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UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES
FACULTAD DE PSICOLOGÍA

Psicología, Ética y Derechos Humanos
Cátedra I

Segunda Evaluación

• Profesor Adjunto a Cargo: Lic Juan Jorge Michael Fariña

• Docente de Trabajos Prácticos: Lic. Eduardo Laso

• Comisión de Trabajos Prácticos: Nº 8

• Alumnas:
Julieta Mariel Borghi: LU 29.517.573-0
e-mail: julieta_borghi@hotmail.com
Analía Verónica Kalinec LU: 27.655.272-0
e-mail: anakalinec@hotmail.com

Fecha de entrega: 18 de Noviembre

2º Cuatrimestre 2009
CONSIGNA DE EVALUACIÓN

Elija un film, un texto literario o alguna otra producción narrativa en la que se despliegue y pueda ser recortada una singularidad en situación. En caso de elegir una creación cinematográfica, la misma debe haber sido realizada entre el año 2002 y el presente (salvo condiciones excepcionales, las cuales deben ser autorizadas por el docente a cargo de la comisión de trabajos prácticos).
En ese recorte, escoja a un sujeto que tome una decisión comparable, en términos teóricos, a la de Ibbieta, el personaje del cuento “El Muro” de J. P. Sartre.
Analícela ubicando sus coordenadas en los tiempos lógicos del circuito de la responsabilidad y explicitando la hipótesis clínica que establezca respecto de qué debe responder el sujeto, en términos de responsabilidad subjetiva.
Incluya las referencias relativas a las categorías de necesidad y azar, así como a las de culpa y responsabilidad.
Articule con las categorías trabajadas a propósito de: la ética como horizonte en quiebra; el acto ético; lo universal-singular; la moral de lo particular y –si resulta pertinente– el efecto particularista.

El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados.
Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo.
Y después, cuando le quitan la venda de los ojos,
puede mirar al pasado y comprobar
qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido.
Milan Kundera

