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Nombre de la Materia: Psicología, Ética y Derechos Humanos

Nombre del Profesor Titular: Prof. Tit. Reg. J.J. M. Fariña

Cecilia Dupraz L.U.: 29.261.408 .0 Primer Cuatrimestre 2010 – Comisión 8

Dominguez centra su análisis de la responsabilidad subjetiva en el personaje de Kevin Lomax. Destaca el lugar que tiene en la película, en reiteradas escenas, el libre albedrío. El libre albedrío es el poder que tienen los humanos de elegir y tomar sus propias decisiones. De responsabilizarse ante sus decisiones, por el hecho de que fueron ellos mismos agentes activos de la acción llevada a cabo. Se trata de implicarse, de hacerse cargo de las consecuencias. Con cada decisión, siempre hay algo que se pierde, pero como resto, surge el Sujeto. Del Sujeto responsable se espera una respuesta. Es responsable de su saber hacer ahí con. Para la autora, Kevin es interpelado una y otra vez sin que nada lo toque, sin que nada lo implique en sus decisiones o en su dejarse llevar por el devenir. La autora propone que ante la muerte de Kevin, ante su propia muerte, Kevin tiene una nueva oportunidad. Tengo mis dudas. El dilema comienza en un baño, donde los desechos deben ser perdidos. Es un baño de un tribunal, en el receso de un juicio, donde Kevin, además de sacarse el anillo de bodas, se lava las manos. Una y otra vez, vemos como se lava las manos en toda la película. Eso sí que es saber hacer con! Tipo limpito resulta ser este Kevin. Limpito, lindo exitoso, paradigma del Sujeto Joya: sujeto que decide sobre sus actos ya que es capaz de autodeterminarse, pero hasta ahí llega. Limpito, lindo, exitoso, una amenaza por venir en donde a la responsabilidad, le cuesta hacer circuito. O al menos, a mi se me presentaron serias dudas al momento de visualizar la responsabilidad de nuestro amenazadoramente exitoso abogado del diablo.

El circuito de la responsabilidad se encuentra compuesto por un tiempo 1 (T1), un tiempo 2 (T2) y un tiempo 3 (T3), que no siempre se encuentra presente. La hipótesis clínica constituye un lazo asociativo entre T1 y T2, ubicando la naturaleza de dicho lazo asociativo. La hipótesis clínica da explicaciones al movimiento de resignificación que el T2 da al T1. El T1 es conformado por una acción que pretende ser agotada en su meta, se acaba en sus fines. El T2, abre una dimensión desconocida para el sujeto que llevó a cabo la acción propuesta en T1. En T2, la sintonía yoica es perdida y se convierte en queja. Hay una falla en el nombrar un objeto de deseo. La hipótesis clínica queda así constituida como una interpretación de sentidos, de los excesos que emergen en T2, interpretación que el inconsciente realiza de los elementos disonantes entre T1 y T2, posibilitando la invención de sentidos, la apertura de significaciones diversas. El T3 es el tiempo de la responsabilidad, es una respuesta del sujeto que propone un cambio en su posición subjetiva, inscribe un acto del cual emerge el sujeto. Por eso, responsabilidad es otro nombre que se le da al Sujeto.

Tomaré como recorte para ejemplificar el circuito de la responsabilidad las siguientes escenas de la película: Como T1, ubico la mudanza a Nueva York de la pareja felizmente casada, con el objetivo de progresar económicamente, de tener un departamento con terminaciones de diseño, de tener hijos. Como T2, ubico el momento hacia el final de la película en que Milton lo interpela, nuevamente, diciendo que lo admita, que desde que llegó a Nueva York buscaba algo más que Mary Ann. Mary Ann está muerta y su padre le recuerda que pudo haber hecho algo por ella. Pero ese algo, ese plus, estaba solo a disposición de su Ser ganador. Aun sabiendo que todos sus clientes eran culpables, el los defendió, los desligó de la responsabilidad de sus actos. Quizás era tiempo de perder. Pero Kevin no pierde, nunca pierde. Kevin Lenox es un ganador. Solo gana. Es su trabajo y es lo que sabe hacer. Al igual que Milton en este momento, no tengo nada que agregar. Entonces tenemos por un lado, un T1 con una pareja llena de expectativas, una vida nueva, una decisión que convoca directamente al Sujeto en el proyecto del Ser. Ser padre. Una vida pletórica de bienes materiales que darán sustento y soporte a esa paternidad. Ser padre, sostenerse en el rol de padre es caro en todos lados, no solo en Nueva York. T1 formada por la mudanza con la promesa de paternidad. Por otro lado, tenemos un T2 en el que el Sujeto, es directamente interpelado en lo más íntimo de su ser en su pérdida. Perdió la posibilidad elegida de ser padre. Con Mary Ann muerta, puede acceder a su deseo de paternidad, sólo satisfaciendo el deseo de su propio padre. Procreándose con su hermana, y así crear al anticristo.

