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Encantamientos del paladar: banquete, fresa y chocolate

por Perrotti, Natalia, Valenzuela Issac, Cristian Emiliano

Una fresa escondida

La Habana. 1979. David estudia Ciencias Políticas. Su ex novia recién se casó con un hombre que le prometió un futuro fuera de Cuba y el bienestar económico que anhelaba. David se encuentra sentado en la mesa de un bar, solo. Diego pide permiso, y se sienta con él. David es un jovencito, efebo, esculpido a cincel. Diego es más bien un apreciador de la belleza masculina, conocedor de distintas artes, y entre ellas, del arte de la seducción. Con cierto amaneramiento (exagerado, tal vez), Diego le habla a David mientras saborea un helado de fresa, su favorito: “lo único bueno que hacen en este país”, destaca derrochando ironía. Claro, Diego no parece ni ser agraciado por la revolución ni tener nada que agradecerle. Pero hoy es su día de suerte, dice, pues encuentra maravillas: su helado contiene una fresa, y su mirada contiene a David.

“Volemos en alas de la imaginación, porque acá otra cosa no se puede”, señala Diego perspicazmente. Y de una bolsa saca unos libros que apoya sobre la mesa del bar, maravillas exóticas que no se encuentran en la biblioteca de la facultad, vil excusa para robar la atención del joven. En su casa hay más, y si David acepta la invitación de Diego, podría hacerse de algunos. Por ahora, “solo puedes leer los que te autorizan”, le recrimina Diego ante la desconfianza del joven. Pero “ten imaginación”, resuelve; “los forras y listo”, le propone, cual invitación a la clandestinidad, e invitación a enredarse en los velos del erotismo. “Yo no necesito forrar nada”, afirma David. Pero Diego posee algo que él desea, y será David el que lo tenga que descubrir. Con la excusa de poseer unas fotos de David, Diego convence al joven de ir a su casa, simplemente para recuperar esas imágenes de sí mismo que le pertenecen, y que pareciera Diego le ha robado con su cámara.

En el condominio deben subir unas escaleras para entrar al departamento de Diego. Antes de subir, David le advierte que sólo quiere las fotos y que no se haga el listo con él. Pero una presencia se hace manifiesta: una mujer, Nancy, que entona una canción. Ambos se esconden, por impulso de Diego, mientras ella canta unos versos del bolero “Por seguir tus huellas” de Orlando Contreras. “Dices que mi muerte la estás deseando, y que perjudico tu reputación” son las palabras que resuenan cantadas en ese edificio colonial de la Habana, bajo su sol, pero entre las sombras de dos hombres que se esconden.

¿Quién es Nancy? La de vigilancia, señala Diego con desprecio, aunque sabremos luego que entre ellos existe una gran amistad. Nancy trae música, solicita música, aconseja música. ¿A quién le canta en esta oportunidad? Quizás le cante a Cuba, porque Cuba puede que la desprecie. Nancy ejerce la prostitución, comercializa su sexo. Su actividad se envuelve, además, en una ilegalidad de tinte ideológica: se acuesta con el enemigo, adquiere dólares, recibe regalos del extranjero, importa productos prohibidos a Cuba. Nancy misma es un perjuicio, un objeto en el blanco de muchas miras, una puta infiel a su país.

David y Diego entran al departamento. Algo linda con lo prohibido. Ante el intento de Diego de cerrar la puerta, David lo detiene. “Como quieras, así le facilitamos la labor a los vecinos”, le dice Diego. ¿Serán vecinos curiosos? ¿Les producirá morbo que un jovencito entre en el departamento de un hombre homosexual desconocido? ¿O estarán acaso deseando desenmascarar algo que sospechan que Diego esconde? “Voy a poner música así los vecinos no oyen lo que hablamos. Eso me lo enseñó la de vigilancia. Y a ella se lo enseñó uno de la Seguridad”, anuncia con cierto sarcasmo Diego. Los agentes de la Seguridad Nacional traicionan su causa, amparan a una prostituta que los embosca, y transmiten un saber para burlarse de ellos y de los vecinos. Nancy es un personaje encantador, de muchos ropajes: el de la prostitución, el de la vigilancia, el de la música. Algo en ella es como la fresa, algo en ella es maravilloso.

Hay algo de encantador también en la casa de Diego. ¿Será la decoración barroca de su departamento, esas esculturas religiosas, los libros antiguos, las fotos de escritores, ese sillón especial? O, quizás, la voz de María Callas que canta un aria del Trovatore de Giuseppe Verdi “D’amor sull’ali rosee” (Sobre las alas rosadas del amor).

