Inicio > Acceso Docentes > cuatrimestre 2010 > Código de honor >

por 

UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES
FACULTAD DE PSICOLOGIA

PSICOLOGIA, ETICA Y DERECHOS HUMANOS
CATEDRA l

Segunda Evaluación: Parcial domiciliario

Prof. Juan Jorge Michel Fariña
Docente de Práctico: Lic. Viviana Carew
Co-ayudante: Julia Calderone
Comisión: 17
Alumna: Scotti Berenice (L.U:31349283/0)
Mail: berenicecarol@hotmail.com
Tel: 156-572-4102
Fecha de entrega: 08-06-2010

Consigna:
Para la segunda evaluación de la materia cada alumno -o pareja de alumnos- trabajará con un filme asignado por su docente de comisión de trabajos prácticos, acompañado de al menos un comentario sobre el mismo.
Se les pedirá que vean la película asignada, que lean cuidadosamente los materiales que la acompañan y que, guiados por la consigna que estamos difundiendo, realicen una articulación entre dichos materiales y los contenidos teóricos de la asignatura.
La asignación de los filmes y el resto de los materiales la hará cada docente -personalmente en los prácticos o a través del Aula Virtual- , requiriendo a los alumnos que deseen trabajar en parejas que lo comuniquen lo antes posible.
* * ** * *
Se transcribe a continuación la propuesta de trabajo para la SEGUNDA EVALUACIÓN:
El escrito deberá ser presentado a máquina (o equivalente), en Arial 11, justificado, a doble espacio, con una extensión de aproximadamente 5 (cinco) páginas.
Se recomienda que el trabajo se realice entre 2 alumnos de la misma comisión, aunque también puede ser elaborado individualmente.
La entrega deberá efectivizarse en la semana del 7 al 12 de junio de 2010, en las respectivas comisiones de trabajos prácticos.
Asimismo, el trabajo deberá ser enviado por correo electrónico a la siguiente dirección:
2010.etica.primer.cuatrimestre@gmail.com

El e-mail deberá llevar por título (subject del mail) el número de comisión seguido de guión bajo, apellido y nombre del alumno seguido de guión bajo y título del filme trabajado.
Ejemplo: 02_Perez Juan_Crímenes y pecados
El mismo título deberá constar en el archivo Word.
* * ** * *

CONSIGNA DE EVALUACIÓN

1. Tomando en cuenta el comentario sobre el film: ¿Cuál es el personaje sobre el cual se centra el análisis de la responsabilidad subjetiva? ¿Propone el autor alguna hipótesis al respecto? En caso afirmativo, explicítela consignando los indicadores.

2. Sugiera el circuito de responsabilidad (tiempos lógicos) que organizan la situación.

3. Establezca los elementos de azar y necesidad presentes en la situación, consignando los indicadores respectivos.

4. Si corresponde, establezca las figuras de la culpa que aparecen, estableciendo su relación con la hipótesis sobre la responsabilidad subjetiva. Consigne en caso que exista alguna relación con la responsabilidad jurídica.

5. Compare conceptualmente el caso presentado con el de Ibbieta (cuento “El muro”, de Jean Paul Sartre).

En todos los casos, articular con las referencias bibliográficas del Módulo 5 y si el escenario fuera pertinente con las del módulo 4.

