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Benjamín Button: lo que el cine nos enseña sobre la vejez
por Michel Fariña, Juan Jorge


Título original: The curious case of Benjamin Button
David Fincher / USA / 2008

Lo único que permaneció igual fueron mis notas en el periódico. Las nuevas generaciones arremetieron contra ellas, como contra una momia del pasado que debía ser demolida, pero yo las mantuve en el mismo tono, sin concesiones, contra los aires de renovación. (…) El director de entonces me citó en su oficina para pedirme que me pusiera a tono con las nuevas corrientes. De un modo solemne, como si acabara de inventarlo, me dijo: El mundo avanza. Sí, le dije, avanza, pero dando vueltas alrededor del sol.
Gabriel García Márquez, “Memoria de mis putas tristes”
The Curious Case of Benjamín Button (David Fincher, 2008) se inicia con una conmovedora escena que interroga la dirección, el sentido de los acontecimientos que sesgan nuestras vidas.
Estamos en Nueva Orleáns, acaba de estallar la primera guerra mundial y la ciudad encarga a un maestro relojero su mayor obra: la maquinaria para el gran reloj que coronará el hall de la estación de trenes. El hombre, casi ciego, encara pacientemente su trabajo que interrumpe apenas para despedir a su único hijo quien debe partir al frente de combate. Cuando ya ha perdido completamente la visión, continúa construyendo el complejo mecanismo de engranajes hasta que un día, el mismo tren que se llevó a su hijo, regresa pero para devolverle su cuerpo en un ataúd. Cuando finalmente debe ser inaugurado el reloj, y frente a una nutrida concurrencia, ocurre lo impredecible. Se corre el lienzo que descubre la imponente obra pero en cuanto el segundero echa a andar, el público advierte que está girando al revés. Entonces el hombre improvisa un breve y doliente discurso: lo hice así deliberadamente. Tal vez si el tiempo retrocede, también nuestros hijos regresen a la vida.
Y ese día de 1918 en que finaliza la guerra, curiosamente, nace un hombre viejo. Un bebé para quien los años han pasado prematuramente. Su madre muere en el parto y encomienda el cuidado del niño a su esposo, quien se horroriza por el espectáculo de ese bebé infinitamente arrugado, y lo abandona a su suerte. Pero el bebé viejo sobrevivirá y será bautizado Benjamín por una mujer que decide adoptarlo. Vivirá como viejo y luego irá enjuveneciendo. Para un ojo desprevenido, se supone que cuenta con un enorme privilegio: llegar a joven con la experiencia de un viejo –como dice Arjona en Señora de las cuatro décadas, la amalgama perfecta entre experiencia y juventud. Pero la experiencia, como le gustaba decir a Ringo Bonavena, “es un peine que te regalan cuando te estás quedando pelado”. En otras palabras, nadie puede transferir a otro su experiencia –y lo que enfatiza la ficción del film es que ni siquiera nos está dado “aprender” de la propia.
¿Qué es entonces lo que el film nos enseña sobre la vejez? No aprovechar el “saldo” de la experiencia, sino abismarse a la sabiduría de envejecer. Cuando Benjamín llega a joven reitera las conductas alocadas e irresponsables de todo adolescente. Y ello no debe sorprendernos. Si no fuera así, la historia dejaría de ser creíble. Dejaría de ser una ficción sobre el tiempo para devenir una farsa sobre la edad, un engañapichanga sobre el paso de los años.
Esta diferencia entre farsa y ficción, introducida por Carlos Gutiérrez y Haydée Montesano [1], también se verifica en las técnicas de “rejuvenecimiento”. Toda la cirugía estética está últimamente consagrada a disimular el paso de los años, a borrar las arrugas, a velar la flacidez de los músculos, a levantar lo que se cae [2].