En el marco de la materia Psicología, Ética y Derechos Humanos Cátedra I y con el objetivo de realizar la segunda evaluación hemos seleccionado un texto literario de Milan Kundera titulado “El falso autostop” incluido en el libro El Libro de los Amores Ridículos escrito en el año 1968.
Kundera relata este cuento bajo la forma de testigo omnisciente lo cual, a diferencia de los escritos narrados en primera o tercera persona, nos permitirá conocer los pensamientos y sentimientos de los únicos dos personajes presentados en el relato.
El cuento nos introduce en un viaje en auto que una joven pareja heterosexual realiza. La primer escena nos describe el hecho de que el auto en reiteradas oportunidades se queda sin gasolina, debiendo ser la joven la encargada de conseguirla haciendo autostop, “utilizando sus encantos”, mientras que el joven se escondía increpándola luego sobre esto.
En una oportunidad no fue necesario que la chica haga autostop ya que encontraron la gasolinera a tiempo. Mientras el joven aguardaba su turno para cargar combustible, la chica se alejó del coche y comenzó a andar carretera adelante. Su pareja terminó de cargar gasolina, se acercó con el auto, y ahí comenzó el juego.
Ambos simularon ser personas ajenas, la chica jugaba a ser una autoestopista y el joven un conductor desconocido. Coincidía en estos personajes ficticios tanto la ciudad de destino, como también las intenciones de flirteo.
Nos centraremos en el personaje masculino de esta historia intentando ubicar los tiempos lógicos del circuito de la responsabilidad, para luego poder determinar la hipótesis clínica que establezca la responsabilidad subjetiva del personaje en cuestión.
Nos interesa destacar que las características que el joven reconoce y valora como distintivas de su partenaire son: la pureza, timidez, inocencia, sencillez y ternura, lo que la diferencia de las anteriores mujeres con las que él solía relacionarse. Paradójicamente,
todas estas cualidades quedan anuladas en el personaje ficticio que asume su pareja a lo largo de todo el juego.
A partir del inicio del juego, al que ubicamos como el primer tiempo del circuito de la responsabilidad, hay un permanente desencuentro entre los personajes. Los cuales dejan de ser dos y pasan a ser cuatro: el joven, la joven, la autostopista y el conductor desconocido. Aquí es donde ficción y realidad comienzan a entretejerse, generando un defasaje entre las intenciones y deseos de los personajes.
Vemos como los personajes van transitando este viaje en dos planos distintos, por un lado el plano de la fantasía, donde podemos pensar que se ponen en juego los deseos, y por otro lado el plano de la realidad, al que retornan por el camino de los celos que les provoca ese mundo fantaseado. Fantasía que va incorporándose a la realidad; poco a poco va interpelándolos tornando insoportablemente placentero su propio deseo.
Es aquí donde ubicamos el segundo tiempo lógico del circuito de la responsabilidad donde se marca una interpelación, una conducta que resignifica lo acontecido previamente. Es donde entra en juego una inconsistencia que parece señalar una emergencia de lo singular, emergencia en cuanto a que hubo algo que no estaba en la intención del yo, aquello que excedió al proceso secundario. Es esta irrupción del sujeto que pone de manifiesto una inconsistencia del yo.
Y es justamente aquí cuando el personaje comienza a sentirse disgustado por la actitud desvergonzada y extraña de su pareja: “Había algo en el juego de la chica que empezaba a irritar al joven; ahora cuando estaban sentados cara a cara, comprendió que no solo eran las palabras que hacían de ella otra persona diferente, sino que estaba cambiada por entero, sus gestos, y su mímica, y que se parecía con una fidelidad que llegaba a ser desagradable a ese modelo de mujer que él conocía tan bien y que le producía ligero rechazo” .
Esto que el personaje siente es generado por él desde antes del comienzo del juego. Kundera muestra desde la primer escena como el joven promovía el lugar de autoestopista que hace uso de sus encantos cada vez que la manecilla del combustible marcaba cero. Desde allí encontramos rasgos de aquel deseo inconciente del joven de
ubicar a su pareja en una corriente opuesta a la que pondera de manera conciente. Por lo antedicho podríamos inferir la responsabilidad subjetiva del protagonista, entendiéndola a ésta como aquella que “…interpela al sujeto mas allá de las fronteras del yo, asentándose en la noción de sujeto del inconciente…”
Vemos responsable al sujeto de comenzar este juego, responsable a partir de su deseo inconciente. El psicoanálisis nos enseña que el determinismo del inconciente lo hace al sujeto responsable.
Él se desresponsabiliza de su deseo y frente a la interpelación, es decir, frente al malestar que le genera su propio juego, proyecta en su pareja la responsabilidad. De esta forma, siendo su chica culpable, él no se sentiría responsable.
Sostiene que en este papel de mujer desvergonzada (donde insiste una y otra vez en ubicarla) ella en realidad “está jugando a ser ella misma” borrando toda marca de su deseo en esta afirmación, “si lo sabe hacer tan bien, es que realmente lo es”.
Es evidenciable en el relato de Kundera la imposibilidad de este joven de conjugar en una misma persona, en este caso su pareja, aquella chica inocente, infantil con la cual se haya comprometido afectivamente con aquella otra lasciva, provocadora y despreocupada autoestopista.
En su artículo “Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre” Freud describe como clásica la división del objeto amoroso en los varones, diferenciando el objeto de la corriente tierna, del de la corriente sensual, a tal punto de encarnarlo, a veces, en dos personas: una, la mujer amada, enaltecida e idealizada a la que se le brindan las reverencias del amor tierno pero a la que no se puede acceder sexualmente. Y, la otra, la mujer degradada sexualmente a la que no se ama pero se la desea y aborda sexualmente. Una puede encarnar el lugar de la madre santa y otra el lugar de objeto sexual.
Ubicaríamos como hipótesis clínica esta doble corriente a la que entendemos como la problemática central de nuestro protagonista, quien posiciona en la corriente tierna a su joven pareja, y paralelamente ubica en la corriente sensual, a ese objeto meramente erótico encarnado por la muchacha del juego no pudiendo destinar estas dos corrientes en el mismo objeto.
Esta cuestión preserva al sujeto neuróticamente dividiendo las dos corrientes que en su origen estaban orientadas a un mismo objeto, la madre. A una sólo se le da el lugar de la madre santa y tierna y a la otra el lugar de puro objeto erótico.
Volviendo al relato, vemos esto evidenciarse cuando el joven siente que conjugar a estas dos figuras le parecía asqueroso “como la variedad de un basurero”. Es aquí cuando el odio se acrecienta borrando cualquier dejo de ternura. Y es precisamente allí, cuando esa mujer, ese objeto provocaba cada vez mas deseos en él de poseerla.
En un momento determinado ella le ofrece dar por finalizado el juego por medio de una sonrisa verdadera: tímida y confusa, pero él hizo caso omiso, echando por tierra cualquier resto de sentimiento. Lo único que deseaba era comportase con esa mujer ahora odiada como si fuese una prostituta, humillándola.
Para finalizar ubicamos, aún a arriesgo de equivocación, un tercer tiempo del circuito en el cual Milan Kundera da cuenta del miedo que nuestro protagonista siente al pensar en dar por finalizado el juego. Miedo a volver a la realidad, porque en aquel saber no sabido se haya imposibilitado de amalgamar ambas corrientes, “cuanto mas se aleja la chica de él síquicamente , mas la deseaba físicamente”. A partir del juego algo cambió. Humilló y penetró apasionadamente a esa furcia de alquiler quien ahora le solicita, acongojada y en medio de un ruidoso llanto, volver a ser una joven tierna e inocente. ¿Podrá hacerlo, podrá reconducirla? Nuestro joven amigo en principio debe llamar a la compasión para acallarla. Milan Kundera nos aclara que debe llamarla desde lejos: tenían por delante aún trece días de vacaciones.
Definitivamente el juego no fue elegido al azar. Cuando empezó, ya estaba enunciado algo del deseo del sujeto. Invocar al azar o a lo no determinado borra al sujeto de toda responsabilidad, y lo que sostenemos es que las razones que lo llevan a jugar hunde sus raíces en el deseo, “se trata de una razón deseante, una razón impensable en el campo de la ciencia, pero constituyente del campo de la subjetividad” . Si bien el yo no es propietario del deseo, nuestro joven protagonista es responsable de su puesta en acto.

BIBLIOGRAFÍA

• D’Amore, O.: “Responsabilidad y culpa”. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
• Domínguez, M. E.: “Los carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis”. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
• Fariña, J. M. Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
• Fariña, J. M. “Responsabilidad: entre necesidad y azar”. Ficha de cátedra.
• Freud, S. (1910). Sobre un tipo particular de elección de objeto de amor en el hombre. En Obras Completas, tomo XI, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1988
• Freud, S.: (1925) “La responsabilidad moral por el contenido de los sueños”. En Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto. Obras completas. Tomo XIX, Amorrortu editores. 1984.
• Salomone, G. Z.: “El sujeto autónomo y la responsabilidad”. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



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