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Universidad de Buenos Aires
Facultad de Psicología
Psicología, Ética y Derechos Humanos

2º Cuatrimestre 2009 – Comisión 2
Adjunta: Dora Serué
Ayudante: Tamara García Karo

Segunda Evaluación

Alumnas: Seybold, Micaela LU: 32766675/0
Cifarelli, Andrea F. LU: 32437101/0

El Malentendido. Pieza en tres actos

Título original: Le malentendu
Autor: Albert Camus
Personajes: Marta, María, la madre, Jan, el viejo criado
Año: 1944

“El malentendido” es una obra teatral del escritor francés Albert Camus que se divide en tres actos y que transcurre en un albergue para viajeros en Moravia.
Da comienzo a la obra una conversación entre Marta y la madre acerca del último cliente que se ha presentado para averiguar si podía hospedarse en el albergue que ambas atienden y administran. Este extranjero parece ser de buen pasar dado que no reparó en el precio de la habitación y además parece ser solitario, ya que nadie lo acompañó. Marta afirma agitadamente que gracias a este nuevo huésped podrá reunir el dinero suficiente para abandonar el albergue y establecerse frente al mar como ha ansiado durante tantos años. Ése será el día en que volverá a sonreír y es por eso que deben “ocuparse” del hombre que vendrá. Las dos mujeres coinciden en que tal como lo habían conversado anteriormente, ésta sería su última víctima. La madre anhela descansar y traer un poco más de paz a su vida y la hija desea ver lo que nunca ha conocido: el mar. Para ello es muy poco lo que deben hacer, ya que ni siquiera es cuestión de matar con sus propias manos, el hombre simplemente beberá un té, se dormirá y luego será arrojado al río, dice Marta. No será más que un empujoncito a una vida que desconoce, y en definitiva, este hombre debería considerarse afortunado ya que la vida suele ser mucho más cruel, en cambio, sus víctimas se van sin sufrimiento.
Mientras que madre e hija conversaban dentro del hotel, en el vestíbulo aparece Jan y detrás de él, su esposa María que lo había seguido. El lector conoce en este pasaje el verdadero fin de la visita del extranjero al hostal. Jan quiere alojarse en el albergue que veinte años atrás fue también su hogar. Tras haber abandonado a su madre y hermana hace tanto tiempo, quiere ahora traerles la felicidad compartiendo con ellas su fortuna. Su mujer insiste con que dé a conocer su verdadera identidad cuanto antes ya que tiene el presentimiento de que de lo contrario podría acontecerle una desgracia. Sin embargo es un paso que él aún no puede dar, por lo tanto prefiere mantenerse en el anonimato y conocer mejor a sus familiares. María decide entonces esperarlo en otro hotel, a pesar de sus sospechas, mientras él se ocupa de sus asuntos.
Es así que en la escena siguiente cuando Marta toma los datos de Jan, él se registra bajo una identidad falsa. Sin embargo, le alcanza expectante su pasaporte (verdadero) a la joven, quien a pesar de todo ni siquiera lo mira, ya que lo único que le interesa es corroborar dos datos definitorios: que efectivamente sea rico y que se aloje solo. Dado que Jan confirma ambas cosas, cumple con los requisitos necesarios para ser la próxima víctima.
Transcurren así las primeras horas de la estadía de Jan, que resultan ser por demás peculiares. El muchacho intenta conocer más a su madre y hermana mediante conversaciones en tono amistoso y alegre. Sin embargo éstas no son bienvenidas, ya que Marta se empecina en mantener una distancia y frialdad que según ella corresponde entre un prestador de servicios y su cliente. Él acuerda con ella en este punto y agrega que ya tendrá ocasión de saber quién es sin necesidad de que él hable. Por otro lado, la madre accede en mayor medida a las charlas revelando algunos detalles más personales. Así es que Jan le comenta que desde que llegó se siente en su casa y comienza a hablar con confianza, pero Marta interrumpe el intercambio. Jan pregunta qué harían si entrara un hijo y Marta nuevamente interrumpe y le dice a Jan que si un hijo entrara allí encontraría lo mismo que cualquier cliente: una indiferencia benévola.