Los impasses del deseo y el deber
Por Laso, Eduardo
Comentario del film Código de Honor, de Sean Penn
“… todo público y todo contribuyente tienen derecho a sus héroes y su happy-end, y eso estamos obligados a
procurarlo por igual nosotros los de la policía y ustedes los de la literatura… Pero en las novelas de ustedes, el
azar no tiene ningún papel, y cuando algo parece azar, ha sido también destino y disposición… También lo casual,
lo incalculable, lo inconmensurable, tienen un papel demasiado grande”. Fredrich Dürrenmatt, La Promesa, 1958.
Dürrenmatt escribe La promesa como un ejercicio de deconstrucción irónica de la novela policial, en la que la
lógica deductiva del detective así como los principales tópicos de la novela de investigación llevan hacia un final
doblemente paradójico y desencantado respecto de la razón (algo que también hará Umberto Eco en El nombre
de la rosa):
El detective racionalista se topa con el más allá de la cadena deductiva que debería conducirlo a atrapar al
asesino, con el límite de lo real, que se presenta como casual, incalculable, inconmensurable, y así pierde el caso
y la razón.
Respecto de la dimensión ética, el objetivo elevado de hacer justicia y de cumplir con una promesa dada a la
madre de una víctima de encontrar al culpable, lo lleva a aplicar procedimientos que lo hacen tan monstruoso a los
ojos de los semejantes como el asesino que persigue.
La novela, ambientada en los cantones suizos, describe al personaje principal como un inspector de policía
solitario, impersonal, sin vínculos afectivos, muy formal en sus relaciones, carente de vicios cotidianos como el
fumar o beber, y que domina su oficio de detective de modo duro e inexorable. Se trata de un hombre sumamente
organizado que maneja el aparato policíaco como una regla de cálculo. No se ha casado ni habla de su vida
personal, de la que por otro lado carece. Es alguien que no tiene en su mente nada más que su oficio, que ejerce
como un criminalista de categoría, pero sin pasión. El personaje de Dürrenmatt encarna así la racionalidad
kantiana, que en el campo ético obra por deber y no por motivos “patológicos”, lo que para Kant implicaba
introducir condiciones basadas en pasiones personales que perturbaban el obrar conforme a una Ley
incondicional que la razón se dicta a sí misma. Así, el inspector, que era apodado “El definitivo”, dice en
determinado momento de la novela “es deber de la policía proteger a los niños y evitar un nuevo crimen”. Se trata
de obrar en función de un mandato absoluto que la razón se dicta a sí misma, mandato que pueda ser elevado a
Ley universal válida para todos. Es este contexto subjetivo del personaje el que le permite a Dürrenmatt plasmar la
tragedia de la ley moral incondicionada, que en pos de su ideal de justicia pura termina retribuyendo al sujeto con
una cuota exacerbada de angustia y masoquismo.
El film de Sean Penn, que se basa en la novela, introduce algunos cambios significativos. La acción ocurre en
EE.UU., y el inspector es ahora un sujeto dividido entre el deber y el deseo. Si la novela de Dürrenmatt se agota
en el tema de mostrar los límites de la razón ante lo incalculable, el film de Penn va más allá del relato al
complejizarlo y completar la novela.
Jerry es un policía cansado que se jubila. El día de la fiesta de despedida en el trabajo ocurre una llamada de
urgencia. En el bosque han encontrado una niña brutalmente asesinada. Los policías no pueden ver el cadáver sin
sentir horror. Jerry termina haciéndose cargo de visitar a los padres de la víctima para informarles del hecho. El
está incómodo con la tarea, y en medio del dolor de los padres trata de consolarlos diciéndoles que van a
encontrar al asesino. Es en esa situación que la madre de la víctima toma sus palabras y le hace prometer por su
alma que va a cumplir con lo que acaba de decir. Un dicho al pasar, de circunstancia, tirado a los padres a los
efectos de calmarlos, termina siendo una promesa de carácter sagrado que lo compromete en el núcleo de su ser.
Jerry queda así preso de sus palabras. El ha prometido en exceso, y este exceso operará superyoicamente,
atentando contra todo lo que pueda llegar a armar en su vida.
¿Por qué Jerry se involucra en un caso cuando se está jubilando? Las ganas de seguir un poco más en el trabajo,
