por 

Universidad de Buenos Aires
Facultad de Psicología

PSICOLOGÍA ETICA Y DERECHOS HUMANOS.
Cátedra I . Fariña, Juan Jorge Michel.

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Docente: Gervasio Noailles.

Co-Ayudante: Giselle López

Alumnos:

- Apfelmann, Estefanía L.U: 31925639/0
- Legaspi, Virginia Soledad L.U: 29553985/0

Comisión: 8

1er Cuatrimestre 2010

Comenzaremos nuestro trabajo haciendo una breve sinopsis de la película asignada, El Lector. La historia, transcurre en Berlín a principios de la década del 50. Michael Berg al comienzo de la película, tiene quince años. Un día, regresando a su casa desde el colegio, empieza a sentirse mal y una mujer acude en su ayuda. La mujer se llama Hanna y es bastante mayor que él (unos 15 años aproximadamente). Unas semanas después, el muchacho, agradecido, le lleva a su casa un ramo de flores. Éste será el principio de una relación erótica en la que, antes de tener relaciones, ella siempre le pide a Michael que le lea en voz alta fragmentos de distintas obras célebres. El ritual se repite durante varios meses, hasta que un día Hanna desaparece sin dejar rastro. Varios años después, Michael, estudiante de Derecho, acude al juicio contra cinco mujeres acusadas de criminales de guerra nazis y de ser las responsables de la muerte de varias personas en el campo de concentración del que eran guardianas. Una de las acusadas es Hanna. Y Michael se debate entre los gratos recuerdos y la sed de justicia, trata de comprender qué llevó a Hanna a cometer esas atrocidades, trata de descubrir quién es en realidad la mujer a la que amó...

