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“El curioso caso de Benjamín Button”
En sus inicios la película nos retrotrae a la ciudad de Nueva Orleans, durante la primera guerra mundial. Allí asistimos al nacimiento de un niño, el protagonista del film, mediante un relato en primera persona. Se trata de un bebe cuyo nacimiento se produce el día en que finaliza la guerra. Suceso que reivindicaría la vida sobre la muerte. En el texto producido por Juan Jorge Michel Fariña denominado “El curiosos caso de Benjamín Button: lo que el cine nos enseña sobre la vejez” propone lo siguiente: “Siempre hay una oportunidad, por más ínfima que sea para cambiar el curso de las cosas” .Plantea, además, que esta es la temática que persigue el film en su transcurso. La madre del niño murió tras el parto y su padre lo abandonó en un asilo de ancianos. Allí lo adopta una mujer, lo nombra “Benjamín” y descubre que padece de una patología por la cual nació con las características y los trastornos propios de un anciano de 80 años pero irá “enjuveneciendo” con el tiempo. El medico que lo atiende le pronostica una cercana muerte. Y justamente esta será la temática que acompaña el transcurso de la película. La muerte como un hecho inminente, del que nadie escapa, y para el cual no existe un momento de la vida determinado. Pero sabiéndose mortal, es decir, pensando en la posibilidad de morir el sujeto puede hacer “algo distinto con eso”. Este niño con las características de un anciano logró desenmascares de ese pronóstico determinante, expresado por el medico que lo examinó en el asilo: “No le queda mucho tiempo de vida”. En términos de Sartre “va construyendo su esencia a partir de su existencia.” Intenta hacer algo con el bagaje que porta.
Juan Jorge Michel Fariña en el comentario que realiza del film destaca la temática de la responsabilidad subjetiva en la vejez. Coloca la responsabilidad en el protagonista, Benjamín. Se trata de la responsabilidad del sujeto del inconsciente. Cuyas acciones no se rigen por el propósito y la volición sino que esta sujeto al determinismo inconsciente. Implica la existencia de un propósito desconocido en la acción que el sujeto emprende. Es un sujeto distinto del “sujeto autónomo”, el sujeto de derecho. Federico Ludueña, citado por Michel fariña, nos dice: “La vida no se acaba hasta que acaba, y con ella la responsabilidad. Ni un momento antes” . Y si de algo es responsable Benjamín es de ir más allá. De no renunciar, de no bajar los brazos. Fariña señala que el protagonista del film, si bien es consciente de su muerte decide hacer algo con ella. El autor diferencia el morir de la muerte siguiendo los lineamientos de la bioética y expresa que la muerte es un dato, algo sabido, mientras que el morir deja un lugar a la intervención mediante la palabra. En este punto observamos que el protagonista se percibe como un ser mortal a nivel consciente, sabe desde pequeño que puede llegar a morir. Sin embargo su deseo de vivir va más allá y por eso continúa. Como expresa Fariña en el comentario del film citado con antelación: “Aquello que acecha furtiva e incesantemente para poner fin a un hombre, es también lo que le permite existir en tanto humano y no cosa o animal ”. Y Benjamín es responsable de enfrentar a la muerte con la vida. A pesar de su enfermedad expresa su deseo de vivir plenamente, se enamora y decide vivir una vida como cualquier otro.
