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UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES
FACULTAD DE PSICOLOGIA

MATERIA: PSICOLOGÍA, ÉTICA Y DERECHOS HUMANOS

CÁTEDRA: 1

TITULAR: JUAN JORGE MICHEL FARIÑA

COMISIÓN: 1

AYUDANTE: PATRICIA GOROCITO

ALUMNOS: GERARDO A. GARCÍA
LU: 13.488.464-0
GUSTAVO LIDIJOVER
LU: 20.349.101-0

FILM: IRINA PALM – Sam Garbarski – 2007

FICHA TÉCNICA

Título original: Irina Palm.
Título en Argentina: La profesión de Irina Palm.
Género: Comedia dramática.
Dirección: Sam Garbarski.
Guión: Martín Herron, Philippe Blasband
Intérpretes: Marianne Faithfull, Miki Manojlovik, Kevin Bishop,
Siobhán Hewlett, Dorka Gryllus y Jenny Agutter.
Fotografía: Christophe Beaucarne.
Música: Ghinzú.
Montaje: Ludo Troch.
Origen: Bélgica-Luxemburgo-Inglaterra-Francia (2007).
Duración: 117 minutos.

RECORTE

Las escenas del film transcurren entre la tranquilidad de un pequeño pueblo inglés, Yardley Hastings, y el dinámico barrio Soho de Londres, zona conocida por su gran movida cultural: salas de teatro, cines, bares y por su particular “Zona Roja” que incluye sex shopp’s y otros negocios relacionados al comercio sexual.
Maggie, la protagonista principal, es una viuda de mediana edad que vive en un monocorde complejo de viviendas de Yardley Hastings; a pocas casas de la suya, en ese mismo barrio vive su único hijo, Tom, a quien –a pesar de estar casado– le sigue lavando y cosiendo la ropa, además de ayudarlo con algunos alimentos. Tom está casado con Sarah y juntos tienen un hijo pequeño, Olly. El niño padece una enfermedad extraña que se agrava con el paso del tiempo poniendo en riesgo su vida. El médico les comunica que la única oportunidad que tienen para que el niño siga viviendo es intentar un nuevo tratamiento llevándolo al “Congreso de Enfermedades Raras” de Melbourne (Australia). El tratamiento será gratuito para ellos, pero tendrán que financiarse el viaje y la estadía en Melbourne, por el tiempo que éste dure.
Ni los padres de Olly, ni Maggie disponen del dinero para el viaje: son de clase media-baja. Al comienzo de la enfermedad, Maggie vendió su casa para poder costear los gastos; pero, ante la irresolución y la parálisis de los jóvenes padres de Olly ante el nuevo desembolso necesario para costear el tratamiento, la abuela anuncia que ella se las arreglará para conseguir de alguna forma el dinero.
De inmediato la vemos pidiendo préstamos y buscando trabajo por medio de agencias; pero los préstamos le son denegados, aduciendo su edad y su situación económica, y no es atendida su demanda laboral por su falta de preparación específica. Totalmente abatida se dirige a su casa y, de camino a la estación de subte, pasa circunstancialmente por la zona del Soho londinense donde descubre un cartel en la puerta de un local llamado “Sexy World” que anuncia que se necesita “azafata” (o “acompañante”) y que se ofrece buena paga. Maggie se presenta a Miki, el dueño del local, quien le aclara –ante la ingenuidad que parece tener la candidata– que, en ese ámbito, “azafata-acompañante” es un eufemismo de “puta”. El dueño del negocio le pide que le muestre sus manos y le asegura que la encuentra apta para desempeñar el trabajo que se requiere en ese lugar (la masturbación masculina a través de un agujero que se encuentra en una pared). En un primer momento el pudor parece invadir a Maggie que se retira horrorizada del local; pero luego, presionada por la necesidad imperiosa de conseguir el dinero para costear el tratamiento de su nieto, regresa por el trabajo.
Una muchacha que ejerce el oficio de masturbadora en el local la instruye y le da algunos consejos, entre ellos el de separar tajantemente el trabajo de su vida personal. Entre ellas se da una relación de amistad. Mientras toman unas copas en un bar, la protagonista resume así el último tramo de su vida: “[al que fue mi esposo] lo conocí cuando yo tenía 17 años, él era mayor, seguro de sí mismo; yo no había visto nada mejor –¿quién lo ha hecho a esa edad?– me quedé embarazada, en el pueblo no había futuro, así que nos casamos y nos vinimos aquí, pero luego perdí el bebé, Tom nació 12 años después, fue una sorpresa… En pocas palabras, trabajamos como mulas, como tú; y Treb murió hace 7 años de un infarto, poco después Olly cayó enfermo; y aquí me tienes: la viuda pajeadora...”.
