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La conciencia moral y el no “saber hacer” con los agresores sexuales

por Acebal, Luis

El servicio está cada día más impertinente

(Luis Buñuel,“El ángel exterminador”)

La cuestión sobre el tratamiento que los aparatos represivos del Estado deben dispensarle a los agresores sexuales domina hoy el campo criminológico y, sobrepasando sus límites, interpela diferentes discursos para legitimar una posible respuesta.

La histórica y férrea alianza entretejida entre el saber médico y el saber legal parece no dar cuenta del fenómeno que se quiere abarcar y es posible, desde el lugar que ese desconocimiento abre, introducir algunas cuestiones que hacen a la teoría y a la práctica del psicoanálisis.

Movimiento éste, no destinado a suturar la emergencia del cuestionamiento sino a desplegarlo en la trayectoria que va desde su irrupción subjetiva a su impacto social.

Sucintamente, de la histórica calificación de viciosos, amorales, poseedores de taras, humanos no totalmente desarrollados, al debate actual entre la psicopatía o la perversión, la cuestión central parece permanecer inamovible.

¿Comprende el agresor sexual el alcance de sus acciones? ¿Es pasible entonces de ser castigado por ellas?

Establecida la punibilidad del sujeto en cuestión ¿Cuáles serían, desde el marco de las agencias del estado, las estrategias más adecuadas para modificar su conducta, evitando la reincidencia en ese delito?

En un arco imaginario que encuentra sus extremos entre los partidarios de la castración química, ejemplo máximo de la respuesta reductiva que el fisiologismo entrega a los grupos de reflexión que pretenden introyectar el sentimiento de culpa y la resignificación humanitaria sobre las víctimas por parte de los victimarios, el debate pareciera estar abierto.

Decimos pareciera, porque esta discusión se da en un marco social altamente sensibilizado, donde los medios de comunicación social hacen su aporte, importante por cierto, a una cuestión compleja que pone en juego mucho más de lo que aparenta.

Freud estableció que la perversión es el negativo de la neurosis, y sus desarrollos y lecturas posteriores dieron por sentado que las fantasías sexuales son el mecanismo de escape y seudo compensación de la miseria de la vida sexual, que nos condena a encontrar un plus-en-menos de satisfacción en la realización de la misma.

Sin embargo, los desarrollos y avatares de la cultura contemporánea no sólo parecen avanzar en el sentido de una oferta sexual que incluye como señuelo a adolescentes y pre adolescentes, antes ausentes de la exhibición pública como objetos de deseo, sino que se desarrolla en el sentido de desregular punitivamente las relaciones sexuales a partir de los 14 años.

Pero pese a esto, la violación sigue siendo considerada socialmente algo aberrante –y esto no sólo por las consecuencias intra carcelarias que sufren quienes han sido acusados de cometerla.

En el entramado de las relaciones sociales, y como efecto de una instancia superyoica construida a partir de la imposibilidad de acceso a las hembras originada por el asesinato del proto padre, las cosas no parecen ser demasiado diferentes.

Y si bien la violación ha podido ser reconocida como una extendida fantasía, lo estimulante de la misma solo funciona en ese plano, provocando rechazo y horror en su consecución real.

Si la cultura y los lazos sociales que ella ha creado son el desesperado esfuerzo para no dejar al hombre librado a sus deseos verdaderos, aquellos que Freud enumeró como deseos de destrucción dominio y violación del semejante, el castigo ejemplificador y retributivo al agresor sexual aparece ni bien los delgados límites sociales se rompen.
Y sobre eso parece ilustrar el film Hard Candy (David Slade, 2005), del cual nos ocuparemos brevemente.

En resumen, su trama muestra el encuentro establecido entre una joven pre adolescente (Hayley) y un hombre de alrededor de 30 años (Jeff). El encuentro ha sido establecido vía sala de chat en internet, donde Jeff logró convencer a Hayley de conocerse en persona, tras un intercambio de mensajes.

De la cafetería se pasa rápidamente a la casa de Jeff, lugar que será el epicentro y único escenario del drama a desarrollarse, remitiendo a la atmósfera cerrada y asfixiante del “a puertas cerradas” sartreano.
El anfitrión convida unas bebidas alcohólicas a su invitada, para caer desmayado luego.En el siguiente plano nos enteramos que Hayley ha buscado y rastreado por la red a Jeff, a quien acusa de haber seducido y violado a su amiga Donna.