Sujeto sujetado al deseo del Gran Otro – Inmenso Otro diabólicamente presentificado ante Kevin. Esta escena es la única escena en la que Kevin se ve interpelado. La película es una seguidilla de intervenciones a sus acciones, de objeciones, de interpelaciones. Su mujer desfigurada, con el sufrimiento marcando su cuerpo, haciendo huella en su subjetividad, en su Ser mujer, pide a gritos que algo del T1 retorne. Su madre lo convoca a que repiense sus decisiones. Y hasta su propio padre en varias escenas intenta funcionar como límite. Límite a su vanidad, a su insatisfacción constante, a su Ser ganador. En reiteradas ocasiones se intenta que Kevin, el ganador, se enfrente a su castración. No todo se compra con dinero, no todo se gana. La ganancia tiene un costo muy elevado, un precio muy alto y Kevin no estuvo a la altura de semejante costo. Su ganancia arraigada en su ego, en su narcisismo completo y rebalsado dejó por saldo la pérdida de su propia subjetividad, en el enmarañado deseo de ese Otro, que desea de el, desea de el un hijo, lo goza en ese deseo.

Podemos intentar pensar porqué Kevin se somete a este deseo paterno. Porqué evita responsabilizarse hasta la última escena. En la teoría psicoanalítica freudiana, el niño se somete a otro porque se encuentra en estado de desvalimiento y de indefensión. Se somete porque depende del amor del Otro y teme perder el amor de este Otro de quien depende, tal como menciona Domínguez , teme perder la mirada de ese Otro. De esta mirada, mirada velada, aparece lo malo. Malo como aquello a lo cual si se accede, podría ser perdido el amor del Otro. Otro que funciona como una autoridad externa que mira. Se evita lo malo si el Otro lo mira. Podríamos pensar que la mirada de Milton es un escudo anti-responsabilidad para Kevin. La aprobación de Milton funciona como esta mirada a prueba de “lo malo”. Kevin decide en función de esa mirada y por esa mirada, evita constantemente responsabilizarse, hacerse cargo, ver por el mismo, mirar las consecuencias de sus actos. Esta mirada externa, al no estar interiorizada en Kevin como Superyó, es la que regula su accionar. Sujeto sujetado a la mirada del Otro. Instancia superyoica incompleta, que cual niño, regula, controla las actividades de Kevin desde afuera. Lo controla. Lo advierte sobre el cuidado que debiera estar dándole a su mujer, que ya circula con la mirada perdida.

Pero Kevin, se deja gobernar por su ambición, vanidad al decir de Domínguez, Ello, al decir de Freud. El Ello Lomaxiano quiere más. Por más que el Yo reprima los deseos que exigen desde el Ello, Ello que ofrece un mundo de placeres, mujeres, fama, ser él quien mira al mundo; por más que el Superyó lo castigue sin que este sea anoticiado del porqué, haciéndolo testigo del suicidio de su mujer, su deseo, deseo de fama, de gloria eterna materializada como abogado invicto, su completud, su vanidad insatisfecha, su deseo de inmortalidad, no desaparece, crece en las sombras. Este deseo de inmortalidad lo lleva una y cada vez a avanzar, aun en el perjuicio de su propia apuesta a la paternidad. Su mujer está muerta. Su posibilidad de ser padre, obturada. Kevin ya está castigado, ya perdió el amor de su mujer. El amor de ese Otro del que es objeto de cuidados. Ella funcionaba como su cable a tierra. Con ella, el se encontraba completo. Pero la muerte de su mujer abre una nueva dimensión. La dimensión de la falta, de la castración. Castración de la cual nada quiere saber Lomax. A Kevin ahora le falta su mujer, y esta falta es imposible de invisibilizar, por lo que su mujer tenía potencialmente para ofrecerle, acorde a su deseo.

