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Psicología, Ética y Derechos Humanos

Titular: Juan Jorge Michel Fariña
Cátedra: I
Comisión Nº: 22
Prof.: Ivana Somoza Baron
2º cuatrimestre del 2009

Alumnas:
 Cabós, Ma Sabrina
LU: 32.990.651-0
 Miranda, Gisela
LU: 32.866.246-0

Fecha de entrega:
19 de noviembre de 2009.

El texto literario elegido para el análisis del circuito de la responsabilidad es “El traje nuevo del Emperador” . El mismo nos cuenta que:
Un Emperador mandó a realizar un vestido para una fiesta del pueblo donde el reinaba, en la cual tenía que desfilar. Como le encantaba lucir sus vestidos, en esta oportunidad los hizo confeccionar por dos sujetos que se “decían tejedores y afirmaban conocer el método para tejer la tela más maravillosa del mundo”. Estos dos sujetos, le dijeron al Duque que el vestido a realizar tenia la particularidad ser visto sólo por aquellos que “supieran desempeñar correctamente su oficio y para los que no eran brutos”. Ante esto el Rey pensó que sería un vestido extraordinario, donde podría ver que funcionarios son ineptos para el cargo que ocupan y distinguir también entre los capaces y los tontos. Por lo que inmediatamente dio la orden de que comiencen con la confección entregándoles una gran cantidad de dinero, oro, plata y seda que necesiten para hacer la vestimenta.
Ambos sastres comenzaron a trabajar en el telar, en un salón cedido por el Gran Duque, donde permanecían horas y horas simulando que tejían el vestido prometido, sin hacer realmente nada, escondiendo todo lo recaudado en sus alforjas.
Luego de unos días el Gran Duque envió a uno de sus hombres, un ministro que poseía grandes capacidades, era el más adecuado y honrado para juzgar las cualidades de la tela. Fue así como este hombre se presentó en la sala ocupada por los dos estafadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. Ellos le mostraron la tela y le pidieron su opinión acerca de los dibujos y los colores. El ministro muy sorprendido, nada veía por más que forzara su vista y pensó entonces “¿Seré un tonto? ¡Oh! Es preciso que nadie lo sepa. ¿Seré tal vez un inútil?, no tengo coraje para admitir que este tejido es absolutamente invisible para mi”. Así fue como el Emperador al preguntarle como juzgaba el trabajo de los sastres escuchó cómo el ministro elogiaba exageradamente el vestido. “¡Maravilloso! Jamás había visto tales dibujos y colores!”.
Se cercioró nuevamente por un funcionario de su confianza, debido que él tenia temor de presentarse ante el telar y no ver nada, al funcionario le ocurrió lo mismo que al ministro: miró y miró pero no pudo ver nada, porque nada había, sin embargo dio la misma respuesta que había dado el ministro, por lo que el Emperador decidió ver la tela con sus propios ojos antes que se la llevasen del telar.
Le preguntaron los tejedores: “¿Verdad que es admirable?”, señalando el telar vacío, y creyendo que todos los demás podían ver la tela.
El emperador no veía nada, pensó que era terrible, se preguntó si era tonto y si no servía como Emperador. Por lo que respondió delante de ellos, que era muy bonito. Hizo de cuenta que lo veía sin confesar lo contrario.
Todo el pueblo elogiaba y admiraba el vestido, esperando con ansias el momento del desfile.
En la fiesta, unos momentos antes del desfile, los estafadores hicieron que le entregaban las prendas y dijeron: “estos son los pantalones. Ahí está la casaca. Aquí tiene el manto… Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, más precisamente esto es lo bueno de la tela”. Los tejedores simularon ponerle el vestido delante de un espejo. El Emperador se veía desnudo pero sin embargo dijo “que bien me sienta”. Sus súbditos, simulando llevarle la cola, lo acompañaron a desfilar, mientras la gente del pueblo admiraba el majestuoso “vestido” que en realidad nadie veía. Hasta que un niño dijo en voz alta: “No hay ningún vestido”, su padre, horrorizado, pretendió callar al niño, sin embargo, todo el mundo fue susurrando lo que escuchó hasta que por fin el pueblo entero gritó “¡No hay ningún vestido!”.
