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PSICOLOGIA, ETICA Y DERECHOS HUMANOS
Prof. Titular: Juan J M Fariña

Bodas de Sangre
Segunda Evaluación

ALUMNA: ROMINA FREIDSON

DOCENTE: Lic. Eduardo Laso

COMISION Nº 8

2° Cuatrimestre

AÑO: 2009

BODAS DE SANGRE
- Pero los matarán.
- Hay que seguir la inclinación: han hecho bien en huir.
- Se estaban engañando uno a otro y al fin la sangre pudo más.
- ¡La sangre!
- Hay que seguir el camino de la sangre.
- Pero sangre que ve la luz se la bebe la tierra.
- ¿Y qué? Vale más ser muerto desangrado que vivo con ella podrida.
- El cuerpo de ella era para él y el cuerpo de él para ella.
- Los buscan y los matarán.
- Pero ya habrán mezclado sus sangres y serán como dos cántaros vacíos, como dos arroyos secos.

Bodas de sangre es una de las dos tragedias que escribe Federico García Lorca en 1931, donde se aúnan poesía, realidad y mitología.
Como toda tragedia, la obra esta signada de muerte, de sangre, de lamentos y de amores. Las pasiones, las pulsiones se abren paso sin importar los cuerpos que caigan.
Situada a comienzos del siglo XX nos cuenta por un lado sobre los matrimonios armados por conveniencia, y por el otro, sobre el verdadero amor, ese que pide la piel.
Vayamos a la historia.
En el presente trabajo, será analizado el personaje de la Novia.
Comienza la ficción con dos familias de terratenientes. Dos familias que se reúnen para unir a sus hijos en matrimonio. Un padre que entrega la mano de su hija. Una madre que acompaña a su hijo a pedirla. Una negociación. El padre de la Novia mientras conversa con la Madre del Novio, bien nos deja saber el verdadero objetivo de esta boda: unir las tierras para ser más ricos: “A mi me gusta todo junto (…) Si pudiéramos con veinte pares de bueyes traer tus viñas aquí y ponerlas en la ladera. ¡Que alegría! (…) Lo mío es de ella y lo tuyo es de el. Por eso. Para verlo todo junto. ¡Que junto es una hermosura!”.
Luego de la negociación entra en escena la Novia. La Madre del Novio advierte su descontento y le hace notar su seriedad. A lo cual le pregunta: ¿Tu sabes lo que es casarse, criatura? (…) Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancho para todo lo demás. A lo que La Novia responde: Ya sabré cumplir.
Hasta aquí podríamos ubicar el primer tiempo del circuito de la responsabilidad:
La Novia se casará. Cumplirá con su deber de mujer y de hija. Contraerá matrimonio para formar una buena familia: esposo, hijos, y muchas tierras, porque como lo indica el padre: ‘”junto es una hermosura”. En este primer tiempo, el sujeto lleva a cabo sus acciones “en concordancia con el universo de discurso en que el sujeto se haya inmerso, y que (…) se agota en los fines para los que fue realizada” . Se casará porque es el deber que debe cumplir.
En síntesis, en el Tiempo N° 1 la novia se alista para su casamiento, debe cumplir con su deber.
De forma paralela, el guión nos ofrece la siguiente escena: un hombre (Leonardo) junto a su Mujer, Suegra e hijo, conversando sobre la futura boda. Aquel hombre, que fue pareja de la Novia durante tres años, deja ver su descontento y pesadumbre por ese casamiento.
Continuemos con la lectura.
En una escena posterior, la Novia se reúne con la Criada y se abre el siguiente diálogo.
Criada: ¿Sentiste anoche un caballo?
Novia: ¿No sería mi novio? Algunas veces ha pasado a esas horas.
Criada: No (…) Era Leonardo
Novia: ¡Mentira! ¡Mentira! ¿A qué viene aquí? (…) ¡Cállate! ¡Maldita sea tu lengua!
(Se siente el ruido de un caballo.)
Criada: (En la ventana) Mira, asómate. ¿Era?
Novia: ¡Era!
