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Un flash en la grieta

por Gollob, Alejandra Camila, Loprete, María Jimena

Para realizar el presente análisis nos valdremos del circuito de la responsabilidad, en el que teniendo en cuenta los tres tiempos lógicos por los que está conformado intentaremos dar cuenta del camino que por este recorre el protagonista del film, Abel Rosenberg, trapecista famoso de circo, nativo de Filadelfia y de condición religiosa judía, centrándonos en el concepto de responsabilidad, responsabilidad que no tomaremos desde el punto de vista jurídico ni moral sino el concerniente a la responsabilidad subjetiva, aquella que produce un sujeto dividido, un sujeto responsable, entendiéndolo como aquel del que se espera una respuesta.

El film se desarrolla en la Ciudad de Berlín de los años 20. Tiempo en el que se ubica el nacimiento del nazismo, período terriblemente difícil en el que sobrevivir a la crisis económica y social no era tarea fácil.

Con este universo se encuentra Abel cuando viaja a Berlín, con la comunidad circense a la que pertenece, y en la que se ve obligado a quedarse por una lesión de muñeca sufrida por su hermano. Este universo comienza a gestarse postulando los particulares epocales basados en la ponderación de la raza aria y el exterminio de quienes no presenten dichas condiciones étnicas por ser considerados inferiores. Se presenta un particularismo en tanto régimen totalitario que no funciona como buen soporte para que lo universal singular pueda desplegarse, sino que pretende colmarlo, aplastarlo. No olvidemos que quien se considera el protagonista del film que nos compete, es judío, por ende inferior desde la mirada de aquellos que promueven los ideales étnicos del momento.

Al comienzo de la película Abel se encuentra con el cadáver de su hermano que se acaba de suicidar. Pero no es claro para Abel qué malestares aquejaban a Max (su hermano) para llegar a tomar tamaña decisión, pues aunque compartían el mismo cuarto, desde hacía unas semanas no se hablaban por una disputa. Desde allí se da comienzo a una terrible odisea de penumbras sociales con las que el personaje principal debe lidiar y que no le permiten duelar como corresponde a su recientemente fallecido hermano. Por el contrario, el protagonista se ve fríamente distanciado, no sólo de la muerte de su hermano, sino también de la desolación por la que la sociedad, y él mismo, atraviesan. Se muestra como un observador a quien poco le interesa lo que ocurre a su alrededor, aunque aquella distancia que él mismo genera no parece serle efectiva en tanto es una respuesta particularista que se muestra fallida e insuficiente. Su principal recurso frente a estos angustiantes hechos que lo interpelan, es el aferro a la bebida, alcoholizándose cuando parece verse desbordado por la angustia. Angustia que no niega pero evita. Se encuentra con una realidad que amenaza en forma constante. Sus conductas evitativas le permiten responder, pero no desde una respuesta proveniente de la responsabilidad subjetiva sino desde las figuras de la culpa, que cierran el circuito, taponando la pregunta e intentando des-responsabilizar al sujeto. Los indicios que le muestran el riesgo que corre la sociedad berlinesa son respondidos por Abel desde la evitación. Esto es observado cuando Rosenberg advierte el momento en que dos personas son humilladas y golpeadas por dos sujetos en presencia de la policía sin que esta intervenga para frenar dicha situación. En este caso Abel recurre a la huida cuando estos sujetos se acercan a él para someterlo. Pero lejos de preguntarse qué es lo que está ocurriendo, se encierra en una taberna a embriagarse hasta el desmayo. Otro elemento disonante aparece cuando en el camarín del cabaret le avisa a Manuela, ex esposa de su hermano, sobre el fallecimiento de este y le entrega una carta que el difunto le dejó. Dicha carta, cuasi ilegible, dejaba entender apenas una frase escrita por Max: “Hay un envenenamiento existente”; pero Abel no se permite interrogarse respecto a esto como así tampoco por los cadáveres de personas conocidas por él, que le son presentados por el inspector por haber sido asesinadas de forma misteriosa y que podrían implicarlo como sospechoso. Su actitud pasiva y de indiferencia aparece a lo largo del film incluso cuando se va a vivir con Manuela siendo esta la única que busca conseguir dinero, comida y hogar para seguir subsistiendo. Él, mientras tanto, se presenta apático y pesimista frente a las iniciativas de su cuñada. Su respuesta ad- hoc no es más que huir de los infortunios que se le presentan. Su comportamiento no es más que el reflejo del paisaje atormentado en el que se encuentra. No hay aquí una acción que implique la puesta en juego de su responsabilidad subjetiva en tanto no se interroga, no se da ese espacio, se deja llevar actuando de forma condescendiente con la realidad que se le impone.

