye en este efecto sujeto, y es una respuesta a la interpelación, de dimensión ética. Así, cae ese universo previo y los ideales que lo sostenían y su vida se resignifica. Este tiempo tres, vuelve sobre el tiempo uno, tiene que ver con la lectura que hace Raphaël Poulain sobre su acto. Aquí ya no hay nadie que lo interpele, la ética, como plantea Ariel, tiene que ver con la posición del sujeto frente a su soledad. Un despertar: despertar del adormecimiento, de la anestesia cotidiana, del sueño eterno y tranquilizador que brinda el sentido; despertar de ese letargo en los signos del Otro.



NOTAS

Película:

Titulo Original:

Director:

Año:

Pais:

Otros comentarios del mismo autor: