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Wilson, un moderno Prometeo: por qué los médicos no atienden a sus familiares y amigos

por Michel Fariña, Juan Jorge

Guionistas: David Shore (creator), David Foster / Director: Lesli Linka Glatter/ Estados Unidos / 2009

House y Wilson están viviendo temporariamente juntos. En la escena inicial tienen un pequeño altercado porque esa mañana Wilson desea dormir hasta un poco más tarde y House se ha empecinado en despertarlo cantando estrepitosamente alto en el living de la casa. La escena es anticipo de un segundo desencuentro entre ambos amigos. Wilson anuncia que va a ir de cacería junto a Tucker, un paciente a quien cinco años atrás logró salvar de la muerte, curándolo de la leucemia que lo afectaba. Desde entonces, este hombre invita a Wilson a cazar patos en cada aniversario de aquella derrota infligida al cáncer. Al enterarse de que estaban ante esa fecha, House ratifica ante Wilson su impresión de Tucker: es un engreído y un egoísta.

Un primer detalle: El tema que House canta acompañándose con su guitarra es Faith, de George Michael. Lo hace a manera de una serenata matutina, evidentemente dedicada a Wilson, su compañero de convivencia. La letra es por demás sugerente: Imagino lo lindo que sería tocar tu cuerpo. Sé que no todos tienen un cuerpo como el tuyo, nene [1]. Volveremos luego sobre esta cuestión.

Durante la cacería, Wilson y Tucker no logran matar un solo ave, pero realizan juntos un ritual que evidentemente se repite cada año: Wilson escribe en un afiche el número 5 –por los años que Tucker le ha ganado ya a la muerte– y éste dispara sobre la cifra a manera de conjuro, para que la sobrevida se siga prolongando. Pero esta vez hay un segundo estruendo. La escopeta estalla a destiempo, indicándonos que algo anda mal. En plena cacería, cuando celebraba su triunfo, Tucker sufre la repentina parálisis de un brazo.

Lo internan de urgencia en el hospital y Wilson realiza los estudios para saber si se trata de un retorno del cáncer. Las pruebas resultan negativas, no obstante lo cual House lo alerta acerca de de que una réplica de la leucemia es una posibilidad cierta.

House: La baja cantidad de glóbulos blancos y la parálisis del brazo indican que ha vuelto la leucemia. Simple matemática.

Wilson (indignado): ¿Miraste más allá de la primera página de la ficha? No tiene células LMA. Yo mismo hice el análisis de sangre…

House: Sigue siendo cáncer. ¿Sabes cómo lo sé? Tiene un oncólogo como médico. Mira, los amigos no diagnostican cáncer a sus amigos. Tu problema es que no eres objetivo. Tu relación con él está nublando tu diagnóstico. Si dejas de hacer eso, podrías ser un médico bastante decente.

El tono profético y admonitorio de House sitúa ya el punto central del episodio: ¿por qué los terapeutas no diagnostican ni y atienden a personas afectivamente cercanas? Se trata de un recaudo frente a los riesgos de la omnipotencia médica. De allí la referencia a Prometeo, aquél titán de la mitología griega que roba el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres, desafiando así a Zeus, quien terminará castigándolo de manera ejemplar [2].

Como Prometeo, sin escuchar las advertencias de House, Wilson continúa atendiendo a Tucker, dando nuevas muestras de infatuación e imprudencia, como cuando se jacta de haber diagnosticado la parálisis de Tucker a partir de un inofensivo herpes labial que observa en la novia de su paciente.

Allí el guión introduce el caso paralelo, que por supuesto nos ofrecerá información clave para la historia principal. Se trata de otro paciente de Wilson, un anciano también enfermo de cáncer. En su ronda de rutina, Wilson nota que a pesar de haber recibido la visita de sus nietos, el paciente no se muestra alegre ni le relata anécdotas como lo hace habitualmente. Se da un tiempo para interrogarlo más detenidamente y advierte una incipiente depresión, la cual podría ser a su vez indicio de una recaída del cáncer. Ordena una serie de pruebas, que terminan localizando una mancha en el pulmón, un problema mínimo pero que de no haber sido detectado a tiempo podría haberle costado la vida a este hombre. ¿Para qué el guión nos confronta con esta historia? Seguramente para indicarnos que Wilson sigue siendo un excelente oncólogo, con una capacidad y sensibilidad excepcionales. No es por lo tanto su falta de competencia lo que lo lleva a equivocarse reiteradamente con Tucker, sino el excesivo compromiso afectivo que tiene con él.