Ahora bien, si Hayley nos es presentada por el director imaginariamente identificada con Caperucita Roja, esa protagonista del cuento infantil resumen y símbolo de los peligros de la sexualidad juvenil arrebatada por lo perverso, nuestra protagonista marca clara diferencias con aquél modelo.

Hayley no es inocente, si por inocente entendemos ignorante de los artificios y dispositivos de la sexualidad. Y por otra parte, no duda. Su certeza inconmovible, en función de la cual responsabiliza a Jeff de la violación y posterior asesinato de Donna, es congruente con el saber acerca de cómo tratar a su acusado.

De este modo, Jeff, fotógrafo de profesión, se entera de la acusación al mismo tiempo que nosotros, también ávidos voyeurs de lo que la imagen nos entrega.

Pero no estaría bien acusar sin pruebas, no al menos para la construcción de la fábula moral que se desarrolla en la trama.
Y así, Hayley comienza a buscar algo que evidencie la pedofilia de su rehén, quien atado e inmovilizado, clama por su inocencia.

Y la encuentra en una caja fuerte escondida (metáfora de la anatomía sexual femenina, ese tesoro oculto del cual hablaba Freud), que tiene por combinación una fecha recordatoria del gran amor de Jeff, Janelle, quien lo ha dejado.

La implacable protagonista, guiada por un saber que no admite dudas, procede a dictar su sentencia.

Y si hasta ese punto el relato cinematográfico ha sido ambiguo y no ha tomado partido por los sucesos relatados, la confesión de Jeff altera los hechos.

Hayley, que ha procedido a conquistar, reducir y manipular a su antojo la voluntad y el intelecto del fotógrafo, le dice que procederá ella misma a amputarle los testículos.

Y lo hará guiada por un libro de medicina, donde ha estudiado cómo realizar la operación sin poner en peligro la vida de quien la sufre.
De esta manera, tras empatizar como espectadores con lo justo del castigo propinado al pedófilo (la castración), la buena conciencia moral burguesa queda a resguardo, ya que el castigo no implica la muerte.
Efectivamente, la castración como solución al problema del abuso sexual pareciera ir y retornar sistemáticamente, enfrentando a la sociedad a sus peores miedos y atavismos.

Castrado el fotógrafo, en un matrimonio que celebra los esponsales de los saberes médicos y jurídicos, la pena por la pedofilia ha sido ejecutada.

Pero no es aún suficiente.

Asumida y confesada su pedofilia, Jeff debe purgar todavía la pena por la muerte de Donna.

Pero la buena conciencia moral burguesa no puede apoyar la pena de muerte.

Para eso Hayley lo amenaza con revelar a Janelle la verdadera conducta sexual que lo caracteriza.

Y frente a la inminente llegada de su ex novia, Hayley le ofrece la libertad.

Libertad que implica el ocultamiento de lo actuado por sus gustos y preferencia sexuales, y preservar así su imagen frente a la que en la historia parece ser la única mujer adulta que lo ha conmovido.
El compromiso de Hayley de encubrir todo lo actuado requiere como contraprestación de Jeff su suicidio.

Agotadas las explicaciones que el fotógrafo brinda para explicar su sexualidad, y con el interrogante que formula sobre la verdadera identidad de la adolescente, para preservar su secreto Jeff se ahorca.
Pero antes, en un magnífico diálogo, la adolescente se define a sí misma como la suma y síntesis de todas las niñas seducidas y violadas, la reacción y venganza contra los engaños y actos pedofílicos cometidos contra los inocentes.

De esa manera, y asumiendo una representación simbólica, sepulta la última posibilidad que tiene Jeff de continuar con vida, cuando le comunica que su cómplice en la muerte de Donna, un tal Aarón, también se ha suicidado luego de que ella lo visitara.

Cumplida la tarea, y con el cadáver de Jeff bamboleando de una soga a la vista de Janelle, Hayley se desvanece, deslizándose por la tierra como reintegrándose a ella tras haber realizado justicia.
¿Qué queda de todo esto?

