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FACULTAD DE PSICOLOGÍA
Psicología, Ética y Derechos Humanos
Cátedra I: Prof. Fariña, Juan Jorge M.

2º evaluación parcial domiciliaria:

El secreto de sus ojos

Ayudante de trabajos prácticos: Lic. Perez Ferretti, Eduardo Fernando
Coayudante de trabajos prácticos: Botheatoz, Daniela
N° de comisión: 2

Alumna: García Robles, Cecilia
L.U.: 31859615 /0
E-mail: ceciliagarcia41@hotmail.com

Período: 2010/3 (Verano)

El análisis de la responsabilidad subjetiva en el comentario del film “El secreto de sus ojos” se centra en el personaje de Morales. Morales es el esposo de la muchacha quien es brutalmente violada y asesinada por un conocido de ella de Chivilcoy llamado Isidoro Gómez. Cuando finalmente éste es apresado y culpad
o de asesinato y violación (convicto y confeso) es al poco tiempo impunemente puesto en libertad para realizar trabajos para el gobierno de María Estela Martínez de Perón.
El sistema de justicia que pone en libertad a Gómez es un particular que no sirve de sostén para el universal/singular que se pone en juego en Morales. El sistema de justicia como orden social, ley simbólica que media entre los hombres, debería actuar constitucionalmente. Pero en el contexto del gobierno peronista, elegido democráticamente, se pone en funcionamiento la persecución en manos de la AAA dirigido por el Ministerio de Bienestar Social. Este particular se convierte en particularismo desde el momento que corruptamente pone en libertad a reos (como Gómez, quien debe cumplir una condena perpetua) y los utiliza para infiltrarse y de esta manera descubrir y matar “subversivos”.
Este universal de la ley, que se expresa de una manera singular en Morales, al no poder sostenerse con un particular por características del momento histórico que estaba atravezando la Argentina, pone en marcha las acciones que llevarán a Morales a administrar justicia por sus propias manos. Pero no busca vengar a su mujer provocando el mismo padecimiento que produjo a ella, y ni siquiera el mismo que le produjo a él. Toma la decisión imputarle la misma pena que tendría que haber cumplido: La cadena perpetua.

El director usa el recurso de lo escópico durante todo el film, haciendo honor al título de la película. Los ojos de los distintos personajes guardan un secreto, que en algunos casos se devela y en otros se vela.
En las escenas recortadas se pueden tomar varios momentos cronológicos pero que pertenecen a un mismo tiempo lógico: el tiempo 1 de la acción de Morales.
En la primer escena recortada por el texto en la que Espósito llega a la casa de campo, ve la fotografía en la repisa del living y comienza a sospechar que (después de 25 años) esa imagen está allí por algo. Ese amor, que no puede ser duelado, que se mantiene detenido, congelado, empieza a perfilarse como algo más que amor. Esta duda que se abre para el espectador se relaciona con la culpa de la escena número dos, representada por la mudez de Morales al no haber captado esa mirada fulminante de Gómez, junto con la escena tres, en la que Morales descubre su mayor temor respecto a la relación entre Gómez y su mujer. A esto se le suma una cuarta escena recortada por el texto, la escena de la violación, el temor de Morales de que haya habido algo más allí, algún sentimiento por parte de su esposa a su noviecito de la infancia. Liliana en el momento de la violación le dice: “mi amor, no mi amor”. Esta idea le parece insoportable, sin embargo no puede dejar de ser imaginariamente testigo, cada día que debe verle la cara al perpetrador del crimen, alimentarlo, mantenerlo con vida. Todas estas escenas si bien hay un lapso de 25 años, pertenecen a una serie de hechos que configuran las acciones de Morales, en un primer tiempo, donde solo se trata de administrar justicia en secreto. Las acciones tienen esa única finalidad conciente, darle a Gómez su merecido, aquella cadena perpetua que la justicia argentina no le supo dar, que se puede resumir como “el secreto de Morales”.
Después aparece Espósito, quien le indaga. Por supuesto, sumido en la mentira, Morales trata de deshacerse rápidamente de él. Éste no es más que un simple estorbo en su camino.

