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Universidad de Buenos Aires
Facultad de Psicología

Psicología, Etica y Derechos Humanos
Segundo parcial domiciliario
Titular: Lic. Juan Jorge Michel Fariña
Ayudante de Trabajos Prácticos: Lic. Eduardo Lazo
Comisión: 8

Alumno:
Repetto, Gabriel Mario
DNI: 23.068.446

Segundo cuatrimestre 2009

Tema de análisis: La responsabilidad subjetiva y sus consecuencias éticas.
Film escogido: “El noveno día”, Alemania, 2005.

Personajes principales:
Abad Henri Kremer: prisionero católico
Gebhardt: Jerarca Nazi
Hermana y cuñado de Henri Kremer
Roger: hermano de Henri Kremer
Sacerdote
Obispo de Luxemburgo.
Prisionero Nansen

1-Introducción
Sinopsis del film “El noveno día”.
Se elaborará una síntesis o recorte de situaciones que responde a los fines del presente trabajo. En este sentido, se tomarán aquellas acciones fundamentales que posibilitan los avances del relato y aquellos elementos que permiten describir el perfil de los personajes y su papel en el desarrollo de la historia.

El objetivo es presentar un panorama más o menos amplio de las líneas de acción que toman los personajes y en especial Kramer, nuestro foco de atención, con vistas al análisis posterior centrado en los siguientes ejes conceptuales: azar o necesidad, responsabilidad subjetiva y el circuito lógico de los 3 tiempos que incluyen la primera acción tomada por el sujeto, en apariencia inocua o sin consecuencias, la resignificación de esa primera acción (interpelación) y el efecto último en el “sujeto de la culpa” que responde con un nuevo acto.

Finalmente se intentará esbozar una hipótesis clínica que permitirá dar cuenta de las razones por la cuales el sujeto arriba a la decisión final luego del mencionado proceso de interpelación (resignificación) y re-acción (acción segunda que adviene como efecto de la retroalimentación y del sentimiento de culpa respecto de una acción primera)

Las primeras escenas del film muestran los tormentos vividos por los prisioneros sometidos a la dominación de los nazis en el Campo de Concentración de Dachau. Entre los prisioneros se cuenta el Abad Henri Kremer.

En un momento dado Kremer, el prisionero 25.639, es llamado por un jerarca nazi para darle la noticia de que ha sido liberado condicionalmente, con una “licencia “de nueve días”. Kremer es liberado bajo una condición o pacto consistente en un acuerdo que deberá establecer la Iglesia con el nacionalsocialismo. Se trata de un pacto o diálogo tendiente a trabar relaciones con el obispo de Luxemburgo con el fin de difundir la política eclesiástica Nazi.

Concedida la licencia, el Abad regresa al Hogar donde vivía en Luxemburgo con su hermana y cuñado.

La liberación condicional tendrá un costo alto: Kremer deberá estar a merced del jerarca nazi Gebhardt, quien durante los nueve días de la licencia demandará al Abad que entre en contacto con su obispo para que el nacionalsocialismo selle un acuerdo con la Iglesia Católica de Luxemburgo. Otro de los objetivos que perseguirá Gebhardt, presionado por sus superiores, será lograr la separación entre la Iglesia de Luxemburgo y el Vaticano.

No le resulta fácil a Kremer llegar a su Obispo para transmitir el mensaje del “acuerdo” a pesar de los intentos para acceder a él. Kremer traba relación con otros sacerdotes más allegados al Obispo, quiénes colocan escollos para que el Abad no pueda hablar directamente con aquél. Kremer siente necesidad de comunicarse con su obispo porque en caso de que no consiga transmitir el mensaje nacionalsocialista, deberá regresar a los campos de concentración y seguirá en vigor la política de aniquilación de los sacerdotes prisioneros. El cumplimiento del pacto mejoraría el destino de Kremer y el de los sacerdotes privados de libertad.

Kremer había sido arrestado por llevar a cabo actividades “antialemanas”, según explica Gebhardt. Colaboró en París con la resistencia contra los nazis de Francia y Luxemburgo, impidió las relaciones del nacionalsocialismo con la Iglesia de Luxemburgo y escribió un ensayo en contra de las leyes raciales establecidas por los nazis.

Kremer, luego de la “liberación condicionada” tiene 9 días para actuar. Deberá tomar una decisión. Cualquiera que sea. Una decisión que lo afectará a él y a muchos otros. No sabe o no puede tomar una decisión. Cavila.