En primer lugar, y por qué nos interesa, la desmentida a la reiterada frase de Jeff “no soy un monstruo”.

Como en el cuento de Perrault, los monstruos disfrazados rondan por el bosque y engañan a las incautas.

Así, el que comete violación seguida de muerte sobre una adolescente, es despojado de toda característica humana y revestido de la monstruosidad y el engaño necesario para dejar abierto el camino del castigo.

Castigo delcual la buena conciencia moral, ante la carencia de los saberes necesarios para la corrección o el evitamiento de esa conducta, puede desentenderse.

El Jeff-lobo de la película representa lo peligroso, lo bestial, lo indomesticable, lo incorregible, frente a lo cual no hay otra solución que la eliminación física.

Pero esa muerte no puede escandalizar las conductas propias de quienes la propician, por eso es necesaria que sea llevada a cabo por mano propia.

De esa manera, se obtura toda capacidad de reflexión y análisis. Se abre paso a diferentes explicaciones que aludan al peso de la culpa, la vergüenza o el temor, y que al fin de cuentas refuercen el carácter anómalo y aberrante de algunos individuos de la especie.

Más allá de lo falsamente tranquilizador de este presupuesto, las preguntas siguen allí, para quienes quieran enfrentarlas.
¿Cómo se regula el deseo? ¿Puede el marco legal dar cuenta de la amplitud de la conducta humana? ¿Cuándo una conducta sexual es aberrante? Y por sobre todo ¿Qué política criminal ha de seguirse con los delincuentes sexuales, si no se toma el atajo de considerarlos por fuera de lo humano?

En la encrucijada que la cultura propone, acelerando los tiempos de la satisfacción instantánea, esforzándose las construcciones sociales por no acoger el lugar de la espera y la frustración de los sujetos que la componen, ¿De qué es legítimo asombrarse?

Seguramente el psicoanálisis está en la capacidad de abrir un espacio de pensamiento y reflexión a los efectos de introducir otras variables discursivas que den cuenta de las creaciones culturales que, producidas por el mercado, son repudiadas cuando se visibilizan de manera criminal.

De lo contrario, y asistiendo a los funerales de la precaria civilización que hemos construido, solo restará repetir las conductas mostradas por Luis Buñuel en sus retratos de la sociedad burguesa [1].



NOTAS

[1El film “El ángel exterminador” (Luis Buñuel, 1962), al cual pertenece el epígrafe de este artículo, relata las circunstancias en las que un grupo de burgueses mexicanos es invitado a una cena en una lujosa mansión después de asistir a la ópera. Los sirvientes y los cocineros sienten deseos de abandonar la mansión y se marchan. Al terminar la cena, los invitados se dan cuenta de que no pueden salir de la habitación por una razón que desconocen, aunque no hay aparentemente nada que lo impida. A medida que van pasando los días, el alimento y la bebida escasean, los personajes enferman y la basura se acumula. A partir de ese momento, las buenas costumbres y la cordialidad poco a poco se acaban perdiendo y los burgueses se comportan como auténticos salvajes.





COMENTARIOS

Mensaje de Mariana Pacheco  » 22 de septiembre de 2013 » marian.pache@gmail.com 

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Mensaje de   » 22 de septiembre de 2013 »  

El artículo me trajo las palabras de Pierre Legendre:
"Administramos, y la fábrica genealógica gira en vacío, los hijos son destituidos, el niño es confundido con el adulto, el incesto con el amor, el asesinato con la separación por las palabras" (La fábrica del hombre occidental. Ed. Amorrortu).

La pregunta que nos propone el autor: "¿Qué política criminal ha de seguirse con los delincuentes sexuales, si no se toma el atajo de considerarlos por fuera de lo humano?", es una inquietante pregunta, que las ciencias sociales no deberían pasar de largo. Y, en esa férrea alianza entre saber médico y saber legal, ¿qué lugar para el psicoanálisis?: Solo si es algo más que una moda científica, como nos alerta Lacan en Mi enseñanza, podrá volverse útil de preservar en medio del movimiento cada vez más acelerado, en el que entra este mundo que nos ha tocado vivir.



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Película:Hard Candy

Titulo Original:Hard Candy

Director: David Slade

Año: 2005

Pais: Estados Unidos

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