A continuación el joven se retira a su cuarto dejando a ambas mujeres a solas. La madre expresa que no se siente alentada a matar a este cliente. Su hija responde que se trata de un viajero distraído, inocente, que le confiesa al verdugo sus penas sentimentales, lo cual la irrita. Repite que está cansada de vivir en el hotel, que es capaz de pasar por encima de todo para llegar a una casa frente al mar y culpa a la madre por haber nacido allí. La madre vuelve a expresar sus dudas acerca del crimen que van a cometer, y la hija le dice que deben hacerlo sí o sí esa noche.
Luego Marta se dirige a la habitación de Jan para cambiar las toallas y vuelve a entablar una charla con él. Le confiesa que ellas quieren abandonar el hotel y le pregunta qué tiene pensado hacer él. Jan le contesta que supone que volverá a su país y Marta empieza a preguntarle por el lugar en el que vive. Él, intentando caer en gracia con su hermana, le cuenta la belleza del país donde vive, le habla de las primaveras, los otoños y del mar. Lo que desconoce es que así ha logrado reavivar las ansias de la muchacha por huir de ese país, convenciéndola totalmente de que debe ser asesinado. Él señala que han entablado una conversación por fuera de la relación comercial y que por fin están usando un lenguaje humano. Marta responde violentamente que lo único humano en ella es lo que desea, y que para obtenerlo es capaz de aplastar todo a su paso. Rápidamente retornan al trato frío, y antes de retirarse de la habitación ella acota que había ido decidida a pedirle que se marchara, pero que él ha apelado a lo que ella tiene de humano y ahora desea que se quede.
A continuación la mujer regresa a los aposentos de Jan con un té. Lo engaña diciendo que el criado seguramente comprendió mal alguna instrucción, pero le sugiere que acepte esta atención dado que ya ha traído la bebida. Abandona el cuarto y tras ella se apresura a entrar la madre. Le pregunta al hombre si ya ha tomado la infusión, pero ha llegado tarde, ya la había bebido.
Una vez que el té ha surtido sus efectos somníferos, ambas ingresan a la habitación una vez más. La madre plantea nuevamente la posibilidad de dejarlo dormir hasta que al otro día se despierte, pero Marta vuelve a insistir con su insatisfacción, con que quiere conocer el mar y que él tiene suerte de morir así, puesto que no sufrirá. Finalmente la madre accede y es así que se disponen a arrojar al durmiente al río.
Tras haber cometido el asesinato, ya de vuelta en el hotel, Marta expresa su felicidad dado que nunca le había costado menos matar a alguien. Por fin se sentía libre. Mientras se deshacían de las pertenencias del difunto, encuentran el pasaporte y descubren su verdadera identidad. El hermano ha logrado ser reconocido sin decir nada. La madre resuelve con tristeza que no puede perdonarse el no haber reconocido a su hijo y que por ello al menos irá a reunirse con él al río. Ha vuelto a sentir tras muchos años de desconocer sus sentimientos y el dolor la empuja a suicidarse. Al oír esto Marta queda confundida ya que se siente abandonada por su madre justo ahora que ella está a un paso de la felicidad. Se indigna ante el hecho de que tras haberse sacrificado a esa vida con la madre, ésta arruine así su oportunidad de ser feliz. Marta se queda sola y desesperada, sin aceptar la decisión de su madre y odiando a su hermano por haber obtenido lo que él quería, por haber conocido todo lo que ella nunca conocerá. Se encuentra sola ante sus crímenes y decide suicidarse. Sin embargo no se arrojará al río para encontrarse con ellos dos, lo hará de otra forma.
Mientras Marta continuaba maldiciendo a su hermano y a su madre, llega su cuñada. Le comunica a ésta con total naturalidad que su hermano ha muerto porque ella y su madre lo arrojaron dormido al río como consecuencia de un malentendido, que eso no tendría que sorprenderla si conoce un poco el mundo. María escucha incrédula lo ocurrido, pero Marta sin conmoverse en ningún momento plantea que María ha perdido a su marido y ella perdió a su madre. Su cuñada debería alegrarse porque gozó muchos años a su esposo sin que él la rechazara, pero por el contrario ella ha sido rechazada por su madre y la ha perdido dos veces, ya que ahora está muerta. Dice que no entiende lo que es el amor ni el dolor, pero que ahora están dentro de la normalidad, esa normalidad en la que nadie es reconocido nunca. Mientras María llora desesperada, Marta se dirige a su habitación y se suicida.
Análisis

