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Hable con ella
por Dvoskin, Hugo
Título original: Hable con ella

Pedro Almodóvar / España / 2001

“Hable con ella”, dice Benigno, y los espectadores se dividen entre los que se ríen y los que creen. Benigno dice saber lo que dice porque él sabe de mujeres. Ha atendido a su madre durante veinte años y ahora cuida también, día y noche, a la otra mujer de sus sueños, Alicia, con quien –sin duda- vive en su país de las maravillas.

Alicia, bella ella, simplemente duerme el sueño de los que la medicina ha dejado en ese estado en la que creídos y descreídos quedan a la espera del milagro que, según el mismo médico que la atiende, no podría suceder –aunque él mismo sabe de un caso en el que un paciente ha despertado. Estamos en la clínica del bosque, y entonces Almodóvar, que no es ajeno a ningún detalle ni a ningún nombre, nos da la clave de este cuento para adultos que ya escuchábamos en la infancia: se trata de La bella durmiente del bosque. Si la torpeza de la bella durmiente la ha llevado a tocar y pincharse con la rueca que la dormirá por cien años, la torpeza de Alicia para cruzar la calle la ha llevado a este sueño que requiere de un príncipe benigno que la despierte.

Nuestro protagonista será acusado de violación por las leyes del sistema jurídico, en un caso que no admitirá probablemente contradicciones o dialécticas leguleyas; el príncipe de los cuentos la ha sacado realmente muy barata –quizás por ser hijo de reyes y estar ajeno a lo que le correspondería a cualquier vecino-. Su delito, también indudable, el de abuso sexual sin consentimiento, forzamiento del vínculo oral –le dio un beso en la boca mientras ella dormía- agravado por la edad de la bella durmiente, quedará impune. Será un héroe para los niños que escuchan cómo sus madres sueñan con príncipes, y en ese caso no cuentan las vías de seducción.

En rigor, se ofende la inteligencia de las mujeres y se supone que la condición de príncipe ya les resulta suficiente [1]. No se trata de despenalizar a Benigno, sino de invitar al lector de este comentario a acercarse a esta película y a este hombre enamorado, sin los prejuicios por ese acto cometido que, indudablemente, a todos resulta gravísimo. Interesa también determinar, si con los elementos que nos aporta la película, es posible acercarnos a un diagnóstico para nuestro enfermero.

A confesión de parte, relevo de pruebas, Benigno padece/ía de soledad. Por efecto de la relación con la madre con la que compartía sus días, parecía condenado a tener serias dificultades para atravesar la endogamia y relacionarse con el otro sexo. Sin embargo, el marco de la ventana y luego Marco, su amigo argentino, han sido los lugares elegidos para dar curso a su amor exogámico y heterosexual. La relación con la madre, sus modos afectados y sus intereses en actividades habitualmente asociadas al sexo femenino, no le han impedido ese amor por Alicia. Tampoco le ha impedido, como a un buen carnicero al usar sus cuchillos, ir por los intersticios a fin de cumplir con su tarea sin desafilarlos. Pacientemente ha esperado el momento. Un descuido de Alicia será la puerta entreabierta. La billetera que se cae, le ha permitido acercarse, encontrar tema de conversación, enterarse de los intereses de Alicia por el cine mudo, hablarle e iniciar una relación que a los ojos de terceros no tenía posibilidad siquiera de llegar a ese punto. Ha atravesado con muy poco esa diferencia que hay entre su universo simple y encerrado, y ese otro absolutamente abierto y dialéctico que Benigno idealiza y que vislumbra desde la vereda de enfrente, pleno de bailarinas que se proyectan desde las artes al mundo exterior.

Si Benigno habla con ella es también porque Benigno puede atribuirle a Alicia algún saber, justamente el que lo ha orientado y ha enriquecido su vida. En ese hablar al Otro, en esa atribución de saber al Otro, de saber sobre uno, se arma y se hace posible el vínculo transferencial. Un analista, alguien a quien se le atribuye saber sobre uno aunque no lo tenga. De ese decir a ella, saldrán algunas verdades. “Asociación libre pero manteniéndose alerta, sobre todo a lo que uno mismo dice”.

Es cierto que Benigno no escucha interpretaciones de Alicia, pero Benigno no lo requiere porque las dos o tres indicaciones que Alicia le ha dado en la calle en su encuentro han sido suficientes para que él oriente su vida y lleve a sus encuentros con ella lo que él supone ella quiere escuchar. Porque aunque Alicia no hable, como en el texto de Kawabata, La casa de las bellas durmientes, -en la que el protagonista va a casa de citas y duerme con mujeres que ya están dormidas cuando él llega y seguirán durmiendo narcotizadas cuando él se retire-, el protagonista encuentra en esos sujetos durmientes singularidades en cuanto a los efectos que ocasionan. Aun dormidas, las mujeres, los analistas y los analizantes, son uno por uno.

