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Psicologia, Etica y Derechos
Humanos - Catedra I

2do Parcial

Profesor Titular Regular: Lic. Juan Jorge Michel Fariña
Profesora a cargo: Lic. Mariana Pacheco
Comisión Nro. : 3
Horario de cursada: Martes, Miércoles y Jueves de 18:00 hs a 22:00 hs
Integrantes del Grupo:

Maria Laura Mette LU 295028330
Irina Poletti LU 334024960

Curso de Verano 2011

No cometás el crimen varón, si no vas a cumplir la condena
El corazón delator, de Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
- ¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
- ¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
FIN
Traducción de Julio Cortázar

Para el presente trabajo nos centraremos en el personaje del narrador. Hemos conservado el relato entero dado que las acciones que nos interesan trabajar coinciden con el comienzo y final del cuento.
Para comenzar ubicaremos las categorías de pensamiento para analizar la situación: universal – singular y particular. Recordamos que lo universal es aquello que nombra lo propio de la especie humana, lo simbólico que, por su estructura misma, implica una falta. Debemos diferenciarlo de lo general, aquello que siendo rasgo común de una especie no la define como tal. Ubicamos como lo universal al lenguaje y su polisemia significante. Es pura legalidad. Lo universal al no ser una noción cuantitativa, se expresa en lo singular de cada sujeto. Es por eso que lo universal-singular es leído así, como un eje indisoluble. No sabemos de lo universal sino por medio de lo singular de cada sujeto. Pero cabe recordar que este eje se soporta en lo particular, es decir lo universal se soporta en lo particular y a su vez lo singular es atravesado por este. Con particular nos referimos al campo de la historia, a la moral propia de una época, un sistema de códigos compartidos. En palabras de Alejandro Ariel la moral “sitúa lo que es pertinente a la conducta social de un sujeto entre otros (…) serían los deberes del sujeto frente al estado, frente a la ley. (…) Es la pereza de la existencia, un dormir en los signos del Otro ”. El plano de la existencia queda ligado al eje universal-singular, dimensión sobre la que se dibuja “el horizonte de la ética ”.
Si pensamos estas categorías en relación al relato, podemos ubicar a la moral particular de época encarnada en la figura de los Policías que vienen a registrar el lugar, controlar que esté todo en Orden, a raíz del alarido y la sospecha que éste levantó en el vecino. Lo universal, lo simbólico es el lenguaje humano, lenguaje significante y que por tanto nos permite interrogar que representa para el narrador “ese ojo de buitre” del viejo, qué expresa singularmente para él y por qué lo atormenta de tal modo que lo lleva a planear su asesinato.
En cuanto a las categorías de necesidad y azar, podemos decir que necesidad tiene que ver con aquello que se produce independientemente de la intervención o voluntad de cualquiera. Se puede decir que hay en la necesidad una relación de causa y efecto. La necesidad estaría en el orden de lo dado, de la determinación, según Mosca , en los que la voluntad consciente del sujeto no interviene. Es así que pensamos al universo (lugar, época, nombre) del sujeto como necesario. En nuestro cuento podríamos situar al hecho de que el personaje se dedique a cuidar al viejo, que éste tenga un “ojo de buitre”, como condición necesaria para que, transcurrido un cierto tiempo, decida matarlo ya que como el mismo relator nos dice “… no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre…”. Tampoco es casual, azarosa, la hora en que el relator decide ir a ver al viejo a su cuarto, siempre a las doce de la noche, misma hora donde a él lo sobrecogía el quejido del terror. Podemos pensar al destino como un sentido desordenado , sentido propio que para el sujeto tiene “las doce“. Con respecto al azar, diremos que en este caso se desconecta la relación causa y efecto, tiene que ver con la coincidencia, la casualidad, lo accidental. Es por esta diferencia