Podemos pensar que este Otro encarnado en su mujer representa el amor de Otro que tiene trascendental importancia en la infancia de un niño: el padre. Kevin fue criado por una madre soltera, quien parece refugiarse desde hace años en la Iglesia, en la moral de la Iglesia, en sus presagios, en sus profecías. Iglesia representada por Dios, omnipotente, omnipresente. Dios, como el destino, es una de las figuras representativas del padre. Surge el destino como esa inexorable máscara que, como la muerte, no tiene palabras que lo represente. El destino creado por Dios, o por el Diablo, siempre por Otro. Este destino in rígido e inflexible para el Sujeto que nada tiene que ver con él, ya que ese Otro allanó el camino y decidió por el. El destino responde a la necesidad. Es otra cara de la necesidad. Por otro lado, surge el azar entendiendo por azar a los eventos que surgen ajenos al orden humano. Podríamos pensar que el hecho de que Kevin sea justo él el hijo del diablo, es puramente azaroso. El nada tuvo que ver en cómo se mezclaron los genes, en el acto creador de su persona. Ahora, necesariamente, puede decidir que hacer con su vida y esta adquiere un nuevo valor si considera la posibilidad de su muerte. Se visibiliza su inexorable destino: “hasta nuevo aviso, todos sabemos que vamos a morir” . Destino trazado por su padre. ¿Cómo opera este padre de la infancia ausente en la adultez de Kevin, de quien se espera se responsabilice alguna vez por algo? Irresponsable es el que está “sometido a algún Otro, sea bajo la forma de azar, las determinaciones del destino o la autoridad” .

Padre ausente en la vida infantil de Kevin, que aparece durante su cumbre de éxitos y encarna al Diablo mismo. La otra cara de la misma moneda. Al igual que Dios, Diablo omnipotente, omnipresente, que ejerce su mandato sobre Kevin, quien minuto a minuto, se deslinda de la responsabilidad de sus actos, los niega, al igual que reniega de la castración, de su límite, de su finitud, de su muerte. Ni la muerte de su esposa lo conmueve. Por un instante, se ve a Kevin con culpa por la muerte de su esposa. D’Amore sostiene que no hay responsabilidad subjetiva sin culpa. La culpa es la imputabilidad de un daño por el que hay que pagar; es una deuda. Contraer una deuda es contraer una culpa. Estar en deuda obliga a responder, a pagar la deuda. Ante este pobre retoño emergente de culpabilidad, su padre le dice que la culpa es un pesado saco de piedras del que hay que liberarse lo antes posible. En palabras de Milton: “Por qué tenés que cargar con ese maldito saco de piedras? ¿Por Dios? ¿Por qué sí? … Te voy a dar información de primera mano a cerca de Dios. A Dios le gusta observar, es un bromista, pensalo. Dota al hombre de instintos, les da esa virtud y ¿qué hace luego? Los utiliza para reírse de nosotros para ver cómo quebrás las reglas. El dispone las reglas y el tablero y es un auténtico tramposo. Mira pero no toques, toca pero no pruebes, prueba pero no saborees. Y mientras nos lleva como marionetas de un lado a otro”. Kevin, rápidamente abandona el sentimiento de culpa y se siente tentado a saber qué se le puede ofrecer por sus servicios, por su semilla. Porque el siempre gana. Se dedica a eso, ganar es lo que sabe hacer bien, sin poder detenerse, no advierte que en esta ganancia, pierde exponencialmente su posibilidad de Ser, su subjetividad.