La bioética distingue la muerte del morir –la muerte como dato ya sabido, el morir como una situación sobre la que se puede intervenir. Como lo muestra el comentario de Eduardo Laso sobre el film Hace mucho que te quiero, mientras que la muerte es inapelable, el morir ofrece un espacio a la palabra. Allí radica la apuesta subjetiva. Es en estos términos que deberíamos distinguir la vejez del envejecer.
Alain Badiou, seguramente el filósofo francés viviente más importante, ha dedicado a esta dimensión situacional del paso del tiempo un hermoso pasaje de su conferencia Pensar el cine. Sus referencias a “Cuando huye el día”, de Bergman, o “Muerte en Venecia”, de Visconti, resultan imprescindibles para abismarnos a esta dimensión del problema. El otro ángulo que interesa presentar aquí es el propuesto por Federico Ludueña en su trabajo de 2009 sobre la responsabilidad en la vejez. El autor cuestiona allí las categorías de imputabilidad vigentes para los viejos y los privilegios de los que supuestamente se los beneficia en razón de su edad. Establece que el viejo no está más cerca ni más lejos de la muerte que cualquier otro hombre. La muerte es tan inminente para él como para el niño.
Aquello que acecha furtiva e incesantemente para poner fin a un hombre es también lo que le permite existir en tanto humano y no cosa o animal. Esa remota proximidad, que aparece como lejana para el joven y cercana para el viejo, es inmediatez absoluta, igual para toda edad. Un fantasma impalpable que se ajusta al cuerpo que lo habita como una segunda piel.
Siguendo a Heidegger, la propuesta de Ludueña es abordar la cuestión haciendo el camino inverso: en lugar de inmediatez, proponer lejanía absoluta de la muerte. No inmortalidad, sino distancia lógica. Recurre para ello a la Paradoja de Zenón de Elea.
La Dicotomía (dividir en dos) dice que un corredor no podría nunca llegar a su meta si ésta se halla a cierta distancia de la partida. Para llegar desde el punto A al punto Z, el corredor debe antes pasar por la mitad del camino, punto b. Y luego debe también pasar por la mitad de la distancia entre b y Z, punto c. Y así continuar, acercándose infinitamente al punto Z, pero nunca alcanzándolo.
A--------------------b---------c----d—e—Z
En notación matemática, puede escribirse esto como una serie convergente de números fraccionarios, donde cero es la partida y uno la meta:
0 + 1/2 + 1/4 + 1/8 + 1/16 + … = 1
Para Ludueña, el viejo está, en sentido heideggeriano, infinitamente cerca de la muerte, y, como el corredor de Zenón, infinitamente lejos de la muerte. Por lo tanto, el viejo mantiene su posición de responsabilidad aun en los momentos que sólo luego, retrospectivamente, serán calificados de últimos. La muerte no ocurrió antes de ocurrir. (…) La vida no se acaba hasta que se acaba, y con ella la responsabilidad. Ni un momento antes.
Esto, entendemos, es justamente lo que ejemplifica de manera magistral el film. Porque si la experiencia es intransmisible, la sabiduría en cambio no es otra cosa que el efecto de una transmisión. De un legado, diremos. En Benjamín Button, se trata de un doble legado: hacia su padre, hacia su hija.
Ya maduro, el padre de Benjamín se acerca a su hijo cuando todavía éste es un anciano. Lo hace por piedad, sumido en la culpa por haberlo abandonado y sorprendido por su extraña supervivencia. No sospecha siquiera qué es lo que en realidad va a buscar en ese hombrecito viejo ante el cual ensaya una conversación trivial. Tengo una enfermedad degenerativa, envejezco rápidamente, se justifica el hijo –cuánto lo lamento, responde el padre, para escuchar luego: No se crea: no es tan malo ser viejo.
Lo que el padre de Benjamin no sabe aún es que el horizonte de la conversación no es la muerte que lo angustia, sino la vida que todavía puede ser vivida plena, no de esperanza –de la cochina esperanza, como la llamó Jean Anhuil–, pero sí de ilusión –en el sentido fuerte que le da Freud al término en “El porvenir de una ilusión”, es decir de ficción.