Son exactamente las cinco de la tarde, y Diego y David están tomando un té. Nada es casual. Diego define el momento como mágico: “¿No te parece maravilloso? Tu y yo aquí. Escuchando María Callas y bebiendo té de la India en tazas de porcelana francesa”. Seguramente, sean las riendas de las alas de la imaginación, el encantamiento, lo mágico, lo maravilloso, el erotismo. Y David, desprevenido, se encuentra sin su camisa, pues Diego torpemente ha arrojado su café sobre ella. Hablan de arte, de escritura, de la sexualidad de los escritores… y David, sin su camisa.

Pero la música cesa, y el hechizo se apaga. “Hablemos de cosas serias”, propone inquieto David. “¿Quieres que te cuente cómo me hice maricón?”, propone cortante Diego. El hechizo ha terminado de romperse. David se enoja, pide su camisa y abandona el departamento. Indefectiblemente, Diego ha atravesado una frontera que no debía atravesar.

Diego es un artista. Es cubano, homosexual y religioso. Ha preparado una muestra de esculturas místicas, pero el Estado le recomienda que quite algunas de ellas. Algo en él se subvierte constantemente al orden imperante; no acepta en qué se ha convertido la Cuba de la revolución. A veces, pierde la delicadeza, y se desborda. Ha escrito una carta al gobierno. “¿Qué dijiste?”, le pregunta Nancy, quien lo aconseja y lo acompaña en la silenciosa subversión. “¡Lo que me dio la gana! Que en el socialismo no hay libertad, que los burócratas no controlan todo…”, clama Diego. Nancy se alarma, se inquieta, pero no pierde los cabales. Se apresura a contestarle: “¡No digas todo eso sin música, Diego!”, y los sonidos mágicamente vuelven a proteger el hogar.

La musa que aprendió a callar

Atenas. Siglo IV a.C. La fiesta transcurre en la casa de Agatón, quien festeja con un banquete haber ganado un concurso de tragedia. Grandes personalidades de la Atenas de aquel tiempo están presentes: todos hombres, reunidos para deleitarse del convite, del vino y de los discursos. Es famosa la reunión por haber versado sobre temas eróticos. Las reputaciones de algunos de los comensales eran vox populi en la ciudad: los amoríos entre Pausanias y Agatón, los contactos asiduos entre Sócrates y jovencitos como Aristodemo, Fedro o Alcibíades. Así, Platón, al invitarnos a reflexionar sobre el amor, nos propone una trama que refleja determinados hábitos homoeróticos en Atenas. En palabras de Foucault,

"Tenemos la costumbre de vincular estrechamente el amor griego por los muchachos con la práctica de la educación y con la enseñanza filosófica. A ello invita el personaje de Sócrates, al igual que la representación que se le da constantemente en la Antigüedad. De hecho, un contexto muy amplio contribuía a la valoración y a la elaboración de la relación entre hombres y adolescentes. La reflexión filosófica que la adoptará como tema arraiga de hecho en prácticas sociales muy extendidas, reconocidas y relativamente complejas (…) objeto de una especie de ritualización que, al imponerles muchas reglas, les daba forma, valor e interés." (2011: 212-3)

Pero entre tanto discurso erótico de hombres, en ese banquete se vislumbra la presencia de una mujer. Algo en ella perturba, algo en ella nos resuena al leer el Banquete:

"Puesto que –dijo Erixímaco- nos ha parecido bien beber cuanto cada uno quisiere, y de ningún modo por obligación, propongo que a continuación despidamos a la flautista que acaba de llegar (que toque, si quiere, para ella misma o para las mujeres que están adentro), y nosotros, por nuestra parte, nos entregamos hoy unos a otros con discursos." (Bq. 176e)

La flautista, al igual que Nancy, es portadora de un saber musical. Pero su presencia es molesta en esas circunstancias, y deciden segregarla. Ha llegado Sócrates, la conversación está por comenzar, pero la música se ofusca. Será cosa de hombres, se emprenderá el camino del lógos. ¿Será que Platón nos está proponiendo un simposio intelectual, en donde los placeres del comer, del beber y del entretenimiento musical no estén en el centro de la escena? Hay quienes se atreven, incluso, a dudar de la moralidad de las flautistas simposiales, lo cual apoyaría la tesis de que Platón la expulsa para resguardar la delicadeza intelectual de la reunión social.

Quienes hemos leído el Banquete completo, sin embargo, sabemos que la flautista volverá al final de la obra. Irrumpirá en la escena simposial, habrá ruido, una puerta será golpeada violentamente, y su voz se escuchará como un grito, allí, en medio de la historia de un amor, la del viejo Sócrates y el joven Alcibíades que asoma su despecho.

