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Parcial domiciliario
Análisis clínico de un relato de ficción.

Cuento: Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874).
Autor: Jorge Luis Borges.
Año: 1949.

Alumno: Mariano Hernán Pendón.
Materia: Psicología, Ética y Derechos Humanos.
Cátedra: Fariña.
Docentes: Tamara García Karo.
Silvia Capurro.
Comisión: 5.
Mail: mpendon@gmail.com
Fecha: 28 de febrero de 2011.

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)
Por Jorge Luis Borges

“Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.”

El relato es tan sencillo como bello. En el cuento Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874), unos cuantos renglones le alcanzan a J. L. Borges para regalarnos la historia de vida de un gaucho rebelde de las pampas argentinas del siglo XIX. Pero, sin lugar a dudas, todos aquellos que hemos superado con relativo éxito los últimos años de escuela recordaremos, aunque sea minimamente, su historia. Tadeo Isidoro Cruz es acaso el personaje secundario más popular de la literatura nacional. Compañero de andanzas y amigo de Martín Fierro, resulta determinante para la novela escrita por José Hernández. Entonces, ¿De que se trata este artilugio borgiano de falsear la biografía de un personaje de ficción?

Como sabemos, el Martín Fierro canta la historia del gaucho cuyo nombre le da título a la obra, y la existencia de Cruz se limita al tiempo en que su vida se entrelaza con la de Fierro. De su pasado previo a la noche en que conoce a su amigo apenas encontramos algunos retazos que desliza J. Hernández entre sus versos octosílabos. Y son los hiatos entre dichos recortes los que dan lugar a una nueva reescritura, una nueva simbolización de la falta. Allí es donde Borges mete la pluma y hace aparecer entre las sombras de un desertor, la singularidad de un acto ético.
El gaucho Cruz, según nos cuenta el autor de la biografía apócrifa, vivió durante años en la difusa nebulosa de aquellos excluidos del favor de la propiedad de la tierra (cuento que poco ha cambiado con el andar de los siglos). Necesario pero indeseado a la vez, sólo con sus brazos y su habilidad para rebuscarse, mano de obra o enemigo de la naciente civilización argentina según el devenir de las circunstancias, Cruz vivió dentro y fuera de la ley por igual. Al solo fin de tipificarlo diremos que fue tropero, criminal, soldado, sargento y traidor. Sin embargo, Borges deja en claro en sus líneas que este gaucho nunca se reconoció a si mismo en aquellas marcas particulares impuestas por el discurso social.

El breve cuento que nos convoca, resulta particularmente interesante para la representación de los tres tiempos de la responsabilidad subjetiva. El sentido común nos indica que la idea de responsabilidad y la historia de Cruz están tan lejos, que parece al menos extraña la conjunción de estos conceptos en un mismo escrito. Por lo tanto, a fines de comprender mejor tal punto de contacto, será conveniente rastrearlo desde las primeras líneas. Debemos entonces detenernos, antes que nada, en el epilogo del cuento:

I’m looking for the face I had
before the world was made.

¿Qué significan estas palabras? Tratándose de un autor de la talla de Borges, deberíamos dar por sentado que tal intervención no ha de agotarse en una cuestión ornamental. Notaremos entonces que la cita de W. B. Yeats nos habla de un sujeto que busca la cara que tuvo antes de que el mundo existiera. Un mundo que, en el relato de J. Hernández, se funda con un acto específico, una traición a la sociedad, la alianza con un criminal. Entonces nuestro sujeto es un traidor. Ha pecado antes de ser. Pero Borges quiere ir más allá. No pretende justificar este acto, sino encuadrarlo. Internarse en la singularidad de Cruz, no para demarcar su acto como bueno o malo, legal o ilegal; sino para encontrar el punto donde este responde a un deseo inconciente del sujeto, resignificando aquella deserción como un acto acorde a la responsabilidad subjetiva.
El texto nos conduce entonces en la búsqueda de la identidad de Cruz antes de que éste se reposicionara como sujeto a partir de su acto. Porque claro, por sí solo ningún acto puede ser considerado ético. Necesitamos conocer la singularidad detrás, y más allá, de lo particular para aspirar a una pretensión de universalidad. Si olvidamos esto en la clínica, siempre estaremos emitiendo un juicio desde el terreno de nuestra moral particular.
LO fascinante del cuento escrito por Borges es que genera, o bien reelabora, a partir del texto original de José Hernández, un tiempo previo al de la deserción de Cruz, el cual podríamos ubicar como el tiempo 1 del circuito de la responsabilidad. De este modo, la creación de esta biografía apócrifa nos conduce a reinterpretar el acto relatado por José Hernández en El gaucho Martín Fierro; el cual sólo puede ser considerado como un efecto sujeto a la luz del artilugio borgiano. Un movimiento por demás interesante.