Entonces, cuando ese padre esté dispuesto a serlo, Benjamin lo acompañará en una mutua adopción que haga del despojo, acto. A ese padre, que lo privó del apellido, de la infancia, de la memoria de su madre, a ese padre Benjamín terminará aceptándolo, haciendo suya la filiación que se le ofrece. El padre lo abandonó al nacer, el hijo lo acompañará al morir.
En virtud de esta misma filosofía, y contrariamente a las evidencias iniciales, Benjamin no abandona a su hija. Renuncia a estar con ella cuando advierte que está siendo él mismo demasiado hijo como para ser padre. ¿Qué es un padre?, pregunta Alejandro Ariel: aquel que ha dejado de ser hijo. Y en el film, el enjuvenecimiento implacable que imponen los años representa un desafío a ese padre que deviene cada vez más niño. Y Benjamín prescinde de la guarda de su hija para posibilitar el acto de su filiación.
Dejará a otro hombre la crianza de Caroline, para que ella pueda saberlo como padre el día que su madre esté dispuesta a legitimar su lugar. Mientras tanto, mientras puede, escribe entonces el diario que retrospectivamente nos narrará su historia.
Y será justamente Daisy, la única mujer que amó y con quien deseó a esa niña, quien en su lecho de muerte dará entrada al relato que legue a su hija la memoria de un padre. La vida no se acaba hasta que se acaba, y con ella la responsabilidad. Ni un momento antes. Ya desahuciada por la medicina, relegada a los cuidados paliativos de un morir predecible, Daisy se abre paso para hacer del dolor, sufrimiento. Sufrimiento, en el sentido que le asigna en su obra Santiago Kovadloff, es decir, ha dejado ya de ser trauma y repetición.
Y como último gesto de lucidez, el film culmina recordándonos que la vulnerabilidad humana es infinita e impredecible. Las aguas avanzando implacables sobre las calles de Nueva Orleáns resignifican la frase inicial de Caroline: parece que el huracán viene hacia nosotros. Como lo anticipó visionariamente Sigmund Freud en 1927:
Ahí están los elementos, que parecen burlarse de todo yugo humano: la Tierra, que tiembla y desgarra, abismando a todo lo humano y a toda obra del hombre; el agua, que embravecida lo anega y lo ahoga todo; el tifón, que barre cuanto halla a su paso; las enfermedades, que no hace mucho hemos discernido como los ataques de otros seres vivos; por último, el doloroso enigma de la muerte, para la cual hasta ahora no se ha hallado ningún bálsamo ni es probable que se lo descubra.
Esa doble vulnerabilidad de la especie humana nos recuerda que no sólo del paso del tiempo puede morir el hombre. Como Aquiles en los campos de Elea, estamos infinitamente cerca e infinitamente lejos de la muerte. No la elegimos, pero a veces podemos decidir qué hacer con ella.
Por eso el film cierra con ese maravilloso collage de historias singulares, historias de vida y también de modos de despedirla. Y nos conduce, finalmente, hasta las profundidades de un sótano en el que permanece, arrumbada, la vieja maquinaria del reloj, que cayó en desuso para ser reemplazado por una versión digital. El mundo avanza.
Pero cuando las aguas que lo anegan todo se ensañan con las manecillas del viejo reloj, llegamos a atisbar al segundero, que continúa girando al revés. Se empecina, como el film todo, en recordarnos que siempre hay una oportunidad, por más ínfima que ésta sea, para cambiar el curso de las cosas.
Y la ética, nos dirá Alain Badiou, consiste justamente en no renunciar nunca a la ocasión de ese acontecimiento. Como muestra, basta un botón.
Este artículo es una versión resumida de la ponencia preparada por Juan Jorge Michel Fariña para el I Congreso de la Cátedra de Psicología de la Tercera Edad y Vejez, Facultad de Psicología, UBA, 11-12 de Setiembre 2009.



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