Me embriagaste con tu risa

David supo regresar a la casa de Diego. Dicho gesto mereció un brindis, con “la bebida del enemigo”. David, en su encantador sillón especial. Y en el fondo, sonaba la música del pianista Ernesto Lecuona: “A la Antigua” y “Danza interrumpida”. Ambas obras, guiños de una patria que fue y que dejó de ser. Y entre la nueva amistad que está viendo la luz, dos vasos de whisky, una botella obtenida por Nancy en la oscuridad de su particular comercio con extranjeros. Para David, su primera vez con una bebida tan fuerte. Ahora es él el que ha excedido el límite, y en la escena siguiente se lo ve descompuesto, en un baño, casi desnudo, vomitando esa bebida y sostenido por un camarada de la revolución, su compañero de cuarto. Demasiado elixir para una primera vez.

David necesitará embriagarse. Su antigua amada parte para Italia, con un esposo que le asegura la dicha. Ella, habiendo adquirido la seguridad que deseaba, pretende saldar con su ex pareja, David, una deuda pendiente. Quizás, en la clandestinidad, ellos podrían tener algún encuentro sexual. Pero David rechaza semejante ofrecimiento. Su despecho es mayor; y su alternativa, refugiarse en la bebida.

Nancy y Diego lo acogerán. Pero la situación de David es deplorable. Es necesaria una cura de amor. Diego será simplemente cómplice, y antes que seguir el camino de su concupiscencia, cuidará de David y tapará su cuerpo semidesnudo con una manta. Nancy lo despertará de su sueño de embriaguez. “Tú no estás aquí. Es un sueño”, dirá David. “Estás soñando conmigo”, le propondrá Nancy, con dulzura encantadora. Un paseo, una nueva vida. Nancy y David por la playa. “Ayer estabas muerto”, le señalará Nancy. Ella sabe de la muerte, ha estado al borde de ésta más de una vez, ha intentado suicidarse. “Hoy estoy vivo”, le responderá David. “Esa es la dialéctica”, le replicará con audacia Nancy, que ahora se encuentra apostando a la vida.

Entre Nancy y David, habrá antes de su unión otro velo que cubrirá sus despojos. “¿Puedo pasar?”, preguntará David en el umbral de la puerta de Nancy, ya terminado el paseo de la primera cita. “Es muy tarde. Mañana nos vemos”, lo rechazará Nancy con ternura, como parte del hechizo del erotismo.

Otra botella. Diego, Nancy, David. Los personajes están virando, y eso amerita un festejo. Brindemos: “Por la vida”, propondrá Diego. “Por el amor”, propondrá David. Nancy callará su deseo, y no hará más que sonreír. Le ha confesado a Diego que quiere solamente que David conozca el amor a través de ella.

Otra botella. Esta vez, cortesía de Diego. Antes de dejarlos solos, climatiza el ambiente con un bolero. La cámara se detiene en un primer plano de la copa vacía entre David y Nancy. La música suena, y el líquido de la botella de vino llena la copa. Ambos beben de ella. “¿Vamos a bailar?”, propone David. “No”, sonríe Nancy, pero se deja llevar sonriente, bailando, por la escalera, hasta la habitación del altillo. De fondo, un bolero de Benny Moré, “Tu me sabes comprender”.

Nancy se despojó de sus ropas. Bañó su cuerpo y usó su magia para purificarse. Encendió velas a la virgen, confió en la astrología, leyó el destino en las manos de David, tiró las cartas y se hizo leer las runas. Trajo la música, trajo el alcohol. Y confió en el amor para extirpar su mal. ¿Qué más? “¿Mi vida?”, se pregunta ante la interpelación de un adivino, que le propone que le cuente a David su historia. “Me va a saber comprender. Dentro de mí hay una cosa limpia que nadie ha podido ensuciar. Eso es lo que yo le ofrezco”. Nancy es eso: encantamiento, magia, maravilla, enamoramiento. Una fresa exótica y frágil que sobrevive cubierta por las alas de la imaginación.

Tu boca no se equivoca

De repente, el grito de una flautista. Sócrates había ya hecho su discurso sobre el amor. De repente, Alcibíades entra coronado de hiedra, borracho, como honorando a Dioniso, con una espesa diadema de violetas, y con muchas cintas en su cabeza. La flautista lo sostiene, y lo ayuda a tomar asiento. Las cintas cubran momentáneamente sus ojos, mientras casualmente se sienta en un lugar especial. De repente, gira su cabeza a la derecha: Sócrates. Despecho, desamor. Erixímaco es el jefe del discurso, y lo incita a seguir las reglas del convite, a elogiar a quien tiene a ese hombre que tiene a su derecha. Alcibíades accede, pero se elige a sí mismo como jefe de bebida y hace ingresar el vino a la reunión. Todos estaban sobrios, discurseaban. Llega Alcibíades, llega el elixir de la risa y el erotismo desvergonzado:

“Yo, señores, intentaré elogiar a Sócrates mediante imágenes. Él pensará quizá que para ridiculizarlo, pero me valdré de la imagen para comunicar lo verdadero, no lo risible.

