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Sustitución y restitución: de la ideología a una política de la identidad

por Michel Fariña, Juan Jorge

Inspirada en eventos reales ocurridos durante los años 20 en Los Angeles,
Changeling, la reciente producción de Clint Eastwood, narra la historia de una mujer que debe enfrentarse a la corrupción policial luego de que su hijo desaparecido es reencontrado, pero ella sospecha que el niño que le han devuelto no es el suyo.

Tal como lo anuncia la sinopsis del film, estamos ante una historia que invita a reflexionar sobre un tema que se torna recurrente: cómo dirimir las cuestiones de la identidad cuando los eventos políticos y sociales alteran los eslabones de una cadena filiatoria.

Ante todo, señalemos que para indicar la acción de la que fue objeto el niño, la sinopsis no utiliza la palabra “desaparecido”, sino “abducido” (abducted). El verbo abducir, de uso poco frecuente en el español de Argentina, tiene sin embargo dos ricas acepciones. La primera remite a la separación, segmentación, de un miembro del cuerpo –abducción de un brazo, por ejemplo; la segunda, refiere al secuestro de humanos por seres extraterrestres, con fines de experimentación. Ambas acepciones se aplican de manera interesante al caso de secuestro de niños, en donde se produce el corte abrupto de un vínculo esencial, a manos de perpetradores, aliens –extraños peligrosamente desconocidos. Y no es poco frecuente que el destino del cuerpo abducido sea objeto de las experiencias más siniestras. [1]

Un niño ha sido abducido, se nos dice, y luego reencontrado y devuelto. Pero aquello que se devuelve no coincide con lo que se llevaron. El film se estrenó en España como “El intercambio”, pobre versión del “changeling” original, que en este contexto debería ser traducido como “sustitución”. El objetivo de este comentario es justamente establecer la diferencia entre una sustitución y una restitución.

Veamos los hechos, tal como se plantean en el film. Una mujer vive con su hijo de diez años. Lo lleva cada mañana al colegio, asegurándose que ingrese al establecimiento antes de seguir viaje rumbo a su trabajo. A la salida, pasa a buscarlo para compartir con él lo que resta del día. En una ocasión debe hacer un reemplazo laboral en día feriado y no tiene dónde dejar al niño. Decide entonces que permanezca solo en la casa aguardando su regreso. El niño es obediente, viven en un vecindario apacible –estamos en Los Angeles de 1928– y nada hace prever contratiempos. Pero a su regreso, el niño no está. Lo busca en las casas vecinas, pregunta a los niños que juegan en la vereda, pero nadie ha visto nada. Finalmente, abatida llama a la policía, pero le indican que deben esperar 24 horas, antes de intervenir, porque el ochenta por ciento de los niños regresa a la mañana siguiente. Pero el niño no regresa. El pequeño Walter Collin ha desparecido.

Muchos filmes cuentan historias semejantes. El pequeño Sean Anderton, hijo del personaje de Tom Cruise en Minority Report, o Ben Cappadora, el hijo del personaje de Michelle Pfeiffer en El lado profundo del mar, ambos desaparecieron ante un descuido de sus padres. [2]
Pero la peculiaridad de este caso, radica en que la policía alega haber encontrado al niño. Efectivamente, dos semanas más tarde aparece un niño que dice ser Walter Collin y cuya descripción encaja perfectamente con el niño perdido. El desprestigiado Departamento de Policía de Los Angeles encuentra así la ocasión para montar un reencuentro espectacular entre madre e hijo. Toda la prensa está convocada. Ante una lluvia de flashes, la madre corre a abrazar al niño, pero queda paralizada al verlo. El niño se parece mucho, pero no es el suyo.

El jefe de policía se muestra desconcertado, pero insiste en que el impacto y la emoción han afectado la percepción de esta mujer. El niño dice ser quien se supone que es y la reconoce a ella como su madre. No puede haber error alguno. La mujer, apabullada por la situación, se deja fotografiar con el niño y permite que la conduzcan hasta su casa acompañada por ese perfecto extraño que dice ser su hijo.

Aquí es interesante la cuestión de la ley social, encarnada en esta legión de hombres uniformados que le indica a esta mujer qué es lo que debe hacer. Le entregan un niño y le aseguran que es el suyo. Y que debe ocuparse de él, porque esa es su función de madre. Ella ensaya una tibia resistencia, pero es avasallada por la orden policial. Para una mujer sola, cuyo marido huyó alguna vez eludiendo sus responsabilidades de padre, los uniformes operan así un curioso magnetismo psicopático. Volveremos luego sobre este punto.

Pero ya a solas con el niño, otra legalidad se va abriendo paso. Sensible ante cualquier acechanza a quien salió de su ser, está íntimamente convencida de la grosera sustitución. El niño está circuncidado y es casi diez centímetros más bajo que su hijo. Se queja formalmente ante las autoridades, pero éstas ya no escuchan razones. Ella insiste, no tanto por mala disposición ante el intruso, sino porque percibe que si se ocupa de él, la policía dará por cerrado el caso y dejará de buscar a su hijo. Se abre así la trama del film, de la que no nos ocuparemos aquí.

Interesa a los fines de este artículo puntualizar una única cuestión de las muchas que seguramente abre esta historia: la ya anunciada diferencia entre sustitución y restitución. A una madre le desaparecen un hijo, y la policía le impone un reemplazo, exigiéndole que cambie un objeto por otro. Esta inducción a dar por perdido definitivamente a quien ni siquiera se sabe si lo está, recuerda las políticas compulsivas promovidas por las dictaduras para forzar el duelo, exigiéndoles a los familiares abandonar sus búsquedas y dar por muertos a sus desaparecidos.