Por otra parte también, en términos de Fariña, el sujeto es responsable de la transmisión de un legado, hacia su padre y hacía su hija. Responsable de asumir su filiación, ya hecho un adulto, y posibilitarle la filiación a su hija. Cuando Thomas Button, su padre, es un hombre maduro, contingentemente se encuentra con su hijo. Sin decirle que es su padre, le pide poder visitarlo frecuentemente. Tiempo después cuando la muerte acecha al anciano, este se dirige a su hijo para asumir su responsabilidad paterna. Y es así como, en términos de Fariña, Benjamín asume su filiación, disfruta de los últimos momentos de vida de su padre, en una apuesta a la vida. Una apuesta que podríamos pensar como hacía el Otro. Como dice Fariña: “el padre lo abandonó al nacer, el hijo lo acompañará al morir” . Y así continúa apostando a la vida. Se enamora y decide adentrarse en la convivencia con Daisy. En una apuesta al deseo de vivir, expresa sus intenciones de formar una familia en el futuro. En el circuito de la responsabilidad esta acción emprendida por el personaje coincidiría con el primer momento del circuito de responsabilidad subjetiva, (Primer momento de los tiempos lógicos) evidenciando efectos en el lazo social, que exige la experiencia del deseo inconsciente. Este primer momento se entiende como una acción que en un segundo momento es resinificada. Luego de convivir durante un tiempo con la mujer a quien ama, esta lo sorprende con la inesperada noticia de un embarazo. Una cuestión puramente azarosa, contingente. Aquí el segundo momento del circuito de responsabilidad subjetiva, (de acuerdo a los tiempos lógicos) coincidiría con el momento en que el personaje, interpelado, renuncia a su hija y abandona la vivienda tras dejar un resarcimiento económico. Es convocado a asumir la paternidad, luego de que poco tiempo atrás asumió su filiación. Condicionado por la determinación de su enfermedad, su situación que lo conllevará a ser un niño en su aspecto físico. Se defenderá alegando ante Daisy que ella no podrá cuidar de dos niños (él y su hija) y que la pequeña necesitará un padre que sepa responder como tal: “vas a tener que buscarle un papá de verdad”, le dice. No obstante no abandona a su hija tras su nacimiento, desidenstificandose del padre, quien debido al horror que le causa las infinidades de arrugas de ese bebe recién nacido, lo abandona. Benjamín no abandona la paternidad. Renuncia a acompañar a su hija, a darle un beso en la frente antes de dormir, a verla crecer; debido a su situación. Situación que se presenta como una determinación, como una necesidad que lo obliga a responder de determinada manera, posicionarse de esa forma y no de otra. Y es así que Benjamín escindido en su subjetividad, renuncia a estar presente en la vida de su hija. Escindido porque el desea acompañarla, desea apostar a la vida (como viene haciendo hasta el momento) pero se encuentra imposibilitado porque como propone Fariña la paternidad implica dejar de ser hijo para convertirse en padre y justamente es lo que Benjamín no puede, “no puede dejar de ser hijo para convertirse en padre”. Su respuesta resignifica el circuito y lo convoca a hacer algo distinto y original. Si bien abandona el hogar, sumido en la culpa vende las propiedades que heredó de su padre y coloca el dinero obtenido en una cuenta bancaría para asegurar económicamente el futuro de su hija. Responde desde lo particular, desde la moral intentando saldar de forma económica, por ende material, la deuda que se le impone para con su hija a nivel psíquico (quien no va a contar con la presencia de su padre, al igual que él a menos que Daisy se vuelva a casar). Intenta así, calmar la culpa. Subsecuentemente escribe una especie de autobiografía lo cual podría pensarse como un tercer momento (De acuerdo a los tiempos lógicos). El momento del “acto ético”, momento en el que el sujeto intenta hacer algo del orden de la ética, de acuerdo al eje universal-singular. Es así que Benjamín escribe su vida, su historia desde su nacimiento. Ese escrito, plagado de fotos y postales en las cuales en cada una expresa un deseo de acompañar a su hija, intenta ser la transmisión de un legado, de su legado hacía Carolina, su hija (quien lleva el nombre de su abuela paterna biológica). Como expresa Fariña: “dejará a otro hombre la crianza de Caroline, para que ella pueda saberlo como padre el día que su madre este dispuesta a legitimar su lugar. Mientras tanto, mientras pueda escribe entonces el diario que retrospectivamente nos narrará su historia” La hipótesis clínica coincidiría con el deseo inconsciente de asumir la paternidad y transmitir su legado filiatorio. Al mismo tiempo al no abandonar a su hija logra diferenciarse de su padre (quien lo abandonó cuando era un bebe). Asumiendo su paternidad posibilita perpetuar su legado, transmitiéndolo a su hija. No la acompaña en su vida, pero escribe su autobiografía destinada a ella. Para que en un futuro lo vea como padre y asuma su filiación, así como lo hizo él cuando era ya un adulto.
A partir de lo expuesto podemos establecer un correlato con la narración de Sartre: “El muro”. En la misma el personaje en el cual se centra la responsabilidad es Pablo Ibbieta. Quien milita en un partido anarquista durante la guerra civil española. Este es responsable de tres cosas, según lo expuestos por el profesor Gutiérrez. En primer lugar es responsable por hablar, en segundo lugar por decir donde esta Gris y en tercer lugar que sea verdad lo que dijo. En el caso de Benjamín Button, este es responsable de desear vivir a pesar de todo, de enamorarse y vivir con la mujer que ama y de renunciar a acompañar a Caroline (su hija) durante su desarrollo. Pero también lo es por transmitir su legado, hacía su padre y hacia su hija.