La verdadera interpelación en un tiempo 2 se produce cuando Espósito aparece como un tercero en la relación fantasmática entre Morales y Gómez. Cuando Espósito aparece como espectador en la escena que monta Morales y con su mirada es testigo de su secreto. Esto hace tambalear el fantasma, Morales se ve enfrentado a sus propias acciones. No surgen palabras de Espósito, solo su mirada atónita. Morales se ve interpelado a dar una respuesta, resignificando sus acciones. Surge la culpa como reverso de la responsabilidad, se sabe culpable de la acción que está llevando a cabo, y es por eso que necesita decirle algo a Espósito. En este momento se agarra la cabeza, baja la mirada. Se queda callado esperando que Espósito diga algo, hasta que no aguanta más y rompe con el silencio. La respuesta que da Morales, esa brutal confesión final como resa el texto de la película en la quinta escena, redobla el primer tiempo. Esa confesión que Morales enuncia: “usted dijo perpetua”. Esta es la respuesta que encuentra Morales. Pero ¿qué se esconde detrás de esta confesión? Un anhelo de justicia, la negación de la falla simbólica del sistema de justicia argentino, (ya que entre las distintas posibilidades que tiene Morales, opta por completar esta falta, negar la castración), y acude al mecanismo de la racionalización.
Podemos inferir que esta respuesta no abre la dimensión del sujeto, de la responsabilidad frente a su acto, sino que cierra el circuito, buscando una justificación racional que rápidamente recomponga la incertidumbre yoica, el quiebre de los ideales y certidumbres que provoca la interpelación. Vuelve a recomponerse sostenido en su fantasma, sin dar lugar a que la falta, el vacío, permitan alojar al deseo en la hiancia que se abre entre el segundo tiempo y el primero.

Morales no es culpable en el sentido jurídico de la muerte de Liliana. Hay un único culpable por la violación y muerte de ella, quien fue convicto y confeso, e impunemente puesto en libertad por la corrupción de algunas personas en el poder, denotando una gran falla del sistema jurídico. Morales sin embargo no puede descansar hasta que la condena de Gómez se cumpla, y lo condenará de la misma manera que de haber operado el sistema de justicia correctamente (cadena perpetua). Pero este intento de completar la falta produce un déficit en el propio Morales, condenándolo a él mismo a velar para siempre por el preso, no dentro de los garrotes de la cárcel que le forjó, sino una cadena perpetua al estilo de “prisión domiciliaria”, a su vez que vela por la vida del reo repitiendo imaginaria y eternamente el crimen, como si no lo hubiera podido inscribir simbólicamente. Este propio castigo está sostenido en un sentimiento de culpa, una culpa que no puede inscribir ni tramitar, en relación a la muerte de su mujer. Una culpa que no lo lleva por el camino de la responsabilidad que instauraría un acto creador, sino que lleva al camino de la repetición, velando un real que no cesa de no inscribirse. El sentimiento inconsciente de culpa produce la necesidad de castigo, que se autoinflige con este “arresto domiciliario”, pero al mismo tiempo es proyectada en la figura de Gómez quien, a diferencia de Morales, sí es responsable jurídicamente por el crimen.

El texto propone una hipótesis clínica acerca de la responsabilidad subjetiva de Morales.
Hay dos escenas particulares: aquella en la que Morales, al teléfono con la madre del asesino, recibe la noticia de que su esposa fuera la noviecita del asesino en Chivilcoy, a lo que Morales responde con dos emociones muy contradictorias, que invitar a pensar que esta noticia toca algo de su verdad: Morales al mismo tiempo que se angustia y rompe en llanto, se excita y comienza a temblar. Otro elemento que sustenta esta teoría es la elección que hace del tratamiento del cautivo. Decide encerrarlo en una celda y alimentarlo para mantenerlo con vida. Con el detalle de que no le habla. A su vez que goza de su secreto, teme conocer la verdad. Y el secreto del que goza es en relación a aquella escena de la violación, en la cual Morales sospecha que hubo algo más que sometimiento por parte de Gomez. Liliana lo conocía, era su novio de la infancia. Morales entonces se interroga qué relación tenía con este hombre, y en caso que fuera su amante, en qué lugar queda ubicado él como hombre. La escena en la que se queda mudo ante el descubrimiento de Espósito de la mirada de Gómez en la fotografía, puede ser leído retroactivamente como la culpa por no haber visto esto, por no haber sospechado de su mujer, por ser él el tercero excluido de la escena. Escena que jamás se atrevió a reconstruir. Morales lo mira a Gómez todos los días, pero no le pregunta que sucedió esa noche, no le habla. Pero al mismo tiempo todas sus acciones del tiempo 1 se sostienen en el fantasma de la escena de la violación.
La realidad en tanto estructurada por el fantasma, puede funcionar como fuga del encuentro con lo real, con un goce imposible de soportar. El fantasma es una respuesta frente a la castración en el Otro, la falta simbólica, a la pregunta por el deseo del Otro. Morales arma esta escena en la cual a su vez que se ubica como espectador eterno de la escena infernal velando de esta forma el secreto que esconden los ojos de Gómez. Y se coloca a sí mismo en una relación de poder, siendo él el castrador, el carcelario. La vida de Gómez pende de un hilo que Morales tiene en sus manos.
La interpelación que produce la presencia de un tercero en la escena fantasmática lo conmueve. Eso que se debía mantener en secreto por lo que realiza todas las acciones del tiempo 1 (se muda al campo, idea todo este plan, hasta compra libros de medicina para no tener que develar su secreto ni ante la enfermedad del preso) la presencia un tercero como espectador le indican que algo falló, se le fue de las manos, su secreto fue develado.
La presencia de Espósito lo interpela en el punto en que aquello que hasta entonces funcionó egosintónicamente, ahora le hace pregunta. Algo fue más allá de su voluntad conciente y debe responder frente a un otro por sus acciones.
Esto podría haber abierto la pregunta que tanto intenta obturar: ¿quien es él como hombre? La pregunta por su ser, ser esposo, ser hombre, ser el tercero en la escena, quien es él allí.
Finalmente al justificar su acción desde la razón cierra el circuito para que algo de su verdad aparezca, su división subjetiva.
Morales se ofrece como objeto para obturar la falla del sistema jurídico, a la vez que encuentra una respuesta por la pregunta de su ser. Respuesta que lo condena eternamente.