Esta obra teatral da sin duda alguna mucho para decir respecto de la responsabilidad subjetiva. Podríamos tomar como foco a cualquiera de los tres personajes principales, pero en este caso la elegida será Marta y sobre ella recaerá el análisis.
Es evidente que esta joven ha ejecutado con plena conciencia e intención una acción que aparentaba estar totalmente calculada, pero a partir de la cual queda envuelta en un malentendido que modificará drásticamente el curso de su vida. Intentaremos dar cuenta de su responsabilidad subjetiva, desplegándola en dos tiempos lógicos e indagando acerca de un posible tercer tiempo. A su vez intentaremos dilucidar respecto de qué debe responder el personaje para así plantear una hipótesis clínica.

Una de las primeras cuestiones que se dan a conocer respecto de Marta es que es una persona profundamente insatisfecha. Su vida hasta el presente se ha desarrollado en el marco de una comodidad neurótica, desde la cual articula constantemente demandas y reprocha a su madre como responsable de su frustración. Marta no puede hacerle frente a la vida que le ha tocado y sostiene toda su estructura psíquica alrededor de sus insatisfacciones.
Hemos de ubicar el primer tiempo lógico de la responsabilidad subjetiva en el momento en que decide asesinar al cliente-hermano desde el cálculo y el segundo tiempo lo situaremos cuando la madre resuelve quitarse la vida ante lo que han perpetrado.
En principio, la primera acción, meditada e intencionada, se realiza con el único fin de robar el dinero que le permita abandonar ese lugar. Es ese mismo hecho el que desencadenará una serie de consecuencias que la obligarán a reconocer que los efectos de su hacer han ido mucho más lejos.
Sin embargo no todo puede atribuirse al cálculo. Es preciso reconocer que también el azar jugó su carta. Es justamente cuando Marta decide que el próximo visitante será su última víctima (puesto que ya tiene casi todo el dinero necesario para marcharse), que aparece Jan mintiendo acerca de su identidad y cumpliendo todos los requisitos necesarios para ser el próximo asesinado.
Por otro lado, también podemos ubicar detalles que responden al orden de la necesidad. En primera instancia lo podemos encontrar en la muerte, que es inexorable. Jan en algún momento iba a morir, también su madre y su hermana.
A su vez, el haber cumplido con las dos condiciones determinantes (ser rico y no haber venido acompañado) atan a Jan al fatal destino que lo espera.
Por último la necesidad puede hallarse una vez más cuando el muchacho ingiere el té. La hija así se lo señala a la madre y ella lo confirma: “Ya lo había bebido. (…) comprendí que todo empezaba entonces.”
Aún así, lo acontecido en “El malentendido” no puede justificarse ni desde el azar ni desde la necesidad. Lo que está en juego es de un orden muy distinto y por eso es pertinente preguntarse acerca de la responsabilidad subjetiva. No podemos atribuirle completamente al azar el hecho de que Jan no fuera reconocido, ni podemos afirmar que lo sucedido se debe a que la muerte es un inexorable y que en algún momento ocurrirá.
Desde la primera entrada en escena del hermano se pueden vislumbrar hechos sintomáticos, por ejemplo cuando Marta no se detiene a leer el pasaporte porque (¿casualmente?) en ese momento fue invadida por otros pensamientos, o cuando hace caso omiso a las tantas insinuaciones que hace Jan y que de haber sido escuchadas hubieran hecho evidente su verdadera identidad. No sólo estos detalles apuntan a un dato que es clave en el ulterior desarrollo de lo sucedido, podemos afirmar que la obra está plagada de designios de tragedia: la vacilación de la madre, los presentimientos de María e, incluso la conversación más íntima entre Jan y Marta, en la que la mujer confiesa haber considerado dejarlo ir.
Paradójicamente, es justo durante esa charla que las palabras de Jan le aportarán a Marta la motivación necesaria para continuar con lo planeado, tras escuchar las maravillosas descripciones acerca de los países que ella tanto quería conocer. Cabría preguntarse cuánto se esconde detrás de ese acto. ¿Lo asesina sólo para obtener el dinero necesario para marcharse? ¿O acaso también la moviliza el ser confrontada con el hecho de que ella no ha sido capaz de lanzarse tras sus sueños como este hombre? Marta le dice a su madre antes de matarlo “Así (con la muerte) se recompensa la inocencia” . ¿No será acaso que así lo castigará porque él se ha atrevido a dejar el hogar y ella no pudo? Pero la joven es incapaz de cuestionarse por esto, sus ambiciones avasallan toda pregunta y toda señal de que matar a ese hombre podría no darle los resultados que busca.
Finalmente logra convencer a la madre y arrojan al durmiente al río, tras lo cual ella se siente libre y unida a la madre en el crimen. No es casualidad lo paradójico que suena esto, Marta se siente más libre en tanto está más atada a su madre. Si bien insiste con su anhelo de huir del hotel, al que ha quedado atada por acompañar a su madre, el mismo acto que debería liberarla es el que más la une a ella. Sin embargo, este homicidio en particular será el que las separe definitivamente dejando en evidencia que la imposibilidad que tenía Marta para irse no se podría atribuir a la falta de dinero.
Todo vira violentamente cuando se descubre la verdadera identidad de la víctima. Ubicaríamos este suceso como segundo tiempo si la madre fuese el objeto de este trabajo. Pero éste no es el caso. Marta no se implica, no se responsabiliza por los crímenes que comete (hasta el punto en que considera que sus muertos son los más afortunados), es lo mismo para ella un extraño que un hermano. Marta se desentiende hasta que su madre decide suicidarse y es allí donde por primera vez se puede entrever algo distinto. La muchacha se quiebra, no tolera la ostentación del duelo de su madre, a quien le duele este último crimen por el cual se siente responsable, e incapaz de perdonarse.
El segundo tiempo en el circuito lo ubicamos, como dijimos anteriormente, cuando la madre decide qué hacer con lo que han perpetrado. En cuanto ella resuelve suicidarse, es cuando queda demostrado que algo anduvo mal en ese primer momento y que Marta con su accionar ha ido mucho más allá de lo esperado. Lo que desestabiliza a Marta no es haber desconocido al hermano y haberlo matado, sino lo que ha sido expuesto: que ella y su madre no estaban unidas en este crimen. El fantasma de Marta ha sufrido un golpe que, tal como muestra la obra, no será capaz de soportar, así es como se sobreimprime el segundo tiempo al primero.