la falta de un horizonte futuro para alguien que no ha hecho nada de su vida fuera de trabajar de inspector, todas
estas razones no alcanzan para dar cuenta de por qué toma justamente este caso. Es que Jerry es conmovido por
una escena insoportable hasta para los policías más experimentados: el cuerpo destrozado de una niña asesinada en la flor de la inocencia, algo que está en el límite de lo representable o pensable, que encarna un mal obsceno y
sin velo posible, y que convoca al rechazo o a la petrificación fascinada. En la novela esto es particularmente
destacado. El inspector dice: “No tengo mas remedio que seguir pensando siempre en esa niña… Yo miré de
frente, sin apartar la vista: había un cadáver descuartizado en las matas; sólo la cara estaba intacta, una cara
infantil. Yo me quedé mirando fijo…”.
Jerry mira la escena, pero también podemos agregar que la escena lo mira a él. Esta escena que encuentra por
accidente lo desestabiliza, al conmover en él su fantasma, que a posteriori pondrá en juego en su estrategia para
atrapar al asesino. Estrategia que consistirá en pensar como él, tratar de saber de su goce y tentarlo con otra
niña.[2]
En la novela, el inspector arma una trampa para cazar al criminal: pone un negocio en una zona de circulación de
autos donde han ocurrido otras muertes semejantes, adopta una niña similar a las víctimas de la zona para que
juegue a la vista de los autos que pasan, y contrata una prostituta para que le ayude a atender a los clientes y la
niña. Se trata de un cálculo frío y racional tendiente a cumplir la promesa de manera incondicionada, sin temor y
sin piedad por las personas que involucra.
En el film las cosas ocurren de un modo diferente: el inspector compra una estación de servicio en la zona donde
pasan autos entre los pueblos donde han ocurrido otros asesinatos similares de niñas, para anotar las chapas de
los mismos y llegar a encontrar al responsable. Trabajando en este lugar, conoce por azar a Lori, una mujer
golpeada por su ex marido, que tiene una hija que se parece a las víctimas del asesino buscado.
Lacan decía que el amor es una respuesta imprevisible de lo real. Buscando un asesino, Jerry termina
encontrando algo no calculado: el amor, una familia y el lugar de padre y esposo. La oportunidad de armar una
nueva vida, de tener un proyecto futuro. Lori se enamora de él y se va a vivir a su casa. Pero el amor que
encuentra en Lori y su hija opera tanto como desvío del cumplimiento de la promesa, como de recurso para
alcanzar a atrapar al asesino, en la medida en que se valga de la niña como carnada. De este modo, Jerry queda
dividido entre el amor y el mandato de cumplir con la promesa dada.
El amor de Lori por Jerry, así como el creciente cariño de éste por ella y su hija no figuran en la novela, dando a la
historia un sesgo dilemático: se trata del impasse ético por el cual cumplir con la promesa de atrapar al asesino
requeriría de la estrategia de ofrecer a la niña como objeto de tentación a un violador, justamente a una niña frente
a la cual se ubica desde un deseo de padre, lo que implica que ese objeto sea sagrado y no sacrificable. Como
consecuencia, Jerry viste a la niña con los rasgos de las otras víctimas y la pone a jugar frente a la ruta donde
pasan autos, al mismo tiempo que está torturado por la idea de que el asesino efectivamente aparezca y la mate.
El film de Penn se preocupa por introducir tres personajes durante la investigación que le hablan a Jerry del valor
único y sagrado de un hijo, a este solterón hasta ese momento inconmovible: una abuela, un padre y Lori no
figuran en la novela y están en el film para operar como llamado al valor insacrificable de un niño. En la novela, el
Dr. H, enterado de la niña que Jerry adoptó para atrapar al asesino, le dice: “¿no comete con eso algo diabólico?”
“Es posible”, respondió él.
Penn se preocupa por mostrar este impasse ético a través de una escena en la cual Jerry pierde de vista a la niña
y se entera por la madre que fue llevada a la iglesia por un extraño pastor de aspecto siniestro, que era
considerado el sospechoso principal. Jerry corre desesperado hasta la iglesia, irrumpe con un arma en la mano y
lo primero que ve es al sacerdote desnudo bañado en sangre y a la niña muerta, para luego ver la típica escena
de una misa dominical. Por un segundo, su fantasma, ese que lo tortura todo el tiempo, ocupó el lugar de la
escena vista en la realidad.
¿Por qué, con este antecedente, Jerry persiste hasta el final en poner a la niña en peligro? Dürrenmatt pone en
boca del Dr. H. la salida que hubiese sacado a Jerry de la encerrona: “Sólo se necesita hacer que Jerry tenga
razón y que capture al asesino, y ya tenemos la más hermosa novela o guión de cine;... con el éxito de Jerry, mi
degenerado detective no sólo se vuelve interesante sino incluso una figura bíblica, una especie de moderno
Abraham, en esperanza y fe... (Recordemos el lugar que tiene Abraham en la Biblia como padre de la fe, a partir
de superar la prueba que Dios le impuso de sacrificar a su hijo Isaac) Le propongo que Jerry, apenas ha
descubierto las trufas (se refiere a los chocolates con los que el asesino seducía a las víctimas), al saber del
peligro en que está la niña, encuentre imposible seguir llevando adelante el plan de utilizar a la niña como cebo, bien sea porque ha madurado su afecto altruista, o bien por cariño paternal hacia la niña; por lo cual dejaría
segura a la niña con su madre y pondría junto al arroyuelo una pequeña muñeca”.
Pero Jerry es un detective kantiano. La ética kantiana implica un deseo de ley en tanto hacer que el deseo sea
deseo de que se cumpla la ley formal, el imperativo categórico, al precio de los afectos y anhelos personales, vale
decir, a costa del sacrificio de cualquier objeto que pudiera tener valor fálico para el sujeto. Se trata de reducir el
deseo a la ley misma hasta que el deseo reduzca al imperativo categórico mismo.
Recordemos que la Ley Moral para Kant se enuncia “obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer
siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal.” Se trata de una ley incondicionada, es
decir, que no admite excepciones ni condiciones que la moderen o la relativicen, ya que es ella la que establece
las condiciones del deber ante el cual el sujeto se tiene que someter, incluso si eso implica el campo del malestar.
Kant rompe con la ética del placer para señalar una ética del más allá del placer. Lacan dice de la ley moral
kantiana que es el deseo en estado puro, “ese mismo que conduce al sacrificio de todo lo que es el objeto del
amor en su ternura humana, no sólo el rechazo del objeto, sino su sacrificio y asesinato”. Punto que le permite a
Lacan señalar al sistema sadiano como la verdad de la ética kantiana. Para el psicoanálisis no se trata del deseo
de ley, sino de la ley del deseo. La ley articula el goce con el deseo, en tanto inscribe la castración, ordenando por
la vía del falo los objetos deseables.
El superyó no es la ley, sino la ley en tanto incomprendida, que por lo tanto se reduce a la pura función invocante
de la voz, culpabilizando al sujeto por desear, es decir, por faltar al Otro. Freud calificaba al superyó “abogado del
Ello”, y “cultivo de la pulsión de muerte”, porque atacaba al sujeto por vía de la culpa, llevándolo a sacrificar su
deseo para ofrecerse al goce del Otro. De ahí que para Lacan, apoyándose en la ética del psicoanálisis, afirme
que en verdad, “de lo único que se puede ser culpable es de haber retrocedido en su deseo”.
Jerry retrocede en su deseo de padre para cumplir con un mandato del Otro, mandato que es leído en una vía que
lo pone en una secreta comunidad de goce con el asesino que persigue: ambos ofrecen una niña en sacrificio, uno
por goce sádico, el otro por deber.
Un día le niña le cuenta a Jerry que se ha encontrado con un mago que le dio unos chocolates en forma de erizos,
y le dijo que se vean al día siguiente en un claro del bosque. Jerry permite que ella vaya y se oculta con otros
policías para esperar la llegada del criminal. Pero el asesino no acude. Por azar, éste muere en un accidente
automovilístico camino a la cita.
De haberse producido el encuentro, Jerry habría quedado redimido, al haber cumplido su promesa y a la vez
salvado a la niña que él mismo puso en peligro. En cambio, el desencuentro devela la estructura de lo que más
allá de las buenas intenciones estaba en juego. La policía, cansada de esperar, abandona el lugar e informa a la
madre de lo que está sucediendo. Enterada, Lori va a buscar a su hija en un estado de desesperación. A los ojos