Si se trata de un tratamiento, Benigno se vería con serias dificultades para realizar algún progreso porque estaría todo el tiempo empantanado congraciándose con su analista contándole lo que es objeto del interés del profesional, yendo a las obras de teatro y películas que son de interés del analista. Benigno se las arregla bien con esto porque justamente su deseo es ofrecerse para ese lugar, no de congraciar sino de entrega plena al otro, como ya lo ha hecho con su madre. Ese deseo es justamente el que le facilita la posibilidad de “devorar” el deseo de Alicia y ocupar él un lugar en esa dialéctica.

Benigno, sabiendo y conociendo las demandas y goces del otro, se ofrece –retomaremos esta cuestión- como objeto de esa satisfacción del otro, siendo él, el objeto que podrá satisfacerlo. Culminará el ciclo “haciendo realidad” la película El amante menguante, a la que ha llegado siguiendo las huellas del deseo de Alicia por el cine mudo.

Ser objeto de ese deseo, ha llevado a Benigno a tener, en sus palabras sus años más ricos. Por el baile, que es la pasión de Alicia ha conocido y se ha emocionado con las lágrimas de Marco; con el cine mudo que Alicia le ha dado a conocer, ha encontrado un modo de relacionarse con la bella durmiente, contarle películas, así como las madres cuentan cuentos a sus niños antes de dormirse. El amor de Benigno no se interrumpe como el de las madres, que aprovechan el primer signo en el que ven dormir a sus niños para comenzar rápidamente el camino de despedida, muchas veces entorpecido por el despertar abrupto de los pequeños. El amor de esta madre, goza de una autenticidad diferente, y el dormitar de quien está a su cuidado no es teleológico. No es para que se duerma que le cuenta las películas, -de hecho ya está dormida antes empezar-, sino que está regido por el interés de hacerla participar de ese mundo en el que la fantasía cobra vida.

La de Benigno en el hospital es una entrega genuina y sin aburrimientos. “La primera noche [en que se duerme en el hospital] es la más difícil”, dice Benigno, reproduciendo lo que en Sueños de libertad se dice de quienes pasarán su primera noche en la cárcel. Benigno sabe que los Marcos vienen aquí para irse lo más pronto posible, para acompañar sin saber cómo hacerlo, para que se termine pronto, por vergüenza propia o ajena… pero sus mentes están afuera. Benigno está aquí, en la Clínica del Bosque, con su bella durmiente, en su lugar.

En el hospital, los diversos protagonistas llegan con las marcas de sus vidas. Alicia y Lidia se han querido llevar el mundo por delante, inocentemente Alicia contra los autos; contra seis toros en una tarde, Lidia. La amiga prudencia no siempre es escuchada porque los beneficios que aporta son los daños que no hemos tenido… y no resulta sencillo ser agradecidos con y por lo que no ha sucedido. Los autos y los toros se interponen en nuestros proyectos, pero ¿cómo ser prudente sin ser cobarde? se pregunta el neurótico. Además siempre se corre el riesgo de que ese consejo sea considerado machista cuando se trata de que lo escuche el sexo femenino. El hospital es una intersección en sus vidas pero sus cruzados destinos son disímiles. Para Lidia, la relación con Marco ha concluido sin que Marco se enterara y el Niño de Valencia la ha dejado para continuar con sus proyectos. Siempre por empezar, Lidia no ha podido continuar. A Alicia la vida aun le depara muchos y difíciles pasos de baile. Benigno, que cree en las puestas en escena, supone que hablan cuando están juntas. Aquí se equivoca, ni se hablan ni se escuchan y los parecidos imaginarios no constituyen grupos. A saber, no hay un saber ni una técnica para que se produzca el milagro.

Benigno no cede en su intento y quiere hacerla participar del mundo. Llega a fantasear con la posibilidad de perderse en el cuerpo de ella, identificándose al amante menguante de la película del cine mudo. Ser ese objeto –diminuto- que se introduce en ella a fin de hacerla obtener ese mismo goce que la investigadora de la película encuentra cuando su amante entra en su vagina. La expresión de satisfacción, su despertar al goce, es absolutamente coherente con el despertar de Alicia por efecto del parto. Ofrecimiento perverso de Benigno al goce del otro, diagnóstico de perversión que se le dificulta al espectador por padecer del prejuicio que vincula perversión y malignos.

Sin embargo, Benigno no se interesa por las partes del cuerpo de Alicia, se interesa en ella como un todo, en ese sentido no es para él un objeto sexual. Lo toma siempre por un todo, y en consecuencia es siempre un objeto de amor. Siendo Benigno el objeto degradado de la vida erótica, ofreciéndose él como el objeto, no opera la exigencia de degradar al otro. En todo caso su interés radica en hacerla sentir, en hacerle saber de algún goce, más allá de la posibilidad incierta de que eso conduzca al despertar.

Lo paradójico es que justamente Benigno es quien sostiene como sujeto a este cuerpo que aparece como un objeto inerte. Si por un lado resulta inmoral que él haga uso sexualmente de ese cuerpo inerme, no puede dejar de sorprender que en ningún momento para él sea inerte como sí lo es para médicos, para Marco o para los familiares de Lidia que aconsejan a la hermana que vuelva a la ciudad a ocuparse de sus cosas.