En cuanto a los tiempos lógicos, en el relato de Sartre estos quedan configurados de la siguiente manera: Primer Momento: Cuando hace una jugarreta a los falangistas y le dice que “Gris esta en el cementerio”. Segundo Momento: Cuando se encuentra con el panadero García (luego de que los falangistas lo liberan a una especie de campo hasta que deciden que hacer con él) y este le comenta que agarraron a Gris porque debido a una disputa con sus parientes tuvo que dejar la casa de estos (ya que allí se encontraba su escondite) y decidió dirigirse al cementerio y ocultarse en ese lugar. En este Momento el personaje manifiesta un temblor, que denota la interpelación. Finalmente en un tercer momento: El sujeto da cuenta de una escisión subjetiva. Por un lado su deseo inconsciente de vivir fue lo que a través de la palabra, del acto simbólico, envió a su amigo a la tumba. Como consecuencia de eso Ibbieta se ríe y llora simultáneamente. El azar estaría dado por la contingencia de que al momento en el que los falangistas lo interrogan a Ibbieta, Gris discute con uno de sus parientes y abandona la vivienda. Una situación que escapa al control de Ibbieta. Existiendo numerosos sitios a los que pudiera haber ido, decide esconderse en el cementerio, lugar que su amigo índico (a modo de burla) como escondite ante los falangistas. La necesidad coincidiría con la situación en la que se encuentra Ibbieta que lo obliga a responder de determinada manera. En el caso de Button, el primer momento: Cuando tras vender una de las propiedades heredada por su padre va a vivir con Daisy, la mujer que ama. Al igual que Ibbieta también hace una jugarreta, pero a su muerte (homologable a su enfermedad, pronto será un niño y no podrá hacerse cargo de una familia). Se enfrenta a ella y sin medir las consecuencias se va a vivir con Daisy. Tanto Ibbieta como Button, mienten en algún punto. Pero con esa falacia le dicen la verdad a su deseo. Con Lacan diríamos que “son responsables de ceder a su deseo”. Ambos ceden al deseo de vivir, burlando a la muerte, al Otro. Vivir a pesar de todo, cueste lo que cueste. Será el azar que interferirá en ambos casos. En el film, la contingencia de que Daisy quede embarazada. Y de esta forma, Benjamín es convocado a asumir la paternidad. El segundo momento estará dado por la interpelacón. Benjamín desea convivir con esa mujer, desea a esa niña fruto del amor que sienten. Pero no puede ser padre puesto que esa niña lo vería convertirse en niño como ella. Entonces invadido por la culpa renuncia a ella pero no la abandona y asume su paternidad. En un posible tercer momento observamos como transmite su legado mediante un cuaderno ilustrado con fotografías que relata los avatares de su vida. Destinado a que su pequeña niña, convertida en mujer, puedo reconocerlo como padre. Al igual que a Ibbieta la necesidad, su situación lo obliga a responder de esa manera y no de otra. Sin embargo en ambos se elucida la apuesta subjetiva. Tanto Ibbieta como Button, logran sustraerse a la norma particular e interrogarla para ir más allá, mediante un acto que es del orden de lo Universal- Singular. Ya no es una mera repetición, sino que se trata de un acto que da lugar a la subjetivación de ambos.

Anexo: Comentario con el que se abordo el film.
Benjamín Button: lo que el cine nos enseña sobre la vejez.
por Michel Fariña, Juan Jorge


Título original: The curious case of Benjamin Button
David Fincher / USA / 2008

Lo único que permaneció igual fueron mis notas en el periódico. Las nuevas generaciones arremetieron contra ellas, como contra una momia del pasado que debía ser demolida, pero yo las mantuve en el mismo tono, sin concesiones, contra los aires de renovación. (…) El director de entonces me citó en su oficina para pedirme que me pusiera a tono con las nuevas corrientes. De un modo solemne, como si acabara de inventarlo, me dijo: El mundo avanza. Sí, le dije, avanza, pero dando vueltas alrededor del sol.
Gabriel García Márquez, “Memoria de mis putas tristes”
The Curious Case of Benjamín Button (David Fincher, 2008) se inicia con una conmovedora escena que interroga la dirección, el sentido de los acontecimientos que sesgan nuestras vidas.