El azar juega su mala pasada ya que sin ella la escena del tiempo 2 no se habría producido. Cuando Espósito llega a la casa del campo, lo ve a Morales con una bandeja con restos de comida volviendo del jardín de la casa. Esto le resultó extraño, y fue el elemento decisivo para que Espósito sospeche definitivamente de Morales. La necesidad es el contexto político que propicia la impunidad que lleva a la libertad de Gómez, sin la cual éste estaría tras las rejas y no cautivo por Morales. Era necesario que Morales fuera a alimentar al preso como lo hacía todos los días, y que en ese momento entrara Espósito y lo agarre in fraganti, ya que este, no satisfecho por su respuesta, estaba esperándolo escondido tras un árbol. Era necesario que Gómez se encontrara allí tras las rejas y no en otro lugar, ya que no tiene posibilidad de salir de allí. Por lo tanto el azar y la necesidad se conjugan de una manera determinada para que se produzca el desenlace de la película y el secreto sea descubierto. La responsabilidad se encuentra en la hiancia entre el azar y la necesidad. Morales es responsable de la posición en la que se coloca ante la impunidad, de las decisiones que toma al respecto, y de responder frente a la mirada de Espósito.

El cuento El Muro posee todos los elementos del circuito de la responsabilida presentes: Ibbieta es interpelado a responder por el paradero de Gris, su mejor amigo de la infancia, y de no responder lo espera la muerte en el paredón. Ibbieta está determinado a no dar ninguna información, sabe que ya no hay esperanzas para él, y se desapega de todo lazo con el mundo de los vivientes. Sin embargo cuando se le da una última oportunidad para hablar, decide jugarles una broma y habla, afirmando que su amigo se encuentra “en el cementerio”. Él sabe que su amigo se encuentra en otro lugar, pero el azar quizo que en su mentira se esconda la verdad del paradero de Gris ya que éste se encontraba allí, donde Ibbieta no creía que se hallaría. Como Morales, él no es responsable jurídicamente del hecho en cuestión. Ambos si se quieren son víctimas: Morales del déspota de Gómez, e Ibbieta del puro azar que llevó a Gris a pelearse con su primo y refugiarse en el cementerio. Ambos son interpelados a responder por sus actos: Morales es enfrentado a su su verdad como sujeto en el momento en que Espósito entra y le desarma su escena fantasmática, e Ibbieta, cuando se pregunta a sí mismo: “¿en el cementerio?” no pudiendo dar cuenta de lo que sus oídos le revelaban. Sin embargo ambos dan respuestas muy diversas. Mientras Morales responde reconstruyendo rápidamente la escena, exponiendo la falla que él intenta velar (“Usted dijo perpetua”, es decir, con mis acciones estoy enmendando las fallas del sistema jurídico), Ibbieta responde con una exclamación: “El cementerio!”, al tiempo que las risas y lágrimas se encargan de desestructurar su integridad yoica. Podría haber respondido desde otro lugar, obturando el plano de la responsabilidad subjetiva. Podría haberse culpado por haber hablado, haber culpado a Gris por no estar donde debería estar, podría haber culpado al destino por jugarle una mala pasada, podría haber negado el hecho diciendo que seguramente ese hombre no era Gris ya que él debía estar en lo del primo... pero responde con una afirmación exclamativa, y su cuerpo responde por él. Su deseo de vivir más tiempo (que puede inferirse por el hecho de que no quiso dormir en toda la noche para no perder horas de vida, o que su jugarreta le permitió vivir unas horas más) se hizo presente y lo enfrentó a su propia división. Su certidumbre yoica que sostenía lo inevitable de su muerte se vio derrumbada por el hecho de que las cartas se echaron a su favor, situación inesperada para Ibbieta.
Otro elemento que tienen en común ambas historias es en relación a la necesidad del gobierno en el que se producen las dos historias. En el caso de Morales, un gobierno elegido democráticamente pero corrupto como si fuera de facto, en el cuento El Muro, un gobierno militar. En ambos la corrupción e impunidad extrema colocan al sujeto en una encrucijada en la que deben tomar una decisión. Este factor escapa a la voluntad del sujeto, pero tampoco es azaroso, ya que está allí por un motivo concreto y determina contundentemente las trama en la que se desarrollarán los hechos. De esto el sujeto no es responsable, pero si de la posición que adopte en relación a las características del contexto socio-político.

Bibliografía
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Salomone, G. Z.: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



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