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por 

“Psicología, Ética y Derechos Humanos”
Facultad de Psicología
Universidad de Buenos Aires

Docente de prácticos: Dora Serué

Alumna: Clarisa Chiachiarelli

Libreta: 31.485.383/0

E-mail: clarisamch@hotmail.com

Buenos Aires, 2° cuatrimestre de 2009

Este trabajo se desarrollará en torno a un cuento de Julio Cortázar, titulado “Instrucciones para John Howell” . Este será el punto de partida para desplegar los fundamentos teóricos que la consigna solicita.
El cuento forma parte del libro “Todos los fuegos el fuego” el cual lleva el sello de Cortázar, invitando al lector a una aventura donde lo real y lo imaginario se confunden. “Instrucciones…” sigue esta lógica, por lo cual se intentara ser fiel a las palabras de su autor a la hora de parafrasearlo.

El relato se desarrolla en la Londres otoñal. El protagonista es Rice, un hombre que, aburrido, asiste al teatro Aldwych como espectador de una obra. Transcurrido el primer acto, se presenta un hombre a su lado, quien le pide que lo acompañe. Rice enseguida piensa que está buscando una opinión de la obra, pero el sujeto insiste en llevarlo tras bastidores. Allí, ante su sorpresa, comienzan a darle las instrucciones para subir a escenario e interpretar a John Howell, uno de los protagonistas de la función. Rice, quien todavía estaba pasmado por lo que ocurría, termina subiendo a las tablas.
Confundido, pero con la certeza de que era un engaño al público y una falta de respeto para con él, decide comunicarle a la audiencia la farsa. Pero, opta por hacerlo antes de que termine el acto. Mientras tanto, los diálogos se desarrollaban de manera tal que las respuestas de “John Howell” eran prácticamente inducidas por los interlocutores.
En un momento, Eva (su esposa ficticia) se acerca sigilosamente a Rice y, cambiando la entonación, le susurra al oído «No dejes que me maten». A partir de allí, la decisión de Rice de denunciar la mentira se pospone y empieza a verse turbado por aquel pedido explícito de Eva. Busca trabar diálogo en escenario nuevamente, pero los otros personajes los alejan de modo de no poder cruzar palabra entre ellos.
Para el segundo acto, los hombres tras bastidores le empiezan a indicar las nuevas instrucciones a seguir, a la vez que le ofrecen altas dosis de alcohol. Le hacen una apreciación sobre cómo llevó a cabo su papel, a lo que Rice pregunta qué debía hacer “Ah, querido amigo, no es justo preguntar eso. Mi opinión podría alterar sus propias decisiones (…)”. Rice retruca “(…) En el segundo acto usted me dijo que podía hacer lo que quisiera” a lo que el hombre de gris responde “Hay un margen para la aventura o el azar (…). A partir de ahora le ruego que se atenga a lo que voy a indicarle, se entiende que dentro de la máxima libertad en los detalles”.
Rice, envalentonado por el whisky, comienza a no seguir las instrucciones, de manera de torcer el curso de la obra y poder ahondar más sobre el pedido de ayuda de la actriz. En el interín, Eva le dice a Rice «Quédate conmigo hasta el final». A costa de actores habilidosos y del cierre del segundo acto, su despliegue no tiene éxito y es echado del teatro por la puerta de atrás.
Rice regresa a su lugar en la platea para ver cómo terminaba la obra. Le seguían resonando las frases de Eva («No dejes que me maten», «Quédate conmigo hasta el final»). Su pensamiento se refugiaba: “Desde la seguridad de la platea era inconcebible que pudiera sucederle algo en ese escenario de pacotilla”.
En el último acto, vuelve a aparecer el actor que originalmente interpretaba a Howell. La situación final se desarrolla así:
“A Rice lo divirtió vagamente la llegada del criado con la bandeja; el té parecía uno de los recursos mayores del comediógrafo, sobre todo ahora que la dama de rojo maniobraba en algún momento una botellita de melodrama romántico mientras las luces se iban bajando de una manera por completo inexplicable en el estudio de un abogado londinense. Hubo una llamada telefónica que Howell atendió con perfecta compostura (…); las tazas pasaron de mano en mano con las sonrisas pertinentes, el buen tono previo a las catástrofes. A Rice le pareció casi inconveniente el gesto de Howell en el momento en que Eva acercaba los labios a la taza, su brusco movimiento y el té derramándose sobre el vestido gris (…). Eva torcía la cabeza mirando al público como si no quisiera creer y después se deslizaba de lado hasta quedar casi tendida en el sofá.”
Rice y Howell salen corriendo a la calle, como escapándose de “alguien”. Rice se pregunta ¿por qué huyo? “(…) comprendió que era incapaz de hallar una respuesta”.