Pero a medida que va realizando día tras día su trabajo, Maggie se va despojando de su recato y vergüenza y va llevando cuadros y flores de su casa para decorar el sórdido cubil donde cumple su tarea. Comienza a observar detenidamente y a cuidar sus herramientas de trabajo, es decir sus propias manos. Esas manos que al comienzo lavaba con frenesí después de cada masturbación, ahora las observa con detenimiento y fruición, las unta con cremas humectantes, pinta sus uñas… Casi imperceptiblemente, como si fuera su alter ego, se transforma en Irina Palm, nombre “artístico” que su jefe le sugiere ponerse para diferenciarse del resto de las “chicas” y así conseguir que más clientes requieran sus servicios y paguen bien por ellos. Tal es la calidad del trabajo que efectúa y la confianza que genera en su jefe que este, no sin previa amenaza, accede a adelantarle el resto del dinero necesario para el viaje. Mientras tanto, una corriente de amor tierno, parece ir ligando a Maggie con Miki.
Al mismo tiempo que suma éxito y clientes en su trabajo en la zona roja de Londres, en la tranquilidad y monotonía de Yardley Hastings, sus salidas y llegadas a destiempo comienzan a causar curiosidad entre sus antiguas amigas y vecinos. Pero ella guarda como un tesoro su “secreto”.
Su hijo Tom, al recibir el dinero para el viaje, sospecha que algo extraño está ocurriendo, y más que admiración y gratitud, siente una fuerte curiosidad. Y como Maggie es inflexible en mantener su “secreto”, un día la sigue y descubre de qué forma se ha ganado el dinero. Una vez en su casa, luego de llamarla “puta” y de hironizar como si se tratara de un eufemismo: “trabajadora de sexo, ¿no se llama así a las putas hoy en día?”, le asegura que él le devolverá hasta el último “puto céntimo” de ese dinero “sucio”, y le grita que “no hay suficiente jabón en el mundo para lavar lo que tú has hecho”. Ella, con dulzura le contesta: “No me arrepiento de lo que he hecho. Nunca vuelvas a llamarme con esa palabra”. Al volver a su casa se desmorona en el piso y al rato llega Tom que vociferando insiste en sus reproches y exige que deje de frecuentar ese lugar y hasta la obliga a llamar (ella le dice: “No es tan sencillo” y él le responde: “Me da igual, mamá, llámalo ahora por favor”) a su jefe para avisarle que ya no se presentará a trabajar y que el mismo Tom le devolverá el dinero lo antes posible.
La actitud de Tom hacia su madre había provocado una fuerte discusión con su esposa, que –a pesar de no llevarse hasta ese momento nada bien con su suegra– se siente ahora inmensamente agradecida por lo que ha hecho por su hijo. A partir de esta instancia se da un gran cambio de actitud en Maggie-Irina, ya que decide develar el misterioso “secreto” de su trabajo ante sus amigas que al oírla fluctúan entre el asombro, el escándalo, la curiosidad y el reproche moral. En el almacén del barrio, a una de ellas que le hace un fuerte reclamo en forma sarcástica (“no todas somos como tú…”), Maggie la desenmascara públicamente diciéndole que desde hace años sabe de la relación de amante que ha tenido con su difunto esposo (al que ahora califica como de “flojo, igual que su té”), ya que éste se lo había confesado antes de morir. Acto seguido le dice a la vendedora: “me apetece comerme un chocolatín, hace siglos que no pruebo uno” y cuando llega a su casa, rompe y tira a la basura un retrato de familia, en el que su marido ocupa el lugar central.
Luego de que su hijo la obliga a hablar con su antiguo jefe, los movimientos de Maggie se lentifican, actúa como en cámara lenta, la sonrisa se borra de su rostro y pierde el brillo de sus ojos, se mueve como una autómata. Y así llega el día fijado para la partida hacia Melbourne. Maggie –con su valija preparada– se dirige junto a su hijo a buscar a su nieto y a su nuera que los esperan en una ambulancia en la puerta del hospital, para ir todos juntos hasta el aeropuerto a tomar el avión. Una vez que se encuentran junto a la ambulancia, a punto de partir, Tom dice: “Bueno, vámonos” y su madre le responde con calma: “No voy a ir, Olly se va a poner bien, no me necesitan allí; es más, pienso que estarán mejor sin mí”. Tom queda mudo y Olly, desde la camilla de la ambulancia, le pregunta a Maggie: “¿Por qué no vienes?”, a lo cual ella responde: “No puedo decírtelo ahora, ¿recuerdas nuestro secreto?, nos veremos cuando vuelvas, cuando estés bien, fuerte como un roble”.
Cuando ya han partido los padres y el niño, Maggie se dirige con su valija al “Sexy World”, ni bien entra le sale encuentro Miki, que la recibe con un beso en la boca.