Esto inquietó y mortificó al Emperador ya que comprendió que todos tenían razón, de manera tal que todos perdieron el miedo a la verdad y entendieron la burla que les habían hecho. Mandó a buscar a los estafadores aunque no los hallaron puesto que habían escapado con el dinero recaudado mediante el engaño.
ANÁLISIS
El análisis recaerá sobre el personaje del Gran Duque. Se intentará dar cuenta de su responsabilidad subjetiva, que se configura sobre la base de un sujeto inconsciente, es decir, no autónomo. Sujeto que desconoce el propósito de su acción por la que no le atribuye responsabilidad a ella. Este análisis se desplegará en tres tiempos lógicos y se ensayará una hipótesis clínica que nos permita notar la irrupción de su deseo.
El Tiempo uno es considerado como el momento donde se realiza una acción que se agota en sus propios fines, realizada en concordancia al propio universo del sujeto.
En nuestro caso, ubicamos como Tiempo uno, el momento en el que el Duque ordena a los tejedores que le confeccionen un vestido para una fiesta, a la cual asistirá todo el pueblo.
Por otro lado, el Tiempo dos es el tiempo de la interpelación, donde el universo del sujeto se ve resquebrajado por estar confrontado con el Tiempo uno y permite su resignificación en un efecto de retroacción. Surge entonces la posibilidad de una pregunta por parte del Sujeto que movilice la posición que tenía en un principio. Pregunta que nos lleva del Tiempo dos al Tiempo uno.
En nuestro caso, podemos notar como el Emperador, ante las palabras del niño: “No hay ningún vestido”, y luego la confirmación del pueblo que pensaba lo mismo, se vio interpelado. Precisamente es aquí donde la culpa es notoria puesto que el Duque se siente mortificado por lo sucedido. Es la culpa la que obliga a repensar sobre el Tiempo uno, y a partir de esto se pueden abrir distintas respuestas. Se pone, entonces, en movimiento el circuito de la responsabilidad.
La singularidad, la situamos en un Tiempo tres, es un acto ético que se produce en un sujeto de deseo inconciente. “La ley simbólica del deseo ob-liga a retornar sobre la acción. No hay deseo sin culpa.” Ahora bien, la culpa también nos permite pesquisar su responsabilidad, puesto que no hay responsabilidad subjetiva sin culpa, ésta siempre está en juego. Culpa que es considerada como motor puesto que ésta denota que hay algo que le corresponde al Sujeto, es decir, que lo obliga a responder.
La singularidad vuelve a fundar al Sujeto, convirtiéndose luego en un Particular –ensanchándose el universo-, es decir que es singular si su presentación hace tambalear las consistencias previamente instituidas.
En nuestro caso no se presenta un Tiempo tres, debido a que la respuesta del Duque ante la interpelación es una proyección dirigida hacia los tejedores quienes “son los responsables de que él haya salido desnudo”. De este modo, podemos decir que se vio taponada la responsabilidad subjetiva, es decir, no se despliega en el campo de lo singular. Respuesta que queda en el campo de lo particular. Por esto, podemos concluir que el Sujeto no se reposiciona en su deseo.
La proyección está asociada al sentimiento inconsciente de culpa. Culpa que no favorece el efecto sujeto, es decir, al acto ético, “acto ético en que se produce un sujeto de deseo inconsciente”.
Desde una perspectiva Lacaniana, “la única cosa de la que puede ser culpable un Sujeto es de haber cedido su deseo. El yo no es propietario del deseo, pero sí el Sujeto es responsable de la puesta en acto” .
Hipótesis clínica
Ésta surge del deseo puesto en juego, hace relacionar el Tiempo dos con el Tiempo uno, de la responsabilidad subjetiva.
Es el lazo asociativo entre el Tiempo uno y el Tiempo dos, encargada de explicar la resignificación del Tiempo uno, se le sobreimpone. Teniendo en cuenta esto podemos decir que el Tiempo tres es el momento en donde el Sujeto toma una nueva posición en relación al Tiempo uno, dando cuenta así de su singularidad.