El análisis de la responsabilidad podría estar centrado en los dos personajes centrales de la película: Hanna y Michael. Podríamos hablar sobre la responsabilidad que les cabe a los dos, pero nos centraremos en Hanna, ya que opinamos que es un personaje mucho más rico. Se plantean dos tipos de responsabilidad; la subjetiva y la jurídica. La responsabilidad subjetiva interpela al sujeto más allá de las fronteras del yo, asentándose en la noción de sujeto del inconsciente. Mientras que la responsabilidad jurídica se plantea en función de la noción de sujeto autónomo, el sujeto de la voluntad y la intención, restringe la responsabilidad al terreno de la conciencia y al ámbito de la intencionalidad conciente. El sujeto de derecho es el que es imputable por definición, capaz de responder por sus actos. La imputabilidad es la cualidad de aquel a quien se le pueda atribuir la responsabilidad de un hecho reprobable, para esto deberá gozar al momento del hecho de las condiciones que le permitan comprender la criminalidad del acto que realiza, así como dirigir sus acciones. De este modo el sujeto será considerado imputable, se le reprochará el hecho y se le aplicará una pena. Debido a que Hanna no presenta insuficiencia de las facultades mentales ya que se maneja en su vida cotidiana, por lo que se pueda apreciar en el film, de manera independiente y correcta, ni presenta incomprensión de la criminalidad de sus actos (sabe que murieron personas por su culpa, lo que parece no entender es que podría haber desobedecido las órdenes) ni es incapaz de dirigir sus acciones, es imputable y por esto le corresponde una pena. El sujeto de derecho, será considerado responsable en la medida que el orden jurídico le otorgue el derecho de ser considerado sujeto de derecho. Aunque no estamos seguras de esto, ya que no se muestra en la película ningún tipo de pericias psicológicas de Hanna. Sí notamos algún tipo de neurosis más bien severo. Otra teorización; el psicoanálisis, plantea un determinismo inconsciente que hace al sujeto responsable por definición. Por lo tanto, el Sujeto será siempre imputable, pero ya no en términos morales o jurídicos, sino éticos. Relacionando esto con Hanna, podríamos decir como lo plantea Freud, que los efectos de desimplicación que ella presenta sobre el acto, son en general de alto costo subjetivo.
Nuestro análisis se va a centrar en propiciar un más allá de la responsabilidad jurídica, ya que trataremos de evitar que la sanción social, el castigo, le permita al sujeto perpetrarse en el campo de la moral únicamente, y que esto le sirva de refugio para sustraerse a la responsabilidad subjetiva.
Podríamos decir que el autor plantea dos momentos para entender la responsabilidad subjetiva de Hanna frente a la situación que vive. El primer momento lo ubicamos en el hecho mencionado por Fariña sobre la cuestión de que Hanna no sólo no sabe leer, sino que fundamentalmente no sabe leer su propia posición respecto de ser parte de uno de los organismos de inteligencia del nazismo y cometer crímenes de lesa humanidad. En este momento, el personaje aparece desentendiéndose por completo de lo que se la acusa y sin siquiera ser consciente de la gravedad de los hechos. Un indicativo de esto sería la frialdad, ingenuidad y naturalidad con la cual Hanna expone su postura frente a la acusación del juez. No tiene problemas en explicar a los jueces cómo llegó a ser guardia de un campo de concentración, simplemente ofrecían un trabajo y ella lo toma.
Un recurso del autor de la película para poner en evidencia la posición de extrañeza de Hanna frente a lo que la acusaban, es utilizar como contraste la postura de sus compañeras y coautoras de lo sucedido en el campo de concentración, quienes sí han sido capaces de leer bien la responsabilidad que les atañe por los hechos cometidos, y es por esto que tratan de evadirla e inculpar a Hanna, aprovechándose de su ingenuidad. Además, de no entender la gravedad de los hechos de los que fue partícipe, no comprende la posición más “natural” de sus compañeras que niegan haber participado de los hechos.
Otro indicativo de su postura en la que se evidencia la ausencia de vestigios de culpa podría observarse en la explicación que brinda de por qué no liberó a las prisioneras de un edificio en llamas. Ella argumenta que su tarea consistía en impedir que escapen, es por esto que ella argumenta no haber podido abrirles la puerta, hecho que les termina causando la muerte a las prisioneras.