La continuación de la historia terminará confirmando la presunción de House: no sólo el cáncer está nuevamente allí, sino que Wilson, en su desesperación creciente, incurre en una conducta temeraria. Reúne a la familia de su amigo –su esposa, de la que estaba distanciado, su hija y su joven novia– y discute con las tres mujeres los pormenores de la terapéutica a seguir, involucrándose más y más.

Aquí resulta interesante señalar una sutileza del guión que tendrá luego fuertes consecuencias clínicas, en el sentido que pretendemos darle a este artículo. Wilson llega a la habitación para comunicarle a Tucker los resultados del test de LMA y lo encuentra acompañado de una joven veinteañera. Wilson cree que se trata de su hija, a quien no había visto por cinco años –no puedo creer lo que has crecido en este tiempo… Pero Tucker lo interrumpe aclarándole que la joven no es su hija sino su novia. Cuando más tarde lleguen al hospital la ex esposa de Tucker con la hija de ambos, la escena se tornará por momentos tensa, pero especialmente para Wilson, quien se muestra incómodo frente a la situación.

También es interesante la posición en la que el guión va ubicando a House: como una suerte de Tiresias, el vidente ciego de las tragedias griegas. Mientras que Wilson se muestra omnipotente y altivo –a la manera de Creonte cuando anuncia con suficiencia su edicto en la Antígona de Sófocles– House le recuerda simplemente que el cáncer suele ser implacable. Lo confronta así con el orden de necesidad para que prepare a su paciente ante esta eventualidad del destino. Pero Wilson se empecina en prometer lo imposible.

En el clímax situacional debe elegir entre una sobrevida de seis meses en la que su paciente pueda despedirse de su familia, reunida ante la adversidad, o un manotazo de ahogado redoblando la dosis de quimioterapia para atacar al cáncer con toda su artillería. Tucker, que demuestra ser el engreído y egoísta que House había anticipado, clama por más vida.

Pero la quimioterapia aplicada cinco años atrás inmunizó a la leucemia y House desaconseja insistir con una terapéutica tan agresiva:

House: la quimioterapia es veneno: una doble dosis es una doble dosis de veneno.

Wilson: es lo que tú harías.

House: yo soy yo, tú eres tú.

Wilson (ironizando) “… y una mesa es una mesa”.

Entonces House se ve obligado a aclarar el punto central: si las cosas salen mal, yo puedo afrontarlas, tú no. Y las cosas pueden salir muy muy mal. Explicita así el núcleo que nos interesa: Wilson está tratando a un amigo y eso no sólo se transforma en un obstáculo, sino que puede constituirse en sí mismo en un nuevo y agravado problema.

Y una vez más, la profecía de House termina cumpliéndose. La quimioterapia hace retroceder al cáncer y el paciente recupera el movimiento de su mano, pero su rostro se torna amarillento indicando una grave insuficiencia hepática. La droga destruyó el hígado y el paciente necesita un trasplante inmediato para no morir. Los intentos por conseguir un donante son infructuosos y el fin se torna inexorable.

Ante la inminencia de la muerte, Tucker muestra su rostro más mezquino y sabiendo que Wilson es un donante compatible le suplica: hubiera tenido seis meses más con mi mujer y con mi hija si no me hubieras duplicado la dosis de quimioterapia… Puedes darme una parte de tu hígado...

Se completa así el ciclo de Prometeo: habiendo osado disputarle el poder a los dioses robándoles el fuego de la vida, es encadenado por Zeus a una roca, para que un ave de rapiña le coma el hígado, hígado que se regenerará durante la noche para que el tormento se repita al día siguiente. Y así por toda la eternidad.

