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Universidad de Buenos Aries
Facultad de Psicología

2º Parcial Ética y Derechos Humanos
Cátedra I: Juan Jorge Michel Fariña

Profesor: Serue, Dora Alejandra

Nombres:

Cananiz, Pierina LU: 31.270.518/0

Hidalgo,Florencia LU:31.154.828/0

Comisión: 02
E-mail:
piru_84_1@hotmail.com
Florencia_hid@hotmail.com

Año 2009- 2º Cuatrimestre

En el presente trabajo tomaremos El gato negro, un cuento de horror del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, publicado en el periódico Saturday Evening Post de Filadelfia en su número del 19 de agosto de 1843.
El argumento del cuento gira entorno a un matrimonio, que lleva una vida hogareña apacible con su gato. Hasta que el marido comienza a dejarse arrastrar por la bebida. El alcohol lo vuelve colérico y en uno de sus accesos de furia acaba con la vida del animal. Un segundo gato aparece en escena, la situación familiar declina, llega a declararse un incendio, y los acontecimientos se precipitan hasta culminar en un horrendo desenlace.

Primera escena:
“Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter.
Mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba.
Cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos, mi mujer terminé por infligirle violencias personales.
Hacia plutón (el gato), conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo.
Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. El espíritu de la perversidad. Tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre.
Una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo. Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. De hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.”
Segunda escena:
“Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra.
Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando.
Pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. El sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.
Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto.
Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.
Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios!, ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.
Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos.”

Tercera escena:
“Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó (refiriéndose a la mujer) al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano.
Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla.
Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. Pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.”

En este punto, en el desenlace del cuento se puede plantear nuevamente las tres escenas, donde se ven claramente los tres tiempos.

Primera escena:
“Se practicaron algunas averiguaciones, (referidas al crimen de la mujer) a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada”.
Segunda escena:
“Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.”

Tercera escena:
“-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez. Arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón. ¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.
Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me estregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!”
Para el presente análisis decidimos utilizar el segundo recorrido, porque a nuestro entender quedar mas claro, el posicionamiento del sujeto, frente a su accionar. Acá se vislumbra el circuito del deseo.

Primer momento: podemos situarlo, en el asesinato de su mujer. El cual podría considerarse un acto, ya que no entra en juego el otro, donde el acto no esta dirigido hacia otro y ni es planificado, ni se piensa en las consecuencias del mismo. El sujeto del ICC es el responsable del acto.

Segunda momento: aparece la policía para interpelarlo, por el acto cometido, además de la interpelación y negación de la mima por parte del sujeto, pero donde la que realmente toma relevancia es la proveniente de afuera. Que no deja pasar por alto el acto del sujeto, y donde lo posiciona en el lugar de responsabilidad, teniendo que rendir cuentas ante otro.

Tercera momento: en esta escena, lo que se ve es la manera en que el sujeto responde por el acto cometido, primero de un modo simbólico, cuando dice …“. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?”….podría pensarse esto como un intento desde el sujeto de hacerse responsable de su acto, pero no solo de una responsabilidad jurídica, que en este caso le correspondería cumplir, por el asesinato de su mujer, sino de su propio deseo, dando cuenta así de su deseo de ser descubierto, donde el sujeto de la conciencia se ve traicionado por el sujeto del deseo, sujeto ICC. Dando como resultado una acción por parte del sujeto al golpear con su bastón la pared en el lugar donde se encontraba su mujer, a sabiendas de que esa pared era frágil. Esto puede pensarse como una acción dirigida a otro, donde se miden las consecuencias del accionar. En este caso lo que se esboza es la necesidad de pagar la deuda por parte del sujeto, deuda que tiene que ver con su deseo, pero también con su acto, el de matar a su mujer. Ya que al descubrirse el hecho él puede posicionarse como sujeto responsable de su deseo.

Hipótesis clínica:
¿De que modo se pone en juego el deseo en la perversión? Podría pensarse a modo de una respuesta posible, no por ellos la única, ya que cuando el deseo esta en juego no hay una sola respuesta posible. Como un deseo en acción, donde hay impulso irrefrenable a la acción, donde el sujeto solo se guía por sus instintos y donde las instancias morales se encuentran casi eclipsadas.
En el cuento, se ve un sujeto en acción, en la primera escena donde el sujeto mata a su mujer, donde no se ven ningún indicio de sentimiento frente a esto. En cambio un segundo momento donde aparece la culpa, aparece culpa por el hecho cometido, a modo de resignificación sujetiva por el accionar, en un momento donde solo se actuó. En cambio en este segundo momento aparece la mirada sobre lo acontecido, las dudas, los sentimientos frente al acto cometido. Pero es recién en un tercer momento donde la interpelación proviene del afuera, del otro, es donde el sujeto puede llegar a responsabilizarse totalmente de su acto, y de este modo en un accionar ICC, al golpear la pared en el lugar preciso, cosa que no fue azarosa, aparece algo del posicionamiento sujetivo del sujeto, que trae aparejado, como segunda consecuencia la responsabilidad jurídica.
Hay un cambio de posicionamiento psíquico, debido a que ha logrado hacerse responsable de sus actos, de su deseo, el cual podría pensarse como la necesidad dar riendas sueltas a sus impulsos sádicos, terminando con todo lo que se le interpone en su camino, para el cumplimiento de los mismos.

Circuito de la responsabilidad:
En el tiempo uno se vislumbra el asesinato de la mujer, en ella se agota los fines para los cueles fue realizada. En el tiempo dos aparece la interpelación que viene desde el adentro del sujeto, como sentimiento de remordimiento, asemejable a la culpa, en donde se demanda una respuesta del sujeto.
El tiempo tres esta delimitado por la responsabilidad subjetiva, una toma de decisión, un acto ICC de golpear la pared, doble dirección de la acción, demostrar la estabilidad de la pared y a la vez señalar en donde escondía a su mujer.

Necesidad se entiende, por lo inexorable de la vida, donde algo sucede mas allá de los deseos y las acciones de los sujetos, y donde lo que sucede no esta determinado solamente por el mismo. En este punto la pregunta por la responsabilidad del sujeto, carece de toda pertinencia.
En el azar, no hay causa, solo hay efectos, que son indeterminados por el sujeto, y si lo son por la suerte.
En el cuento se ve en diferentes momentos la conjunción entre el azar y la necesidad, una de estas escenas podría pensarse poniendo el ojo sobre el personaje de la mujer, donde se juegan las dos cosas, ya que por necesidad, entendiéndola como fue recientemente explicitada, la muerte de esta como algo inevitable de la vida, pero se le jugo el azar en el punto de que fuera en manos de su marido en un ataque de cólera, por no podido matado al gato, por impedimento de esta.
Pensando la necesidad como causa y efecto, se podría pensar que a partir del brote se su sadismo mata al gato así como también a su mujer.
El azar aparece en escena cuando se encuentra al otro gato y posteriormente este se mete dentro de la pared en donde esconde el cadáver de su mujer.
A diferencia de esto, en el momento en que el golpea la pared sin saber que “el gato estaba allí”, se podría pensar la responsabilidad subjetiva, en donde se podría ver un acto ICC golpear la pared para que algo caiga y asumir la responsabilidad por las actos cometidos, pero teniendo en cuenta que en este punto no entra en juego ni la necesidad, ni el azar, ya que cuando hay responsabilidad subjetiva no hay ni necesidad, ni azar en juego, ya que la causa es el deseo, entendido por deseo ICC.

Categorías de Responsabilidad Y Culpa:
El contrajo una deuda por la cual debe pagar, cuando esa noche duerme bajo el peso del los crímenes cometidos, experimenta un sentimiento de culpa y remordimiento, el estar en deuda lo obliga a responder. De esta manera se ven los movimientos simbólicos ICC para responsabilizarse por su accionar, por actuar conforme a su deseo, en este punto el sujeto tiene que hacerse responsable del mismo, lo que trae aparejado el sentimiento ICC de culpa, ya que es un sujeto responsable por un accionar, donde aparece la responsabilidad subjetiva del mismo, ya que es un sujeto que actúa, y por lo tanto tiene que responder ante otro por esta acción. Esto se vería en el caso del sujeto del gato negro, cuando el después de haber cometido “el acto” de matar a su mujer, describe una sensación de pesadumbre que carga según sus palabras, sobre su alma. Podría pensarse que esto es lo que lo lleva a que realice la acción de golpear la pared ante los policías de modo de hacerse responsable de su acto frente al otro, dándose así un movimiento diferente en el lugar en que se encuentra alojado el sujeto. Trayendo aparejado así también en este caso la culpa jurídica, ya que el acto cometido por el sujeto, es penalmente condenable.

Ética y moral:
La moral esta del lado de las coordenadas particulares, donde aparece en escena el otro, donde el accionar se caracteriza por bien o por mal. En este punto puede situarse el accionar, donde se actúa pensado las consecuencias de la acción, donde se hace para otro y donde se rige por el bien o el mal. En el cuento esto podría verse en el momento en el que el sujeto esconde el cuerpo de la mujer, ya que se esta rigiendo por las coordenadas de la moral, porque entiende que lo que hizo esta mal y tiene consecuencias.

En cambio cuando se esta dentro del ámbito de la ética, se esta en el eje universal, singular, donde el otro no esta presente, donde las acciones, son actos y donde no se rigen por el bien o el mal accionar de los mismos, sino simplemente por el deseo. Esto podría verse en el asesinato de la mujer donde simplemente actúa y donde no piensa las consecuencias del acto, simplemente se deja llevar.

EL particularismo tiene que ver con la negación de los emergentes singulares, se niega, y se seguir con las condenadas anteriores. Esto podría pensarse en el acto de ocultamiento del cuerpo de su mujer, como un intento de negar la acción y sin haber pagado la deuda por el accionar, intenta seguir su vida normalmente, hasta que unos días después comienza a aparecer la culpa. En este punto se ve como el sujeto piensa en su propia conveniencia.

BIBLIOGRAFIA:

Mosca, J. C. (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
Salomone, G. Z.: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
Domínguez, M. E.: Los carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



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