En este proceso de elaboración de la toma de decisión se abren varios caminos que están a su alcance y entre los cuales deberá escoger. Se presentan tres. Algunos son muy atractivos para cualquier mortal en el lugar de Kremer. Roger, su hermano, le propone llevarlo con él a París. Su hermana y su cuñado lo incitan para que viaje a suiza. El jerarca nazi Gebhardt promete a Kremer su liberación y la del resto de los sacerdotes prisioneros a condición de que instale el diálogo entre la Iglesia de Luxemburgo y el nacionalsocialismo. Kremer no toma ninguno de estos tres caminos. Siente que no debe dejar chantajearse por los nazis y que debe seguir sus principios. Siente asimismo que está en falta y con culpa por haber tomado agua en el campo de concentración de Dachau sin haberlo compartido con nadie.

Entonces, a pesar de las amenazas de Gebhardt para que haga algo a favor de lograr el diálogo que se le impone, a pesar de que obedeciendo al jerarca nazi podía librarse de las torturas y tormentos del campo y “aplazar” la muerte como pretendió Ibbieta en el cuento “El muro”, a pesar de todo ello, decide hacer caso omiso a las peticiones nazis y regresa al Campo de Concentración para vivir como un prisionero más y así permanecer fiel a los dictados de su conciencia.

2- Analisis del circuito de responsabilidad subjetiva

Puede considerarse un primer tiempo lógico, durante la permanencia en el campo de Concentración de Dachau, en el que Kremer encuentra una canilla cuya bomba no funciona y sólo puede tomar unas pocas gotas de agua, golpeando la tubería con desesperación. Este hecho ocurrido durante la estadía en el campo cobra fuerzas y “reaparece” por primera vez en un momento a posteriori y estando ya fuera del Campo cuando visita la tumba de su madre. En este pasaje transmite “en voz alta” el siguiente pensamiento:

“Debo confesar nunca sufrí sed. El verano era un infierno. Teníamos poca agua. Era algo terrible. Trabajábamos en una fábrica de municiones. ¿Cómo puedo explicarlo? Mi corazón se paralizó. Casi me volví loco al hallar agua en la cañería.”

Posteriormente, retornan por segunda vez las imágenes de estar bebiendo gotas de agua bajo la forma de un sueño de angustia. Y la angustia es tal que Kremer grita y se mueve tan bruscamente en su improvisada cama que despierta a su hermana y cuñado. Kremer se acuesta efectivamente en una cama, pero luego prefiere cambiar de posición y acomoda su cuerpo en el piso, repitiendo la forma de deponer el cuerpo para dormir adoptada en Dachau. El cuñado escucha ruidos. Acude al dormitorio de Kremer e intenta tranquilizarlo, pero el sacerdote se pone violento e intenta defenderse dando manotazos como si estuviera frente a un jerarca nazi. Llora desconsoladamente como un niño. Poco después consigue tomar conciencia de que sólo era un sueño y logra calmarse.

La angustia por haber bebido agua “en soledad”, sin compartirla retorna por tercera vez. Reaparece ahora en el pensamiento conciente. Escribe una carta a la madre ya muerta diciendo:

Querida madre:
“Esa noche el agua me obsesionó. La idea de compartirla me mortificaba. Quizás con Nansen. Era el más débil. Recé mucho. Pero la sed me venció. Al día siguiente regresé. No era mucha, pero para uno sí. Tibia, salada por el óxido, con gusto a sangre. Era deliciosa. En ese instante supe que había pecado. La culpa me abrumaba. Agua, agua. Padre, perdóname. Lo repetiré una y otra vez. Madre, perdóname. “

El pensamiento con respecto al hecho de haber bebido agua cuando el agua era una verdadera carencia y necesidad de todos lo atormenta y obsesiona. Escribe: “Sí, yo sobreviví. Nansen no. Jamás sabré si el agua que no compartí con él le hubiera dado fuerza para respirar. Veo su rostro todas las noches. Cada paso que doy es sobre sus cenizas”.
La hermana de Kremer lee lo que él ha escrito e intenta consolarlo. Expresa: “Tú no eres culpable de su muerte. Ellos (los nazis) te hicieron sentir que lo eras. No les creas. Que no te derroten”.

