por 

Psicología, Ética y Derechos Humanos

Segunda Evaluación: 2º Cuatrimestre 2009

El texto elegido para realizar este trabajo de análisis, en función del circuito de la responsabilidad subjetiva, es el cuento del escritor argentino Julio Cortázar titulado: El Móvil.
La historia narra el derrotero de un malevo porteño en pos de alcanzar su anhelo de venganza y las vicisitudes que dicha empresa encuentra. Su mejor amigo, con el cual eran “carne y uña”, ha sido asesinado por la espalda. Poco se sabe del asesino salvo que el difunto, poco antes de morir y con sus últimas fuerzas, ha dicho: “el del brazo azul”. Al parecer, en aquel contexto, no era difícil colegir que se trataba de un tatuaje y, por ende, que el sujeto en cuestión era un marinero. Mas allá de los posibles motivos que este último hubiera podido tener para matar al amigo del protagonista, lo mató por la espalda; esto era imperdonable y por eso el difunto recibió el juramento de ser vengado.
Con la colaboración de informantes y otras argucias, nuestro protagonista, al que llamaremos M, logra averiguar que el asesino está a bordo de un barco actualmente en el puerto de Bs. As. No consigue averiguar su apellido pero si que no viaja en calidad de marinero (está retirado) y que es argentino. Una vez más M, movido por la potencia de su juramento y gracias a las malas artes de sus contactos, logra subir al barco como pasajero y emprende el viaje. No tarda demasiado tiempo en acotar su universo de sospechosos a tres hombres con los que entabla relación. Uno es un viejo, Ferro, y los otros dos son hombres de aproximadamente su edad, Pereyra y Lamas. En principio, y sin demasiadas dudas, el viejo queda descartado. Sin embargo, y a pesar de todos los intentos de M, ni Pereyra ni Lamas se ponen en evidencia: no se les escapa ningún término de la típica jerga marineril y no muestran en ningún momento sus brazos desnudos. Hasta aquí, una parte del problema.
Por otro lado, además de estos cuatro personajes, existe un quinto, una mujer, Petrona, la galleguita. Mientras lleva adelante su infructuosa investigación, M se siente atraído por Petrona y percibe claramente que Pereyra también. Entonces, M se propone ganarle de mano a Pereyra y, antes que este pueda hacer nada, logra seducirla y tiene un primer encuentro sexual con la mujer. Luego de su segundo encuentro, M le ofrece a Petrona, sin decirle los motivos, que acepte también los requerimientos de Pereyra y le diga, a cambio de dinero, si este tiene algún tatuaje. Petrona acepta y vuelve luego a contarle, entre risas, que ha tenido mucho tiempo para mirar bien al hombre y que no tiene ningún tatuaje. Esto hubiera sido suficiente información para el proyecto de M (indudablemente Lamas es el asesino) pero ocurre que después de este episodio Petrona, aunque se lo niega y da excusas, vuelve a verse varias veces mas con Pereyra y ya no quiere estar con él. Esto no le pasa desapercibido a M quien empieza a experimentar diferentes sentimientos hasta que finalmente mata a Pereyra y logra que Lamas, en un “intercambio de secretos”, lo encubra y lo ayude a quedarse tres años en Paris.
En primer instancia, tratando de aplicar el circuito de la responsabilidad subjetiva a este caso, podríamos decir que el tiempo lógico 1 es aquel en el que M ofrece a Petrona acceder a los requerimientos de Pereyra a cambio de dinero. Su proyecto conciente, el único del que él puede dar cuenta en ese momento, es extraer la información necesaria para encontrar al asesino y vengar la muerte de su amigo. Ahora, en lo que sería el tiempo lógico 2, encontraríamos que el hecho, no tanto de que Pereyra no es el asesino, sino sobretodo de que Petrona lo termine prefiriendo a este por sobre él, aparece como una consecuencia inesperada que lo devuelve al tiempo lógico 1 y hace que surja la pregunta respecto de su responsabilidad subjetiva por aquella decisión. En este sentido, si bien la sola certeza de que Petrona ha elegido a Pereyra ya determina mucho del proceso que experimenta M, existe un episodio muy preciso que habría que ver como evaluar. Poca antes de tomar la decisión final, y sin evidenciar que él sabía de los encuentros entre Petrona y Pereyra, M le pregunta a la mujer si está segura de que este no tiene ningún tatuaje y ella le responde: “ya te dije que no tiene nada, ¿querés que vaya de nuevo?”.