La noche que Abel va a ver a su ex cuñada al cabaret para comunicarle la muerte de Max, se encuentra con Hans Vergerus, un antiguo amigo de Abel, por el cual se observa que el protagonista siente un profundo sentimiento de rechazo. Cuando Hans demuestra que lo reconoce, Abel se manifiesta nervioso y cuando explicita recordar su nombre y más aún cuando pronuncia el nombre de la hermana de Abel: “Rebeca”, el protagonista se muestra turbado y huye de ese escenario, escapando de la presencia de este peculiar personaje. Pero más tarde la situación los empuja, a Abel y Manuela, a la calle, quedándose sin un lugar para vivir. Manuela consigue una vivienda que forma parte de la Clínica Santa Anna y que le es otorgada por el Doctor Vergerus. Este mismo médico, también les ofrece trabajo a ambos; pero Abel se niega a vivir de la caridad de su mal recordado amigo de la infancia. Se enfurece con Manuela por aceptar esta posibilidad y se marcha, aunque después de unos pasos vacila en su decisión de huir nuevamente de la situación y vuelve al reencuentro entre besos y abrazos con su ex cuñada, aceptando, de este modo, vivir bajo las oportunidades ofrecidas por el médico.

Podemos ubicar aquí el tiempo uno del circuito de la responsabilidad, tiempo en el que el personaje lleva adelante una acción con determinados fines que se agota en los objetivos para los que fue concebida: quedarse en Berlín aún teniendo la posibilidad ofrecida por el dueño del circo de irse a trabajar a otro lugar, aceptar una vivienda para no quedarse en la calle y un empleo que le permita subsistir y continuar embriagándose.

En función de esto comienza a trabajar en el sector de archivos de la clínica, encargado de ordenar y clasificar los mismos. Su lengua particular no le abre paso a la comprensión de los escritos alemanes de los archivos. Luego de unos días cumpliendo su labor se acerca un médico de la clínica, el señor Silberman, quien le asevera que en ese lugar “están pasando cosas horrendas, se está experimentando con humanos”. Le muestra unos archivos en alemán pero Abel se despreocupa pues no los entiende, no hay manera de saber de qué se trata. No quiere inmiscuirse en forma alguna, se desentiende pero esta distancia pende de un hilo, y es sólo aparente. Para ese entonces Manuela se encuentra muy enferma, apenas tiene fuerzas para ir a trabajar y lo único que reclama es cariño de parte de Abel quien se muestra frío y distante ante estas demandas. Nuevamente reacciona escapando a beber hasta la inconsciencia dada por el alcoholismo, pero cuando regresa, Manuela está muerta. Se sienta al lado del cadáver sin dejar de mirarlo, cuando de repente un flash, proveniente de uno de los espejos de la habitación, llama su atención. Un nuevo indicio de la realidad lo interpela. ¿Qué hace Abel con esa pregunta? ¿Cómo responde? Y aquí es donde podríamos interrogarnos: Aceptar la vivienda, aceptar el empleo ¿Se trata meramente de la simple cuestión de no quedarse en la calle, de trabajar y conseguir la comida, o hay, allí, un intento por descubrir qué es lo que ocurre a su alrededor, qué es lo que le compete a él mismo, quién es él, cuál es la parte que le atañe en medio de toda esa tragedia? Esto solamente puede ser resignificado a partir de la interpelación que ob-liga en este segundo tiempo lógico del circuito de la responsabilidad, resignificación de lo acontecido previamente en el tiempo uno, que aunque lo colocamos en primer lugar, no se da cronológicamente de esta manera, sino que en primer término observamos el tiempo dos, que resignificando el tiempo uno, abre paso al esclarecimiento del mismo. El sujeto se ve interpelado por indicadores de la realidad que lo confrontan al estado de las cosas, cosas que le pertenecen, que no les son ajenas, y ante las cuales puede continuar respondiendo desde la evitación y la huida, como lo había hecho hasta ese momento, o cambiar de posición ante esos elementos disonantes que le son presentados y frente a los cuales podría desplegar su repuesta desde el campo de la responsabilidad subjetiva.

Desconcertado y colérico comienza a romper todos los espejos que se encontraban en la casa, encontrándose con cámaras que le muestran una realidad de la que ya no puede escapar. Se adentra a los cuartos que rodeaban la vivienda y, a través de los cuales los vigilaban, se encuentra con un lugar iluminado, ordenado, en donde comienza a poder preguntarse sobre lo que ocurre a su alrededor. ¿Podríamos pensar que ya no evita la realidad, que ya no huye, que encuentra aquí el quiebre del universo particular del que era condescendiente, dejando de actuar en función del deseo del Otro, comenzando a interrogarse, a indagar, de acuerdo a su propio deseo? Deseo, claro está, inconsciente, de descubrir que es lo que asecha incesantemente su vida. Aquí se ve confrontado con un segundo tiempo que se sobreimprime al tiempo uno, que lo resignifica ubicando una inconsistencia que ya parece señalar una emergencia de lo singular: implica algo que no estaba en la intención del yo, algo que escapa al proceso secundario, una irrupción del sujeto, que pone de manifiesto una inconsistencia del yo.

Al día siguiente concurre a su lugar de trabajo. Consideramos que ya no guiado por una responsabilidad moral, aquella que aparecería en la obligación de cumplir con su jornada laboral. Claramente ya no como sujeto del tiempo uno, sino como aquel que responde a la interpelación desde otra posición: ¿Podríamos hipotetizar que lo hace desde la posición de un Sujeto Dividido por la interrogación, aquel que deja de cerrar el circuito y enfrenta su propia existencia?

Por la fuerza le sustrae unas llaves a uno de los doctores para poder abrir una puerta que lo llevaría a encontrarse con la verdad de la situación. ¿Dejaría de haber evitación?¿Podríamos pensar que nos encontramos ante una respuesta subjetiva que lo invita a actuar de manera nítidamente diferente a como lo venía haciendo? ¿Sus objetivos van más allá de los que conscientemente puede llegar a conocer? ¿Encontramos en este punto a un hombre que deviene sujeto que barra al Otro y a sí mismo? ¿Será posible considerar su acción como un acto ético, un acto llevado a cabo en soledad, un acto que implica una fuerte apuesta subjetiva y frente a la cual no hay garantías, un acto que trasciende lo particular, que no está destinado al Otro?

Al abrir la puerta se encuentra con Hans Vergerus quien demuestra una actitud tranquila y se dispone a mostrarle videos con las atrocidades realizadas por él y demás médicos nazis. Son experimentos con personas judías en donde ponen en juego sus propias vidas y subjetividades. Experiencias atroces de la que su hermano, su cuñada, y él mismo fueron víctimas.

Entre la necesidad encarnada en su condición de judío, a la que Abel ancla su destino, como lo observamos en el interrogatorio por la muertes, en la que le dice al inspector que se ensaña con él por dicha condición, y el azar, cayendo sobre el encuentro de Max, Manuela y el mismo Abel con el Dr. Vergerus, siendo este el médico gestor de los experimentos que acechan las vidas de los judíos, una grieta, aquella que nos interroga acerca de la responsabilidad subjetiva del protagonista del film, aquella que nos permite interpelarnos acerca de la posición del sujeto frente a sus circunstancias, y que nos posibilita la realización de este análisis y nos autoriza a la elaboración de una hipótesis clínica.