Se observa claramente que los tres momentos que interpelan a Kremer por el acto individual constituyen un segundo tiempo lógico posterior a la experiencia material de beber agua. Esta última retorna en el pensamiento, como re-presentación de la escena fenoménicamente acontecida. Retorna como remordimiento, como culpa en otro escenario, ya lejos del primero. Ese hecho tan simple de beber agua para calmar una necesidad fisiológica en un campo de concentración no tuvo consecuencias en el momento de consumarse el acto. No obstante, a posteriori, (segundo tiempo lógico) el hecho se re-significa y regresa en pensamientos dirigidos a la madre muerta y en los sueños.

Regresa la necesidad de “expresar simbólicamente” lo acontecido debido al efecto de generación de culpa. La culpa lo abruma, manifiesta Kremer. Ve el rostro de la persona con quien juzga debería haber compartido el agua por haber estado más débil que él en aquel momento en que se materializó la acción “individual”.

El impacto, la impresión psíquica de haber bebido agua “solo”, sin ofrecer el hallazgo a otros que experimentaban la misma necesidad imperiosa, es tan fuerte que retorna en diferentes formaciones conscientes e inconscientes (pensamientos de la vigilia, sueños).
La marca de aquella impresión referida a una experiencia sensible (vivida) es aún mayor por cuanto Kremer conocía muy bien la dimensión de esa necesidad fisiológica incumplida y podía proyectar y entender esa “insatisfacción” en los demás de manera cabal. En tanto que era capaz de ponerse en la piel de los otros debido al hecho de compartir una misma experiencia de insatisfacción del cuerpo físico, el dominio de la culpa alcanza una dimensión con certeza mayor que en otras circunstancias.

Podemos hablar de un hecho universal-singular (la acción individual tomada en el campo frente a una necesidad físiológica) que en tanto trasciende el campo de lo individual y pone en juego las relaciones intersubjetivas, es interpretado según las normas que despliega el sujeto ético. Este se interroga a posteriori acerca de qué hacer ante una situación “nueva”, no codificada, no tematizada ni tipificada en ningún cuerpo legislativo y cuya hermenéutica no está escrita. La norma ética deberá ser creada, forjada en este caso por el mismo sujeto, fundamentándose en sus creencias personales y religiosas. En este sentido, la norma ética trasciende el espacio y el tiempo a diferencia de la norma moral que como reguladora de fenómenos o hechos particulares se circunscribe a una época y a un contexto espacial dado.

Kremer es interpelado en un segundo tiempo por su acción “individualista”. La comprensión o resignificación que realiza de la situación le genera culpa. Advierte que su acción “afectó” indirectamente a otros una vez que pudo resignificar el acto que realizó individualmente. Se sabe a sí mismo responsable por su acción a-social o solitaria. El hecho de que Kremer haya encontrado agua depende del azar, pero su decisión de tomarla “en soledad” es un acto deliberado y conciente.

Kremer asume una responsabilidad y la culpa, pero ¿frente a quién? Podríamos pensar que ante Dios debido a sus fuertes convicciones religiosas., pero esta apreciación es insuficiente.

Partamos de la premisa de que toda responsabilidad y culpa es por definición en relación con Otro. La culpa se produce siempre en confrontación con Otros, ya que las acciones propias “en abstracto”, en un contexto individual (Si esto fuera posible) son concomitantes con la propia lógica de pensamiento y nunca generarían culpa en tanto no hay responsabilidad ante Otro, ante la mirada y juicio del Otro, ni confrontación de mi necesidad en relación con la necesidad del Otro.

Recordemos que Sartre, en “El Ser y la Nada” hace referencia a la mirada del Otro. Sólo por la mirada del Otro, “el espiar por el orificio de la cerradura” genera vergüenza para el actor. ¿Podría haber vergüenza si nadie observara la acción de mirar furtivamente por una cerradura? Ciertamente no. La culpa, por otra parte, siempre implica un efecto retroactivo. Se es culpable por un hecho que ya aconteció y sobre el que se reflexiona a posteriori cuando el sujeto le atribuye nuevos efectos de sentido que no existían en el momento de la acción.

Kremer no debe responder ante la Ley del Derecho, en tanto su accionar no está regulado por el Código Jurídico. No hay una Ley del derecho que establezca que deba compartirse el agua en caso de necesidad, en situaciones extremas, etc. Tampoco hay un incumplimiento de una Ley del Campo en tanto no se verifica una norma Nazi que establezca que “está prohibido beber agua de las canillas del Campo”. En caso de que esta ley hubiera existido por haber sido erigida por un jerarca Nazi, Kremer habría cometido una falta en el marco de un sistema determinado de prohibiciones y permisos previamente establecido y definido. En este contexto no importa el debate de si aquella prohibición de beber agua de la canilla del Campo se trata de una ley justa, correcta, etc. Ciertamente para cualquier mortal con valores altruistas, dicha prohibición sería injusta.

Toda ley es un producto de la cultura, no está dada en la naturaleza, genera sentidos, un sistema de referencias acerca de lo qué debe y no debe hacerse y potencialmente puede beneficiar a unos y perjudicar a otros.
La ley establece un patrón y orientación de la conducta de acuerdo con algún principio o interés grupal o institucional más allá de los efectos, ora beneficiosos, ora perniciosos, que genere.
Toda regla sólo tiene validez al interior del sistema en que se aplica. Así, sólo produce efectos para determinadas personas y hechos o situaciones y conductas previamente definidos.
En la naturaleza considerada en sí misma todo es caótico en tanto no existe un orden humano, pero hay un orden o sucesión producto de las “leyes” que la misma naturaleza ha creado. Los hombres, a través de las leyes humanas, imprimen una dirección a las conductas en función de ciertos intereses, para evitar en ciertos casos un provecho mayor de unos en detrimento de otros, asegurar la “convivencia social, etc.

La orden de liberar temporariamente a Kremer respondió a una decisión humana fundada en un interés concreto: el interés del Nacionalsocialismo en imponer su influencia ideológica a través de la Iglesia Católica. Y cuando se trata de convencer, la realidad humana “crea”, “inventa” el mundo a través del lenguaje, un mundo que no existe a priori. El lenguaje erige un mundo, uno entre tantos posibles. El lenguaje sirve para mentir, para tomar una acción propia o para mover al otro a una acción (función preformativa del lenguaje). Gebhardt, a través de su discurso, da sus razones acerca de por qué fue “liberado” Kremer:

Razón 1: “Pidieron su liberación para que se despidiera de su madre (fallecida)”
Razón 2: “Le dimos la licencia para que pueda tener una perspectiva más amplia”.

A partir del contexto más extenso del discurso de Gebhardst se comprende claramente que el motivo verdadero y genuino que impulsó la “liberación condicional” fue otro (diferente de las razones arriba expuestas): el diálogo y pacto con la Iglesia.
Gerbhardt, además, ejerce una coerción en Kremer para que éste haga lo que le pide: “Todos los que lo apoyen serán liberados de inmediato. Ayude a los que están vivos. Sus amigos dependen de Usted.” En otro pasaje de la película, el jerarca nazi exhorta a Kremer para que el obispo se alíe al nacionalsocialismo y que “entre en razones” (léase: en las razones del nacionalsocialismo). Pide a Kremer que convenza a su obispo para que se exprese a favor del nacionalsocialismo y le lee y entrega una copia en primera persona “oficiando” el mismo Gerhardt de Obispo:

“Yo, obispo de Luxemburgo reconozco la política eclesiástica de los nacionalsocialistas. De acuerdo con nuestra fe, declaramos que la santa Iglesia Católica debe estar junto a Alemania y su Führer, Adolf Hither”.

Volviendo al acto de Kremer, la ley que rigió para él fue la ley moral propia, intrínseca. Por tal motivo hablamos de responsabilidad subjetiva. No es externa a él. No le es impuesta desde afuera, sino por el contrario es la propia ley moral la que le provoca culpa al no haber actuado de acuerdo con sus principios éticos individuales.

Podemos establecer que Kremer asume una responsabilidad y culpa en función de su historia, sus principios, su formación religiosa. Para otro sujeto, en la misma situación y con una historia diferente, con valores más individualistas que altruistas, posiblemente el beber agua solitariamente en un Campo de Concentración podría tener el significado de un acto sin consecuencias éticas. Kremer, en cambio, exige perdón divino.

En términos psicoanalíticos, Kremer como sujeto del inconsciente mantiene un montante de excitación que no termina de ligar a representaciones concomitantes. Por esta razón, el afecto asociado a la experiencia angustiosa retorna en el afán de intentar ligarse a nuevas representaciones oníricas y al pensamiento de vigilia. Según Freud, La compulsión de repetir constituye una manera especial de recordar.

Cuánto más intensa es la resistencia, más ampliamente quedará sustituido el recuerdo por la repetición. Freud remarca en “Más allá del principio de placer” que existe en el psiquismo una fuerte tendencia al principio de placer, pero a esta tendencia se oponen otras fuerzas, de manera tal que el resultado final no corresponde siempre al estado de placer. Con respecto a la idea de que los sueños son la mayor parte de las veces una expresión oculta de deseos, Freud señala:

“Los sueños de angustia o de castigo no son excepciones a la regla de que los sueños son realizaciones de deseos. El sueño de castigo sustituye a la realización de deseos el castigo correspondiente, siendo la realización del deseo de la conciencia de culpa que reacciona contra la pulsión rechazada” (1).

Si concluimos que las consecuencias éticas de los actos varían de un sujeto a otro en función de los valores asumidos, debemos establecer que las normas éticas se construyen situacionalmente y que el sujeto ético es una construcción y por tanto variable, susceptible de transformaciones. No obstante, es necesario que existan reglas morales comunes, independientemente del sujeto ético, que permitan la convivencia y eviten el desenfreno altamente individualista con el fin de que no sucumba en la vida social aquella figura del “hombre como lobo del hombre”.
En este sentido, el imperativo categórico universal de Kant “obra de modo que la máxima de tu conducta pueda ser elevada a máxima universal” resulta apropiado si se instala como ley moral capaz de garantizar la paz social y de prohibir que los individuos cometan aquellos daños o perjuicios que reprueban en los demás.

En circunstancias extremas parece aplicarse la ley moral de corte individualista que no contempla las necesidades del prójimo. En un Campo de concentración, cualquier norma moral altruista se desvanece en provecho de la supervivencia individual. Es necesario resistir a cualquier costo y luchar por sí mismo, por conservar la propia vida. Ese es el valor más preciado que hay que defender, y por lo tanto, poco importa las acciones cometidas contra otras personas que también desde su individualismo persiguen su propio beneficio. En un escenario en que las reglas son injustas y promueven violencia verbal, castigos físicos y
actos humillantes de una parte en detrimento de la otra, la ley ética comienza a regir en
1) Freud, Sigmund, Obras completas, Editorial Losada. Tomo 18: CX. “Más allá del Principio de Placer.
términos demasiado individualistas. Si en situación de guerra estoy a merced del Otro, si el Otro tiene “poder” para torturarme y hasta matarme si es su voluntad, entonces mis reglas pasan a ser otras, mi relación con el Otro se modifica, y el sujeto que en circunstancias habituales promueve muchas veces la cooperación, la coparticipación mutua de un beneficio, se torna en una situación de guerra mucho más individualista y egocéntrico de lo que es por naturaleza. En relación con la conducta egoísta, señala Kremer a su hermano Roger en una escena:

“En los Campos sólo sobreviven los más fuertes y astutos como tú. En pocos días tendrías contactos en la cocina. En un mes sabrías cómo esquivar el trabajo pesado. Para sobrevivir, sólo debes pensar en ti. Tú puedes. ¡Yo no!”

Kremer se muestra altruista y expresa compasión por sus semejantes. Por esta razón, siente tanta culpa por haber bebido agua sin hacer partícipes a otros de ese hallazgo. Gebhardt contribuye a que el sacerdote se sienta aún más culpable por esa acción y lo expresa en estos términos, dirigiéndose a Kremer:

“Si (usted) no hubiera tomado agua se podría haber electrocutado en la cerca. Usted eligió. Traicionó a su amigo para salvarse. Ahora déle sentido”.

Frente a las presiones de Gebhardt, Kremer intenta responder de alguna manera, es decir, toma acciones para hablar con el Obispo y resolver el conflicto relacionado con el “deber hacer” .Es conciente de que hablando con el obispo para arribar a un acuerdo con el nacionalsocialismo podría salvar a otros (los sacerdotes prisioneros) y salvarse a él mismo recuperando la libertad definitiva. Sin embargo, Kremer se debate entre seguir las indicaciones de Gebhardt para abandonar los Campos de Concentración o apelar a su libertad de conciencia, sus principios religiosos.

Luego de infructuosos intentos y con un oficial de la GESTAPO cada vez más iracundo y exigente, consigue hablar con el Obispo. Este le indica que no puede aconsejarle nada, pues como sacerdote –alega- él por sí mismo sabrá qué hacer. El Obispo le pide a Kremer que escuche la voz de su conciencia, confíe en la oración y “abra su corazón para que el Espíritu Santo lo guíe”. Ante los dichos del Obispo, Kremer exclama:

“He examinado mi conciencia. Le pedí ayuda al Señor, pero no encuentro respuesta. Siempre pude recurrir a Ud. Ahora necesito su guía, pero usted me la niega. Trate de entenderme. Nuestros hermanos cargan la cruz. No es metáfora. ¡Cargan la cruz! En Dachau no hay Dios”.

El Obispo desnuda su verdad. Sostiene que Gebhardt está “usando” a Kremer y que será una herramienta de él si duda de la Iglesia. Ante estas reflexiones, Kremer afirma que no duda de la Iglesia, pero a veces duda del Santo Padre. A pesar de sus fuertes convicciones y de su fidelidad hacia la religión, Kremer duda de Dios. Las atrocidades que cometen los nazis contra diferentes grupos humanos, los tormentos, las arbitrariedades son situaciones que lo consternan y hacen tambalear en cierta medida y en cierto momento su fe en Dios.
Podemos ubicar todavía un tiempo lógico tercero que coincide con la última escena de la película y en el que se observa a un Kremer regresando al Campo de Concentración del que se apartó durante 9 días. Regresa con mayor seguridad y tranquilidad. A pesar de haber entrado otra vez “en la guerra” propiamente dicha, presenta un rostro sereno como si hubiese conciliado para siempre su pensamiento y su acción. Se lo percibe convencido de la decisión tomada. Se anuncia frente a un jerarca nazi como el prisionero 25.639 con una firmeza inusitada. El número 25.639 lo ubica simbólicamente como prisionero en ese ámbito, en ese particular marco reglado.
Su actitud “egoísta” del pasado se borra para dar paso a una actitud generosa: Kramer divide un embutido que trajo consigo en tantas partes como reclusos hay a su alrededor. Compensa con creces el egoísmo hacia “uno” trocándolo por un altruismo “multiplicado”. Se siente en paz consigo mismo y ello se pone de manifiesto en la actitud que adopta ante un mundo que, siendo tan cruel e impío como antes, no obstante ha cambiado porque el sujeto empírico ya no es el mismo que una vez fue. En su rostro se ha visto desvanecer la culpa.
Henri Kremer existió en realidad, pero con otro nombre. Miles de sacerdotes de todas las nacionalidades estuvieron en el Pabellón de sacerdotes de Dachau. Casi la mitad murió allí. Kremer sobrevivió. En 1945 escribió el libro en que se basa la película analizada.
3 - Hipótesis clínica
El sujeto (Kremer) consigue desasirse de las obligaciones de cooperación impuestas por un jerarca Nazi, cediendo a su deseo y actuando de manera libre, esto es, obedeciendo a los dictados de su conciencia individual. Por una parte, por propia elección desiste de viajar a París y a Suiza, y renuncia así a la posibilidad de escapar del régimen Nazi. Por el otro lado, renuncia a cooperar con el Régimen Nazi en su propósito de dialogar y establecer alianzas ideológicas y estratégicas con la Iglesia de Luxemburgo. La decisión tomada lo conduce nuevamente, luego de una licencia de nueve días, al campo de Concentración de Dachau donde había sido deportado en un primer momento.
Kremer consigue una segunda oportunidad para librarse de la culpa “subjetiva” por un acto egoísta cometido. La culpa desaparece en tanto instala una acción altruista (el reparto del embutido en múltiples porciones) que compensa desde el punto de vista del sujeto ético la primera acción egoísta (beber agua sin compartirla). Kremer eligiendo regresar al Campo reafirma su libertad para tomar una decisión basada en principios ético-ideológicos intrínsecos y genuinos, impugnando y contrarrestando así las influencias externas desestabilizadoras del yo o egodistónicas en favor de acciones egosintónicas o estructurantes del yo.

Bibliografìa

Salomone, Gabriela y Domínguez María Elena, “La transmisión de la ética. Clínica y deontología”.
Fariña, Juan Jorge Michel, “Responsabilidad: otro nombre del sujeto”. Juan Carlos Mosca en “Etica: Un horizonte en quiebra”
Alicia Lowentein, “La función de la repetición”, Letra Viva, 2007
Freud, Sigmund, Obras completas, Editorial Losada. Tomo 12: LXIII. “Recuerdo, Repetición y elaboración” (1914)
Freud, Sigmund, Obras completas, Editorial Losada. Tomo 18: CX. “Más allá del Principio de Placer” (1920)



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