Cae sujetado al deseo del padre gozador. Padre que goza de todas las mujeres, goza con quien es su propia hermana. Surge el mandato del padre: “engendrarás al anticristo con tu hermana”.

Ante esta representación inconciliable, Kevin descarga un arma, siendo el objetivo de las balas su padre, su propio padre. Quiere matarlo. Es inconcebible tener relaciones sexuales con su hermana, tener un hijo de su hermana. Ser padre de su sobrino. Algo de su lugar en el linaje se pone en juego. Ser padre, ser tío, ser hermano. Otra oportunidad para que la dimensión del Ser, ser que nada sabe de ganancias, se despliegue.

Saltan las fichas tejidas cuidadosamente ante la aparición fantasmal de la paternidad, que reaviva la significación de su esposa muerta, lo que ella significaba para el. Algo en su linaje se ve conmovido. Algo del mito fundacional de la sociedad tiene efectos en este momento sobre Kevin. Pareciera que en este preciso instante, el Complejo de Edipo, finalmente es llevado a pique, es sepultado y el Superyó imprime con todas sus violentas fuerzas los mandamientos sociales “no matarás al padre” y “no llevarás a cabo el incesto”.

Cómo sustraerse ahora a los efectos de esta escena, de esta propuesta indecente, pareciera la cuestión. Ser o no ser lo que el padre espera de él y que él ha estando realizando. Momento de decisiones. El tiene que decidir, tiene que ser responsable por primera vez de su hacer, de su saber hacer, de su ley y en tanto responsable de su decisión, tiene que poder dar respuestas, quizás, darse respuestas. Ser o no ser el abogado del diablo. La cuestión inherente al ser, a la esencia misma de su persona, a su subjetividad, colapsa la escena. Kevin no tiene respuestas, y la única manera que encuentra para salirse del apocalíptico e incestuoso entramado es pasando al acto. Kevin se dispara: pasaje al acto caracterizado por la aniquilación del propio sujeto en su fracasado intento por hacer surgir su propio ser, su subjetividad. Pareciera ser la única salida asequible que encuentra. Vale la pena preguntarse si en este pasaje al acto, encontramos verdadera responsabilidad subjetiva. Considero la diferencia establecida entre Pasar al Acto y Pasaje al Acto. En el pasar al acto, hay un efecto de sujeto de máxima subjetividad. Hay un cambio de posición subjetiva. En el pasaje al acto hay una aniquilación del sujeto en el que su propia subjetividad no emerge. Si el pasaje al acto es dispararse, única salida para tamaña escena, y con su muerte, se lleva a cabo la aniquilación del sujeto, Kevin encarna en acto su propia castración, su no poder hacer, su pérdida que paga con su vida. Desde esta perspectiva, sigue sin responsabilizarse por sus decisiones. Por otro lado, sabemos que del responsable, se espera una respuesta, y dar por finalizada la escena, negarle el anticristo al padre, es una manera de responder, de ubicarse como sujeto. La responsabilidad en presencia o ausencia se encuentra determinada ambivalentemente por la mirada, por el foco y la dirección que sean utilizados. “La responsabilidad interpela a un Sujeto, quien debe, o puede, dar “respuesta”, responder, por su acto” . Con un individuo irresponsable, la ganancia es paupérrima: “baja responsabilidad y pobreza subjetiva” se encuentran enlazadas necesariamente.