de ella, lo que ha hecho Jerry es horroroso, dado que el amor por ella y la niña debería haber impedido a Jerry
poner a la niña en situación de ser víctima de un perverso. Si fue capaz de hacer eso, entonces toda su historia de
amor con él aparece ahora como una estafa armada para atrapar a un asesino. El cumplimiento del deber y de la
promesa, atados a un fin elevado, termina sirviendo al mal. Punto en el cual Jerry se queda sin familia y sin razón.
De ahora en más él esperará para siempre a que el asesino acuda a su cita para darle la razón, para que todo lo
que hizo alcance una justificación que lo desculpabilice de su secreta complicidad con el goce del Otro.
El cumplimiento de la promesa queda así diferido, y el sujeto suspendido en una espera loca sin poder concluir,
porque de concluir allí, su alma estaría condenada en tanto ha puesto a un objeto sagrado para la cultura (una
niña, una hija) en riesgo de ser asesinada, al mismo tiempo que no ha cumplido con su promesa, y así a los ojos
de los demás ha cometido un hecho tan monstruoso como el asesino que persigue.
Nadie enloquece sólo porque haya fallado un plan para atrapar un criminal. Lo enloquecedor para Jerry es
descubrir en sí mismo una comunidad fantasmática con aquel que persigue, en tanto su empeño por descubrir al
asesino lo lleva a poner en riesgo los mismos objetos de amor que se supone debería haber protegido. Esto es lo
que debería haber descubierto en la escena de la iglesia: que con su estrategia podía perder una hija y colaborar
con el goce de aquel a quien persigue. Por eso, que no se haya detenido en ese momento le retorna desde el Otro
con la sanción “hijo de puta” que Lori le espeta.
El film muestra así una impasse de la razón: empleando la lógica del automaton (los rasgos de fijación del goce
del asesino permiten volverlo calculable: zona donde opera, tipo de víctima que elige, rasgos idénticos de las
niñas, estrategia para atraparlas), se topa con la tyche, el encuentro con lo real en tanto imprevisible, azaroso,
incalculable, desarmando al sujeto mismo.
En su seminario “Los no incautos yerran”, Lacan afirmaba “Lo que ustedes hacen, muy lejos de ser obra de la
ignorancia, está siempre determinado ya por algo que es saber, y que llamamos inconsciente. Lo que ustedes
hacen, sabe, sabe lo que ustedes son, los sabe a ustedes”.
Jerry es un buen ejemplo de aquello que Lacan calificaba de los no incautos: que yerran. “Aquellos que no son
incautos del inconsciente, es decir, que no realizan todos sus esfuerzos para ajustarse a él, no ven la vida sino
desde el punto de vista del viator, del viajero”. Se trata de ser incauto, es decir, de ajustarse a la estructura. “Para
el buen incauto, el que no yerra, es preciso que haya en alguna parte un real del que él sea incauto”. Ser incauto
de lo real, vale decir, de aquello que está más allá del automaton: la tyche, el punto de real que está en el centro
del nudo inconsciente, ese punto de goce oscuro en el que finalmente queda atrapado. Jerry es en este sentido un
no incauto, porque de haberlo sido, habría advertido el punto en que su goce estaba comprometido, para hacer
otra cosa que sacrificar sus objetos amados.
Dice el Dr. H. en la novela: “No hay cosa más cruel que un genio que tropieza en algo idiota. Pero en tal caso,
todo depende de cómo tome el genio lo ridículo en que cayó: de si lo sabe aceptar o no. Jerry no lo supo aceptar.
Quería que su cálculo le saliera bien también en la realidad. Por tanto tenía que negar la realidad y desembocar
en el vacío... También lo peor es lo que sale a veces. Somos hombres, tenemos que contar con ello, armarnos
contra ello y, sobre todo, darnos cuenta de que sólo evitaremos estrellarnos en el absurdo, que por necesidad se
muestra cada vez más evidente y poderoso, y sólo podremos hacer de esta tierra un lugar relativamente habitable,
si introducimos ese absurdo en nuestros cálculos”
[1] Penn, S.; The pledge, EE.UU. 2001
[2] En el film Backdaft, de Ron Howard, un bombero interpela a un piromaníaco. Este último descubre en el
bombero una secreta comunidad: el oscuro goce con el fuego, la mirada fija ante los incendios, especialmente
aquel en el que murió su padre. El bombero goza del fuego igual que él, sólo que no lo asume y vive
combatiéndolo. Combatir el fuego es una lucha contra la tentación de incendiarlo todo, especialmente al padre.

