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Parcial Domiciliario: Fitzcarraldo
Marcelo Demian Gómez
Breve síntesis argumental

A comienzos del siglo XX, la selva amazónica es uno de los escenarios privilegiados para la actuación del self-made man; el aventurero decimonónico por excelencia, el paradigma de la voluntad y la autonomía, triunfante sobre las fuerzas oscuras de la naturaleza.
Son los tiempos de la fiebre del caucho, en los que inmensas fortunas se construyen en poco tiempo gracias a la explotación de los pueblos originarios. El abuso se desarrolla sin ningún tipo de freno legal o moral.
Fitzcarraldo es un hombre profundamente apasionado por la música, y capturado por el único anhelo de construir un gran teatro de òpera en Iquitos, destinado a opacar al ya fastuoso teatro de Manaus.
A primera vista, Fitzcarraldo comparte muchos de los rasgos del aventurero emprendedor que corona su audacia con una fortuna infinita a todos los efectos prácticos. Entre las muchas diferencias, una resulta quizás decisiva: Fitzcarraldo fracasa.
Al momento del comienzo del film ya carga sobre sus hombros el ridículo de haberse arruinado intentando construir un ferrocarril trasandino y una fábrica de hielo. Uno de los potentados del lugar lo describe implacable como "Fitzcarraldo: Conquistador de lo inútil".
Para conseguir la enorme cantidad de dinero que necesita para cumplir su cometido emprende nuevamente una tarea faraónica. Localiza un sector de la selva que aún no ha sido explotado, por ser inaccesible a través de los ríos navegables. Su plan implica remontar el río en un vapor, y llegado cierto punto, arrastrar el barco por sobre una montaña, hasta depositarlo sobre otro río, más cercano a la zona de explotación. El río a remontar permanece prácticamente inexplorado por los occidentales y es habitado por tribus de las que se cuentan historias temibles.
En mitad de la travesía, la mayor parte de la tripulación, aterrorizada, deserta. Cuando el fracaso parece ya inevitable, se produce el encuentro con una tribu que sin solicitar compensación alguna, se compromete a arrastrar el barco a través de la selva.
Al día siguiente de completada la tarea, y mientras los tripulantes duermen la borrachera de los festejos, los nativos sueltan las amarras del barco, que es arrastrado corriente abajo a través de los rápidos, hasta volver al punto de partida. Explicarán luego que actuaron para aplacar con el singular sacrificio a los espíritus del río.
Fitzcarraldo, en la ruina económica, vende el barco, y utiliza el dinero para contratar a una compañía de ópera que actúa sobre la cubierta del vapor para el pueblo de Iquitos.

Desarrollo

Comienzo el análisis a partir del señalamiento de lo que a mi entender opera como segundo tiempo en el circuito de la responsabilidad. Hablo del momento en que los nativos que habían ayudado a arrastrar el barco de Fitzcarraldo por sobre la montaña cortan las amarras que lo retienen y permiten que sea vapuleado por los rápidos del "Pongo das mortes".
Lo que en definitiva frustra a Fitzcarraldo de su anhelo y marca un límite a su voluntad ciega, trasciende en este punto a las fuerzas de la selva tanto como a lo incalculable del azar. No se trata tampoco de una traición; de que los nativos hubiesen mantenido hasta ese momento un designio contrario a los objetivos de Fitzcarraldo. La acción de cortar las amarras, no está destinada a anular la proeza que significó transportar el barco por sobre la montaña, sino, de alguna manera, a completarla. ¿De qué manera? Intentaré volver sobre esto para ensayar una respuesta.
El primer tiempo lógico del circuito queda entonces definido por la hazaña misma; la hazaña de la voluntad, que de alguna manera circunscribe el universo que este tiempo define. "Moveré una montaña", dice Fitzcarraldo antes de emprender el viaje río arriba. De no mediar la resignificación que el segundo tiempo supone, la hazaña sería la historia de una voluntad sin falla, lanzada como un hacha contra la espesura de la selva, hendiendo ciegamente cualquier reslstencia, y hallando su medida en la magnitud de la fortuna obtenida. El universo de la voluntad es el del Yo Fitzcarraldo, el del desconocimiento.
La responsabilidad subjetiva que pueda atribuirse a Fitzcarraldo yace entre los elementos de la necesidad y el azar. La necesidad se hace presente aquí en las fuerzas de la naturaleza; en la corriente inapelable del río que arrastra el barco de Fitzcarraldo a través de los rápidos del Pongo das mortes. Un vez que las amarras que detenían al "Molly Aída" han sido cortadas, el gigante Fitzcarraldo, determinado a mover montañas, es un juguete de las corrientes.
El azar se presenta en el encuentro con la tribu que prestará su cuerpo a la tarea de arrastrar el barco a través de la selva. Sólo en el encuentro, y no en la relación que se establece, de la que aún queda por decir.
Con respecto a la responsabilidad jurídica cabe decir que la historia transcurre en su mayor parte por fuera del territorio de cualquier ley escrita. Se da además en el punto de encuentro de hombres cuyos universos morales difieren enormemente, y resultan extraños e incomprensibles de unos a otros. Fitzcarraldo, su variada tripulación y la tribu surgida de las profundidades de la selva; se consideran unos a otros con desconfianza. Una desconfianza fundamentada, en la calidad esencialmente escasa del particular compartido.
Esto permite que se abra el espacio para que no sea el reproche moral, ni la proyección, lo que surja en Fitzcarraldo, como figuras de la culpa, frente a la interpelación que implica la resignificación de su hazaña por el corte de las amarras.
Aparece sí la negación. Primero allí donde en mitad de los rápidos, Fitzcarraldo continúa empeñándose en detener su barco, cuando resulta ya evidente que la tarea sería sólo accesible a un dios. Luego, y más significativamente, cuando se halla soportando las burlas de uno de los barones del caucho. Fitzcarraldo le narra la historia del hombre, que explorando la América del Norte, descubrió las cataratas del Niágara. Cuenta la desconfianza que generó entre sus contemporáneos, al relatar maravillado su hallazgo. Se le exigieron pruebas, a lo que él contestó: "La prueba está, en que lo he visto". Luego de terminado el relato, Fitzcarraldo agrega: "Pero no sé por qué le digo esto. Eso no tiene nada que ver conmigo".