Llegado el día de su boda, mientras la criada la peina y ayuda a vestirse, la Novia se encuentra en una actitud seria y ofuscada, luego triste y abatida.
Criada: No son horas de ponerse triste. (Animosa.) Trae el azahar . (La novia tira el azahar.) ¡Niña! ¿Qué castigo pides tirando al suelo la corona? ¡Levanta esa frente! ¿Es que no te quieres casar? Dilo. Todavía te puedes arrepentir.
Novia: Son nublos. Un mal aire en el centro, ¿Quién no lo tiene?
Criada: Tú quieres a tu novio.
Novia: Pero este es un paso muy grande.
Criada: Hay que darlo.
Novia: Ya me he comprometido.
Aquí se pueden empezar a ver los efectos que produce la aparición de su jinete amado por aquellos días. Su angustia, seriedad, ira y mal humor son respuesta a tal presencia. ¿Qué produjo en ella ese hombre? ¿Su aparición comienza a hacerla vacilar? Sigamos pensando sobre esto.
Llega el primer invitado a la boda, nada menos que Leonardo.
Leonardo: La novia llevará una corona grande, ¿no? No debía ser tan grande. Un poco más pequeña le sentaría mejor. ¿Y trajo ya el novio el azahar que se tiene que poner en el pecho?
Novia: (Apareciendo todavía en enaguas y con la corona de azahar puesta) Lo trajo.
¿Por qué preguntas si trajeron el azahar? ¿Llevas intención?
Leonardo: Ninguna. ¿Qué intención iba a tener? (Acercándose.) Tú, que me conoces, sabes que no la llevo. Dímelo. ¿Quién he sido yo para ti? Abre y refresca tu recuerdo. Pero dos bueyes y una mala choza son casi nada. Esa es la espina.
Novia: Yo no debo hablarte siquiera, pero se me calienta el alma de que vengas a verme y atisbar mi boda y preguntes con intención por el azahar. Vete y espera a tu mujer en la puerta.
Leonardo: Después de mi casamiento he pensado noche y día de quién era la culpa, y cada vez que pienso sale una culpa nueva que se come a la otra; pero ¡siempre hay culpa!
Novia: Un hombre con su caballo sabe mucho y puede mucho para poder estrujar a una muchacha metida en un desierto. Pero yo tengo orgullo. Por eso me caso. Y me encerraré con mi marido, a quien tengo que querer por encima de todo.
Leonardo: El orgullo no te servirá de nada. (Se acerca.)
Novia: ¡No te acerques!
Leonardo: Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!
Novia: (Temblando) No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra y sé que me ahogo, pero voy detrás. (…) Y sé que estoy loca y sé que tengo el pecho podrido de aguantar, y aquí estoy quieta por oírlo, por verlo menear los brazos.
¿Que nos dicen estos dos acontecimientos? La Novia se enfrenta en una primera escena al fantasma de Leonardo, aquel hombre del que alguna vez estuvo enamorada y aún hoy parece estarlo. En la segunda escena se enfrenta directamente con su persona, ya no con su fantasma. Y él le dice todo lo que ella parece no querer escuchar. Leonardo le dice que la piensa día y noche, que no la pudo olvidar, pese a su familia, pese a su hijo, siempre está en su corazón. Le dice que el tiempo no cura las heridas, que ha hecho todo lo posible por olvidarla, no obstante aquí está para ella.
A partir de su mera aparición, comienza a vacilar en su posición de ¨Novia¨. Sobrevienen angustia y dudas. Aquí puede ubicarse un segundo tiempo, el tiempo de la interpelación subjetiva: “tiempo donde el universo particular soportado en las certidumbres yoicas se resquebraja posibilitando la emergencia de una pregunta sobre la posición que el sujeto tenía al comienzo del mismo” . Se pone en marcha este tiempo cuando la ley del deseo obliga a retornar sobre la acción más particular.
A modo de metáfora, podría pensarse lo que las Voces nos hacen oír: ¡Despierte la novia la mañana de la boda!
Aquello que Leonardo repite a la par: ¡Despierte la novia la mañana de la boda!
Es un llamado a que la Novia despierte de ese estado soñoliento, de ese estado en el que parecería que no cabe una pregunta sobre el verdadero deseo. Se podría pesar que el advenimiento de Leonardo en ese instante la llama a despertar, a hacerse cargo de su amor, a sostener una posición más acorde a su deseo, a responsabilizarse. La interpelación llama al Sujeto a responder.
El momento de la interpelación subjetiva, se presenta como un tiempo en el que algo extraño irrumpe, quiebra el sentido: “la posición de obediencia frente a la referencia moral se ve conmovida” . Se presenta como un momento propicio para el surgimiento de una singularidad. ¿Cómo responde ante esta interpelación?
Llega la hora del baile de los novios. Dos Muchachas van a buscar a la Novia a sus aposentos. Pero he aquí que no la encuentran, nadie la encuentra. Comienzan a buscarla por todas partes pero no aparece.
Repentinamente, la Mujer de Leonardo, trae una noticia: ¡Han huido! ¡Han huido! ¡Ella y Leonardo, en el caballo, van abrazados, como una exhalación!
Los amantes huyen juntos. Escapan por los bosques, intentando no ser vistos, ya que saben que están siendo perseguidos por toda la gente que han dejado en la boda. La Novia huye junto a su amado. Pensemos en el diálogo que tiene lugar entre los amantes:
Novia: Desde aquí yo me iré sola. ¡Vete! ¡Quiero que te vuelvas!
Leonardo: ¡Calla, digo!
Novia: Con los dientes, con las manos, como puedas. Quita de mi cuello honrado el metal de esta cadena, dejándome arrinconada allá en mi casa de tierra. Y si no quieres matarme como a víbora pequeña, pon en mis manos de novia el cañón de la escopeta. ¡Ay, qué lamento, qué fuego me sube por la cabeza!
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Leonardo: Ya dimos el paso; ¡calla! Porque nos persiguen cerca y te he de llevar conmigo.
Novia: ¡Pero ha de ser a la fuerza!
Leonardo: ¿A la fuerza? ¿Quién bajó primero las escaleras?
Novia: Yo las bajé.
Leonardo: ¿Quién le puso al caballo bridas nuevas?
Novia: Yo misma. Verdad.
Leonardo: ¿Y qué manos me calzaron las espuelas?
Novia: Estas manos que son tuyas, pero que al verte quisieran quebrar las ramas azules y el murmullo de tus venas. ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta! Que si matarte pudiera, te pondría una mortaja con los filos de violetas. ¡Ay, qué lamento, qué fuego me sube por la cabeza!
Leonardo: ¡Qué vidrios se me clavan en la lengua! Porque yo quise olvidar y puse un muro de piedra entre tu casa y la mía. Es verdad. ¿No lo recuerdas? Y cuando te vi de lejos me eché en los ojos arena. Pero montaba a caballo y el caballo iba a tu puerta. Con alfileres de plata mi sangre se puso negra, y el sueño me fue llenando las carnes de mala hierba. Que yo no tengo la culpa, que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale de los pechos y las trenzas.
Novia: ¡Ay que sinrazón! No quiero contigo cama ni cena, y no hay minuto del día que estar contigo no quiera, porque me arrastras y voy, y me dices que me vuelva y te sigo por el aire como una brizna de hierba. He dejado a un hombre duro y a toda su descendencia en la mitad de la boda y con la corona puesta. Para ti será el castigo y no quiero que lo sea. ¡Déjame sola! ¡Huye tú! No hay nadie que te defienda.
Leonardo: Pájaros de la mañana por los árboles se quiebran. La noche se está muriendo en el filo de la piedra. Vamos al rincón oscuro, donde yo siempre te quiera,
que no me importa la gente, ni el veneno que nos echa. (La abraza fuertemente.)
Novia: Y yo dormiré a tus pies para guardar lo que sueñas. Desnuda, mirando al campo, como si fuera una perra. ¡Porque eso soy! Que te miro y tu hermosura me quema.
Leonardo: Se abrasa lumbre con lumbre. La misma llama pequeña mata dos espigas juntas. ¡Vamos!
Novia: ¿Adónde me llevas?
Leonardo: A donde no puedan ir estos hombres que nos cercan. ¡Donde yo pueda mirarte!
Novia: Llévame de feria en feria, dolor de mujer honrada, a que las gentes me vean con las sábanas de boda al aire como banderas.
Leonardo: También yo quiero dejarte si pienso como se piensa. Pero voy donde tú vas. Tú también. Da un paso. Prueba. Clavos de luna nos funden mi cintura y tus caderas.
Novia: ¿Oyes?
Leonardo: Viene gente.
Novia: ¡Huye! Es justo que yo aquí muera con los pies dentro del agua, espinas en la cabeza. Y que me lloren las hojas. mujer perdida y doncella.
Leonardo: Cállate. Ya suben.
Novia: ¡Vete!
Leonardo: Silencio. Que no nos sientan. Tú delante. ¡Vamos, digo!
(Vacila la novia)
Novia: ¡Los dos juntos!
Leonardo: (Abrazándola) ¡Como quieras! Si nos separan, será porque esté muerto.
Novia: Y yo muerta.
Huyen juntos los amantes. Ante la interpelación, se responde con un acto, un acto que en un principio parecería guiarse por el deseo.
En un primer momento, sobreviene la culpa. Ella misma lo dice: siente como el fuego (de la culpa) sube por su cabeza, como los vidrios (de la culpa) se clavan en su lengua. Se siente como una víbora que debe ser matada, humillada con las sabanas de boda frente al pueblo. En este punto parecería tratarse de una culpa más ligada a la moción de angustia que se desprende de la situación, es decir, un modo evitar enfrentarse con la angustia de la situación que da cuenta de que algo del deseo se esta poniendo en juego.
D’Amore, quien a su vez interpreta a Jinkins, enuncia: “(…) saberse culpable de la situación en juego permite la posibilidad de otra responsabilidad (…) La culpa (…) es una condición para el circuito de la responsabilidad subjetiva (…) es la culpa, lo que ob-liga a responder” . En este sentido, la culpa aparecería como el paso intermedio hacia la responsabilidad.
A cada momento la Novia vacila entre la culpa y el deseo, entre la moral y la ética, entre lo particular y lo singular, entre el ideal familiar y el propio deseo. El hecho de dar lugar al amor por Leonardo, dejando atrás el mandato familiar de contraer matrimonio con aquel Ideal que le ofrecieron, parecería que hablarnos de un Sujeto que se haría cargo, que se enfrenta a las consecuencias de tomar las riendas de su deseo, de no ceder ante él, incluso corriendo el riesgo de enfrentarse con la muerte. Es decir, en un principio podría pensarse este momento como un tiempo 3 del circuito de la responsabilidad. En relación a esto, desde una lectura teatral del género trágico, cabe decir que en la tragedia siempre hay un héroe. Héroe que a pesar de preveer el destino fatal, actúa en condescendencia con su deseo y se posiciona como un héroe en tanto rompe con la moral epocal. En este sentido, y en tanto cada época nos muestra un tipo particular de mujer, el personaje de la Novia sería aquella heroína, que escapa por su amor, que impone su singularidad ante una moral establecida. Sin embargo, desde una ética psicoanalítica, parece no bastar este análisis, en tanto héroe sería aquel que se responsabiliza de su acto. Leamos a Jinkins “Responsable: no digo consciente de lo que hace ni que se hace cargo de lo que dice, sino culpable de lo que hace y dice” . A partir de esta definición, leamos la última escena.
Un final trágico que cambia el rumbo de lo acontecido, da cuenta a su vez que allí no se ha producido una verdadera responsabilización subjetiva. El personaje de la Mendiga lo anuncia: “Los dos cayeron, y la novia vuelve teñida en sangre falda y cabellera. Cubiertos con dos mantas ellos vienen sobre los hombros de los mozos altos. Así fue; nada más. Era lo justo. Sobre la flor del oro, sucia arena”. La muerte ha alcanzado a sus dos amantes. Una lucha cuerpo a cuerpo que tuvo el peor de los resultados.
¿Cómo se ubica la Novia ante este trágico final?
Vuelve la Novia hacia la Madre del Novio: “He venido para que me mate y que me lleven con ellos. Pero no con las manos; con garfios de alambre, con una hoz, y con fuerza, hasta que se rompa en mis huesos. ¡Porque yo me fui con el otro, me fui! (Con angustia) Tú también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo bien! Yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!”
Con este ultimo texto, podemos ver que nuevamente sobreviene la culpa, pero en este punto una culpa que tapona la dimensión del deseo, que la hace volver para atrás. Que denota una falta de responsabilización sobre su deseo, una clausura del acto ético y que reubicaría al sujeto en la dimensión moral. En este sentido, tal como se viene señalando, no podría hablarse de un tiempo 3. La posición frente al ideal universal en el que estaba inmersa en el primer momento cuando iba a contraer matrimonio, volvió a ser la misma, volvió al mismo lugar. Es decir, aquella singularidad en potencia que representaba su deseo perdió fuerza y la Novia no se llegó a responsabilizar por la acción emprendida de fuga. Respondió frente a la interpelación y la resignificación de sus acciones iniciales reproduciendo el sentido de su universo filial, ningún sentido nuevo singular se logró generar allí. Se puede encontrar en sus palabras el mecanismo de la proyección, donde se ubica al otro como culpable de su accionar, para desresponsabilizarse. Ella dice: “¡Yo no quería! (…) el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!”
En suma, podría afirmarse que no hay responsabilidad subjetiva.
Juan Carlos Mosca indica que la responsabilidad subraya un “superávit del Sujeto”. Luego dice: “Superávit que podrá anularse, en general deviniendo culpa, lo que implica una sustancialización del Sujeto, sustancia frente a la cual éste se halla en falta. Anulando así imaginariamente lo real del acto” .
Volviendo a los dichos de Jinkins, en tanto no hay responsabilidad por lo que se hace, no se alcanza el Tiempo N° 3 del circuito. Sí es cierto que en el segundo momento, donde se precipita la interpelación, la Novia comienza a desplegar una pregunta, resignifica las acciones emprendidas en el primer momento en que se estaba por casar, pero no se podría afirmar que la culpa que sintió la acercó al lugar de una implicación concordante con su deseo. Más bien parecería ser que el camino quedó trunco y no llegó al tercer tiempo el circuito. Tras la culpa no emergió su deseo, ni se inscribió un sujeto nuevo.
Al no hacerse responsable de su acto, al proyectar la culpa en otro, al volver al surco de lo moral, la Novia ha cedido en el camino del deseo. Ha cedido a él para amoldarse, acomodarse a las demandas del superyó. La culpa y la proyección de la culpa que aparece en ella producen una imposibilidad de responsabilidad subjetiva. En este punto: “cuanto mas se acomoda a las demandas superyoicas, paradójicamente más culpable se siente”. Esa culpa sobreviene justamente por haber cedido a él
“La única cosa de la que se puede ser culpable, al menos desde la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo”
…. “Vale mas ser muerto desangrado que vivo con la sangre podrida”

Hipótesis clínica
En primer lugar, se ha dicho que la Novia se debate entre dos opciones: el Novio, con quien debería casarse y formar una familia; y Leonardo, quien ha sido su primer amor.
¿Se trata simplemente de optar entre dos hombres? ¿Qué representan cada uno de esos hombres para la Novia?
A modo de hipótesis sería interesante pensar que esa pesada elección da cuenta de algo más, de un mas allá. Un más allá que parece ir en dirección de qué es ser una mujer.
¿Ser una mujer es tener hijos, un esposo y muchas tierras, o seguir lo que su pasión, lo que su cuerpo le pide?
En esta línea, su accionar parece intentar responder a un ideal materno, a los modelos que se han tenido: su propia madre, la Madre del Novio, que representan la ecuación Mujer = Madre. La Madre del Novio le advierte: ¿Tu sabes lo que es casarse, criatura? (…) Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancho para todo lo demás. Esa ‘criatura’ que al casarse se hará Mujer. Podríamos hacer un agregado que anteceda esta frase: ¿Tu sabes lo que es una mujer, criatura? Una mujer es quien debe casarse (…)” A lo cual ella contesta: Ya sabré cumplir.
¿Cumplir con qué? Con el ideal de mujer, obedeciendo las demandas del Superyó, para acercarse aún mas a tal ideal.
Pero aquí no termina la cuestión. Se presenta un gran obstáculo para cumplir con ese ideal: Leonardo. Ese hombre que despierta en ella los sentimientos mas profundos y las pulsiones más primitivas, haciéndola sentir lo que es ser una mujer, ya no una criatura. Sus palabras dan cuenta de ello: “(…) ¡Ay que sinrazón! No quiero contigo cama ni cena, y no hay minuto del día que estar contigo no quiera, porque me arrastras y voy, y me dices que me vuelva y te sigo por el aire como una brizna de hierba “(…) Y yo dormiré a tus pies para guardar lo que sueñas. Desnuda, mirando al campo, como si fuera una perra. ¡Porque eso soy! Que te miro y tu hermosura me quema”.
Leonardo parece despertar sensaciones que podrían responder a esa dificil pregunta: ¿Qué es ser una mujer? Pero se enfrentan con el ideal, con el modelo de mujer-madre, el modelo de mujer que debe reprimir sus pulsiones, aceptada socialmente. ¿Que hace entonces? Da el sí, se casa con el hombre que debería hacerla mujer, que le daría hijos y una familia. Ella lo enuncia: “(…) tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud”.
Pero aquí no acaba su búsqueda, en la mitad de su boda se va con su hombre, con el que realmente la parece hacerla sentir una Mujer. La culpa la consume, la hace tambalear en su decisión. Pide castigo y humillación para aliviar la culpa que genera saber algo de su deseo, uno distinto al del mandato, por ello ofrece su cabeza, su carne. Durante toda la obra vacila entre el mandato y reconocer algo de su propio deseo. Notemos sus palabras hacia Leonardo: “¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!”. Lo quiere, pero no puede, algo se lo impide.
Lacan plantea en el Seminario VII que a menudo se cede al deseo por el buen motivo, por la buena intención. “Hacer las cosas en nombre del bien y, más aún, en nombre del bien del otro está muy lejos de ponernos al abrigo, no sólo de la culpa, sino también de toda suerte de catástrofes interiores.”
En su fuga, los hechos parecerían indicar que la Novia lograría hacerse cargo de su deseo, no ceder ante él, arriesgarse a saber de él, encontrando a esa Mujer que tanto ha buscado. Los mismos leñadores lo indican: la Novia ha seguido ‘camino de la sangre’. Al respecto, podemos pensar las siguientes palabras de Lacan: “En la medida en que el épos trágico no deja ignorar al espectador donde esta el polo del deseo, muestra que el acceso al deseo necesita franquear no sólo todo temor, sino toda compasión, que la voz del héroe no tiemble ante nada y muy especialmente ante el bien del otro; en la medida en que todo esto es experimentado en el desarrollo temporal de la historia, el sujeto sabe un poquito más que antes sobre lo mas profundo de él mismo” . A estas alturas, aquellos personajes no tiemblan ante nada, ni siquiera ante la muerte. Lo enuncian de este modo: “Si nos separan será por que esté muerto” (…) “y yo muerta”.
A pesar de esto, la última escena da un vuelco en su posición. La Novia vuelve para atrás, no se hace cargo, se desdice, cede ante su deseo, con lo cual no habría un acto ético.
¿Qué hizo que esto suceda? Se abre aquí una nueva hipótesis.
A partir de esto, se abre una nueva hipótesis: una vez muerto el hombre que hacía de ella una Mujer, el objeto causa de su deseo, el deseo se desvanece, pierde consistencia. La muerte de su hombre es la muerte de su deseo. Ante ello, regresa hasta la Madre del Novio a pedir clemencia, absolución. Ahora bien, no por casualidad regresa ante esa dama quien parece saber acerca de la femineidad ¿La Novia va a buscar allí los títulos para ser una Mujer? Parece ser un modo de enmendar su pérdida, de reencontrar en el Novio lo que perdió con Leonardo. Un intento de hacer causa de deseo a ese otro…aunque intento fallido, ya que no responde a su deseo, sino a un ideal de otro.
Bibliografía

 D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006, p. 154. Deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006

 Domínguez, M. E.: Los carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006

 García Lorca, F.: Bodas de Sangre. Centro Editor de Cultura, Buenos Aires, 2005.

 Jinkins, J.: Vergüenza y responsabilidad. En Conjetural N° 13. Sitio ediciones, Buenos Aires.

 Lacan, J: Seminario 7. La ética del psicoanálisis 1959-1960 Paidós, Buenos Aires, 1998

 Mosca, J. C. (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.

 Salomone, G. Z.: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006, p. 129



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