Desarrollo de la Evaluación:

The Pledge (Código de Honor)
De: Sean Penn

En este film, la acción ocurre en EE.UU. Jerry es un policía cansado que se jubila. El día de la fiesta de despedida en el trabajo ocurre una llamada de urgencia. En el bosque han encontrado una niña brutalmente asesinada. Jerry se hace cargo de visitar a los padres de la víctima para informarles el hecho, en medio del dolor de los padres trata de consolarlos diciéndoles que van a encontrar al asesino. Es en esta situación que la madre de la victima toma sus palabras y le hace prometer por su alma que va a cumplir con lo que acaba de decir.
El inspector compra una estación de servicio en la zona donde pasan autos entre los pueblos donde han ocurrido otros asesinatos similares de niñas, para llegar a encontrar al responsable. Trabajando en este lugar conoce por azar a Lori, una mujer golpeada por su ex marido, que tiene una hija que se parece a las victimas del asesino buscado. Un día la niña le cuenta a Jerry que se ha encontrado con un mago que le dio unos chocolates, y le dijo que se encontraran al día siguiente en un claro del bosque junto al arroyuelo. Jerry permite que ella vaya y se oculta con otros policías para esperar la llegada del criminal. Pero el asesino no acude porque por azar, éste muere en un accidente automovilístico e incendio del mismo camino a la cita.
La policía, cansada de esperar, abandona el lugar e informa a la madre lo que está sucediendo. Enterada, Lori va a buscar a su hija en un estado de desesperación, a los ojos de ella, lo que ha hecho Jerry es horroroso, dado que el amor por ella y la niña debería haber impedido a Jerry poner a la niña en situación de ser víctima de un perverso creyendo que si fue capaz de hacer eso, entonces toda su historia de amor con él aparece ahora como una estafa armada para atrapar a un asesino. Es así como Jerry enloquece esperando la llegada del asesino para poder demostrarle a Lori su verdadera intención.
Podemos encontrar a través de este relato de la descripción del film la Hipótesis Clínica a partir de la cual observamos el Tiempo 1 del circuito de responsabilidad donde la escena del accidente lo desestabiliza a Jerry, él ha prometido en exceso a la familia de la víctima, y este exceso operará superyoicamente, atentando contra todo lo que pueda llegar a armar en su vida.
Jerry encuentra a Lori quien se enamora de él y se va a vivir a su casa junto a su hija, lo cual le ofrece a él tener un proyecto futuro, una familia y el lugar de padre y esposo, pero el amor que encuentra podría ser el recurso para atrapar al asesino, en la medida en que se valga de su niña (a quien le tiene un gran cariño paternal), como carnada diseñando una estrategia que consistirá en pensar como el asesino, tratar de saber de su goce y tentarlo con ella vistiéndola con los rasgos de las otras victimas.
Este tiempo 1 nos muestra el universo cerrado de Jerry, creyendo que nada le falta para cumplir con su promesa.
Es en este momento donde se le puede alegar a Jerry la responsabilidad jurídica ya que arriesga un bien jurídico: vida de la niña, encontrándose el mismo en un estado consciente, autónomo y realizando la acción en forma voluntaria.
Cabe preguntarse, ingresando así en el tiempo 2 ¿Por qué, Jerry persiste hasta el final en poner a la niña en peligro pudiendo optar por dejar segura a la niña con su madre y poner junto al arroyuelo una pequeña muñeca?
Esta interpelación divide a Jerry entre el amor y el mandato de cumplir con la promesa dada.
Freud calificaba al superyó porque atacaba al sujeto por vía de la culpa, llevándolo a sacrificar su deseo para ofrecerse al goce del Otro. De ahí que para Lacan, apoyándose en la ética del psicoanálisis, afirme que en verdad, “de lo único que se puede ser culpable es de haber retrocedido en su deseo”.
Jerry retrocede en su deseo de padre para cumplir con un mandato del Otro. Tanto él como el asesino ofrecen una niña en sacrificio, uno por goce sádico, el otro por deber.
Es aquí donde la necesidad y el azar aparecen en lo no calculado por Jerry que creía tener completo su universo, el accidente del asesino antes de llegar a encontrarse con la niña, desencadenando la locura del protagonista.
De haberse producido el encuentro, Jerry habría quedado redimido, al haber cumplido su promesa y a la vez salvado a la niña que él mismo puso en peligro.
Jerry se queda sin familia y sin razón. De ahora en más él esperará para siempre a que el asesino acuda a su cita para darle la razón, para que todo lo que hizo alcance una justificación que lo desculpabilice de su secreta complicidad con el goce del Otro ya que a los ojos de los demás, en especial de Lori, ha cometido un hecho tan monstruoso como el asesino que persigue.
Nadie enloquece sólo porque haya fallado un plan para atrapar un criminal. Lo enloquecedor para Jerry es descubrir en sí mismo una comunidad fantasmática con aquel que persigue, en tanto su empeño por descubrir al asesino lo lleva a poner en riesgo los mismos objetos de amor que se supone debería haber protegido. Existiendo así un impasse de la razón donde los rasgos de fijación del goce del asesino permiten volverlo calculable: zona donde opera, tipo de víctima que elige, rasgos idénticos de las niñas, estrategia para atraparlas, se topa con el encuentro con lo real en tanto imprevisible, azaroso, incalculable, desarmando al sujeto mismo.
En este caso no hay tiempo 3 porque luego de que viene Lori y se enoja con él por lo sucedido creyendo que iba a hacerle daño a la niña, no intenta explicarle nada y se queda esperando a que llegue el asesino y lo desculpabilice, no se observa un acto que venga a dar cuenta de un cambio que implique una respuesta radicalmente distinta a lo que se venía dando, no existiendo un cambio en la posición del sujeto. El sujeto no se hace responsable de su acto e intenta explicar a Lori lo que en realidad estaba planeando realizar, se autocastiga de tal manera que se queda esperando sólo al asesino, ya que cree que es el único que podría desculpabilizarlo a los ojos de los demás y con respecto a Lori.
Por lo tanto podemos decir que no hay emergencia de una responsabilidad subjetiva por parte del sujeto, tapando así lo concernido por éste dando lugar al sujeto a enloquecer.

