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El Otro
por Tignanelli, Adrián
Título original: El Otro

Ariel Rotter / Argentina / 2007

¨´Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo´. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: ´Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie´¨.

J.L.Borges [1]

Si hay algo de lo que Borges jamás podrá jactarse es de haber logrado morir como significante. Perpetuado en un calle de Palermo frente al Zoológico de Buenos Aires, su deseo de completo borramiento subjetivo post mortem, parece chocar contra la imposibilidad irónica de ser olvidado luego de morir como viviente: su segunda muerte.

En este sentido, se hace inevitable la mención de aquella primera impresión que nos marca aún antes de nacer y nos da la ¿bien? venida mortificante al mundo del ser parlante; eso que puede convertirse en ícono de una época, estandarte de una ideología, referente de una tendencia, o tomar un cauce mucho más modesto como el olvido; aquello que nos es, al mismo tiempo, prestado e impuesto y que los muertos parecen devolver al lenguaje, como si se tratase de un contrato de alquiler de algo que se porta toda la vida y que vence con el último aliento: nuestro nombre.

En el film de Julio Chavez, Juan Desouza, es un abogado que decide oficiar de ecologista: especialista en el reciclaje de nombres que los muertos van dejando disponibles para reutilizar, no vacila un instante en jugar a darse, él mismo, distintas impresiones temporarias que durarán el tiempo de un viaje de negocios, ¿de negocios? pura excusa, en todo caso –podríamos suponer– su negocio consistirá en alejarse por unos días de los imperativos cotidianos que moldean su rutina diaria –el trabajo, los cuidados de un padre enfermo que ya no puede valerse por sus medios, la confrontación con su propia e inmediata paternidad-; esto es, tomar distancia del Otro –y de las responsabilidades que tal acercamiento conlleva– por una vía identificatoria que encuentra su torpeza en la insistente búsqueda por ser otro, a secas.

Y ¿qué mejor manera de iniciarse en la otredad si no es con un nuevo/viejo nombre? Como si buscase el encuentro con algún candidato distinto de Borges, Juan, suele detenerse en algunos bares y restaurantes para contemplar, en la rugosidad de la piel, la proximidad al instante que ofrecería el menú apetecido. Aquí, la referencia totémica de comerse al padre encontrará su lugar toda vez que Juan maniobre devorando –indiquemos la exclusividad de la elección– aquellos nombres de ancianos fallecidos que el abogado logre interceptar, ubicándolos en remisión directa a su padre fuertemente deteriorado por el tiempo y la enfermedad.

Así, su primer bocado (¨Manuel Salazar¨) tendrá lugar en el micro que lo traslade hacia un pueblo –escenario de su negocio– cuando advierta, al llegar a la terminal de ómnibus, que su compañero de asiento está muerto.

Más tarde, el personaje volverá a improvisar una nueva recuperación, esta vez operando sobre el nombre ¨Emilio Branelli¨, perteneciente a otro anciano fallecido en una casa de campo en las afueras del pueblo.

Así, con material suficiente como para jugar a darse nuevas identidades, el personaje no tardará en presentarse como el arquitecto Branelli o como el médico Salazar ante los conserjes de los hoteles visitados.

Sin embargo, parecería que aquello que comienza como un juego aliviante se torna una búsqueda angustiosa; al menos, eso podríamos inferir a partir de las escenas en que se muestra a Juan contemplándose ante distintos espejos. El reflejo de un rostro que sugiere seriedad y cansancio, ya delata la imposibilidad del ser; y no es casual que Juan experimente una gran dificultad respecto del reconocimiento de la otredad en él mismo.

¿Qué busca Juan en el espejo? No nos resultaría difícil imaginar la intención de sondear en su imagen especular algún punto de ruptura con el Juan que sólo navega entre las aguas de la rutina cotidiana; podríamos conjeturar que más allá de la mera ficción nominal –el darse nuevos nombres– lo que el espejo le devuelve en su reflejo no alcanza para ubicar allí esa distancia tranquilizadora a la que el personaje aspira con vehemencia.

Sin embargo –y para sorpresa del abogado– el encuentro con una experiencia de completa alienación respecto de una de sus identidades inventadas, implicará un efecto más próximo a la desesperación que a la propia tranquilidad. El momento de encarnar el lugar del falso médico no se hará esperar, y Juan se enfrentará a su propia castración cuando sea convocado a asistir a una mujer agonizante, en una de las habitaciones del hotel en el que él se alojaba.

Por supuesto, no se trata de una vivencia calculada por el abogado, sino todo lo contrario: la experiencia que lo obliga a responder por la identidad encarnada, implicará el encuentro con una condición estructural en la constitución de toda subjetividad –aún de las falsas identidades–, recordando a Juan aquello que había decidido olvidar en su movimiento por alejarse del Otro.

Ciertamente, podemos indicar que el protagonista ha aprendido algo a la vuelta de su intensa experiencia: cualquiera sea la identidad, cualquiera sea la otredad, o la necesidad de esfumarse por unos días de las propias obligaciones, allí donde haya un sujeto implicado del lado de la decisión y del deseo, habrá algo por lo cual responder; en este sentido, la imposibilidad de alcanzar una absoluta separación respecto del Otro, nos recuerda el pasaje por esa instancia como condición elemental de toda constitución subjetiva.

Ahora, Juan, con su boleto de vuelta en mano, no sólo retorna a la ciudad de la cual decidió alejarse; el haberse amistado con la imposibilidad del ser, le permite volver a la experiencia tranquilizadora del reencuentro con su padre, con su futura paternidad, con sus obligaciones y, así, continuar con su vida… hasta que venza el contrato con su nombre y el tiempo defina su destino: si permanecer inmortalizado en una calle o encontrar la posibilidad de perderse en el olvido.


Notas

[1] Borges, J.L. El Hacedor. Everything and Nothing, en Obras Completas, Tomo II, Buenos Aires, Emecé, 2007, pág. 217.





 
 
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El Otro
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