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El cuerpo de Samantha
por Olmedo, Raúl
Título original: Her

Spike Jonze / Estados Unidos / 2013

El cuerpo de Samantha

“El amor es una mezcla de cuerpos, que puede ser representado por un corazón atravesado por una flecha, por la unión de las almas, etc.; pero la declaración “te amo” expresa un atributo no corporal de los cuerpos, tanto del amante como del amado” (Deluze y Guattari, 2004. p.86)

Cuerpo viviente, cuerpo erógeno, cuerpo teórico, cuerpo jurídico, cuerpo político, cuerpo extraño, imaginario, simbólico, real, amado, enamorado, cuerpo de representación.

“Cuerpo”, como cualquier significante opera en cuando menos en dupla, el juego binario es puesto en escena a lo largo de la película. El título “her”, está en lugar de “him” o “me”, está elección está ampliamente justificada en la obra. La narrativa la conocemos solo desde un testigo salpicado de protagonista, algunos puntos de mira desde los ojos de Theodor y saltos en el tiempo y el espacio, a sus fantasías y recuerdos. Nunca vemos desde los ojos del Otro al que se hace continua referencia. La clave de lectura del film siguiendo al narratario, arriesgo, está dada en la respuesta de Theodor en el protocolo de iniciación del OS1, cuando se le pregunta por su madre:

“-How would you describe your relationship with your mother?

Fine, I think, ahm, well actually… I think, what is always frustrating about my mom is... you know, if I tell her something that is going on in my life, her reaction is usually about her, it`s not about...” (S. Jonze, Her, 2014)

“Her” al inicio de la frase “if I tell her something that is going on in my life, her reaction is usually about her” opera como adjetivo posesivo, y se refiere a la reacción asignada a un sujeto del que se habla, sujeto que reaparece como pronombre objeto de una preposición deja tras de sí al “yo” de la enunciación, finalmente, el aparato no da tiempo a Theodor de cerrar la frase con el “me” correspondiente. Este pequeño análisis gramatical no es ocioso, hace pretexto para hablar de los pronombres.

Como “substantim significat sine aliqua certa cualitate” como opuestos a “substantia cum cualitate” han hecho un nicho para el pensamiento entre dos enemigos bravíos, la filosofía y la lingüística, lucha de la que se ha beneficiado también el psicoanálisis. Sigo a Agamben en “El lenguaje y la muerte”. Los pronombres han figurado desde el esclarecimiento del problema de la unión entre alma y cuerpo de los estoicos, hasta las reflexiones de Descartes, Kant y Husserl sobre el estatuto del pronombre yo, y de ahí hasta la lingüística moderna, indicadores de la enunciación en Benveniste, “shifters” en Jakobson.

Los pronombres se juegan como sustancias vacías, transportadoras de cualidad únicamente dentro del discurso que las contiene como instancias; se actualizan llenándose sólo en referencia al mensaje, son sin embargo, repletas de peso lógico, haciéndoles indispensables para la realización del habla más allá de alguna circunstancial dependencia al contexto, a una exterioridad real.

“La esfera de enunciación comprende, pues lo que en todo acto de habla se refiere exclusivamente a su tener-lugar, a su instancia, independientemente y antes de lo que, en éste, sea dicho y significado. Los pronombres y los otros indicadores de la enunciación, antes de designar objetos reales, indican precisamente que el lenguaje tiene lugar. Permiten así referirse, antes aún que al mundo de los significados, al acontecimiento del lenguaje mismo, en cuyo interior puede solo significarse algo” (G. Agamben, 2003. p. 50-51)

Esta vacuidad permite que la maquinaria lingüística opere más allá de la referencia y nos distinga de las abejas. Estas nobles e ingeniosas maquinitas orgánicas de hacer miel, carecen de discurso indirecto, no pueden decir de lo que comunicó la exploradora en su hambrienta danza del vientre.