En el cuento El Muro , Sartre presenta a su personaje principal, Ibbieta, como un prisionero que se encuentra en una celda, encerrado, esperando su propia muerte. Mientras que Kevin reniega de su propia muerte, de su fecha de vencimiento, de su propia desintegración, paseándose rimbombante por toda la película sin parecer tocado por la castración, a Ibbieta se le abre un mundo de nuevos sentidos o de sin sentidos en el cual la vida no vale nada. El ser mortales, estar sujetados a la mortalidad, siendo la muerte el telos que acompaña toda nuestra vida, no suele hacerse consciente a medida que transitamos nuestros caminos. Paso a paso, en ese recorrido llamado Vida, uno elige, opta, decide entre diferentes opciones. Y, retomando la idea de Mosca , Ibbieta dio un traspié. En el intento de burlarse de los totalitarios falangistas, el azar se burla de él, lo hace objeto directo de su burla, haciendo que su mentira sea exactamente correspondiente a la verdad. “Los hechos se encadenaron azarosamente para producir finalmente ese penoso resultado” . Pero este azar anudado, constituye para nosotros Otro, que deslinda de responsabilidad al Sujeto y el Sujeto es otro nombre que se le da a la responsabilidad. Entonces ¿cómo quedaría anudado el Sujeto, en tanto responsable, al azar, que lo eximiría en apariencia de su responsabilidad? El Otro aparece escenificado como el azar. ¿Es Ibbieta responsable de su chiste, de su acto fallido bajo formato de burla? Ibbieta, en la antesala de su muerte, bajo la preponderancia de este significante que faliciza su vida, poco a poco, el pensar en su propia muerte, en su finitud, en su telos, en su triste final, hace que sienta que su cuerpo es una sombra gris privada de sangre. Su cuerpo es gris ante la presencia inmanente de la muerte. Con esas cenizas, grises, con que se va tiñendo el tiempo, va deslibidinizando a su mujer, sus amigos, sus ideales políticos, los cuales fueron tomados por el tan en serio como si fuese inmortal. Su vida, que pasa frente a sí mismo, transcurre en blanco y negro, en grises, que ya nada tienen que ver con el. Gris, cómo su amigo, de quien la delación de su escondite, tiene sujetada su vida. En palabras del gordo falangista: “Es tu vida contra la suya”. Su vida gris contra la de Gris. El límite a la vida, la muerte, produce efectos, sometiendo a nuestro Sujeto a la castración, a la falta, falta de vida, falta en el tiempo, falta en lo inmortal. Nuestro Ibbieta, “recupera su tiempo bajo la amenaza de perderlo, recupera su mortalidad” . Deseo de vida que invade a Ibbieta, en lo gris de su vida, absorbiendo de este modo la sangre de Gris. Deseo de vivir, voluntad sostenida de la cual Ibbieta es responsable. Dimensión nueva de Sujeto que se le abre, brindando la posibilidad de investir su vida de acuerdo a su deseo, quizás, nuevo deseo.

Bibliografía:
D’Amore; Responsabilidad subjetiva y culpa. Pág. 145.

Domínguez, M. E.: “Aunque lo vean venir ¡Libre albedrío! Un saber-hacer-ahí con la vanidad”. Publicación de El Sigma – Apr-07

Fariña, J.J.M; Responsabilidad: entre necesidad y azar. Ficha de cátedra.

Mosca, JC; Responsabilidad: Otro nombre del Sujeto. Cap VIII. Pág 113.

Mota; JC; Op. Cit. Pág. 122.

Sartre, Jean Paul: El muro, Editorial Losada, Bs. As., 1972.

Anexo:
Por María Elena Domínguez
Aunque lo vean venir ¡Libre albedrío! Un saber-hacer-ahí con la vanidad

Kevin Lomax ya lleva en su haber sesenta y cuatro juicios seguidos ganados. Todo un record, su record. El dilema está ahí frente a sus ojos y él debe decidir entre defender a un culpable de abusar de una menor y así perder su invicto o –estrategia mediante-, a costa de no saberse engañado, ganar. Kevin opta por no ver. ¡Libre Albedrío!

“Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran”
MATEO 5:1-7:29 (2)
Un relato de un abuso. Un profesor es acusado de corrupción de menores. Y allí, en pleno juicio, mientras Bárbara describe el incidente, el Señor Gettys no puede sino recrearlo ante la vista del jurado, o mejor dicho, ante la mirada atenta de su abogado.
Su turno, su testigo, su mirada y un receso de quince minutos le posibilitarán trocar el curso del litigio y de su vida también. Y es que Kevin Lomax –quien goza y usufructúa de esa mirada- ya lleva en su haber sesenta y cuatro juicios seguidos ganados. Todo un record, su record.
Una visión y su anillo de bodas. El dilema está ahí frente a sus ojos y él debe decidir entre defender a un culpable de abusar de una menor y así perder su invicto o –estrategia mediante-, a costa de no saberse engañado, ganar. Kevin opta por no ver. ¡Libre Albedrío!
Otra oportunidad para el cambio. Un pedido llega de Nueva York, la nueva Babilonia del Apocalipsis Bíblico. El bufete Milton Chadwick Waters lo requiere para escoger un jurado. Es que él sabe mirar, y es por eso que ha sido observado atentamente y escogido especialmente por John Milton.
Una nueva vida. Una nueva ciudad y un nuevo departamento para una pareja de jóvenes enamorados. Un proyecto en puerta: la paternidad. Pero, para ello, algo debe ser dejado de lado: la vanidad, la misma vanidad de siempre. Y es que ahora el joven abogado, exitoso y galán –recién llegado de la Florida- pretende devorarse de un bocado la Gran Manzana aún a costa de abandonar la mirada de su mujer.
He allí el universo de discurso en el que Lomax se halla inmerso. He allí su saber-hacer savoir faire con ese universo particular, con el manejo adecuado de la técnica judicial. He allí al invencible abogado de Gainesville que se ufana de ganar todos los juicios a sabiendas de la culpabilidad de sus clientes. Sesenta y cuatro victorias y allí a él se lo ve venir, ese es su rasgo y así lo despliega en el Caso Moyez. En sólo treinta y ocho minutos de deliberación del jurado logra su cometido. Ese es su jurado y ella, Mary Ann, aún lo mira desde la primera fila. Reino de la egosintonía. Reinado de la vanidad, su vanidad.
Pero la egosdistonía quiebra el horizonte brillante y eterno de Lomax y el dilema con el que se inicia el film vuelve a presentársele. Una nueva oportunidad se avecina, ahora ante el caso Nº 67. Abandonar a su mujer y su mirada o someterse a la mirada de Milton quien lo define ante el futuro cliente en los siguientes términos: “es un ganador, Alex, se parece a ti y no lo van a ver venir”. Elementos disonantes aparecen una y otra vez, y en el medio, un hijo huérfano de padre que ha hallado un protector a su medida. Alguien que ha posado sus ojos en él, más allá de su enamorada esposa. Un padre que le muestra el poder, el placer y los favores de otras mujeres a la vuelta de la esquina, pero que no por ello deja de interpelarlo. Y es que ese es su juego: la decisión de Kevin y hacia allí lo conduce. ¡Libre albedrío!

Sin embargo, el dilema le es planteado por Milton en términos de elección (4): dejar el caso, un importante caso de triple asesinato y al jurado, su jurado –donde todos lo verán venir- o, sacarlo del mismo, eximirlo de tal empresa y relegarlo al lugar de asesor, para que así pueda cuidar a su mujer. Y en esto de ponderar elementos dispersos y perspectivas encontradas para arribar a una elección, a Kevin se lo ve venir y Milton lo ve venir.
Nuevamente la oportunidad es rechazada. Milton, un nuevo Tiresias, le enuncia como un oráculo que todos lo dispensarán de sus deberes de abogado, que él mismo lo hará porque todos saben que él ama a esa mujer, su mujer. Y le recuerda: “la presión, olfatéala, ...yo te apoyo en esto”. Pero Kevin, como Creonte, invierte los órdenes y… llega tarde. Y es que vuelve a ponderar vía ideales, y el libre albedrío se transforma en una falsa decisión: “sabes a qué le tengo miedo: si dejo el caso y ella se pone mejor la odiaré por eso. No quiero ser un resentido. Puedo ganar este caso, quiero meterme de lleno en este caso. Terminarlo y ya. Entonces, entonces le dedicaré toda mi energía a ella”.
Un abogado del Diablo lo interpela. Un importante representante de su Iglesia que, juicio mediante, –el juicio a Kevin-, se abocará por todos los medios a demostrar que no hay razones para hacerlo santo. Es decir, hará ver que sus supuestos milagros, sus triunfos, son pura ilusión. Tarea difícil si la hay porque ambos son de la misma Iglesia y ambos saben-hacer con cada tramo de la letra del código y la de la Biblia también.
La culpa aparece. Kevin, a sabiendas de la culpabilidad de su nuevo cliente Alex Cullen, gana otra vez, pero quizás “era el tiempo de perder”, sólo que él no sabía, ni se veía venir que perdería con ese triunfo. De inmediato le informan de la gravedad de su mujer y corre presuroso hacia ella, es que Mary Ann ya no lo mira desde la primera fila, ahora ese lugar lo ocupa Milton.
Tiempo de comprender.
Un colega del bufete es asesinado y comienza a contabilizar -vía alucinaciones- los elementos disonantes que, hace rato, recorren la escena. Una ojeada basta en el funeral de Eddie Bazoon, para ubicar allí en el deseo incestuoso de un padre por su hija. El dilema que dirige la cuenta. Su último cliente Cullen y su hijastra se confunden en una mirada con su antiguo defendido de Gainesville, el Sr. Gettys, y una menor por él deseada, por él abusada.
Kevin sale de la Iglesia para hallar la mirada de Mary Ann, pero su mirada se ha extraviado. Desorientado por las calles de Nueva York ya puede olfatear la presión, pero ésta aún no es suficiente. Kevin es interceptado en la calle e interpelado una y otra vez por Mitch Weaver, un amigo de Eddie, por su actuación en su último juicio en Gainesville. Y es que alguien más lo ha observado.

Al espectador que a esta hora ya lo ve venir, no podrán dejar de resonarle las dos interrogaciones claves que reciben a Kevin al ingresar al bufete y que cobran, ahora, especial relevancia ya que, finalmente, lo conducirán a la toma de una decisión. Una de ellas, la de Milton: “¿puedes trabajar bajo presión?”, la otra de Cristabella, su contracara: “¿tú tienes esta vista?”. Enlazadas como S1 y S2, originando una nueva escritura. Intentando hallar un sujeto que se escurre en esa hiancia. Pretendiendo sustraer de la serie una respuesta singular.
Kevin, culpa mediante, ya se encuentra en el lugar del trabajo, produciendo saber sobre la causa. Y es que el redoblamiento que le llega de la mano de Mitch Weaver, el amigo de Eddie Bazoon, permite “hacer aparecer la falla, el defecto de significación que el mensaje mismo del inconciente porta” (5) . La cuenta –ya iniciada- permite situar la nueva escritura. Kevin ahora lo ve venir. Otra mirada se ha posado sobre él, una mirada que sitúa un sujeto, una mirada que se transforma en enigma a descifrar y es en ella que ahora decide mirarse. ¡Libre albedrío!
El final se avecina siempre entre grandes montos de presión, pero Kevin –en su robótico talle- recién ahora dejará que algo de la mirada roce su cuerpo.
Su mujer empeora. Mary Ann se suicida y Kevin debe mirar, impotente, esa escena. Su madre elige confesarle su gran secreto en el peor de los momentos: “Milton es tu padre”. Otra vía se abre: la peré-versión paterna se hace visible. Esa otra mirada ya ha recortado su cuerpo y él acude a su encuentro. Kevin decide dar una ojeada más, pero ¿podrá responder ante grandes montos de presión? ¿Podrá trabajar pese a ello y así saber sobre su causa? ¿Podrá crear otra escritura más allá de la versión del padre?
Lo escópico recorre la escena final, es más, ese es su escenario. Un mural viviente invade la sala y acompaña el desenlace. A sabiendas de su vanidad y, más allá de los ojos de Mary Ann, Kevin debe decidir en qué espejo mirarse. Una familia le es ofrecida a aquel que no ha tenido una y que no ha podido construir la suya. Un hijo le es prometido. Un lugar en un linaje y, en el medio de todo, la misma vanidad de siempre.
El libre albedrío ahora introduce un verdadero Tiempo 4: el de la decisión: un saber-hacer-ahí-con la contingencia. Kevin rechaza ser el padre del Anticristo, no por su amor a Dios, rechaza al abogado del Diablo, pero no por fidelidad cristiana, sino porque ya se ve venir, y a Kevin le ha llegado el tiempo de comprender. Y es que ante los valores que la moral cristiana da al hombre con sus reglas contrapuestas: “Mira pero no toques, toca pero no pruebes, prueba pero no tragues”, Kevin decide sustraerse y propone ¡Libre albedrío! Momento suplementario que permitirá un giro y una decisión. Acto donde algo del Lomax anterior debe morir para atravesar un umbral. Se tratará de un cuerpo tocado por el significante. Es así, que después de ensayar endebles argumentos y de aparentemente obedecer, cediendo a la tentación, decide tomar lo suyo ¡Libre albedrío! Y se suicida.