Podríamos pensar que Marta no se marchaba de la hostería porque creía que eso era lo que la madre pretendía de ella: que se quedara a su lado y que fueran los verdugos de tantos viajeros. Si el fantasma neurótico es la respuesta anticipada a lo que el sujeto cree que el Otro espera de él, podemos decir que la joven ha sido enfrentada de la forma más cruda a que su respuesta estaba errada. De este modo se pone en cuestión el lugar que ella ocupaba en el deseo de la madre y al confrontarse con esto, cayó el fantasma que la sostenía. Al no poder reestructurarlo, se enfrenta a su falta en ser y a la pregunta por su propia identidad, ante la cual no pudo responder.

Intentaremos trazar un recorrido de la responsabilidad subjetiva planteando una hipótesis clínica. ¿Ante qué debería hacerse responsable Marta? La joven obvia (¿sintomáticamente?) todo indicio de que el nuevo huésped es su hermano. Podría pensarse que aún así eso no ha pasado desapercibido por completo. Aún sin saber quién era él, ella habría reconocido inconcientemente que bien podría ser Jan. Cuando él cuenta las bellezas de otros países, se hace evidente que esa suerte también podría ser la de Marta sin necesidad de prolongar la espera. Ella al igual que su hermano podría haberse marchado muchos años atrás, y si no lo hizo no fue solamente por no contar con el dinero, sino porque no ha podido hacer algo con aquello que deseaba. Lo que la detiene sería algo de otro orden, de un orden fantasmático. Marta ha construido un parapeto alrededor de la madre que le permitiría evitar su propio deseo. Pero a su vez esto la lleva a la insatisfacción ya que parte de su libertad es resignada al ser la compañera incondicional en el crimen. Lo que la lleva a entrever algo de esto, que ha escondido tras la mascarada conciente de querer conocer el mar, es saber que su hermano, que se ha lanzado al mundo sin nada, pudo hacer una vida lejos de su madre.
En ese sentido creemos que Marta debe responder porque algo de su deseo inconciente de alejarse de su madre, estaba articulado en sus demandas constantes por marcharse de Moravia. Ella debería responsabilizarse también por haber aplastado la dimensión de su progenitora al desestimar sus vacilaciones sobre matar al hombre, lo que posteriormente la condujo a su suicidio. Ahora Marta quedó liberada, aquello que la ataba dejó de existir, ni aún así puede considerar la posibilidad de irse del hotel. Permanece alienada bajo los signos de su madre, que tras su suicidio puso en jaque todo su mundo significante, dejándola frente a un punto en el que no hay respuesta, en el que el Otro se perdió para siempre. Marta queda enfrentada no sólo a haber perdido a su madre, sino a haber perdido para siempre eso que ella era para la madre. Ya no habría objeto posible, la nada se hizo intolerable y el fantasma no pudo ser rearmado para deformar lo siniestro del deseo.
El momento en el que Marta se encuentra con su soledad, hubiera sido propicio para que pudiera apropiarse de sus miserias, para poder advenir como sujeto al responsabilizarse por su papel en todo lo ocurrido. Sin embargo, no es capaz de hacer algo con aquello que ha puesto en escena y de la única forma en que puede responder, es quitándose la vida.
La madre perdió dos veces a su hijo, y esta última pérdida es irremediable. Es aquí en donde Marta se identifica con ella, ya que también la ha perdido dos veces, primero en el rechazo y luego en el suicidio, también irreparable, y al igual que su madre, se quita la vida. No podemos ubicar un acto ético en su accionar y el circuito de la responsabilidad debemos detenerlo en el segundo tiempo. Si bien no se puede encontrar un tercer tiempo genuino, cabe señalar que Marta pudo poner cierta distancia al elegir no reunirse con su madre en el fondo del río.

Bibliografía
 CAMUS, A. El malentendido. Losada, Buenos Aires, 1979 y 2008.
 FARIÑA, J. Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires, 2008
 SALOMONE, G y DOMÍNGUEZ, M.E. La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Letra Viva, Buenos Aires, 2006
 UMÉREZ, O. Deseo-demanda / Pulsión y síntoma. JVE Ediciones, Buenos Aires, 1999



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