Wilson, como el Prometeo encadenado, se muestra entregado a su destino –otra clave del episodio: los inofensivos patos de la cacería inicial tienen su reverso en el buitre voraz e insaciable. Para consumar el castigo Wilson se presenta ante Cuddy, la directora del Hospital. El diálogo es rico en anotaciones:

Wilson: Quiero donarle parte de mi hígado a Tucker.

Cuddy: Eso es una locura.

Wilson: Voy a donar sólo una pequeña parte...

Cuddy (interrumpiéndolo) Tienes cientos de pacientes.

Wilson: Y hasta que se me acaben los excesos de órganos, ¿por qué no debería hacer todo lo posible por ayudarlos?

Cuddy: Porque eres un médico, no un donante.

Wilson: ¿Por qué me nombraste Jefe de Oncología?

Cuddy: No fue por tener más órganos. Estás haciendo esto por culpa.

Con su mejor buena voluntad, Cuddy llega a indicarle a Wilson la posición en la que se encuentra: quiere pagar como donante lo que no pudo resolver como médico. Actúa por culpa, le dice. Pero naturalmente no puede llegar más allá y termina cediendo ante la insistencia de Wilson.

Para nosotros se trata efectivamente de la culpa, pero de una culpa sintomática que nos pone sobre aviso respecto de algo de la responsabilidad pendiente. Pero no tanto de la responsabilidad profesional –esa sobre la cual Cuddy le señala estar en falta– sino de una responsabilidad que lo alcanzará a Wilson como sujeto más allá de lo que pueda calcular.

Notemos que la culpa tiene aquí una doble propiedad: vela y a la vez devela. Vela, oculta, porque resulta engañosa. La carga afectiva se adhiere a un objeto secundario al que desplaza la angustia situacional. El montante libidinal es auténtico, sólo que ha mutado de objeto.

Como en ese ejemplo conocido de Freud, del neurótico que se obsesiona con la limpieza de los billetes hasta el punto de sentir culpa cuando no puede entregarlos perfectamente planchados, para ocultar la suciedad de su conducta con las niñas a las que manosea. Pero a la vez la culpa devela, permite rastrear la responsabilidad pendiente. Es justamente lo que hace Freud con su interpretación: le señala que su culpa obsesiva por los billetes tiene su reverso ominoso en la conducta reprochable para con las niñas.

En un primer momento la culpa aparece proyectada –hacia House, a quien Wilson acusa de su mala disposición frente al caso. En un segundo momento, cuando ya es demasiado tarde, la culpa se manifiesta auto referida –cuando Wilson se martiriza por haber duplicado la dosis de quimioterapia y quiere pagar con su hígado el error cometido. Pero bajo estas dos figuras, atribuida a un tercero o como auto reproche, la culpa es siempre el reverso de la responsabilidad pendiente.

La pista estará en el doble desenlace de la historia. Gracias al trasplante, Tucker se salva. Pero ante esta buena nueva decide abandonar nuevamente a su mujer y a su hija –a cuyo lado había prometido estar– para mudarse con su novia. Wilson se muestra abiertamente contrariado. En la otra escena, es Wilson quien se ha separado de su esposa y está viviendo con House. Como lo anticipó el inicio del episodio, la convivencia entre ambos no es sencilla. Es este juego de divorcios y lealtades el motor inconsciente que alienta la fantasía omnipotente de reparación que emprende Wilson. No del cáncer, sino de su propia y desordenada vida a través de una torpe identificación con la de Tucker.

Para finalizar, el diálogo con el que cierra el episodio confirma el diagnóstico, la vez que anticipa un pronóstico incierto… Wilson se despide de Tucker, quien ya de alta abandona el hospital junto a su noviecita. Ésta le dice “gracias Jim” y Wilson replica cortante “en realidad mi nombre es James”. La frase puede leerse en dos direcciones diferentes.

En la primera, la carga agresiva del comentario dejaría a Wilson todavía del lado de la culpa proyectada –Jim lo llaman sólo los íntimos y le reprocha a Tucker haber incluido en ese círculo a la jovencita con la que sale.