Análisis.

Este trabajo tomará para su análisis al personaje de Rice y la pregunta será ¿qué tuvo que ver Rice con lo ocurrido? Este interrogante va servir como hilo conductor a la hora de leer el caso e indagar sobre las nociones que la consigna propone.

Retomemos la historia. Rice sufre una inversión de roles: de espectador a actor. Pasa a tomar un lugar que es ocupado por otra persona y que requiere ciertas actitudes para llevar a cabo la obra. Acá podemos ubicar la categoría de necesidad, en la obra dramática, que ya cuenta con un guión, desarrollo y fin predeterminados. Las instrucciones para John Howell no son más que la receta del proceso dramático puesto en escena. Podría pensarse algo del azar en la elección de Rice como reemplazo del actor inicial: podría haber sido cualquier otro.
Cortázar describe esta transición de roles como de “amenzas amables”, generando la idea de que Rice fue forzado a interpretar a John Howell. Esto permite establecer empatía con el deseo manifiesto de Rice: irse de allí, desmantelar la mentira, desenmascarar a los actores.
Pero ocurre algo que estaba por fuera del libreto y que sólo Rice escucha, porque es un pedido dirigido con exclusividad hacia él: «No dejes que me maten». Eva pide a Rice, busca en él una ayuda. Rice, como se dice en los libros de la cátedra, es llamado a responder. Acá se puede ubicar el dilema ético acerca de qué hacer con esto para lo cual ha sido convocado.
Momento bisagra. Rice, quien hasta hace unos minutos sólo quería desmontar la farsa, queda suspendido en el plano de las posibilidades de respuesta. La primera que descarta es aquella que, momentos antes, mantenía firmemente: denunciar la estafa. Cortázar cuenta “(…) Rice decidió que era mejor esperar”, todavía confundido por la comunicación de Eva. Resuelve entonces marchar contra la corriente inexorable del guión teatral “(…) violando poco a poco las instrucciones en una esgrima feroz y absurda contra actores habilísimos que se esforzaban por hacerlo volver a su papel y a veces lo conseguían, pero él se les escapaba de nuevo para ayudar de alguna manera a Eva, sin saber bien por qué, pero diciéndose (…) que todo lo que cambiara alteraría inevitablemente el último acto”.
Podríamos jugar con el desarrollo del cuento y aventurar este razonamiento: “¿Cómo hago para salvar a Eva? Si hay un guión que se debe cumplir para llevar a buen término la obra, y que señala la muerte de esta actriz, pues entonces tendré que actuar de forma que ese destino no se cumpla ¿Cómo? No siguiendo el guión.”. Aquí también podría obrar el azar, ya que Rice no tiene pensado qué decir. Espera que, a posteriori, lo que diga tenga efectos en la continuidad de la obra teatral, pero dejando librado a la suerte los diálogos.
Luego de esto, recibe la segunda revelación: «Quédate conmigo hasta el final». Eva dice esto segundos antes de que baje el telón, por lo cual Rice ya no podía hacer más, salvo aferrarse a ella. A causa de haber malogrado el progreso de la función, lo echan a empujones por la puerta de atrás. Ya estaba por fuera de la situación.