que comúnmente se designa a la necesidad como destino y al azar como suerte. En nuestro caso ubicamos como producto del azar, dado que así lo nombra el personaje, al incidente en el que su pulgar resbala por la linterna haciendo un ruido que puso en alerta al viejo. También pensamos como azaroso el hecho que un vecino haya escuchado el alarido que el personaje dio antes de matar al viejo y haya llamado a la policía, dado que esto podría no haber ocurrido o podría no haber sido oído; es producto justamente de la casualidad. Por último, nos interesa remarcar lo que Juan Carlos Mosca sugiere en su texto, que “…la responsabilidad del sujeto se encuentra en la grieta entre necesidad y azar… ”.
En relación a los tiempos lógicos en el circuito de la responsabilidad subjetiva, en el primero se ubica una acción llevada a cabo con un determinado objetivo y entendiendo que la misma se agota en los fines para los cuales fue concebida. Se trata aquí de un sujeto bien afirmado, que sabe lo que hace y tiene la intención de realizar esa acción. En nuestro caso ubicamos el asesinato del viejo, con el fin de librarse de ese ojo para siempre. En un tiempo 2, encontramos “…una interpelación que el sujeto recibe a partir de indicadores que lo ponen sobre aviso de que algo anduvo mal. Su acción iniciada en el tiempo 1 fue más allá de lo esperado…” . Se trata aquí ya no del sujeto con certezas, sino de un sujeto que tiembla. En este caso ubicamos los latidos del corazón del viejo que el personaje comienza a escuchar unas horas después de matarlo, cuando se encuentra en la habitación con los policías. Estos latidos comienzan abrumarlo y desencadenan una serie de sensaciones y pensamientos que podríamos considerar como figuras que evocan la culpa. Comienza, por ejemplo, a dudar que los policías no oyeran el latido y comienza a convencerse de que están burlándose de él. Las respuestas que el sujeto dé a esta interpelación generada en el tiempo dos pueden ser variadas, por ejemplo “…la negación, la proyección y las formaciones sintomáticas asociadas al sentimiento inconsciente de culpa. En ellas la culpa, por distintas circunstancias, no favorece el efecto sujeto …” Pensamos en el mecanismo de la proyección usado para librarse de la culpa, proyectándola en la figura de los policías que se “estaban burlando de mi (su) horror”, sospechando de él, sonriendo hipócritamente, hecho que termina llevándolo a confesar lo sucedido “¡Basta de fingir malvados! – aullé – ¡Confieso que lo mate!”.
En este punto diremos que toda interpelación exige respuesta, “no hay forma de no responder (…) la interpelación exige respuesta más allá de lo que el “yo” quiera responder ” pero toda respuesta no implica un tiempo 3. “…La interpelación subjetiva es la puesta en marcha del circuito. Luego la culpa obliga a una respuesta a la interpelación; es decir, dado el tiempo 2 que es el tiempo de la interpelación en el circuito, se funda en su resignificación el tiempo 1, facilita una respuesta aunque no es considerada todavía tiempo 3 – aquel de la responsabilidad subjetiva – responde a la interpelación… ”. Esto significa que toda interpelación exige respuesta pero esta puede producirse como “… un proceso que hace cuerpo en la culpa como tapón y obturador de la emergencia subjetiva…” . En el cuento analizado la respuesta a la interpelación es esta confesión en la cual no hay efecto sujeto, solo se vale de la proyección como respuesta a la interpelación que los latidos producen en él “… en este sentido es que planteamos una diferencia respecto del tiempo 3 como responsabilidad subjetiva (…) el efecto sujeto claro está, es también una respuesta a la interpelación, pero ya estamos hablando allí de una dimensión ética. Y eso implica la noción de acto en la que el sujeto se produce…” . La culpa moral ocupa aquí el lugar de la respuesta frente a la interpelación. No hay singularidad en la vuelta al surco de la moral, de la brecha abierta por la interpelación, porque respondiendo de esa manera hay un taponamiento de la dimensión ética.