Sostengo, en efecto, que es parecidísimo a esos silenos que se encuentran en los talleres de escultura, que los artesanos representan con siringas o flautas y que, al ser abiertos en dos partes, tienen en su interior, según puede verse, imágenes sagradas. Digo que también se parece al sátiro Marcias. Que eres semejante a ellos al menos en tu aspecto es algo, Sócrates, que de ningún modo podrías discutir. Pero además, sábete que también en otras cosas te pareces a ellos. Eres un insolente. ¿O no? Si no lo admites, presentaré testigos. ¿Y acaso no eres flautista? Sí, y mucho más admirable que aquel. Esto es, Marcias. Él, por cierto, fascinaba a los hombres con sus instrumentos, mediante la fuerza de su boca, e incluso hoy lo hará cualquiera que interprete sus melodías (…) Así pues, ya las toque un buen flautista, ya una flautista modesta, sus melodías son las únicas que nos sobrecogen y que, por ser divinas, ponen al descubierto a quienes requieren de los dioses y de iniciaciones. Tu difieres de él sólo en que sin instrumentos, con las meras palabras, logras el mismo efecto.” (215a-215d)

Y Sócrates, entonces, es como un David a los ojos de Alcibíades, una escultura que esconde en su interior algo maravilloso, algo sagrado, algo mágico. Pero Sócrates, además, viste las ropas de las Musas, y embelesa a su joven auditorio con las melodías de su voz, de sus palabras. Sócrates conoce el instrumento, lo posee: es esa magia embriagadora que brota de sus labios.

Son palabras, cantos, discursos, que emanan de una boca.

Son invitaciones a despojar los velos del erotismo para conocer el verdadero amor.

Son Alcibíades, su flautista, Sócrates. Son Diego, Nancy, David.

Es un Banquete. Es Fresa y Chocolate. Dos buenas invitaciones a los encantos que el paladar puede alcanzar.

Referencias

Julia, V. (2004), Platón. Banquete, Buenos Aires: Losada

Belfiore, B. (1980), "’Elenchus, Epode’, and Magic: Socrates as Silenus”, Phoenix, Vol. 34, No. 2

Foucault, M. (2011), Historia de la sexualidad 2: el uso de los placeres, Buenos Aires: Siglo XXI Editores

Fierro, M. A. (2006), “Platón y los privilegios de los amantes”, Nova Tellus, Vol. 24, Tomo 2, Centro de Estudios Clásicos, Instituto de Investigaciones Filológicas, México: Universidad Nacional Autónoma de México, pp. 170-195



NOTAS





COMENTARIOS

Mensaje de Eduardo  » 14 de septiembre de 2013 » eduardo.tallarico@gmail.com 

No vi el filme, por lo que mi visión puede no ser objetiva. Tu trabajo, las articulaciones que encontrás con Platón si bien omitiste, adrede me imagino, el Fedro) y con Foucault lo enriquecen. Eso de “Volemos en alas de la imaginación, porque acá otra cosa no se puede”, resulta la única solución posible para quienes viven en regímenes dictatoriales o bajo sistemas excesivamente represivos(recuerdo en este momento escenas de "Expreso de medianoche" ; todo ello me ha motivado para intentar verlo. En suma, tu trabajo es interesante, riguroso y atractivo. Muchas gracias! abrazo



Mensaje de mariana  » 2 de septiembre de 2013 » marianasorolla@gmail.com 

Muy buena reseña. Es una película para ver y analizar desde varios puntos de vista.Basado en el cuento de Senel Paz titulado El lobo, el bosque y el hombre nuevo. La película consigue mostrar lo que une a las personas por encima de las convenciones sociales. La película cubana muestra los entresijos de la vida en La Habana y la represión que sufre un homosexual en la sociedad cubana de los años setenta, entre otras cosas.Una gran frase de Diego: “Volemos en alas de la imaginación, porque acá otra cosa no se puede”, hasta podríamos jugar con los registros de Lacan, adentrándonos en lo imaginario, porque lo real espanta, gracias a lo simbólico,registro psíquico propio de lo humano. Un placer releerla.



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