Estamos en Nueva Orleáns, acaba de estallar la primera guerra mundial y la ciudad encarga a un maestro relojero su mayor obra: la maquinaria para el gran reloj que coronará el hall de la estación de trenes. El hombre, casi ciego, encara pacientemente su trabajo que interrumpe apenas para despedir a su único hijo quien debe partir al frente de combate. Cuando ya ha perdido completamente la visión, continúa construyendo el complejo mecanismo de engranajes hasta que un día, el mismo tren que se llevó a su hijo, regresa pero para devolverle su cuerpo en un ataúd. Cuando finalmente debe ser inaugurado el reloj, y frente a una nutrida concurrencia, ocurre lo impredecible. Se corre el lienzo que descubre la imponente obra pero en cuanto el segundero echa a andar, el público advierte que está girando al revés. Entonces el hombre improvisa un breve y doliente discurso: lo hice así deliberadamente. Tal vez si el tiempo retrocede, también nuestros hijos regresen a la vida.
Y ese día de 1918 en que finaliza la guerra, curiosamente, nace un hombre viejo. Un bebé para quien los años han pasado prematuramente. Su madre muere en el parto y encomienda el cuidado del niño a su esposo, quien se horroriza por el espectáculo de ese bebé infinitamente arrugado, y lo abandona a su suerte. Pero el bebé viejo sobrevivirá y será bautizado Benjamín por una mujer que decide adoptarlo. Vivirá como viejo y luego irá enjuveneciendo. Para un ojo desprevenido, se supone que cuenta con un enorme privilegio: llegar a joven con la experiencia de un viejo –como dice Arjona en Señora de las cuatro décadas, la amalgama perfecta entre experiencia y juventud. Pero la experiencia, como le gustaba decir a Ringo Bonavena, “es un peine que te regalan cuando te estás quedando pelado”. En otras palabras, nadie puede transferir a otro su experiencia –y lo que enfatiza la ficción del film es que ni siquiera nos está dado “aprender” de la propia.
¿Qué es entonces lo que el film nos enseña sobre la vejez? No aprovechar el “saldo” de la experiencia, sino abismarse a la sabiduría de envejecer. Cuando Benjamín llega a joven reitera las conductas alocadas e irresponsables de todo adolescente. Y ello no debe sorprendernos. Si no fuera así, la historia dejaría de ser creíble. Dejaría de ser una ficción sobre el tiempo para devenir una farsa sobre la edad, un engañapichanga sobre el paso de los años.
Esta diferencia entre farsa y ficción, introducida por Carlos Gutiérrez y Haydée Montesano [1], también se verifica en las técnicas de “rejuvenecimiento”. Toda la cirugía estética está últimamente consagrada a disimular el paso de los años, a borrar las arrugas, a velar la flacidez de los músculos, a levantar lo que se cae [2].
La bioética distingue la muerte del morir –la muerte como dato ya sabido, el morir como una situación sobre la que se puede intervenir. Como lo muestra el comentario de Eduardo Laso sobre el film Hace mucho que te quiero, mientras que la muerte es inapelable, el morir ofrece un espacio a la palabra. Allí radica la apuesta subjetiva. Es en estos términos que deberíamos distinguir la vejez del envejecer.
Alain Badiou, seguramente el filósofo francés viviente más importante, ha dedicado a esta dimensión situacional del paso del tiempo un hermoso pasaje de su conferencia Pensar el cine. Sus referencias a “Cuando huye el día”, de Bergman, o “Muerte en Venecia”, de Visconti, resultan imprescindibles para abismarnos a esta dimensión del problema. El otro ángulo que interesa presentar aquí es el propuesto por Federico Ludueña en su trabajo de 2009 sobre la responsabilidad en la vejez. El autor cuestiona allí las categorías de imputabilidad vigentes para los viejos y los privilegios de los que supuestamente se los beneficia en razón de su edad. Establece que el viejo no está más cerca ni más lejos de la muerte que cualquier otro hombre. La muerte es tan inminente para él como para el niño.
Aquello que acecha furtiva e incesantemente para poner fin a un hombre es también lo que le permite existir en tanto humano y no cosa o animal. Esa remota proximidad, que aparece como lejana para el joven y cercana para el viejo, es inmediatez absoluta, igual para toda edad. Un fantasma impalpable que se ajusta al cuerpo que lo habita como una segunda piel.
Siguendo a Heidegger, la propuesta de Ludueña es abordar la cuestión haciendo el camino inverso: en lugar de inmediatez, proponer lejanía absoluta de la muerte. No inmortalidad, sino distancia lógica. Recurre para ello a la Paradoja de Zenón de Elea.
La Dicotomía (dividir en dos) dice que un corredor no podría nunca llegar a su meta si ésta se halla a cierta distancia de la partida. Para llegar desde el punto A al punto Z, el corredor debe antes pasar por la mitad del camino, punto b. Y luego debe también pasar por la mitad de la distancia entre b y Z, punto c. Y así continuar, acercándose infinitamente al punto Z, pero nunca alcanzándolo.
A--------------------b---------c----d—e—Z
En notación matemática, puede escribirse esto como una serie convergente de números fraccionarios, donde cero es la partida y uno la meta:
0 + 1/2 + 1/4 + 1/8 + 1/16 + … = 1
Para Ludueña, el viejo está, en sentido heideggeriano, infinitamente cerca de la muerte, y, como el corredor de Zenón, infinitamente lejos de la muerte. Por lo tanto, el viejo mantiene su posición de responsabilidad aun en los momentos que sólo luego, retrospectivamente, serán calificados de últimos. La muerte no ocurrió antes de ocurrir. (…) La vida no se acaba hasta que se acaba, y con ella la responsabilidad. Ni un momento antes.
Esto, entendemos, es justamente lo que ejemplifica de manera magistral el film. Porque si la experiencia es intransmisible, la sabiduría en cambio no es otra cosa que el efecto de una transmisión. De un legado, diremos. En Benjamín Button, se trata de un doble legado: hacia su padre, hacia su hija.
Ya maduro, el padre de Benjamín se acerca a su hijo cuando todavía éste es un anciano. Lo hace por piedad, sumido en la culpa por haberlo abandonado y sorprendido por su extraña supervivencia. No sospecha siquiera qué es lo que en realidad va a buscar en ese hombrecito viejo ante el cual ensaya una conversación trivial. Tengo una enfermedad degenerativa, envejezco rápidamente, se justifica el hijo –cuánto lo lamento, responde el padre, para escuchar luego: No se crea: no es tan malo ser viejo.
Lo que el padre de Benjamin no sabe aún es que el horizonte de la conversación no es la muerte que lo angustia, sino la vida que todavía puede ser vivida plena, no de esperanza –de la cochina esperanza, como la llamó Jean Anhuil–, pero sí de ilusión –en el sentido fuerte que le da Freud al término en “El porvenir de una ilusión”, es decir de ficción.
Entonces, cuando ese padre esté dispuesto a serlo, Benjamin lo acompañará en una mutua adopción que haga del despojo, acto. A ese padre, que lo privó del apellido, de la infancia, de la memoria de su madre, a ese padre Benjamín terminará aceptándolo, haciendo suya la filiación que se le ofrece. El padre lo abandonó al nacer, el hijo lo acompañará al morir.
En virtud de esta misma filosofía, y contrariamente a las evidencias iniciales, Benjamin no abandona a su hija. Renuncia a estar con ella cuando advierte que está siendo él mismo demasiado hijo como para ser padre. ¿Qué es un padre?, pregunta Alejandro Ariel: aquel que ha dejado de ser hijo. Y en el film, el enjuvenecimiento implacable que imponen los años representa un desafío a ese padre que deviene cada vez más niño. Y Benjamín prescinde de la guarda de su hija para posibilitar el acto de su filiación.
Dejará a otro hombre la crianza de Caroline, para que ella pueda saberlo como padre el día que su madre esté dispuesta a legitimar su lugar. Mientras tanto, mientras puede, escribe entonces el diario que retrospectivamente nos narrará su historia.
Y será justamente Daisy, la única mujer que amó y con quien deseó a esa niña, quien en su lecho de muerte dará entrada al relato que legue a su hija la memoria de un padre. La vida no se acaba hasta que se acaba, y con ella la responsabilidad. Ni un momento antes. Ya desahuciada por la medicina, relegada a los cuidados paliativos de un morir predecible, Daisy se abre paso para hacer del dolor, sufrimiento. Sufrimiento, en el sentido que le asigna en su obra Santiago Kovadloff, es decir, ha dejado ya de ser trauma y repetición.
Y como último gesto de lucidez, el film culmina recordándonos que la vulnerabilidad humana es infinita e impredecible. Las aguas avanzando implacables sobre las calles de Nueva Orleáns resignifican la frase inicial de Caroline: parece que el huracán viene hacia nosotros. Como lo anticipó visionariamente Sigmund Freud en 1927:
Ahí están los elementos, que parecen burlarse de todo yugo humano: la Tierra, que tiembla y desgarra, abismando a todo lo humano y a toda obra del hombre; el agua, que embravecida lo anega y lo ahoga todo; el tifón, que barre cuanto halla a su paso; las enfermedades, que no hace mucho hemos discernido como los ataques de otros seres vivos; por último, el doloroso enigma de la muerte, para la cual hasta ahora no se ha hallado ningún bálsamo ni es probable que se lo descubra.
Esa doble vulnerabilidad de la especie humana nos recuerda que no sólo del paso del tiempo puede morir el hombre. Como Aquiles en los campos de Elea, estamos infinitamente cerca e infinitamente lejos de la muerte. No la elegimos, pero a veces podemos decidir qué hacer con ella.
Por eso el film cierra con ese maravilloso collage de historias singulares, historias de vida y también de modos de despedirla. Y nos conduce, finalmente, hasta las profundidades de un sótano en el que permanece, arrumbada, la vieja maquinaria del reloj, que cayó en desuso para ser reemplazado por una versión digital. El mundo avanza.
Pero cuando las aguas que lo anegan todo se ensañan con las manecillas del viejo reloj, llegamos a atisbar al segundero, que continúa girando al revés. Se empecina, como el film todo, en recordarnos que siempre hay una oportunidad, por más ínfima que ésta sea, para cambiar el curso de las cosas.
Y la ética, nos dirá Alain Badiou, consiste justamente en no renunciar nunca a la ocasión de ese acontecimiento. Como muestra, basta un botón.
Este artículo es una versión resumida de la ponencia preparada por Juan Jorge Michel Fariña para el I Congreso de la Cátedra de Psicología de la Tercera Edad y Vejez, Facultad de Psicología, UBA, 11-12 de Setiembre 2009.
Referencias
Ariel, Alejandro: La responsabilidad de ser padre. En Michel Fariña, J. & Gutiérrez, C. Etica y Cine, Eudeba, 2000.
Badiou, Alain: El cine como experimentación filosófica. En Pensar el cine. Manantial, 2004.
Borges, Jorge Luis: “La perpetua carrera de Aquiles y la Tortuga” y “Avatares de la Tortuga”, en Discusión, Alianza Editorial, 1998.
Freud, Sigmund: El porvenir de una ilusión, 1927.
García Márquez, Gabriel: Memoria de mis putas tristes. Sudamericana, 2004.
Gutiérrez, C. y Montesano, H.: “Farsa y ficción. Usurpación y paternidad en la constitución subjetiva”, en Aesthethika, Volumen 4 Número 1, 2008.
Kovadloff, Santiago: “Vejez: drama y tarea”, En El enigma del sufrimiento, Emecé, 2008.
Ludueña, Federico: “La responsabilidad en la vejez”, en Memorias de las XVI Jornadas de Investigación, Facultad de Psicología UBA, 2009.


1] Esta perspectiva fue introducida en el comentario de Carlos Gutiérrez sobre el film La vida es bella –ver “Un intérprete del desastre”, Etica y Cine, Eudeba, 2000. Y retomada y desarrollada en colaboración con Haydée Montesano –ver “Farsa y ficción. Usurpación y paternidad en la constitución subjetiva”, en Aesthethika, Vol. 4 Número 1, 2008: http://www.aesthethika.org/farsav4n...
[2] Desde los párpados hasta el pene, Viagra mediante. Mesoterapia facial, Lifting, Hipoplasia mamaria, Pexia, Liposucción, Dermolipectomía, Blefaropastia, Rejuvenecimiento vaginal, ocupan dos tercios de la totalidad de intervenciones en las clínicas de cirugía estética durante los últimos cinco años. Ver informe de Magdalena Corizzo, UBACyT P006, 2009.

Bibliografía
• Alemán, J. (2003): Nota sobre Lacan y Sartre: El decisionismo. En Derivas del discurso capitalista: Notas sobre psicoanálisis y política. Miguel Goméz Ediciones Málaga.
• D’amore, O.: Responsabilidad y culpa. En la transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra viva, 2006.
• Michel Fariña, Juan Jorge: “Benjamín Button, lo que l cine nos enseña sobre la vejez”.
• Mosca, J.C. (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
• Salomone, G.Z: El sujeto dividido y la responsabilidad. En la transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra viva, 2006.
• Sartre, Jean Paul: El muro, Editorial Losada, Bs As, 1972.



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