Hace ya más de veinte años, en 1987, la psicoanalista Francoise Doltó visitó la Argentina y fue consultada respecto de la búsqueda de niños por parte de las Abuelas de Plaza de Mayo. Su respuesta fue aconsejar a estas mujeres que buscaran un sustituto para sus nietos perdidos –se refirió explícitamente a niños huérfanos, sin hogar, o directamente a mascotas. [3] Tales declaraciones fueron ampliamente criticadas y refutadas teóricamente utilizando los propios fundamentos desarrollados por la autora a lo largo de su obra –según trascendió, años más tarde la propia Doltó se retractó de sus dichos, aunque nunca por escrito. Si citamos aquí el caso es justamente porque sostendremos que la que habló en ese reportaje no fue la psicoanalista, sino el sujeto de la ideología que anida en ella.

En sus estudios psicoanalíticos sobre la ideología, René Kaés explicita que el carácter virulento e inamovible de la representación ideológica radica justamente en el compromiso del cuerpo, que coagula en ella un inusitado sentido de integridad. [4] Rasgo común con otras formaciones de grupo, como la moral o la estética, la ideología viene a reproducir esa versión de lo ya dado que opera como tranquilizador colectivo.

Que el enunciado ideológico de la sustitución haya estado en boca de alguien que se nombraba como psicoanalista confirma que no existen posiciones éticas a priori sino que éstas se ponen a prueba en cada uno de nuestros actos.

Paradigma de esta función de la ideología es en el film la secuencia del manicomio, en la que esta mujer es encerrada con el diagnóstico de insanía mental basado en su negativa a abandonar la búsqueda de su hijo desaparecido. Recordemos que la historia está basada en hechos reales, lo cual hace inevitable evocar el calificativo de “locas” asignado a las madres que durante la última dictadura militar argentina se empecinaron en reclamar por sus hijos en la Plaza de Mayo. La función de la “salud mental” como aparato ideológico del Estado es ampliamente conocida, como también lo son sus manifestaciones estéticas a lo largo de la historia del cine.

Alejandro Ariel sostiene que la estética encuentra su orden suplementario en el estilo de un artista, así como la moral lo halla en la emergencia del acto ético. [5] Podríamos decir en esta misma línea, que la ideología se ve suplementada por el acontecimiento político. La política es así a la ideología lo que el estilo a la estética, y lo que el acto ético a la moral. Frente a una ideología de la sustitución, se nos impone entonces una política de restitución.

La tarea que llevan adelante las Abuelas de Plaza de mayo, es justamente eso. Comporta sin duda un trabajo de duelo, porque aun en los reencuentros más conmovedores, algo se ha perdido para siempre en esos años de cautiverio e ignorancia sobre los orígenes. Por eso lo que se busca restituir es una historia, una filiación, una memoria sobre la ausencia. El hallazgo de un nieto largamente anhelado tiene una fuerza tal, que hace posible esa maravillosa ficción. A diferencia de la farsa de la que fueron objeto durante largos años, el reencuentro otorga a los nietos restituidos, a sus familias y a la sociedad toda, una esperanza verosímil.

Nótese que en el film, la farsa no está sostenida por el secuestrador, sino por quienes pretenden imponer al sustituto. La sustitución de un niño es así otra versión de la apropiación. La sustitución de un niño es así otra versión de la apropiación. Unos y otros, apropiadores de la dictadura y falsificadores en el film, coinciden en abolir los eslabones filiatorios, promoviendo algo bien distinto a un deseo no anónimo. [6] Que los artífices de la estafa sean policías no resulta por lo tanto azaroso.

Como tampoco los son las confesiones reveladoras que Clint Eastwood pone en boca de sendos niños sobre el final de la película. La primera, para indicarnos la brutalidad del experimento de sustitución, que arrasa la subjetividad del supuesto beneficiario de la farsa. La segunda, para mostrarnos que la incertidumbre respecto de una pérdida, lejos de perpetuar patológicamente el duelo, puede ser también ocasión de un acontecimiento singular y social.

Una vez más, el cine retoma el tema de la filiación fraudulenta. Como en tantas otras películas concebidas sin vinculación argumental con el caso argentino –The Truman Show, La máscara del Zorro– también ésta nos devuelve facetas inesperadas del horror que hemos vivido. Abducción, experimentación, farsa e impunidad; pero también resistencia, deseo, política y ficción.



NOTAS

[1Desde extracción y tráfico de sus órganos, sometimiento a esclavismo sexual, hasta las formas mórbidas de la “experimentación psicológica con niños” con que hemos calificado la estrategia militar de secuestro y cambio de identidad de menores durante la última dictadura

[2Por tomar sólo dos ejemplos sobre los que hemos trabajado. Ver Michel Fariña, J. “La otra decisión”, en http://www.elsigma.com/site/detalle.asp?IdContenido=2532 y D´Amore, O.: “Roban a un padre: la restitución en situación”, en http://www.eticaycine.org/El-lado-profundo-del-mar

[3El reportaje fue publicado originalmente en Psyché, 1987, y reeditado luego por Abuelas de Plaza de Mayo (1997): Restitución de niños, Eudeba, Buenos Aires, 1997. Citado por María Elena Domínguez, UBA, 2008

[4Kaes, R. « L´Ideologie: Etudes Psychoanalitiques ». Gallimard, Paris, 1980

[5Ariel, A. “El estilo y el acto”. Manantial, Buenos Aires, 1994.

[6Ver Kletnicki, A. “Un deseo que no sea anónimo”. En La encrucijada de la filiación: Tecnologías reproductivas y restitución de niños. Lumen, 2000

Película:El sustituto

Titulo Original:Changeling

Director: Clint Eastwood

Año: 2008

Pais: Estados Unidos

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