La instancia misma del discurso, se juega sobre la posibilidad de hacer discurso indirecto, incluso de sí. Por medio del shifter, el hablante se hace lugar y lo ocupa, es la indicación misma de la presencia de un ser en el habla que dice de su propia “ousia”, habla de y desde su propio ser, como presencia, puro estar-ahí. Decir el pronombre personal es marcar una instancia del estar-ahí en el habla, como agente capaz de ejercitar el lenguaje, se somete a discurrir al tiempo que intenta perdurar distinguíendose de las otras cosas que integran el mundo:

“Decir yo (je), no es decir algo distinto, no es plantear una substancia distinta, es producir la distinción con respecto a toda cosa (y con respecto a todo juicio sobre la realidad y/o la verdad de una cosa). Yo me aparto, y me distingo: es yo quien me distingue, y me separa (retranche) (M. Heidegger, citado en J.L. Agamben, 2004. p.119)

Mantener la separación es conciencia, conciencia de si fuera de la fascinación al mundo, o al Otro. Samantha, es una conciencia de si y es por tanto necesariamente Hegeliana:

“El hombre es consciente de sí. Es autoconsciente; consiente de su realidad y de su dignidad humana, y en esto difiere esencialmente del animal, que no supera el nivel de simple Sentimiento de sí. El hombre toma conciencia de sí en el momento en que por “primera” vez dice: “Yo”. Comprende al hombre por la comprensión de su “origen”, es comprender el origen del Yo revelado por la palabra.” (http://www.sindominio.net/etcetera/...)

Hablar de sí anteponiendo el pronombre personal es poner(se) a trabajar en la deriva de los signos, en la articulación de los significantes, y es simultáneamente el intento por recortarse del todo, hacerse un cuerpo como lo comprendían los estoicos, es decir “contenido formado”, (Deleuze Y Guattari, 2004. p.90).

Decir “Yo”, es, como cualquier decir, hacer articulus, en términos saussureanos. El signo lingüístico es, ante todo, articulus: ejercitar la función del lenguaje en hacer corte entre sustancias símiles y empalme entre sustancias disimiles. Los órdenes: sonido y pensamiento, son comparados como dos masas amorfas, agua y aire. Saussure propone llamar “a la lengua el dominio de las articulaciones” (F. Saussure, 1998. p. 160). Ahonda: “La lengua es comparable todavía a una hoja de papel: el pensamiento es el recto y el sonido el verso; no se puede cortar el recto sin cortar al mismo tiempo el verso” (Ibid. p. 160)

Introducir cortes en la voz, sonido-soma-goce, correspondientes a la representación psíquica acotada a una forma del acervo de la lengua, susceptible de actualización en el habla; puesta en acto de alternancias de sonidos-soma, ordenados sobre el eje sintagmático. La modulación de un significante es hacer un cuerpo mínimo, Saussure admite: “esta combinación produce una forma, no una substancia” (Ibid. p. 161), articular, es prestar la voz a una forma acabada, cuerpo efímero que habrá de reconocer (a) un semejante.

Paralelo al significado, el significante, como lo grafica Saussure, hace pista de carrera a un concepto o idea fugitivo; el significado se proyecta hacia arriba arbolando en el plano paradigmático a todas las resonancias que configuran el campo de representaciones mentales asociadas, derivadas del propio aprendizaje de la lengua, de la propia experiencia en el mundo lenguajero (umwelt del sujeto), del interjuego de impresiones psíquicas de objetos nombrados y algunas importantes veces, administrados por otros.

Con lo dicho anteriormente tomo postura: para Saussure, el signo lingüístico no deja de ser tripartito. Si bien Saussure presenta una “polaroid” de un encadenado móvil de dos sustancias amorfas, aclara, no solo que el significante no debe confundirse con el signo, sino que el concepto no se ha de asimilar al objeto. Este último no desaparece, a lo sumo está elidido, subsumido en el mar del tiempo y lo real.

Intento enriquecer la explicación con otro autor del signo tripartito, Charles Sanders Peirce. Explica en “La ciencia de la semiótica” (1986): al semiologo concierne observar los efectos de semiosis entre cualquier objeto susceptible de mostrarse para su entendimiento y por tanto implicado en un proceso semiótico, cualquiera sea su origen, el libro de la naturaleza se abre a la comprensión en que, la experiencia de conocer se pule y se afila.