La película presenta un recorrido entre dos azares que son también el modo en que podríamos leer el término destino o designio. Azar según el deseo, decíamos en alguna oportunidad. “Hable con ella” le pone estética a una frase que organiza avatares de la clínica psicoanalítica y de la vida. En el comienzo, Marco y Benigno, sentados en butacas contiguas asisten a una obra teatral excepcional. En el final, miradas promisorias entre Marco y Alicia. El deseo se juega porque tanto Benigno en la primera escena, como Marco en la segunda, registran ese avatar de la existencia, esa oportunidad y, marcados, quedan a la espera de un futuro encuentro.

Leída así, la película podría pensarse como el viaje que hace Benigno para entregar su objeto a Marco, recorrido que le pone límite a su propia perversión de apoderarse del objeto; o también como el recorrido de Marco para hacer su duelo con el que ha estado lidiando tantos años, para poder soportar que la vida, particularmente la amorosa, no es fácil. Dificultad que la profesora de baile le tiene que recordar a Marco, porque un viaje no se resuelve con las indicaciones que otros nos dan en las guías de turismo y amar es difícil.

Benigno asevera, en otra frase que en boca de otro sería un dislate, que a Alicia le gusta Marco. Lo dice con conocimiento de causa, no porque se lo haya preguntado pero sí porque la conoce, conoce sus gustos y sabe que, si Alicia despertara, Marco no le resultaría indiferente como de hecho sucede. Y porque conoce a su amigo sabe que a él también le gusta. No se trata de telepatía entre comatoso y enfermeros, se trata de lecturas.

Por eso Benigno puede aseverar y afirmar su derecho a casarse, otro supuesto dislate. Porque él y Alicia, en ese orden, se llevan mejor que cualquier matrimonio. Él satisface todas las necesidades que Alicia, en el estado que se encuentra, requiere. Entonces, podría conjeturarse, compartiendo la lógica de Benigno que, mientras Alicia se mantenga en coma, lo elegiría sin dudas para que cuide de ella no en la salud pero sí en la enfermedad. Para la salud, ya fue dicho, estará Marco.

Benigno es capaz de viajar con Marco leyendo sus textos, escuchando ahora él los cuentos de su amigo; Marco tendrá que iniciar la próxima película o su próxima relación aprendiendo la lección que Lidia le ha dejado: hablar con otro supone que el otro también diga algo, hablar con otro es estar dispuesto a escucharlo.

Paradojalmente, en este aspecto Benigno es un experto. Sabe escuchar, sabe qué decirle al padre de Alicia porque conoce sus miedos y no quiere ser desalojado del cuidado de su hija, sabe qué decirle a la mujer que se enamora de él en el hospital para sacársela de encima, sabe qué decirle a su amiga para quedarse con Alicia por las noches, sabe cómo hablarle a Marco para hacerlo acercar a su mundo hospitalario, y sabe qué contarle a Alicia porque ha escuchado con detención cada uno de los intereses de ella. Nuestro benigno perverso sabe y se interesa por el otro, allí donde nuestro neurótico Marco, legalmente probo, se interesa narcisísticamente por el mundo.

En el aeropuerto, cuando Marco vuelve para visitar a Benigno en la cárcel, Almodóvar con sutileza nos cuenta que ahora el que sufre de soledad es Marco. Está solo en medio de un aeropuerto donde muchas parejas se abrazan al reencontrarse. El argentino viene a despedirse, sin saberlo, de su amigo, no sin haber aprendido la lección de escuchar y hablarle como él le pide en la carta de despedida: “donde quiera que me lleven, ven a verme y habla conmigo… no seas tan hermético”. Ahora usará las sábanas que Benigno ha preparado para Alicia que incluye los indispensables detalles. En la mesa de luz está el libro Las horas de Cunningham. A través de él y con Virginia Woolf, quizás se disponga, finalmente, a escuchar también a las mujeres y no sólo a hablarles de sí mismo. Marco se presenta a la tumba de Benigno, para hablarle no de él sino de lo que a Benigno le interesa: “soy yo. Alicia vive, tu la despertaste”.

Escuchar, reconocer, agradecer… lo que Benigno le ha enseñado cuando afirma, aparentemente sin originalidad, que el cerebro de la mujer es un misterio. Todos suponemos que vendrá la frase machista, de quien dado el misterio ha decidido que todo es inútil con ellas porque de todas maneras ellas no saben lo que quieren. Pero Benigno sorprende y nos da la clave… “tenerlas en cuenta, un detalle de vez en cuando, acariciarlas de pronto, recordar que existen (recordarlo nosotros, no recordárselo a ellas), que están vivas, y que nos importan”. Arrasador Benigno, interroga a cada espectador masculino y por qué no femenino, quién está a la altura de tanta sabiduría.


Notas

[1] Dado el abuso del que se hace apología y la degradación de las mujeres que se transmite con sutilezas, ¿acaso La bella durmiente del bosque no debería ser censurado o advertir, al menos, sobre los riesgos formativos de su lectura?





 
 
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