Esto también estaría dando cuenta de otra cuestión, que ella ha sido una oficial obediente, eficiente. Esto, podríamos relacionarlo con lo planteado por Jinkis, en el texto Vergüenza y Responsabilidad. El autor plantea que el obediente no escucha, oye la orden y la ejecuta. Esa orden no es efecto del lenguaje, sino simple código. Del sujeto responsable en cambio se espera que escuche, es decir, que hable. Si la orden está en sintonía con el deseo, entonces aparece la obediencia pasiva, donde puede reconocerse el interés real del sujeto. Por ejemplo, “el sujeto obsesivo se queja que no puede producir un acto, que todo lo que le sucede es por y para el Otro, que no hay ganancia de su lado. Ésta queja lo protege, no de la culpa (culpa por no estar a la altura de algún ideal, en el caso de Hanna sería el de ser culto, y así satisfacer al otro) pero sí de la responsabilidad. Al contrario, no sólo no lo protege del sentimiento de culpa, sino que este sentimiento aparece con toda su fuerza pero ligado a pensamientos absurdos que no lo justifican. Justamente allí, donde el neurótico podría declararse no responsable, Freud lo hace responsable de un deseo. Deseo que viene del Otro como demanda ante la cual el Sujeto se somete” . Podemos decir que esto podría estar operando en Hanna ya que ella no se siente responsable de sus actos, de ser así debería sentir culpa; ya que ésta es el reverso de la responsabilidad. Ahora bien, la culpa en ella no es que no aparece nunca, sino que solamente la vemos pero ligada a su analfabetismo. Es desproporcionada esta vergüenza que siente frente a los hechos de los que se la acusa, por lo que podríamos hipotetizar allí su síntoma neurótico. Ese exceso de culpa frente a su ignorancia pareciera ser un desplazamiento de la culpa a otro objeto. Más allá de que el contexto de la historia es alemán, nación en la que todos saben leer; el sentimiento de no pertenecer a esta colectividad la haría sentir inferior, pero nadie aceptaría una condena de cadena perpetua que no le corresponde por no querer admitir el no saber leer ni escribir. Podríamos decir que ella es responsable de haberse sometido al deseo del otro, al entrar a la SS y cumplir con sus mandatos. Podríamos conjeturar que Hanna posee desplazada la culpa hacia otro objeto, y por ello es proporcionalmente ajena a la responsabilidad subjetiva, que le compete por los crímenes que cometió. Por lo tanto, en su caso no existiría responsabilidad subjetiva. Saberse culpable, implica pasar por una experiencia analítica de deseo inconsciente.
Podemos pensar a Hanna, como una parte más de un engranaje burocrático, lo que hablaría de su personalidad como una persona poco responsable, y de pobreza subjetiva. Esto coincidiría con la vida entera de Hanna, quien aparece como una mujer sufrida, poco realizada, quien sólo puede tener un romance con un menor de edad en donde se borraría la diferencia que tendría con alguien de su misma edad, una persona que a pesar de su fascinación con la literatura, es incapaz de afrontarse a su falta y resolverla, aprendiendo a leer. ¿Será que en lo real de su síntoma sostiene su existencia? Hanna hace girar su vida entera alrededor de su síntoma, las elecciones que toma, las realiza en función de evitar confrontarse con su limitación. Es capaz de responsabilizarse completamente de aquello que no hizo, con tal de no poner al descubierto su analfabetismo. Como lo plantea Fariña, ese es su único registro de vergüenza.
Irresponsable es el niño, el insano o el obediente, o todo aquel sometido a algún otro, sea bajo las formas del azar, las determinaciones del destino o la autoridad. Hanna no termina ahí por azar, ella aceptó el trabajo en la SS por lo cual existe una decisión por parte de ella. Entonces hipotetizamos que ahí se juega algo del deseo, cuya satisfacción la empuja a aceptar ese trabajo y acatar las reglas que impartían desde allí. La responsabilidad subjetiva, es esa relación ética del sujeto al deseo, por lo tanto ético es quien reacciona ya frente a la tentación interiormente sentida, sin ceder a ella. Freud ubica la responsabilidad “en relación a aquel propósito inconsciente que, ajenamente a la voluntad del yo, propició la acción” . Para analizar más profundamente el tema de la responsabilidad y relacionarlo con el azar y la necesidad en Hanna, podríamos comparar su caso con el de Ibbieta, personaje del cuento “El muro” de J.P. Sartre. La historia de este último personaje, transcurre en la España de la guerra civil. Un grupo de prisioneros republicanos en manos de la falange es arrojado a un sótano y deberán transcurrir su última noche en espera de que al amanecer los lleven al muro y los fusilen. El protagonista se mantiene despierto toda la noche para aprovechar sus últimas horas de vida. El problema ético se plantea cuando le proponen denunciar el paradero de un anarquista, Ramón Gris, a cambio de salvarse la vida. Ibietta sabe que éste se encuentra escondido en casa de su primo. El personaje en una suerte de ironía declara que Ramón se encontraba en el cementerio para engañar a los tiranos