Se puede señalar el momento del “boicot actoral” como el tiempo 1 del circuito de la responsabilidad subjetiva . Rice se encuentra frente a un dilema, actúa para intentar resolverlo y supone que ahí agotó la disyuntiva. Si se hace un análisis un poco más allá de lo que el cuento propone, podría decirse que Rice le daba lugar a la duda acerca de si el pedido que Eva le hacía era verídico o era un truco para mantenerlo sobre las tablas. Porque está la duda presente, Rice no declara públicamente el intento de homicidio.
Una vez que es expulsado del teatro, Rice vuelve para ver el final. Esto es importante subrayarlo, porque se recuerda que la intención primaria de Rice era irse de allí (de hecho, cuando estaba como espectador, la obra le había parecido aburrida y mediocre). Entonces, ¿por qué regresa? Cortázar responde “Como nadie impedía que asistiera desde su butaca al último acto, entró (…) Pero se sentía incapaz de pensar en nada”. Si se permite un interpretación de esta acción, diría que Rice no estaba seguro de que Eva fuera a morir, subsistía cierta incertidumbre al respecto y sólo se podría despejar presenciando el final.
Ahora, acontece lo que considero el tiempo 2. El protagonista ve atónito cómo Eva muere en pleno escenario, frente a decenas de personas. Aquello que consideraba impensable, termina ocurriendo. Cortázar describe “(…) la ilusión teatral los dominó casi enseguida, el actor era excelente y la acción se precipitaba de una manera que sorprendió incluso a Rice, perdido en una agradable indiferencia.”. Habría que repensar esta “indiferencia”, porque Rice no dejaba de pensar en lo que le había dicho Eva: su pedido se repetía como ecos silenciosos.
¿Cómo puede constituirse este momento en tiempo 2? Pues, frente a este hecho, Rice retorna al instante en que él se encontraba en el escenario: él había intentado evitar la muerte de Eva, pero no estaba allí para hacerlo. ¿Pero acaso no le había pedido Eva que se quedara hasta el final? Entonces, ¿qué tiene que ver Rice con todo esto? Él no lo sabe, pero huye. Huye sin saber por qué, pero sospechando que en un punto el fue partícipe de la muerte de Eva. Él considera que esa situación lo atañe, lo toca, le concierne, pero no sabe por qué.

Aclarados los tiempos del circuito de la responsabilidad subjetiva, se ensayará una hipótesis clínica al respecto. María Elena Dominguez dice: “Si en el tiempo 2 el sujeto se ve interpelado por ciertos elementos disonantes y algo de esa diferencia le pertenece, la hipótesis clínica (…) será la encargada de explicar el movimiento que supone «que el tiempo 2 se sobreimprime al tiempo 1 resignificándolo». Resignificación que dará cuenta de una respuesta del sujeto que advierta un cambio de posición frente a sus circunstancias, de allí la potencialidad de un tiempo 3: la responsabilidad.” .
Retomemos. Eva muere. Rice se pregunta qué hizo él para evitarlo y retrocede a su accionar sobre el escenario. Lo que implica al protagonista del cuento es el momento en que intenta desviar el curso del libreto preestablecido. Ese fue el intento de Rice de salvar a Eva. Pero, paradójicamente, también fue el acto que lo excluye de la escena. Si ella le pide que se quede a su lado, y él obra de forma tal que lo expulsan, ¿cómo puede haberla ayudado? Sería tentador alegar que Rice hizo caso a otra demanda: la de su deseo. Rice responde a su deseo de irse de allí; se desentiende del pedido de ayuda a través de su acción de desobedecer el guión, porque eso es condición para que lo echen de la obra. De esta manera, logra sus dos propósitos anteriores: denunciar la farsa y evadirse del escenario. Cede a su deseo, aún cuando quería evitarlo para salvar una vida.

Antes de que caiga el telón, Rice corre calles abajo con la sensación de que era seguido. Corre hasta “perderse con un alivio que él mismo no se explicaba”. Eva muere y él huye del lugar: Rice se siente relacionado a este crimen. En su fuga, Rice tiene tiempo para la reflexión “(…) por primera vez se preguntó explícitamente, empleando todas las palabras necesarias, por qué estaba huyendo. (…) Rice comprendió que era incapaz de encontrar la respuesta”. Podría pensarse esta maniobra de escape como la respuesta que se da a la resignificación del tiempo 1.
Dice Oscar D’Amore “La culpa hace a la retroacción, hace que se retorne sobre la acción por la que se “debe” responder” . Y lo que se podría arriesgar, a partir de la conducta de Rice, es que huye por la culpa, o por el miedo a ser encontrado culpable de homicidio. Pero son dos tipos distintos de culpa. Por un lado, aquella culpa de corte moral-jurídico, que señala que frente a una muerte causada, hay un culpable que debe responder. Y después está la otra culpa, la que nace por y desde el deseo. Culpable de huir: sí ¿Culpable de matar? No podría afirmarse esto.