Hipótesis Clínica
En relación a la hipótesis clínica, ésta surge, se apoya en los materiales manifiestos de los tiempos 1 y 2, se construye a partir de ellos. Será la encargada de explicar el movimiento que supone la resignificación del tiempo 1 a partir del tiempo 2. El asesinato del viejo debía agotarse allí, al descuartizarlo y enterrarlo debajo de las tablas, ya no debería haber más nada que lo moleste, sin embargo los latidos empiezan a atormentarlo, cada vez más fuerte. Nos podemos preguntar entonces qué le vuelve al sujeto en esos latidos. Evidentemente lo que intentaba acallar con el asesinato continúa teniendo presencia en su realidad psíquica. Enterrado el ojo, ya no tiene nadie a quien culpar por sentirse perseguido y no soportando la acción llevada a cabo en soledad, no pudiéndolo asumir como acto que implique un cambio de posición subjetiva responsable, confiesa su asesinato para que Otro lo juzgue. Esto explicaría su actitud de sentar a los policías en la habitación donde yace el cadáver descuartizado, como una posible manifestación de un sentimiento inconsciente de culpa, mostrando, sin que su yo lo supiera, que quería ser descubierto para pasar a ser juzgado por el Otro de la Ley, “siendo más sencillo querer desligarse del asunto, no querer saber nada de ello ” que implicarse en la propia acción, como la responsabilidad subjetiva invita.
Al confesar su crimen, el sujeto no se hace cargo de su acto y por eso no hay efecto sujeto. Su confesión no amplia su universo, no implica una elección, en sentido fuerte, como de una toma de posición. Su acción queda dentro del universo de pautas disponibles, si bien por el ejercicio negativo de la pauta positiva: ratifica la ley al ser trasgresor de ella. El relator descansa en los signos del Otro (en este caso la ley) desembarazándose de la responsabilidad subjetiva, enfrentándose a la jurídica al confesar abiertamente su crimen.
Pero no es sólo el ojo lo que lo perturba, es algo del orden de los sentidos. El personaje detalla que “…la enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos…” aquí vemos que anticipa algo del orden de la escucha que luego va a desencadenar la interpelación subjetiva. Algo confronta al sujeto con aquello que perteneciéndole le es ajeno y de lo que no puede dar cuenta. De esa manera es convocado a responder moralmente, ahorrándose la toma de posición que implica la responsabilidad subjetiva.
Es de notar la insistencia del personaje en dejar claro que él no está loco. Comienza el relato afirmando su posición, su yo, como respondiéndole a alguien que juzga su criterio. ¿Le responderá quizás a la Policía, quienes deberán juzgar si es responsable moralmente por lo que hizo? ¿Su insistencia y detallismo buscan afirmar su existencia como sujeto autónomo, no eximible de su responsabilidad jurídica? Parecería intentar que no se lo considere inimputable, ya que ésta conlleva la idea de “fuera de sí” y él en todo momento intenta demostrar la premeditación de los hechos y como él mismo declara “con que habilidad procedió”.
Cerramos coincidiendo con Calamaro, en su popular canción que dice: “no cometas el crimen varón, sino vas a cumplir la condena…”

Bibliografía

-  Ariel, Alejandro Moral y Ética. Una poética del Estilo. En: El estilo y el acto. Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1994.

-  Art. de Ignacio Lewkowicz en libro Etica y Cine: Extraños en el paraíso, tomado de la clase práctica del 17/02/2011

-  D`Amore, Oscar “Responsabilidad subjetiva y culpa” Salomone, G, Domínguez, M.E. Transmisión de la ética: Clínica y Deontología, Vol. 1 Fundamentos, 3ra edición. Buenos Aires. Letra Viva, 2008

-  Michel Fariña, J. Responsabilidad: entre necesidad y azar. Ficha de cátedra

-  Michel Fariña, J. Lo universal-singular como horizonte de la ética en Ética: Un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires, 1998.

-  Mosca, Juan Carlos. Responsabilidad: otro nombre del Sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires, 1998.

-  Salomone, Gabriela Z. “El sujeto autónomo y la responsabilidad” Salomone, G, Domínguez, M.E. Transmisión de la ética: Clínica y Deontología, Vol. 1 Fundamentos, 3ra edicion. Buenos Aires. Letra Viva, 2008.

Otros escritos consultados

-  “Los ojos ciegos bien abiertos” Publicación Internet – Se anexara impresa –



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