NECESIDAD

El personaje elegido para hacer nuestro trabajo es Maggie-Irina, la protagonista principal de la película. En el comienzo mismo del film la necesidad, lo inexorable, la fatalidad se hace presente en su vida con uno de sus peores disfraces: una enfermedad mortal ha hecho presa del pequeño Olly, el único hijo de su hijo único. La monótona vida de esa pequeña familia medio-burguesa se convierte en una terrible tragedia. El destino cruel se presenta inapelable; pero, cuando parece que se acaban todas las esperanzas, surge en el horizonte una pequeña y tímida luz, un “último cartucho” –como dice el padre del niño–, la posibilidad de un tratamiento en el “Congreso de Enfermedades Raras” de Melbourne.

AZAR

Cuando Maggie parece haber agotado todas las formas posibles de conseguir el dinero necesario para los pasajes a Australia, el azar entra en juego. Una mujer obstruye accidentalmente el andar abatido de la protagonista que al desviar la mirada descubre fortuitamente un pequeño cartel oculto detrás de una persiana que dice:

HOSTESS REQUIRED
EXCELLEN RATES

PARTICULAR

La moral particular es siempre efecto de grupo, representante de un sistema de códigos compartidos. Actores de la moral en la que Maggie vive son sus amigas (que según ella misma dice: “me ayudan a pasar el rato, a pensar en otra cosa”), los dueños y los parroquianos del almacén que frecuenta en su barrio y el propio Tom –a quién su esposa llamará “santurrón”– que se erige como defensor de la moral y sentencia que no se puede ser puta y abuela a la vez. Esa moral es una conjugación de pacatería e hipocresía, y está más centrada en el que dirán y en las “buenas costumbres” que en otra cosa.

UNIVERSAL-SINGULAR

Lo universal-singular lo vemos en torno al accionar de Maggie. Su singularidad en situación aparece fuera de los límites del universo moral en el que se venía moviendo y denuncia la incompletud del mismo; no existe un conocimiento que anteceda a la acción que comienza a realizarse, sino que habrá un nuevo conocimiento a posteriori de la situación determinada que suplementará lo anterior. Maggie, por utilizar términos de Alejandro Ariel (1994), llevará adelante un “estilo” que es como un plus de la “estética” en la que se movía hasta el momento y que ahora le resulta insuficiente.

EFECTO PARTICULARISTA

Como ejemplo de efecto particularista señalamos la cosificación que hace Tom, el esencialismo que subyace detrás de categorías como “madre” o “puta” en su discurso.

CIRCUITO DE RESPONSABILIDAD

Siguiendo los pasos del circuito de responsabilidad, podemos identificar los tres tiempos lógicos propuestos por la cátedra. En el “Tiempo 1” Maggie se decide a tomar el trabajo de “azafata-acompañante” (que es un eufemismo de “puta”, según le aclara el dueño del local) y, como dice el Profesor Fariña, “lleva adelante una acción, una conducta orientada por un determinado objetivo, entendiendo que tal iniciativa se agota en los fines para los cuales fue concebida”; hace eso porque es la única posibilidad que le queda de conseguir el dinero que necesitan de forma imperiosa. Al comienzo actúa maquinalmente, sus movimientos son rígidos, está como enajenada de su propio cuerpo y parece suponer que su acción se agota en su anhelo: procurar el dinero para el tratamiento.

Señalamos como “Tiempo 2” el momento en el que Tom, que se erige como representante inapelable del superyó moral y de la racionalidad, la llama “puta”. Cuando ella regresa apesadumbrada a su casa luego de la despiadada interpelación de su hijo, percibe que la angustia de Tom no le permite a este reconocer el valor de su acto (de ella) y se desploma en el suelo. Según Oscar D’Amore (2006), en su escrito Responsabilidad subjetiva y culpa, “La interpelación ‘implica’ ya una deuda por la que hay que responder, es el llamado a responder para volver al surco de la moral, en este caso, la respuesta es particular. No hay singularidad en la vuelta al surco moral porque la respuesta resulta un taponamiento de la dimensión ética”.