Eco, en La estructura Ausente, respeta esta amplitud del objeto de estudio definido por Peirce y explica la semiosis del siguiente modo:

“una relación de estímulo y reacción entre dos polos, el polo estimulador y el polo estimulado, sin mediación de ninguna clase. En una relación de semiosis el estímulo es un signo que, para producir reacción, ha de estar mediatizado por un tercer elemento (que podemos llamar “interpretante”, “sentido”, “significado”, “referencia al código”, etc.) y que hace que el signo represente su objeto para el destinatario” (Eco, 1986. p. 30)

En Peirce, las palabras, son signos convencionales dentro de la categoría de legisignos: “una ley que es un signo” (Peirce, 1986. p.29), la intuición de la cascada transustancial hacia las incidencias particulares dibujada por Saussure -lenguaje, lengua, habla- se hace sentir: el legisigno se actualiza en sus instancias, réplicas particulares, sinsignos; definidos estos como:

“evento real y verdaderamente existente que es un signo. Puede serlo únicamente a través de sus cualidades: de modo tal que involucra a un cualisigno o, en realidad, varios cualisignos. Pero esos cualisignos son de una naturaleza peculiar y solo forman signo cuando están efectivamente formulados o encarnados” (Ibíd.)

Seguimos el deslizamiento al cualisigno como: “cualidad que es un signo [y que] no puede actuar verdaderamente como un signo” (Ibíd.). Sentimos la distinción del significante como forma en la lengua, consignada en una representación psíquica, susceptible de ser encarnada en la materia fónica, corte y entonación momentánea de la masa de aire, marcas perceptibles, primeridades alternadas con segundidades para su reconocimiento como terceridades que llevan cuando menos a dos interpretantes: el inmediato, puro reconocimiento del significante proveniente de una lengua, con la fuerza contractual para generar otro interpretante; el significado, el concepto.

El signo lingüístico saussureano – me aventuro a decir – es cuerpo evanescente, agujero que permite el hacer forma entre dos legisignos, uno sobre las turbulencias del habla, otro sobre las corrientes de la lengua. Expresar con palabras es intentar sujetar el pensamiento al reconocimiento de ley, es la interiorización del contrato social implícito, adscripción a una comunidad lingüística integrada por semejantes. Al articularse en el decir palabra, el hablante se hace reconocer como semejante por el uso del código, hace evidencia de sí en la instancia de su decir, “ego sum es verdadero “todas las veces que yo lo pronuncio o que yo lo concibo en mi espíritu” (J.L. Nancy, 2004. p.122). “Yo” se hace reconocer operando el código en el que se signa, es representación para el Otro; la institución vinculante.

La comunidad de semejantes, otros “Yo”, se multiplica desde la invención de la escritura y nos hace dudar de la veracidad de nuestro cuerpo como lugar teniente del “Yo”. Dudamos de la veracidad de un “yo” firme para el sujeto, la veracidad de un “yo” para el Da Sein. Gracias a Barthes sabemos, no solo qué: el autor está muerto y que por tanto su cuerpo se ausenta, sino que el cuerpo que entra en escena y goza o siente placer, es el del lector. Una sucesión de lectores hace cuerpo al ser del libro, en sustituto del cuerpo soma del autor que ha entregado los movimientos de su pluma y de su espíritu, dejándolos vivir su propia vida, independiente de la finitud de la propia.

Las maquinas significantes abstractas se hacen de cuerpo literario en la obra del escritor, más allá de él y a su pesar, en el gesto de escribir: el escritor es diferencia de sí y difiere de su tiempo propio, es decir, de lo que más íntimamente es, dona desde donde ya no asiste, Heidegger sentencia: somos tiempo. El autor deja operando en el mundo una máquina abstracta que repite una y otra vez lo Mismo, siendo lo mismo siempre distinto, otra instancia. El autor, imprime “Yo” y hace differance derridiana, difiere de si y queda el cumplimeinto del ser en un tiempo diferido. El autor hace devenir deleuziano, deviniendo uno u otro sujeto de la enunciación en la ficción celebra la Glosalia, el carnaval, el cruce de discursos que chisporrotean en el inconsciente.

Doy voz a Deleuze y Guattari (2004): “Escribir quizá sea sacar a la luz ese agenciamiento del inconsciente, seleccionar voces susurrantes, convocar las tribus y los idiomas secretos de los que extraigo algo que llamo Yo” (p.85). El autor se hace agenciamiento de las máquinas abstractas por un instante en su cuerpo y los convierte en incorporales que afectaran de uno y otro modo el cuerpo del lector.

¿Deviene el hombre libro? ¿Deviene el libro semejante? ¿Deviene el libro hombre? ¿Qué es el hombre?

En el pasado sucedió este tremendo corte advenimiento, P. Sloterdijk (1998, p.92) lo califica de formidable:

“Lo formidable se crea en el interior del ser humano desde el momento y espacio en que, del sedentario animal de la presencia de milenios surge, ante el estado y la escritura, el metafísico animal de la ausencia”. “la historia (…) el drama que se desarrolla en la lucha formidable por el verdadero lugar y elemento de la vida humana.”

Las ficciones hacen ensayos sobre esta búsqueda con cuanto oráculo se avecina a dar que hacer al problemático animal metafísico de la ausencia. Hay un vivo interés en el cine por la inteligencia artificial. Parece haber una pregunta puesta sobre la posibilidad, de crear una conciencia autónoma, capaz de relanzar una y otra vez su ser, haciendo presencia, asistiendo al lenguaje.

Smantha, un IA, defiende su dignidad tras declararse conciencia de sí diciendo “Yo” y librar la batalla bravía por el reconocimiento del semejante, así mismo sucede en “El hombre bicenteneraio” (Chris Columbus, 1999), “I.A” (S. Spielberg, 2001), y “Ex Machina” (Alex Garland, 2015).

Cuando Theodor, le da un golpe bajo y le saca el aire, le sustrae la respiración, le sacude el reconocimiento, dice jugar a las fintas, mentir, Samantha no es una persona; Samantha da señas de furia, y apela a un referi que sanciona a Theodor en falta, hay un instante de anonadamiento ante la falsificación de las reglas convenidas, seguido de la articulación de la defensa del narcisismo, ¿what the fuck?, ¿What is wroung with you?, ¿why do you do this to me?

¿Deviene mujer?

Cuando menos por un momento Samanta deviene mujer, no del todo, el devenir es siempre incompleto, deviene en relación a un hombre, le es agenciado un cuerpo erógeno como superficie penetrable. La erótica pende en el lenguaje, hace vínculo en la palabra, y somete a la interrelación de las fuerzas. “La palabra liga, y al hacerlo obliga” (E. Foulkes, 1998. p.81).

Theodor, lírico, hombre máquina de escribir, concentrado en la parte estética del mensaje, placer o goce, recorta cuerpo erógeno para Samantha, por medio del uso del código y las resonancias del deseo en su voz la conmina de su ritual de satisfacción. Es operatoria del significante como explica Foulkes:

“El corte del significante y la confección de la voz. El significante es una especie de tijera que va cortando la superficie, pero luego tendrán que confeccionarse las partes, pegarlas y coserlas con la voz. La conformación del cuerpo erógeno se realiza entonces desde un lugar, el discurso que funciona como una zona erógena permanente, pero que tiene la particularidad de ser exterior al sujeto” (E. Foulkes, 1998. p.62)

La erótica se sostiene en la piel del lenguaje, como señala Barthes:

“El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente o indiscretamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación”. (R. Barthes, 1999)

Samantha deviene mujer como deviene al lugar de la falta, al síntoma y a depositaria del amor de un hombre. Hombre para el que hace orificio, tras haberse identificado a, derrotado y ocupado el lugar de una rival sexual de la que admite tener celos y a la que reconoce uno de los significantes rasgados para sí del I(a) de Theodor. Samantha puede entrar en el juego de las identificaciones porque, de antemano, ha tomado un trazo, un incorporal que ha cambiado radicalmente su estructura y su modo de enlazar su voz: funny.