A diferencia con el cuento “El muro”, Jean Paul Sarte donde podemos encontrar el desarrollo de los 3 tiempos del circuito de responsabilidad donde el sujeto, Pablo Ibieta, será condenado a muerte, junto con otras 2 personas, serán fusilados. Ibieta, durante la noche anterior al fusilamiento comienza a desentenderse de todo lo que lo ataba a la vida, su novia, amigos, etc. Sin embargo decide no dormir para no perder las últimas horas de vida. Al amanecer llaman a los otros dos condenados y los matan, cuando lo llaman a él le dicen que quieren saber donde esta su amigo (Ramón Gris que estaba en lo de los primos). Luego de un rato que le dieron para reflexionar Ibieta responde: En el cementerio, a modo de afirmación. Este sería el tiempo 1, existiendo en toda acción humana 3 ordenes, la necesidad de la presión a la que es sometido, de elegir entre morir él o su amigo, azar, el momento de la jugarreta donde su amigo se pelea con los primos y la responsabilidad en este caso puede observarse porque: al pedirle que hable, Ibieta podría haber callado, luego, le piden que cuando hable diga donde esta, podría decir otra cosa, y por último que cuando diga donde estaba que sea verdad. Es innegable que mintió pero la lógica del verdadero o falso de la subjetividad es insuficiente. Al mentir Ibieta le dice la verdad a su deseo. Este yo que miente es CC pero olvidó del azar que amplia el universo, ya que no existe universo universal.
Al no ser fusilado aparece el tiempo 2 cuando lo que antes fue una afirmación ahora es una interrogación: ¿En el cementerio? Esto lo hace temblar queda en este tiempo el sujeto de la perplejidad, a partir de algo que lo desacomoda por completo. Este tiempo 2 es lo que constituye al tiempo 1 como tal apareciendo aquí el tiempo 3, lo que le produce como sujeto el deseo de vivir mas tiempo. La jugarreta de Ibieta no delata a Ramon gris, delata su deseo de vivir más tiempo, se expresa este deseo mediante risa (Satisfacción) por lo que desearía que el amigo esté en el cementerio y llanto que supone la satisfacción por el lado de la culpa. Es en este tiempo donde la frase aparece como exclamativa: ¡En el cementerio! Aquí esta la responsabilidad jugada a partir de la retroacción de la lectura del sujeto de su acto y se muestra por la vía de la risa/ llanto en tanto sujeto dividido. El efecto sujeto se ubica en el 3º tiempo del circuito de la responsabilidad, se liga el sujeto al acto por medio de la culpa para acceder a la verdad subjetiva. Y hacerse responsable la risa que expresaba su deseo.



NOTAS

Película:

Titulo Original:

Director:

Año:

Pais:

Otros comentarios del mismo autor: