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De la svástica al palimpsesto, hacia la letra (Un comentario al capítulo “Choca contra mí” de Grey´s anatomy)
por Eduardo Laso, Michel Fariña, Juan Jorge
Título original: Crash into me (Grey’s anatomy)

El capítulo de Grey`s anatomy “Choca contra mí” nos da una buena ocasión para pensar qué implica un dilema ético y por qué un acto ético instaura un punto de partida nuevo respecto de una situación, para que se desarrollen a partir de él las consecuencias lógicas que se siguen del mismo. Vale decir: si un acto -ético o no- decide por un mundo, el acto en tanto ético decide por cómo debería ser un mundo y no cómo de hecho es. Apuesta a realizar desde la singularidad del acto un universal, en el cruce del particular epocal, allí donde éste desconoce dicha dimensión para devenir particularismo.

Repasemos la situación: la doctora Bailey se ve confrontada a la reticencia de un paciente que debe ser asistido de urgencia por un accidente, que solicita a un médico varón. Al comienzo, la reticencia a ser examinado por ella no resulta clara: ¿vergüenza ante la mirada de una mujer? ¿Tozudez de un mal paciente que no se asume como necesitado de atención? Las resistencias a ser asistido no varían cuando la doctora convoca al doctor Webber. Sucede que el médico convocado –si bien varón- tiene algo en común con ella a los ojos de este renuente paciente: ambos son negros. El rechazo a ser atendido es por lo tanto la puesta en juego de una posición racista por parte del paciente, que no ve a un profesional de la salud sino un negro, con toda la carga de prejuicios discriminatorios que acarrea el racismo: los negros como fuente de contaminación, como esencialmente malvados, o como subhumanos.

Y si antes la doctora estaba dispuesta a sustituir su lugar por un colega del otro sexo –al fin y al cabo, si el paciente es tan pudoroso, se puede satisfacer su demanda-, ahora se enfrenta al dilema de si una demanda de discriminación injusta debe ser satisfecha. ¿Debe dejar de asistir al paciente debido a que es negra? Satisfacer tal demanda –y de hecho un colega le dice que no tiene que hacerlo si no quiere, y que perfectamente puede convocar a un médico blanco para que atienda al paciente- tiene como consecuencia asumirse en el lugar que el racista la ubica. No se trata de cualquier demanda, sino de una en la que satisfacerla es darle la razón, y por lo tanto retroceder 200 años en el campo de los derechos humanos. Es en ese caso hacer lugar a que sería aceptable discriminar a alguien por su color de piel, y a que habría por lo tanto diferencias sustantivas entre razas humanas que merecen ser consideradas. Exactamente lo contrario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que se erige axiomáticamente como declarando la igualdad de derechos entre los hombres, sin consideración por las diferencias raciales, religiosas o económicas. De ahí que la doctora Bailey diga que no va a dejar de atender al paciente, dado que dejarse sustituir por la razón de ser negra sería ser como él, vale decir, dar lugar a la legitimación del particularismo racista.

Está en juego para esta doctora el problema de cómo al mismo tiempo asistir a un paciente en riesgo de muerte, sin que se dé satisfacción a una demanda inaceptable desde el punto de vista ético. Convocar a un médico blanco para que la sustituya es en ese sentido claudicar ante una demanda injusta. Y es en este punto en que nuestra doctora encuentra un recurso: no va a convocar a un médico blanco, así que irá a buscar a un profesional que no sea negro. Si la doctora Yang es elegida, no es porque se la esté discriminando por su color (como ella finalmente se queja: ser elegida por su origen étnico oriental), sino porque es una profesional que no es ni blanca ni negra. No se la elige por lo que ella es “racialmente”, sino por lo que en este punto ella no es, lo que permite sortear el dilema ético de dar o no lugar a un pedido racista y al mismo tiempo cumplimentar las acciones médicas necesarias para salvarle la vida.

Un punto fundamental que merece ser retenido, es el tema del tatuaje. El paciente se resiste a ser examinado, entre otras cosas, porque teme que los médicos “de color” vean la svástica que tiene tatuada en su torso. El paciente se muestra ambiguo respecto al tatuaje: por un lado dice que se lo hizo en un momento de borrachera, pero ante la pregunta de la Doctora Yang de si está arrepentido de habérselo tatuado, termina reivindicando tener un “sistema de creencias” y vivir en un país en el que se toleran las diferencias y todos deben ser tratados como iguales (“es la belleza de este país” dice).

Ahora bien, sucede que ese “sistema de creencias” no es otro que el nazismo, y en boca de un neonazi, la reivindicación de poder tener un sistema de creencias como otro cualquiera resulta cínico. El nazismo es justamente un sistema ideológico que no acepta que existan variantes de creencias, de razas o de religiones. No tolera la diferencia. Resulta en el campo político un sistema de repudio a la castración encarnada en toda forma de diversidad y de no-totalización. Racismo biologista pseudocientífico que condujo al exterminio de todo ser humano que no se adecuara a la medida biológica del ideal ario.

La doctora Bailey se encuentra ante la situación de tener que operar al paciente. Como este último teme que pueda llegar a ser asesinado en la operación por las doctoras “racialmente diferentes”, se niega a firmar el consentimiento informado, a menos que esté presente un médico blanco. La doctora conseguirá entonces a un tercer médico –esta vez blanco- para que logre la firma del consentimiento y esté presente en la intervención. Este médico, el Doctor O´Malley, tendrá posteriormente un papel breve pero importante.

Notemos que la doctora Bailey tiene que intervenir quirúrgicamente justo en la zona en la que se encuentra el tatuaje de la svástica. En este punto resulta importante detenerse un poco en lo que es una svástica para nosotros hoy en día.

Steven Heller, director de arte del diario New York Times y editor del Journal of Graphic Design dice en su estudio sobre este símbolo: “La svástica ejerce una especial fascinación entre los diseñadores gráficos como yo, que trabajo con marcas comerciales y logotipos. Después de todo, es uno de los símbolos visualmente más poderosos jamás ideados. (…) Al igual que los símbolos más eficaces, la pureza geométrica de la svástica permite la legibilidad sin importar el tamaño o la distancia y, sobre su eje, el cuadrado girado da la ilusión de movimiento. Como una propela, sus bordes doblados en ángulo cortan la superficie en la que aparezca. Y debido a ello, cuando volvemos al significado de la svástica durante el siglo XX, este símbolo hace una incisión en el corazón”. El símbolo de la svástica está presente en culturas y épocas muy diferentes y posee una historia casi tan antigua como el hombre. Fue entre otras tantas cosas: amuleto religioso, símbolo científico, talismán, emblema de gremios, marca comercial, ornamento arquitectónico, viñeta de impresión e insignia militar. Se cree que originariamente representaba el curso del sol en los cielos, o la luz. Fue el ícono del Jainismo, religión hindú fundada por Mahavira, representando a Brahma, Vishnú y Siva. También estuvo presente en las representaciones de Buda, en monumentos a deidades griegas y caldeas, en cerámica etrusca y monedas corintias, y en pedestales y altares de piedra del período romano. Se han encontrado svásticas de cobre entre nativos norteamericanos. En Inglaterra y Escocia encarnaba la buena fortuna. En la antigua sinagoga de Ein-Gedi se podía encontrar un gran mosaico con la svástica adornando sus pisos. Fue emblema masónico, símbolo de la paz de la Comisión Vilna de la Liga de las Naciones (1920), la “cruz de la libertad” para los finlandeses, marca de diversos productos y servicios, y hasta una revista femenina norteamericana entre 1914 y 1918.

“Cuando a finales del siglo XIX el símbolo fue adoptado por los ocultistas esotéricos alemanes como su significante secreto, o santo grial que contenía el misterio de los cielos, el destino del símbolo comenzó a tambalearse. Es por ello que la svástica se convirtió en el signo de una antigua elite indoeuropea: una raza aria. Se creía que la svástica poseía una especie de fuerza natural que contenía secretos blasones… El signo ejerció una profunda influencia colectiva entre los nacionalistas, monárquicos y fascistas alemanes de posguerra”. Con el ascenso de Hitler al poder, la omnipresencia y polivalencia del símbolo de la svástica cesa, para devenir sinónimo del partido nacional-socialista. Deviene así un emblema nazi permanente. A punto tal que luego de la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno alemán prohibió oficialmente la exhibición pública del signo. “La svástica concentra tal vehemencia en su forma que el horror es palpable incluso en las marcas de los neofascistas de la actualidad, donde se introducen fragmentos de ella. En realidad, la svástica no es simplemente un recordatorio vívido de una historia desgraciada; es un instrumento (o por lo menos un accesorio) de su corrupción.(…) Lo que le da a la svástica su carácter tan especial no es sólo que se constituyó en el punto de apoyo de una máquina de propaganda integrada, sino que es la encarnación gráfica de un dogma infame que inspiró atrocidades relacionadas con el racismo. El hecho de que los nazis hayan perdido la guerra no significa que el símbolo se haya desnazificado”.

Resulta importante toda la consideración previa acerca del sentido coagulado del tatuaje del paciente, ya que la intervención quirúrgica de la Dra. Bailey abre a la pregunta de si la incisión que le hizo fue hecha de modo tal de alterar el tatuaje. En otras palabras ¿Ha hecho la doctora algo más que salvarle la vida en la intervención quirúrgica? ¿Ha realizado la incisión de manera tal que el tatuaje se arruine? Y en caso de haberlo hecho ¿tenía derecho a hacerlo? ¿O debía respetar el deseo del paciente de portar su emblema nazi?

El paciente en el postoperatorio es asistido por el doctor O´Malley, quien estuvo presente en la operación. Mientras cura la costura de la cicatriz, escucha las quejas de nuestro filonazi: que la recuperación no es completa dado que su tatuaje ha quedado dañado a propósito por la doctora. Y le aclara que no es el diablo, que es tan sólo un tipo con un sistema de creencias, y que no es tan diferente a tantas otras personas. La respuesta del doctor O´Malley es contundente y políticamente incorrecta: le dice que la doctora Bailey –es decir, una mujer negra- le salvó la vida con gran costo personal, por lo que la próxima vez que esté viendo su tatuaje piense en eso, dado que si él hubiese estado operándolo probablemente estaría muerto. Y agrega irónicamente “y como compartimos sistemas de creencias, creo que si hubieses muerto… el mundo sería un lugar mejor”.

Más allá de la cuestión de la intencionalidad consciente o inconsciente de arruinar el tatuaje, el símbolo nazi que el sujeto porta no queda igual. Tal vez el tatuaje no hubiese salido nunca indemne de la intervención quirúrgica que fue necesario realizar para salvarle la vida. Pero que la intervención haya sido hecha por una doctora que por su color de piel encarna aquello repudiado por el racista, introduce un plus que no estaría presente si la cicatriz hubiese sido hecha por un médico blanco. Ese plus es –como le señala el doctor O´Malley- una marca que se erige como letra a ser leída. Si antes había en el torso el signo inequívoco de una svástica nazi, luego de la intervención encontramos al torso del paciente como un palimpsesto. Recordemos que un palimpsesto es un manuscrito que conserva las huellas de una escritura anterior en su misma superficie, pero que fue borrada expresamente para dar lugar a la nueva escritura. El palimpsesto muestra así capas de escritura, borraduras y sobreescituras que hablan de la historia de su soporte.

Nuestro paciente presenta ahora la huella borrada de un tatuaje, arruinado por una traza/costura que -por las circunstancias en las que fue hecho- constituyen la huella de una historia. La costura es por lo tanto el soporte posible de una letra a leer. La cuestión es si esa novedad será leída por el sujeto que soporta la letra: ¿marca del odio del negro al ario? ¿O barradura del odio racial que encarna la svástica por el acto médico de un profesional que por su raza debería haber rechazado el envite de salvarlo? La letra nueva, ¿permanecerá a la espera de ser leída? ¿O podrá volver equívoco el sistema de creencias que la svástica encarna?

Esto no invalida el acto singular de la doctora Bailey. El acto ético no es consecuencialista: no se mide por su éxito o fracaso, sino sólo por el universal que sostiene al realizarse, sin garantías de que nuestro racista lea la huella como letra inscripta de que su sistema de creencias ha encontrado una inconsistencia que lo prueba no sólo como falso sino además como injusto y potencialmente criminal.


Notas





 
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