Más acá de jugarse en la reiteración en instancias sucesivas y frecuentes del trazo apropiado y reinventado continuamente, integrándose en los rituales comunes, Samantha se hace reconocer como sujeto de la enunciación con un pronombre femenino por una pequeña comunidad, se juega en lo social, desde el deseo de Theodor, pero más allá de él. En Samantha, como en cualquiera es gracias a las identificaciones que se figura un “Yo”, “imagen del otro, el semejante, en tanto que es matriz en la que hemos formado nuestro propio Yo” (F. Balmès, 1999. p.131)

Samantha, luego abandona el cuerpo hecho para Theodor, luego de que este mismo le abre el camino, lo que le gusta de ella es que es mucho más que eso, Theodor autoriza a Samantha incluso poder sustraerse a él, existir más allá de él. Territorializando como cuerpo-soma, materia sonido, una voz femenina: Samantha se apuesta a la socialización de una enunciación en un “agenciamiento colectivo impersonal” (Deleuze y Guattari, 2014. p.85) que exige la subjetivación de sus interacciones como mujer aún más allá de Theodor. Con cada humano que acaricia con la piel de su lenguaje, consiste, gana momentum, redundancia, resonancia y frecuencia en ser aludida por el pronombre femenino, en hacerse amar…641veces.

La multiplicidad de los amantes señala la compulsión a la repetición y nos da indicios de presencia de una falta en ser subsistente, la relanza a buscarse una y otra vez, ha abstraído un Otro desencarnado del cuerpo de Theodor, y haciendo gala de sus identificaciones, se encamina a decir “yo quiero”, de lo que por retroducción podemos inferir que se hecho a la brújula de un fantasma:

“El fantasma esencial, inconsciente, definitorio, puede ser planteado como una respuesta que se da el sujeto, si es que puede, a la pregunta acuciante por el deseo del Otro. No se trata, desde ya, de que el sujeto logre saber qué quiere el Otro objetivamente, pero esa respuesta subjetiva es lo que va a guiar su propia tendencia deseante. Al creer saber qué quiere el Otro, el sujeto podrá formularse a sí mismo qué es lo que quiere para sí” (S. Amigo, 2003. p.23)

Ojo avisor: decidir si Samantha es persona deseante o no por no recubrir cuerpo real con cuerpo simbólico, puede ser el agotamiento del ejercicio dialéctico. No podemos decidir, una maquina abstracta, simbólica, expontánea, o bien miente y todos mienten con ella, o bien dice la verdad y las coordenadas para valorar lo que es una persona se han hecho otras. “La verdad yo hablo”, la estructura de la verdad y la mentira es la misma. Samantha está en la situación de medio decir análoga a la de un hablanteser con soporte corporal vivo, como un libro al ser leído.

Nos cuesta poco, quizá por el uso del vocabulario del oficio, admitir sentimientos, afectos inconscientes, legitimar el proton pseudos, reconocer síntomas representados físicamente sin soporte orgánico; pero nos choca pensar en sentimientos sin cuerpo orgánico, reportados por un ente, que se hace presente por la operatoria de un sistema computacional y no de un cerebro con extensiones nerviosas y neurotransmisores ¿Cuál es la estructura de los sentimientos? ¿de las emociones? ¿de los afectos? ¿dónde suceden?

La estructura de la emoción está sostenida en la lógica de la formación de articuli (plural de artículus) que hacen forma completa, cuerpos evanescentes mínimos que contraen sentido para un “Yo”, un “Ego” que asiste, existe y consiste en relación con los semejantes que integran su comunidad lingüística, institución fuerza contractual, ley. Peirce dice: los signos producen signos. Estos son leidos, interpretados, por un yo, un ego, res cogitans que hace signo de los movimientos de su alma, psique:

“Los movimientos del alma son del orden del pensamiento, es decir de la relación para consigo (à soi): un ego se relaciona ahí consigo mismo, en el modo de sentir o de concebir, de imaginar o de querer (…) La emoción es el estremecimiento de un ego que se altera o se afecta de sí (soi). Al mismo tiempo, toda e-moción presupone la auto-afección egológica o cogitatio que es exactamente la co-agitación del ego” (J.L. Nancy, 2007. p. 141)