Una visión, un anillo de bodas y una mirada. Algo nuevo se ha extraído de la serie. Destituido el sujeto Kevin regresa a la sala de juicio y busca desesperadamente el rostro de Mary Ann y se halla en su mirada. Una nueva oportunidad, un saber-hacer-ahí-con la contingencia, cada vez, y con la vanidad, la misma vanidad de siempre.
REFERENCIAS
1.- Lacan, J.: (1975-76) Seminario 23. Clase del 13-1-76. Inédito.
2.- El Sermón en la Montaña “Las Bienaventuranzas”, Evangelio de San Mateo.
3.- Lacan, J. Op. Cít.
4.- Situaremos a la decisión ligada a la producción de un sujeto, una variable acorde a la singularidad en situación. Tal el planteo de I. Lewkowicz. Donde no se juega la opción correcta en la lógica binaria de los algoritmos computacionales ni en la ponderación de elementos dispersos y perspectivas encontradas para arribar a la elección adecuada.
5.- Schejtman, F.: (2004) “Márgenes de lo Interpretable”. En La trama del síntoma y el inconciente, Serie del Bucle 2, Buenos Aires, pág. 26
BIBLIOGRAFÍA:
D´AMORE, O.: “Responsabilidad subjetiva y culpa”. En La transmisión de la ética: clínica y deontología. Vol. 1 Fundamentos, Letra Viva, Buenos Aires, 2006, 145-165. 2006.
DOMÍNGUEZ, M. E.: “Los carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis”. En La transmisión de la ética: clínica y deontología. Vol. 1 Fundamentos, Letra Viva, Buenos Aires, 2006, 131-143.
LACAN, J.: (1959-60?) “Reseñas de enseñanza. Primera parte. Reseña con interpolaciones con el Seminario de la Ética”. En Reseñas de enseñanza, Editorial Hacia el Tercer Encuentro del Campo Freudiano, Buenos Aires, 1984, 3-23.
LACAN, J.: (1964) Seminario 11: Los Cuatro Conceptos Fundamentales del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, 1993.
LACAN, J.: (1967) “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la escuela” (versión escrita). En Momentos cruciales de la experiencia analítica, Editorial Manantial, Buenos Aires, 1987, 17-18.
LACAN, J.: (1974-1975) Seminario 22: R.S.I. Clase del 10-12-74. Inédito.
LACAN, J.: (1975-76) Seminario 23: Le Sinthome. Clase del 13-1-76. Inédito.
LACAN, J.: (1976-77) Seminario 24: L’insu que sait de l’une bévue s’aile à mourre. Clase del 15-2-77. Inédito.
MILLER, J. A.: (1983) “No hay clínica sin ética”. En Matemas I, Editorial Manantial, Buenos Aires, 1987, 122-131.
MILLER, J. A.: (1988) “Jacques Lacan: Observaciones sobre su concepto de pasaje al acto”. En Infortunios del acto analítico, Atuel, Buenos Aires, 1993, 39-55.
MILLER, J. A.: (1996) “Sobre Die Wege der Symtombildung”. En Freudiana 17, EEP, Barcelona, 1997, 7-56.
SCHEJTMAN, F.: (1999) La destitución del sujeto. Conferencia dictada el 26 de junio de 1999 en las Jornadas: “Clínica, malestar y subjetividad”, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Psicología, Secretaría de extensión Universitaria. Programa de Cultura y Psicoanálisis. Inédito



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