Hipótesis Clínica: El conquistador de lo inútil

Cuando al comienzo de la película Fitzcarraldo es ridiculizado por uno de los barones del caucho, responde con arrogancia: "La realidad de su mundo es sólo una caricatura de la gran ópera".
Más adelante, interrogando a un par de misioneros sobre su labor con los nativos, oye la siguiente declaración: "Parece que no podemos curarlos de la idea de que nuestro mundo cotidiano es sólo una ilusión, detrás de la cual yace la realidad de los sueños".
Oye también que la tribu que encuentra en su viaje relata una leyenda según la cual un dios blanco llegará un día, montado en un gran barco, para llevarlos a una tierra donde no existe el dolor. Los nativos, sin embargo, no creen que Fitzcarraldo sea ese dios, de acuerdo al testimonio del intérprete, y no es desde esa creencia que deciden hacer propia la aventura.
Lejos de aferrarse al vapor como pasaporte a una tierra en la que nada falta, cortan las amarras, vaciando a la proeza de cualquier sentido de empresa capitalista que pudiese conservar. El corte de las amarras resignifica el paso por sobre la montaña, precisamente volviéndolo... inútil. Y es esa inutilidad la que interpela a Fitzcarraldo.
El "Conquistador de lo Inútil", había sido llamado, que es decir el conquistador del goce, aunque lo cierto sea que el conquistado era él, en el círculo formado por sus empresas grandilocuentes, sus fracasos y la negación que lo relanzaba, no queriendo saber de su responsabilidad.
Goce narcisista de quien se apresta a mover montañas. Goce del fracaso y la humillación.
El corte de las amarras tiene todo el valor de un sacrificio, en el sentido de un puro gasto. No de la prodigalidad obscena de los nuevos ricos amazónicos, que busca refugiarse en una apariencia de abundancia infinita; sino del sacrificio que implica aceptar que los barcos que llevan a tierras donde no existe el dolor no pueden sino no llegar nunca.
Aventuro como hipótesis final que la posición de Fitzcarraldo sobre el final del film implica un cambio. Considero que ya su enunciado: "La prueba está en que lo he visto", importa un cambio de posición con respecto a su goce. El "haber visto" es una posibilidad que para él se abre a partir del corte de las amarras; para él que hasta entonces no veía más que el paraíso que le deparaba su anhelo.
Considero que la prueba está en la respuesta que Fitzcarraldo produce, lejos de enfrascarse en el remordimiento, o de lanzarse prontamente a un nuevo intento apoteótico. Si la producción de un sujeto dividido implica la castración, considero que el retorno a Iquitos, llevando sobre cubierta a una compañía de ópera que representa una escena para el pueblo, puede interpretarse como la invención que da cuenta de un tercer tiempo en el que el sujeto es barrado por la interpelación que recibe.



NOTAS

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