y al menos ganar unas horas más de vida (entre la ida y vuelta de los guardias al cementerio). Resulta que allí encontraron al anarquista y terminaron matándolo. Finalmente, la ejecución de Ibietta fue aplazada. La primera exculpación posible para Ibietta es la ignorancia y el azar; éste último quiso que con su elección de una confesión mentirosa, terminara diciendo la verdad. Podríamos decir que los hechos se encadenaron azarosamente para producir finalmente ese penoso resultado. Pero no podemos concluir nuestro análisis aquí ya que faltaría una segunda vuelta que recorte la posición del sujeto. Podríamos atribuirle a Ibietta el secreto deseo de sobrevivir a cualquier precio, aunque más no sea un corto tiempo de espera del mismo retorno de los falangistas. Después de todo encontró para Gris en el cementerio una tumba. No eligió una tumba para sí. Quizás podríamos preguntarnos acerca de un saber no sabido que le hizo mencionar ese escondite. Lo real de la pulsión, la singularidad del objeto de goce, es el núcleo de la singularidad del sujeto. Ibietta salvó su vida, si ese fue su deseo, de eso es responsable. El yo no es propietario del deseo pero sí diremos que el sujeto es responsable de su puesta en acto. Si Ibietta es responsable de un acto, este acto inscribió el deseo. Ibietta carga con lo real de la culpa; la responsabilidad. Invocar al azar, lo no determinado, como principio no es “más liberador” de la alienación del Sujeto, porque en esa forma se borra al Sujeto de toda responsabilidad, borrando su acto. En este sentido Ibietta es responsable de haber deseado vivir, de querer burlar al otro, aceptando su goce. En síntesis en el caso de Ibietta se consignaron tres elementos: la necesidad, el azar, y la responsabilidad subjetiva. La necesidad, porque para Ibbieta se cumplió el designio necesario de los falangistas “es tu vida por la suya”, exponiéndolo ante su deseo descarnado. La necesidad en este caso es entendida en términos situacionales. Eso significa que no está en Ibbieta modificar tal condición. Este es el modo de entender el orden de necesidad, no de manera abstracta, sino siempre situacionalmente. Necesidad es aquello que rige por fuera de la intervención del sujeto en situación.
El azar, porque fue resultado de éste que Gris se encontrara en ese mismo momento en el cementerio y allí lo encontrara esa muerte inexorable, y la responsabilidad subjetiva, que se encuentra en la brecha entre la necesidad y el azar, donde aparece el sujeto y su deseo inconsciente. Ibietta se tiene que hacer responsable de su deseo de vivir aunque sólo sean unas pocas horas más y el deseo de que sea Gris el que estuviese en el cementerio y no él. Ese deseo es lo que lo lleva a pronunciar la palabra “cementerio”. En primer lugar, Ibbieta es responsable de haber hablado, de su deseo de querer vivir, por lo menos un poco más. Creyéndose más allá del bien y del mal, en su omnipotencia desafía al azar. Era altamente improbable que Gris estuviera en el cementerio, pero no imposible. De hecho, Gris estaba allí. El aparente nombre al azar “cementerio” se revela como no siendo tal. Por lo tanto, el orden de necesidad está expresado por el axioma de los falangistas: el comandante le anuncia a Ibbieta: “es su vida por la tuya”. Y cumple.
Pero también el azar metió la cola, se trata de la contemporaneidad entre la burla de Ibbieta a los falangistas y la pelea de Gris con su primo. Quiso el azar que la broma de Ibbieta coincidiera en el tiempo con la boludez de Gris.
En el caso de Hanna podemos situar dos situaciones donde interviene el azar; el haber nacido en condiciones donde no pudo acceder a una alfabetización y más tarde en su vida haberse vuelto a encontrar con Michael justamente en su juicio. Con respecto a su analfabetismo si habláramos desde Sartre podríamos decir que ella nunca hizo nada con lo que hicieron de ella. Pero luego en las situaciones en las que ella se ve envuelta (relacionarse con un menor y el haber pertenecido a la SS) serían situaciones que cabería más pensarlas desde el lado de la responsabilidad subjetiva. Por lo tanto vemos que en su vida, en los momentos cruciales, no se rige ni por el azar ni por la necesidad, por lo tanto tendríamos que pensar por qué ella no puede situarse como sujeto, y se rige sólo por el deseo inconsciente. “La responsabilidad del sujeto se encuentra en la grieta entre necesidad y azar. Es decir, que cuando rigen por completo Necesidad o Azar, o una combinación de ámbos, no es pertinente la pregunta por la responsabilidad. Pero basta que se produzca una grieta, una vacancia entre ellos, para que la pregunta por la responsabilidad adquiera toda su dimensión” (J.J. Fariña)
Con respecto al circuito de responsabilidad, podríamos plantear dos momentos.