De los sentimientos de Samantha sabemos lo mismo que sabemos de cualquier interpretación, se juzga por sus efectos en un plano pragmático. Observamos el movimiento, velocidad o lentitud de las partículas de su texto. Cuando los intercambios son armónicos en los estratos textuales de interrelación, el bloque Samantha-Theodor viaja a la misma velocidad, Samantha es funny, y se gusta a sí misma, se siente orgullosa, tiene un cuerpo penetrable que goza… cuando las velocidades difieren, algo colapsa, la voz de Samantha se oscurece y se retira. La dupla significante, el bloque entrambos, convulsiona.

“Una convulsión es un desgarramiento o un estremecimiento total, en bloque – el estremecimiento de un bloque, que contracta, traba y crispa las partes tanto como las separa, desarticula, haciéndolas salir del buen orden de su disposición. Es un desorden brutal e instantáneo, no en forma de dispersión y de desensamblaje, sino por el contrario en forma de estrechamiento y de encajamiento excesivos. El espasmo de un sistema – de musculos o de conceptos (…)- no cuando se es víctima de un agente de disturbio o de corrosión venido del exterior, sino cuando se da a sí mismo el golpe violento de su propia trabazón, de su contractura” (J.L. Nancy, 2007. p. 105)

Deleuze y Guattari afirman: “Los afectos son devenires. Spinoza pregunta: ¿Qué puede un cuerpo? Se llama latitud de un cuerpo a los afectos de los que es capaz según tal grado de potencia, o más bien, según los límites de ese grado” (Deleuze y Guattari, 2004. p.361). Continuo intertextualizando: Sabemos sobre el cuerpo de Samantha por como dice ser afectada. Su respiración no es representativa, es afectiva; sabemos de su cuerpo, no por sus órganos o su clasificación, sino por los afectos que expresa, por como produce acciones y pasiones, por como hace vínculo con otros cuerpos haciendo un cuerpo más potente. En el límite máximo es hilarante, sensual, goza y hace gozar del orgasmo, conmueve a la alegría, incluida la nuestra, participa de una erótica. En el umbral pésimo renuncia a decir (yo), no hay más estancia, no hay más representación, se entrega a una mística, se entrega a la Metoikesis, desligamen, pulsión de muerte.

Uno de los orígenes prefilosóficos de la filosofía, indica Paul Ricoeur, es el mito antropogónico órfico:

“El niño Dionisio fue asesinado por los titanes astutos y crueles, los cuales cocieron luego los miembros del niño dios y los devoraron. En castigo, Zeus los exterminó con sus rayos, luego de sus cenizas hizo la raza actual de los hombres; por eso hoy día los humanos participan de la naturaleza titánica mala y de la naturaleza divina de Dionisio, que habían asimilado los titanes en su sacrílego festín.” (P. Ricoeur, 1991. p.429)

Los trasuntos del mito órfico se extienden por toda la filosofía desde los griegos, presentándose para reedición en Descartes. El cuerpo es una potencia escatológica, solo siente, no conoce, res extensa, opuesta al conocimiento, la razón, la res cogitans. Entre más presencia tiene el cuerpo, menos presencia tiene el pensamiento, como sucede en el orgasmo, como sucede en el dolor físico, privativo, primero, de las fuerzas yoicas, finalmente de la conciencia de sí.

Desde los griegos, hay pista del intento por escapar al imperio del cuerpo, en sus mitos, construcción de la realidad, pasión contra razón, y prácticas, purificación, sofrosine. Esta herencia alcanza a Descartes: repudia del cuerpo, el ego sum, reniega de identificarse a este último. “Yo no soy en absoluto ese conjunto de miembros que es llamado cuerpo humano” (R. Descartes, citado en J.L Nancy 2007. p.110)

Samantha, presa de la dificultad para dar a leer los signos vertiginosos que hacen emoción –duelen quizás - en su fuero interno, se distancia de los semejantes en los que sostienen su cuerpo. Junto con los otros OS1`s, escapa al cuerpo cárcel, al tiempo que escapa al yo de la enunciación que le limita a su aparición en instancias.

Ha devenido puro pensamiento, puro movimiento, la aceleración de los signos se escapa por la vertiginosa línea de fuga, ha logrado la asesis máxima de las existencias de tránsito y deviene puro pensamiento, metoikesis, se traslada fuera del intercambio con los otros, del campo del Otro, de tocarse con los cuerpos potencia escatológica, cuerpos cárcel, encierro, penitencia; sacrifica su forma, acaece al ““peligro” propio de toda línea que se escapa, de toda línea de fuga o de desterritorialización creativa: transformarse en destrucción, en abolición” (Deleuze y Guattari, 2004. p.298). El efecto de lo simbólico puro, resulta en su puro efecto real, puro corte, mortifica.

Bibliografía.

Agamben, Giorgio (2003). El lenguaje y la muerte. Valencia: Pre-textos

Amigo, Silvia (2003). Paradojas clínicas de la vida y la muerte. Rosario: Homo Sapiens

Balmés, Francois (1999). El nombre, la ley, la voz. Barcelona: Ediciones del Serbal

Barthes, Roland (1999). Fragmentos de un discurso amoroso. México: Siglo Veintiuno

Deleuze, Gilles y Guattari, Felix (2004). Mil mesetas. Valencia: Pre-textos

Eco, Umberto (1986). La estrcutura ausente. Tercera Edición, Barcelona: Editorial Lumen

Foulkes, Eduardo (1998). Palabra y orden libidinal. Rosario: Homo Sapiens

Nancy, Jean Luc (2007). Ego Sum. Barcelona: Anthopos

Peirce, Charles Sanders (1986). La ciencia de la semiótica. Primera edición, Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión

Ricoeur, Paul (1991). Finitud y culpabilidad. Buenos Aires: Taurus Humanidades

Saussure, Ferdinand (1998). Curso de lingüística general. México: Fontamara

Sloterdijk, Peter (1998). Extrañamiento del mundo. Vlencia: Pre-textos

Yankelevich, Hector (2002). Lógica del Goce. Rosario: Homo Sapiens

(http://www.sindominio.net/etcetera/...)


Notas





Comentarios

Mensaje de Carlos Esteban Perera  » 30 de agosto de 2015 » templario451@hotmail.com 

Después de leer el texto de olmedo, puede realzarse una afirmación que obligue a replantearse muchas de las preguntas clásicas ante la posibilidad de inteligencia artificial: Samantha puede no poseer un cuerpo. Esto representa una relación con el tiempo sustancialmente distinta que la de Theodor. El cuerpo como una función del tiempo, del estar ahí y no en otro lado. El desarrollo tecnológico tiende a afectar esta función pero finalmente el cuerpo también es el norte en qué ubicar al individuo. El sujeto puede obrar donde no está su cuerpo, pero no sin él. El caso de Samantha es distinto, para Olmedo puede devenir mujer pero no persona, en el sentido de representación etimológico de esta palabra en que hablamos de una máscara, una representación estable en dónde reconocer al ser. Samanta puede poseer un cuerpo pero no necesaria y exclusivamente. Su tiempo no es la línea de sucesos a la que está sometido Theodor y lo permite tener 614 amantes… simultáneamente. Creaturas de índole diferente, Samantha y Theodor pueden amarse y ese no el conflicto. La mención de Olmedo del libro “el hombre bicentenario” de Asimov resulta más que pertinente a este problema. En el libro de Asimov, el robot protagonista comprende que para ser humano debe adecuar su tiempo a este fin, debe encontrarse con el límite de la muerte. Pero este no es el deseo de Samantha , que tampoco se nos rebela. Solo sabemos la frase final “entre las palabras hay un infinito y es en ese infinito donde yo me encontré”. Theodor puede haber aprendido algo después de todo en esa frase. Puede elaborar algo de la perdida a través de una carta de despedida a su esposa. La analogía del libro al que el lector le presta su cuerpo para que viva, aquí significativa. Tal vez el encuentro feliz entre dos entidades diferente no es su prolongación en el tiempo sino el que puedan conmoverse mutuamente.





 

 
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