En la segunda dirección podríamos en cambio llegar a conjeturar una toma de distancia a futuro para con este tipo de pacientes: de ahora en más, para ustedes ya no soy Jim. Vuelvo a ser el oncólogo James Wilson.

Habrá que esperar todavía dos temporadas de la serie para apreciar el alcance que tendrá semejante decisión en la vida de Wilson.

Adenda

La referencia a Prometeo tiene también otras aristas en el contexto de este episodio.

Ante todo, recordemos que en la mitología griega Prometeo había participado de la creación del mundo, modelando el cuerpo del hombre con agua y arcilla y proporcionándole el alma con elementos divinos –en la versión talmúdica de la creación, su equivalente es el arcángel Miguel, quien forma a Adán con polvo por orden de Jehová y le insufla luego la vida.

Prometeo era en consecuencia el más sabio de los semidioses y a quien Atenea había enseñado la arquitectura, la astronomía, la navegación y sobre todo la medicina. Artes todas éstas que Prometeo transmitió luego a la humanidad. Pero estos atributos no le suponían autoridad sobre la vida y la muerte –de allí que fuera castigado por Zeus cuando traspasó ese límite atreviéndose con el fuego vital.

Por otra parte, Prometeo pertenecía a la raza de los Titanes. Era por lo tanto inmortal –de allí que el tormento al que fue condenado no tuviera fin. Duraría por toda la eternidad, porque así de larga sería su pobre vida. La única posibilidad de poner fin a su martirio era que otro inmortal aceptara ir en su lugar al infierno del Tártaro, ocasión que se dio cuando Quirón, quien padecía una enfermedad incurable, pidió a Zeus poner fin a su vida. No existiendo ya impedimento, Prometeo fue finalmente liberado.

Esta última referencia presenta especial interés para la bioética, ya que nos confronta con el dolor de la inmortalidad, cuando ésta resulta ocasión de un sufrimiento eterno. En nuestro ejemplo, Tucker tenía leucemia y hubiera muerto si la medicina no hubiera logrado detener el cáncer, prolongando así su vida en cinco años. Pero llegado este punto, la enfermedad retornó, esta vez de manera implacable. ¿Cuál debe ser la conducta de un médico ante semejante adversidad? Claramente no la que eligió Wilson, prometiéndole a su paciente más y más cuando había llegado el momento del fin.

Poner fin a un tormento puede ser, paradójicamente, una salida vital. Y el terapeuta tiene que ser el primero en comprenderlo para estar a la altura de semejante decisión.

Finalamente, una curiosidad. Robarle a los dioses el fuego sagrado de la vida no había sido la primera osadía cometida por Prometeo. Antes se había burlado de Zeus en una oportunidad, cuando lo engañó ofreciéndole como banquete un buey, presentado de tal modo que las partes más sabrosas estaban ocultas y a la inversa, la grasa y los huesos del animal aparecían de modo apetecible. Zeus cayó en la trampa y desde entonces los fémures fueron objeto de santidad –santidad que se explica en el Génesis con la renguera de Jacob, alegoría de la de House, víctima a su vez de un mal diagnóstico médico.



NOTAS

[1Well I guess it would be nice
If I could touch your body
I know not everybody
has got a body like you
Baby!

En los subtítulos, la última palabra aparece traducida como “nena”, pero en rigor el inglés es neutro y cantado por un hombre bien podría ser leído como dedicado a una persona del mismo sexo.

[2Irónicamente, el nombre Prometeo significa “Previsión” o “Prospección”, es decir capacidad de explorar las posibilidades futuras basada en indicios presentes. La referencia en este caso está tomada de la obra de Mary Shelley Frankenstein, o el moderno Prometeo, en cuyo prólogo la autora introduce su frase la invención no consiste en crear del vacío sino del caos. Como Prometeo, el Dr. Victor Frankenstein rivaliza en poder con Dios al arrebatarle el fuego sagrado de la vida para animar a su criatura.

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