Es legítimo que Rice se repita para sí mismo “Pero yo no tengo nada que ver”, porque se está refiriendo a la muerte de Eva. Pero sería sacarlo de su dimensión subjetiva (por lo tanto, ética), decir que nada tuvo que ver. Es responsable de su deseo, el cual acarrea culpa. Se termina cayendo en la trillada –pero no por trillada, menos cierta- frase de Lacan, quien decía que de lo único que un sujeto se puede sentir culpable es de haber cedido en su deseo.
Parece ya una obviedad afirmar que la responsabilidad subjetiva en Rice se hallaría en el deseo de irse de allí. Más concretamente, fue su desempeño sobre el escenario lo que le facilitó una salida (poco amistosa) del teatro. Considero que de esto se podría hacer responsable el personaje, demostrándole que en algo sí tuvo que ver con lo que sucedió, pero no a nivel de culpas morales, sino al nivel de su deseo singular.
Supongamos que Rice llegara a nuestro consultorio contándonos esta historia y llevando consigo la culpa de haber participado en un homicidio, del cual no puede referir en qué medida él estaba involucrado. Decirle “No se preocupe, usted no tuvo nada que ver, usted no la mató” lo único que haría sería alentar la desresponsabilización y, quizás, tranquilizaría brevemente al paciente…¿pero por cuánto tiempo y a costa de qué? Un trabajo psicológico que se apegue a la ética, tendría que instalarse en las coordenadas del paciente, favoreciendo el despliegue subjetivo de cada quien.

Una última observación. En un momento de loca y acelerada reflexión, Rice piensa [el subrayado es mío]: “«No dejes que me maten», había dicho Eva, y él había hecho lo posible, torpe y miserablemente, pero lo mismo la habían matado, por lo menos en la pieza la habían matado y él tenía que huir porque no podía ser que la pieza terminara así, que la taza de té se volcara inofensivamente sobre el vestido de Eva y sin embargo Eva resbalara hasta quedar tendida en el sofá; había ocurrido otra cosa sin que él estuviera allí para impedirlo, «Quédate conmigo hasta el final», le había suplicado Eva, pero lo habían echado del teatro, lo habían apartado de eso que tenía que suceder y que él (…) había contemplado sin comprender o comprendiéndolo desde otra región de sí mismo donde había miedo y fuga y ahora (…) el asco de sí mismo.”

Es interesante el significante “huir”, porque Rice se convierte en un incipiente fugitivo. Y eso después de haber querido huir del escenario, de haber huido del teatro (tras la muerte de Eva) y seguir huyendo sin rumbo (“No puedo seguir huyendo siempre, sin saber” le dice al actor que encarnó a Howell, antes de dividir sus caminos). Acá, como dijo M.E.Dominguez, queda una puerta abierta para el tiempo 3. Porque si el tiempo 3 implica un cambio en el sujeto, una toma de posición conforme a su deseo, es para destacar que Rice ya no es el simple espectador teatral del principio, sino un prófugo nocturno. Si se pudiera jugar con el cuento, se diría que Rice hizo de la “huída” un estilo de vida.

Al final de relato, nos enteramos que Rice no era el único que escapaba, sino que también el actor que interpretaba a John Howell corría a su par. El diálogo entre ellos revela el carácter de desafío a la necesidad que emprendieron cada uno de los John Howell para rescatar a Eva.
La ambigüedad de Cortázar a la hora de terminar el cuento, no nos da muchas respuestas, sino que (como Rice) sólo nos quedamos con preguntas sin resolver.

Bibliografía

*Cortázar, Julio: “Instrucciones para John Howell”, en Todos los fuegos el fuego, Editorial Sol, Bs.As 2001.

*D’Amore, Oscar: “Responsabilidad subjetiva y culpa”, en La transmisión de la ética. Clínica y deontología, Vol.I, 3° edición, Ed. Letra Viva, Bs.As. 2008.

*Dominguez, María Elena: “Los carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis”, en La transmisión de la ética. Clínica y deontología”, Vol. I, 3° ed., Ed.Letra Viva, Bs.As. 2008.

*Mosca, Juan Carlos: “Responsabilidad: otro nombre del sujeto”, en Ética, un horizonte en quiebra, Ed. Eudeba, 2° edición, Bs.As. 2005.

*Salomone, G. y Dominguez, M.E.: La transmisión de la ética. Clínica y deontología, Vol. I, 3° edición, Ed. Letra Viva, Bs.As. 2008.



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