En el film que nos ocupa, por un lado, ubicamos en Abel el sujeto de la certeza, que se encuentra en el piso de abajo del circuito, aquél que tiene la convicción de que si no es un “judío tonto”, nada le pasará, frase que acuña en la escena del restaurante en la que está cenando con el dueño del circo, cuando éste le lee del diario lo que está sucediendo con los judíos; aquél al cual se le ha desconfigurado su escenario por el horror que los ideales de los alemanes han producido, el mismo que transitó, prácticamente, en un abrir y cerrar de ojos, el abismo abierto entre su existencia apoyada sobre la fama a una existencia decadente de judío sin trabajo, quien paga en exceso su culpa sumiéndose en el alcohol, forma peculiar de goce que lo desborda, que marca la falla del ser hablante para nombrar aquello que se desliza a través de él, goce que le resta libertad y que indicaría la apropiación que el Otro ha hecho sobre su propio cuerpo. Con esto, Abel busca borrar toda huella de la religión que lo identifica y evade esa realidad que lo interpela ob-ligándolo a dar una respuesta subjetiva. La huida de Abel ante aquellas situaciones se corresponde con el retroceso del deseo, ese deseo paradojal en tanto se desea lo que se teme. Observamos en la escena en la que este se encuentra frente a la vidriera que lleva su apellido, ante la cual Abel arroja una piedra respondiendo desde las figuras de la culpa, culpa puesta al servicio de la borradura de la dimensión ética, emergiendo a través de ella la severidad cruel del superyó. En ese reflejo imaginario que Abel ve en la vidriera, responde desde el lugar del Otro, Otro que lo sanciona y lo vuelve extranjero para su propio yo. Es a ese sujeto al que intentamos hacer trastabillar de esa certeza, de ese anhelo de sobrevivir evadiendo la realidad que se le presenta y requiere de él una respuesta, presentándose otra faceta del sujeto diferente de aquella que él creía que se agotaba en su acción. El protagonista debe responder pero nada sabe de eso, eso que responde al deseo inconsciente, deseo temido de encontrar la verdad que quiebra el sentido, su propia verdad, la que le compete, la que lo interpela, la que lo compromete. Es ante la interpelación que las coordenadas simbólicas del sujeto se pierden emergiendo, de esta manera, la culpa estructural que lo ob-liga a responder subjetivamente, porque al no haber responsabilidad sin culpa, es ésta la que rompe con el universo simbólico y enfrenta al sujeto con lo Real de la castración, es decir, la falta estructural que divide al sujeto, lo barra, y que es causa de su deseo.

El protagonista al aceptar la vivienda y el trabajo que Vergerus les ofrece a Manuela y a él anhela su supervivencia, tener un techo y dinero, para no ser “un judío tonto” y vivir como si nada estuviera sucediendo, pero subyace a ese anhelo consciente, el deseo inconsciente de encontrarse con la verdad como protagonista de su propia historia.

¿Podemos advertir por medio de esta hipótesis clínica que Abel va en busca de esa verdad, develando el sentido oculto de esa culpa inconsciente que se muda a otro objeto, objeto ligado a la necesidad y el azar, que intentaba velarlo, como engañosa ilusión en el yo del sujeto?

Por último, no queremos dejar de mencionar que en el final del film, el protagonista, narrado por una voz en off, escapa de la guardia policial que lo escoltaría hasta un circo en donde le habrían conseguido trabajo. ¿Podríamos pensar que vuelve a responder desde la evitación y la huída, o quizás estemos en presencia de una respuesta con la que Abel Rosenberg logra decidir más allá de su “destino”, más allá de su “suerte”, necesidad y azar, dando una respuesta subjetiva, singularidad en situación, acto ético llevado a cabo en soledad y puesto, no ya al servicio de la culpa inconsciente sino al de la responsabilidad que da existencia al sujeto?

Referencias

D´amore, O. (2006). Responsabilidad y culpa. En la transmisión de la ética. Clínica y Deontología. Vol. I: Fundamentos, Letra Viva, Buenos Aires, 2006.

Domínguez, M.E. (2006). Los carriles de la responsabilidad: El circuito de un análisis. En la transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos, letra viva, Buenos Aires, 2006.

Freud, S. (1925). La responsabilidad moral por el contenido de los sueños. En algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto. Obras completas. Tomo XIX, Amorrortu Editores, 1984.

Michel Fariña, J.J. Responsabilidad. Entre necesidad y Azar. Ficha de cátedra.

Michel Fariña, J.J. (2000). The Truman Show. Mar abierto (un horizonte en quiebra) En ética y cine, Eudeba, Buenos Aires, 2000.

Mosca, J.C. (1998). Responsabilidad, otro nombre de sujeto. En ética: un horizonte en quiebra, Eudeba, Buenos Aires, 1998.

Salomone, G.Z. (2006). El sujeto dividido y la responsabilidad. En la transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos, Letra viva, Buenos Aires, 2006.



NOTAS





COMENTARIOS

Mensaje de Jorge Alberto Santoro  » 31 de octubre de 2014 » jorge132004@yahoo.com.ar 

El huevo de la serpiente es una película dirigida por Ingmar Bergman y ambientada en Berlín en Noviembre de 1923.
Es una excelente metáfora sobre el proceso que condujo a la destrucción de la democracia en Alemania y su paulatina sustitución por un régimen totalitario a partir de 1920. Se refiere a que cuando está en la etapa de gestación, la serpiente puede ser vista a través de la cáscara transparente del huevo. Pero cuando sale del huevo y comienza a actuar, el proceso no para hasta que la destrucción es total.
Esta sociedad sin rumbo ni esperanza sirve de marco para la historia que crea Bergman en la que sus personajes centrales no pueden escapar a un destino terrible, cuyo germen se gesta en los años 20 en el Berlín de la República de Weimar. Según el director ésta es la incipiente y destructora combinación de virus infecciosos que engendraron el nazismo: Depresión económica y social, miedo generalizado, indiferencia ante la justicia y un fanatismo de un enfermizo sueño de una sociedad y hombre perfecto.
Abel, el protagonista de la historia, llega a su pensión por la noche y se encuentra con que su hermano Max se suicidó pegándose un tiro.
Al día siguiente el inspector Bauer interroga a Abel sobre el suicidio de su hermano. Conoce a Manuela en un cabaret, y también se encuentra con Hans Vergérus, un científico al que conoció de joven. Abel y Manuela comienzan a trabajar en la clínica que dirige Vergérus. En los clasificadores de archivos hay testimonios de los experimentos con personas que lleva a cabo el científico.
Abel encuentra muerta a Manuela en la cama y por la rabia rompe un espejo y detrás de él hay una cámara oculta.
Cuando llega Bauer con sus hombres, Vergérus se suicida con una cápsula de veneno.
Abel se despierta en un calabozo, el inspector le ofrece un salvoconducto para llegar a Suiza, pero éste se escapa entre la multitud en la estación de tren. Como todas las películas del gran director sueco surgen personajes sombríos, y atormentados.



Mensaje de Carlos Fraiman  » 30 de octubre de 2014 » cfraiman@fibertel.com.ar 

Fe de erratas: donde dice: la autora, debe decir: las autoras



Mensaje de Carlos Fraiman  » 30 de octubre de 2014 » cfraiman@fibertel.com.ar 

Es muy interesante el trabajo en relación a los tiempos de la responsabilidad subjetiva.
Sería gustoso poder saber que piensa la autora sobre el tiempo tres, esbozado como pregunta, pero casi como afirmación. Pareciera que al ir culminando el film, el protagonista no sólo se aleja del las vivencias actuales a su experiencia, sino, tambien, de su destino circense, lo cual implica un cambio de particular, una vuelta más, y un no volver más a aquello que lo llevó a Berlin.
Felicitaciones



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Película:El huevo de la serpiente

Titulo Original:Das Schlangenei (The Serpent's Egg)

Director: Ingmar Bergman

Año: 1977

Pais: Alemania del Oeste (RFA)

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