Pero como Maggie no se queda en la culpa moral sino que es capaz de vislumbrar una culpabilidad de su deseo, porque responde subjetivamente, decimos que hay un “Tiempo 3”, en el que ella se responsabiliza y le abre paso a la propia singularidad, constituyendo así un acto ético. Al abandonar a su hijo en la puerta del Hospital, minutos antes de embarcarse en el vuelo hacia Australia, Maggie hace una elección: deja que su hijo se haga cargo de su propia situación (la de él) y esa elección se refuerza cuando, en lugar de volver a su casa solitaria –siempre arrastrando su maleta– va en busca de Miki, siguiendo el rumbo errático de su deseo.
En un primer momento podríamos haber responsabilizado a una peculiar conjugación del azar y el destino por la bajada de Maggie a los ámbitos subterráneos de una sexualidad prohibida por la moral y las buenas costumbres que hasta ese momento regían su existencia; pero ahora ella vuelve allí por propio deseo en busca del hombre del que se ha enamorado; se trata de su decisión subjetiva, del acto, de una resignificación y una responsabilidad inédita e impensable en su vida pasada de ama de casa aplicada, viuda recatada, amiga anestesiada y madre solícita. La responsabilidad subjetiva entra en juego en esa grieta que quedó abierta entre el azar y la necesidad. A partir de esta toma de posición ya no podrá volver a ser la misma mujer que antes y seguramente estará un poco mejor respecto a su malestar.

HIPÓTESIS CLÍNICA

La relación entre Maggie y Tom, se presenta como enfermiza; ella no puede soportar la falta en su hijo y continuamente le sale al paso para completarlo. En su primera aparición en la película, Maggie tiene el rostro y gran parte de su cuerpo cubierto por un enorme león de peluche que lleva de regalo para su nieto que está en el hospital, como si se presentara desde el comienzo enmascarada como una “leona”, capaz de hacer cualquier cosa en defensa de su “indefenso cachorro”. Las situaciones que ilustran esta relación son muchas; como ejemplo citamos la escena en la que Sarah le reclama a Tom una botella de agua que le había pedido anticipadamente, ya que para ella el agua del hospital no tiene buen gusto, él se disculpa por haberse olvidado y Maggie, inmediatamente, saca una botella de agua mineral de su bolso y se la ofrece a su nuera, no permitiendo que su hijo quede en falta.
Los sacrificios que Maggie realiza por su hijo, parecen no tener límites; como dice Marta Gerez Ambertín (2008) en su libro Entre deudas y culpas: SACRIFICIOS: “…el bien que se ofrece en pago de la deuda, se ofrece a Otro ávido de goce, por tanto, el pago no sólo no cancela, sino que inflaciona la deuda: a mayor pago, mayor deuda… y el aplacamiento nunca llega. ¿Consecuencia?: la repetición compulsiva del sacrificio”.
En medio de su sacrificio más osado –el trabajo de masturbadora– comienza a aparecer el deseo de placer y el interés por la sexualidad que en ella parece que se hubiera marchitado antes de florecer, por haberse casado tempranamente con un hombre al que creyó “seguro de sí” y que luego descubrió “flojo, como su té”. Y al tomar conciencia de que su hijo no valora su sacrificio, se angustia y queda confrontada con su propio ser en falta, con la imposibilidad de pagar la deuda que el Otro reclama. Esta situación la llevará a descubrir que no le hace falta completar constantemente a su hijo para sentirse madre.
Las manos de Maggi ocupan un lugar destacado en el recorte singular que ella hace de su propio cuerpo. Primero se las lava obsesivamente, acto que da cuenta de su culpa y de su quiebre moral; pero luego se las alaba desmedidamente y se identifica con “Irina Palm: la mejor mano [¿palma?] derecha de Londres”, mostrando que ha superado la culpa y que se ubica en otro circuito de legalidad. De este cambio subjetivo también da cuenta al relatar su historia: primero ella se autodefine como la “viuda pajeadora”, luego lo hará como “la mejor mano derecha de Londres”.
En la decisión que hace de tomar a Miki como pareja podemos dilucidar otro momento de su elección subjetiva, dejando en el pasado una vida que se vio obligada a vivir de acuerdo a las normas morales de su pueblo.

BIBLIOGRAFÍA

Ariel, A.: Moral y Ética. Una poética del estilo. En El estilo y el acto. Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1994.

D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, Buenos Aires, 2006.

Gerez Ambertín, M.: Entre deudas y culpas: Sacrificio. Crítica de la razón sacrificial. Letra Viva, Buenos Aires, 2008.

Jinkis, J.: Vergüenza y responsabilidad. Conjetural, número 13. Editorial Sitio, Buenos Aires, 1987.

Lewkowicz, I.: Particular, Universal, Singular. En Ética: un horizonte en quiebra. Cap. III. Eudeba, Buenos Aires, 1998.

Michel Fariña, J. & Gutiérrez, C.: Veinte años son nada. Causas y azares. Número 3. Buenos Aires, 1996.

Mosca, J. C.; Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires, 1998.

Salomone, G. Z.: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



NOTAS

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