El gaucho Tadeo Isidoro Cruz nunca ha querido acercarse a la ciudad, nada de la civilización le atrae. Sin embargo, tras asesinar a un peón y ser atrapado por la policía, es enviado a la frontera a combatir contra los indios, al cuidado de los avances de la joven nación argentina sobre “el desierto”. Una patria que, allá a lo lejos en la pampa, no se hacía sentir aún como propia en esos años de guerras internas, previos a la conformación del Estado-Nación. A partir de su actividad militar Cruz consigue cierta posición social y es nombrado sargento de la policía rural. Sabemos además que por ese entonces se casa y tiene un hijo. Sin embargo, nunca logra sentirse a gusto consigo mismo. He aquí una pista del deseo inconciente de Cruz, que Borges deja al pasar.
Es entonces cuando el azar entra en juego en la vida del sargento Cruz, y en junio de 1870 recibe la orden de atrapar a Martín Fierro, quien se halla prófugo de la justicia por cargos de asesinato y deserción. También quiso el azar -que algunos llaman destino- que el criminal se guareciera en el poblado donde la madre de Cruz coincidiera una noche con un desconocido que, pocas horas antes de morir, diera su simiente para que Tadeo Isidoro llegara al mundo.
Luego de varios días de acecho, el sargento y sus hombres pudieron, al fin, cercar al malhechor. Cruz obedecía órdenes, y la necesidad lo hizo actuar según aquellas. En cumplimiento del deber, avanzó junto a su tropa hacia los pajonales donde se hallaba la presa, y fue entonces que el azar jugó otra de sus cartas. En este momento crucial de la trama un chajá gritó, e Isidoro tuvo la sensación de ya haber vivido ese momento. Es que, años antes, estando prófugo de la ley por asesinato, fue cercado por la policía y un grito idéntico lo alertó del peligro en que se encontraba. Acto seguido, el criminal salió del escondite y, cuchillo en mano, comenzó a defenderse bravamente. Cruz y Fierro por igual, en distintos momentos, con distintas historias de vida, librando la misma batalla. Fue entonces que el sargento se identificó plenamente en la figura de este otro, abriendo una brecha en su horizonte moral, poniendo en jaque el valor de los símbolos del Otro (el uniforme, el rango militar, el gorro que momentos mas tarde arrojará al piso). Aquellas marcas del discurso del Otro que lo ubicaban en un lugar de autoridad, tenían el costo implícito de vivir sujeto a ese discurso ajeno. Y, al comprender esto, Cruz debió enfrentarse a la interpelación de todo su universo, dando lugar a la pregunta por su propio deseo.
Llegamos así al tiempo 2 del circuito de la responsabilidad. Cruz entiende que su acción fue más lejos de lo que esperaba, abriéndose ante sus ojos una hiancia que lo interroga. Fue hasta aquel sitio en su función de sargento, con el fin de atrapar a un criminal, pero se encontró con una inesperada identificación con el desertor. En su universo de agente de la ley podría haber continuado obedeciendo la orden de atrapar al gaucho malevo, o bien podría haber cedido frente a la bravura de Fierro (este había liquidado a algunos de sus hombres) y dejarlo escapar. Sin embargo, estas soluciones no hubieran excedido los límites del universo. En cambio, la posición de nuestro protagonista es una tercera opción, no contemplada dentro de dichos límites, la cual funda un nuevo sujeto, denunciando la incompletud del universo preexistente.
Como ya hemos señalado, se ha jugado en Cruz una identificación con aquel gaucho que lucha por defender su libertad. Parece aceptable entonces suponer que esta situación desata cierta culpa en el sargento, quien percibe que acatar las órdenes significa ir en contra de su deseo. Y es así que todo su universo preexistente es interrogado con el devenir de la acción. Frente a esta vacilación de sus certezas, Isidoro no busca respuestas en el plano moral que taponen la distonía de su mundo. Muy por el contrario, nuestro protagonista se aleja del plano moral al considerar que “un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro” . Y así, desacatando la ley particular, Tadeo Isidoro Cruz se reescribe como sujeto -Borges mediante- en el acto ético de renunciar a su posición social y luchar contra sus propios hombres, codo a codo con Martín Fierro. Se produce entonces un efecto sujeto en la singularidad del acto de Cruz, concluyendo de este modo el circuito de la responsabilidad. Y un mundo es creado ante nuestros ojos en ese preciso instante.



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