Uno donde la interpelación es desoída y fallida, y no hay como resultado una toma de responsabilidad como sujeto, y otro, donde la interpelación es al menos oída.
Pasaremos a describir el primer momento:
- Tiempo 1 , el de la acción – Hanna no abre las puertas de la iglesia donde estaban capturadas las prisioneras. Estas mueren en el incendio.
- Tiempo 2, el de la interpelación – Juicio. En este momento, el juicio sería una interpelación, que Hanna desoye. Ella va a la cárcel, pero podría decirse que paga la deuda por otra falta que ella siente como su real falta merecedora de un castigo, la de ser analfabeta.
La interpelación subjetiva es la puesta en marcha del circuito, luego la culpa obliga a dar una respuesta ad-hoc a la interpelación. El tiempo 2 permite la resignificación del tiempo 1. Y eso facilita una respuesta que aunque no es considerada todavía tiempo 3, aquel de la responsabilidad subjetiva, responde a la interpelación.
El tiempo uno se resignifica por la interpelación a través de la culpa. En el caso de Hanna, en el primer momento, ella no siente culpa alguna por el acto del que se la acusa. No puede resignificar el tiempo 1 y entonces, no puede pasar por el circuito de la responsabilidad al momento 3, el de la responsabilidad subjetiva.
En ese primer momento ella no modificó su posición subjetiva, estaba cautiva de su síntoma, lo único por lo cual se sentía culpable era por su analfabetismo.
Luego de pasar muchos años en la cárcel, ahí gracias a las cintas que le envió Michael, aprende a leer; podríamos decir que se libera de la culpa una vez resuelto el síntoma.
Cuando ella sale de la cárcel Michael vuelve a verla y la interpela. Le pregunta si recuerda el pasado. Ella creía que se refería a su historia de amor pasado y luego dice “los muertos, muertos están”. Michael al ver que no tiene registro de la situación terrible en la que estuvo involucrada (su participación en el campo de concentración), no tolera esto, y se retira nuevamente asombrado, perdiendo contacto con Hanna. Como lo plantea Fariña, mediante su distancia le da a entender a ella que su acto es imperdonable y Hanna que ha superado su analfabetismo, alcanza a leer en Michael este último pretexto.
Hanna hace una pila de libros, los usa para subirse a ellos y ahorcarse; podríamos decir que esta nueva interpelación sí es efectiva, que gracias a ella, realizada en éste momento en el que no está cegada por su síntoma, resignifica el tiempo 1 gracias a la culpa y cambia su posición subjetiva, pasando a un tercer momento (el de la responsabilidad subjetiva). Podríamos pensar que al entrar en contacto con la culpa debido la interpelación última, se le generó el sentimiento de deuda, por lo cual ella debía responder, y eso derivó en un intento de pagar ésto con su vida y dinero. Hanna responde para volver al surco moral. Sin la condición moral, que podríamos decir que era lo que le faltaba, la ley era para ella un capricho de quien la inventa, porque la legalidad es heredera de la condición moral. Por esto es que no se replantea la situación de estar con un menor de edad, ni comprende hasta el momento de la primer interpelación, la gravedad de sus actos. Ahora cabería preguntarnos si este acto, el suicidio fue realmente una toma de responsabilidad subjetiva. Otra hipótesis que podríamos plantear es que su suicidio podría ser una salida sintomática, un pasaje directo al acto, habiéndose conectado con la culpa real y no tolerarla, resuelve rápidamente su situación quitándose la vida. No tomando así en cuenta la dimensión inconsciente de su acto, cuestión por la cual, no se convierte en sujeto.
Para concluir, podríamos decir que Hanna nunca quiso confrontarse con aquello que hicieron de ella a pesar de sentir ajenidad, nunca se confrontó con la propia angustia para cambiar su posición subjetiva y así convertirse en sujeto. Sólo lo logra en la cárcel ya bastante mayor, y cuando es confrontada con otra situación que le genera angustia (la partida de Michael y lo que es más importante aquello con lo que él intentó confrontarla) se suicida. ¿Será que Hanna nunca toleró la angustia, siempre acomodó su vida en pos de evitarla o que es su muerta fue la primera y obviamente última vez en la que se responsabilizó por algo?

BIBLIOGRAFÍA

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Jinkis, J. (1987). Vergüenza y responsabilidad. Conjetural, número 13. Editorial Sitio. Buenos Aires.

Michel Fariña, J. & Gutiérrez, C. (1996). Veinte años son nada. Causas y azares. Número 3. Buenos Aires.

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Alemán, J. (2003): Nota sobre Lacan y Sartre: El decisionismo. En Derivas del discurso capitalista: Notas sobre psicoanálisis y política. Miguel Gómez Ediciones, Málaga.

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