En este cuento, el Duque se muestra ante el pueblo con sus mejores vestidos, siendo siempre vanagloriado por ello, por cada uno de los ciudadanos. Sin embargo, podemos conjeturar cómo en el desfile, el Duque intenta ir más allá de sus majestuosos vestidos y se muestra ante su pueblo vestido en su desnudez, deseo impulsado por la creencia de que las telas serían sólo vistas por aquellos que sean capaces e inteligentes. Si bien, el Emperador se ve ante el espejo desnudo, él no cree estarlo a causa de falta de ropa sino que se ve “desnudo de sabiduría”, incapaz de gobernar y por lo tanto decide callar. Jamás cuestiona el estar desnudo, es decir sin ropa, sino que su preocupación se centra en la incapacidad que pareciera estar ante sus ojos.
Se puede deducir el deseo que el Emperador tenía: exhibir su cuerpo desnudo ante el pueblo y recibir la misma respuesta que cuando estaba vestido con la magnificencia de sus trajes. Asimismo creemos que éste es su deseo oculto; ser envuelto con las miradas del pueblo dirigidas a su cuerpo sin ropa alguna.
Podemos relacionar esto con el texto de Freud: “Introducción al Narcisismo” (1914), precisamente porque creemos que el Duque dá a su cuerpo un trato parecido al que le daría a un objeto sexual puesto que lo mira con complacencia ante el espejo y aún viéndose desnudo decide igualmente desfilar, intentando alcanzar una satisfacción, camuflada por el no querer quedar al descubierto en su incapacidad de gobernar. Conscientemente quiere demostrarse capaz para el puesto que ocupa, esconde la necesidad de querer mostrarse más allá de su vestimenta.
“No se trataría de una perversión sino de un complemento libidinoso del egoísmo” . El quería ver quiénes eran tontos, como así también quiénes incapaces en su función. Se amaba a sí mismo. Quería mostrar su otra faceta, su desnudez; esperando ser elogiado como lo era con sus vestidos.
El Rey sale vestido en su desnudez, pensando que los demás lo ven vestido. Él fue el incapaz de reconocer la desnudez que lo vestía por lo que “acepta” salir desnudo de sabiduría, no acepta estar desnudo, desprovisto de vestimenta. Reconocer que desfila desnudo sería avergonzante.
A partir de esto, podemos pensar, como el Rey se funda a partir de la mirada del Otro, Otro que lo enaltece, más allá de como él se considera a sí mismo, cede su imagen propia al Otro. No le importa demasiado lo que él piensa de sí, sino lo que el Otro piensa de él. Las mociones y deseos que un hombre tolera son desaprobados por otro, por esto, el Emperador no podía desfilar desnudo conscientemente, eso no lo dejaría bien visto ante los demás, fue la excusa perfecta “salir vestido”.
Su cuerpo es visto como una perfección valiosa. Su desnudez sería su mejor traje. “El Emperador se habría mostrado incapaz de renunciar a la satisfacción de la que una vez gozó en su infancia, no quiere privarse de esa posición narcisista que vivió (desnudarse). Se toma así mismo como objeto sexual.
Necesidad y Azar
Podemos ubicar dentro del campo de la Necesidad, como necesidad primaria, el estar vestido, puesto que es imprescindible contar con ello. Por otro lado, situamos el Azar en la escena en la que el niño coincide temporalmente con el Duque, precisamente, en el momento del desfile. Asimismo que haya exclamado “¡No hay ningún vestido!” y que todo el pueblo consienta con él y lo aclame. Ante lo cual el Rey se interpela.
Es en la grieta entre necesidad y azar donde Juan Carlos Mosca ubica a la responsabilidad del Sujeto. En este caso podemos ubicar la responsabilidad subjetiva a partir de la culpa provocada en el Rey por el dicho del niño y del pueblo en conjunto, posteriormente. Sin embargo, no se reconoce una singularidad en su respuesta, puesto que proyecta en los tejedores taponando de este modo, la responsabilidad subjetiva.



NOTAS

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