La primera cuestión a tener en cuenta, como para argumentar nuestro análisis del relato de M, es que este, a poco de tomar conciencia de que Petrona prefiere a Pereyra, experimenta varios sentimientos displacenteros que lo trastocan. Como él mismo, aunque tratando de minimizar su evidente estado, dice: “no tiene gracia que te roben a la mujer”. Sin embargo, lo interesante es que, más allá del enojo, la bronca, el amor propio herido y la dispersión respecto de su proyecto original, aparece en M la culpa. Luego del fragmento anterior sigue una aclaración decisiva: “… y menos si es por tu culpa”. Sabemos que la culpa es el reverso de la responsabilidad. Su aparición sería, entonces, un claro indicio de la necesidad de responder que todavía huelga pero que ha sido inexorablemente suscitada. Pero eso no es todo, luego de esa culpa inicial aparece también lo que podríamos pensar como proyección. Otro recurso o mecanismo más para eludir la responsabilidad; recursos que, sin embargo, parecen formar parte de un recorrido necesario hacia ella. Empieza a tenerle bronca, odio a Petrona por ser la culpable de su humillación; incluso más de una vez tiene que contener las ganas de pegarle. Aquí hay que recordar el diálogo, citado anteriormente, donde ella le pregunta jocosamente si quiere que vaya de nuevo con Pereyra cosa que, indudablemente, incrementa dicho odio.
Ahora bien, tratando de ensayar una hipótesis clínica como para explicar este circuito hay varias cosas por decir. Lo primero es que, a partir del tiempo lógico 2, es imposible desconocer que para M su amor propio (llamado inicialmente así aunque quizá debiéramos hablar ya a esta altura de narcisismo), puesto en juego en la rivalidad con Pereyra, es tanto mas importante que el amor por su amigo muerto o el juramento de venganza hecho a este. En esta línea de razonamiento, quizá podríamos afirmar que es precisamente la intención de poner en juego dicha rivalidad la que lo lleva a “compartir” a Petrona y no el hecho de acceder a la información imprescindible para su proyecto. Finalmente, la posibilidad de pensar en una escena para la cual el mismo M se ofrece a quedar ubicado como tercero excluido, es muy grande. Desde ya, se puede objetar que es el orden del azar el que hace que Pereyra no sea el asesino y que Petrona lo termine prefiriendo a él (esto último lo relativizaremos mas adelante), pero es indudable que frente a estos hechos consumados la anterior decisión de M cobra un sentido totalmente otro que lo aparta de su proyecto conciente original y es allí dónde el debe responder.
Como para avanzar en el desarrollo de la hipótesis planteada, y poder cotejarla con los sucesos, veamos como se configura la situación.
En primer término, cierto es que si Pereyra hubiese sido el asesino del amigo de M (la posibilidad era de un cincuenta por ciento), es decir, si Petrona hubiera dicho que él tenía un tatuaje, las cosas hubieran sido infinitamente mas sencillas y M no hubiese experimentado, quizá, ningún conflicto pues hubiese tenido “doble motivo” para matarlo. Es mas, quizá hasta hubiera podido ignorar subjetivamente el robo de la mujer como uno de sus motivos. Ahora, si bien no podemos afirmar categóricamente que él tuviera de antemano la certeza de que Pereyra no era su objetivo en relación con el juramento, tampoco, y por los mismas causas, podemos afirmar que tuviese la certeza de lo contrario. Lo que debiéramos afirmar, entonces, es que él hizo una “apuesta demasiado peligrosa” de la que seguramente no podía dar cuenta en el momento en el que la estaba haciendo. Tenía las mismas chances de perder que de ganar pero… ¿Apostó a que Pereyra fuera el asesino de su amigo? O ¿Apostó precisamente a que no lo fuera para que la cosa se jugara en el terreno verdaderamente trascendente? Es difícil responder pero lo que está claro es que puso mucho más en juego de lo que él podía suponer en ese momento. El resultado de la apuesta fue que su rival era su rival exclusivamente por la disputa de la mujer y nada tenía que ver en eso el cobarde asesinato de su amigo. Así quedó planteado el escenario y frente a este había que responder.
En segunda instancia, tampoco estaba claro de antemano que al “compartir” a Petrona, esta terminaría eligiendo a su rival (por como está narrado el cuento, y por como el personaje hace hincapié en su amor propio mas que en la mujer en si misma, es de suponer que si ella hubiera vuelto con M después de estar con Pereyra, las cosas no hubiesen pasado a mayores pero… nunca lo sabremos). Una vez más, aunque aquí no podemos hablar de porcentajes, M apostó… Apostó a que la mujer lo terminaría eligiendo a él o apostó a que terminaría eligiendo a Pereyra, pero apostó. Y apostó fuerte porque, en rigor, el ya había aventajado a Pereyra obteniendo para si los favores sexuales de la galleguita. El resultado fue que la mujer, sobretodo ocultándoselo, eligió a su rival y, desde allí, se le tornó imperioso a M responder por lo que ahora se configuraba como la decisión de poner a prueba su narcisismo y de ser agente directo de un claro escenario de rivalidad en el cual la derrota alimentaba la fantasía de tercero excluido; y todo esto mucho mas allá del proyecto conciente. Antes de continuar, aportemos como dato importante que el dinero ofrecido a la galleguita empezó a ser despreciado por esta, nunca lo cobró y le daba “como asco” hablar del tema cuando ya buscaba cualquier excusa para no tener relaciones sexuales con M. Se podría decir que la decisión del ofrecimiento de M, encima mediado por dinero, contribuyó a que la mujer terminara eligiendo a Pereyra. Es decir, pidiéndole que estuviera con Pereyra y ofreciéndole dinero para ello quizá no la estaba “compartiendo” sino que la estaba directamente “entregando”. Del mismo modo, también es importante que, a juzgar por la descripción hecha en el relato de la mujer, probablemente esta, aunque no necesariamente para elegirlo por sobre M, hubiera ido con Pereyra mas allá de la propuesta de cualquier tercero. Esto contribuye a reforzar la idea de que M tenía que responder por lo que ahora se le configuraba como la decisión de ser agente directo y activo de algo que quizá hubiera pasado de todos modos, sin su participación. Para ser rigurosos, podríamos decir también que incluso M pudo haber esperado a que la galleguita estuviera con Pereyra y recién después ofrecerle dinero para obtener la información.
Seguramente, si hablamos de celos, de proyección hacia la mujer y de rivalidad imaginaria con Pereyra, la referencia hacia un posible componente homosexual no resuelto en M (al modo que lo planteara Freud) que es puesto en juego y cobra relevancia angustiante al compartir a la galleguita, parece ineludible. Si bien esto no nos queda del todo claro por ciertas coordenadas particulares de la situación, su eventual existencia no contradeciría nuestra hipótesis sino en todo caso la complementaría.
Finalmente, si bien no es requerimiento de este trabajo, podemos completar el circuito cuando M mata finalmente a Pereyra, este sería el tiempo lógico 3. Ahora, mas allá de evaluar esta decisión en tanto manera de responder subjetivamente, es interesante marcarla porque, creemos, contribuye a potenciar toda la argumentación antes desarrollada. En principio, esta decisión hace evidente que para M, y a partir del tiempo 2, el juramento de venganza hecho a su amigo quedó totalmente relegado detrás de la rivalidad con Pereyra, del narcisismo herido por la derrota y de la fantasía de tercero excluido. La realidad es que a pesar de todos los sentimientos que manifiesta a partir de que opera el tiempo 2, no sabemos ni suponemos hasta último momento que será Pereyra y no Lamas el asesinado. Quizá ni el lo sabía claramente pues en ningún momento hace mención al respecto y sigue sosteniendo, aparentemente, el proyecto de matar a Lamas. Y no solo eso, tal vez hubiera podido matar a los dos, pero, incluso si concedemos que tenía que elegir solo a uno por cuestiones de tiempo y circunstancias, eligió a Pereyra e hizo de Lamas su cómplice. Con esta decisión, entonces, queda plenamente confirmado que la argumentación conciente del tiempo 1 había perdido totalmente su eficacia y que la disyuntiva se había desplazado desde esta hacia el replanteo de una posición subjetiva.

MARIANO PABLO MALANGA
DNI 23.508.608



NOTAS

Película:

Titulo Original:

Director:

Año:

Pais:

Otros comentarios del mismo autor: