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La casa cerrada
de Manuel Mujica Láinez

El cuento relata en primera persona, la confesión escrita que un hombre hace ante un sacerdote. El hecho, sucedido muchos años antes, ocurrió en Buenos Aires, durante la segunda invasión inglesa.
El protagonista vivía en la calle Defensa, cuando ésta aún no llevaba ese nombre, en el centro de la ciudad frente a una casa que siempre permanecía cerrada. Allí vivían una viuda y sus dos hijas que prácticamente no salían a la calle, siempre estaban juntas, nunca hablaban con nadie y no tenían lazos sociales. En una oportunidad, siendo adolescente , el protagonista, junto a su hermano mayor las espió por la azotea y pudo ver que las chicas eran muy jóvenes y hermosas .A partir de ese momento quedó prendado de las muchachas a quienes recordaba cada vez que sentía olor a jazmines.
Durante los sucesos de julio de 1807, que pasaron a la historia como las invasiones inglesas, estaba alistado como soldado y participó de la defensa de la ciudad. En esa oportunidad, el ejército criollo, junto a los pobladores de Buenos Aires tiraban desde las terrazas agua y aceite caliente para alejar al enemigo inglés. Así lo estaban haciendo la viuda y sus dos hijas, cuando el jefe de la tropa le indica al protagonista que deben entrar en la casa misteriosa. Fuerzan la puerta, la rompen y se dirigen a la azotea para colaborar con las mujeres y desde allí, con sus bayonetas, seguir matando soldados invasores.
En este momento el protagonista relata que comienza otra guerra, algo personal por haber invadido una zona secreta, algo prohibido.
Por razones militares necesitan ir invadiendo todas las habitaciones, para tener más posibilidades de apostarse para tirar hacia fuera. Todo sucede rápida y vertiginosamente hasta que deciden ir a la habitación de abajo...la viuda se opone, casi suplicando les ruega que no desciendan. Los soldados no le hacen caso, el protagonista, cumpliendo órdenes, baja a una habitación oscura, abre la ventana y allí ve un ser humano, con importantes deformidades físicas que gruñe, se babea y observa con ojos malignos. El soldado comprende que es el hermano de las muchachas, y descubre el secreto de la casa cerrada: “… Ya poseía el secreto de la casa cerrada, de la prisión de esas mujeres jóvenes y bellas, a quienes el feroz orgullo materno obligaba a encarcelarse para que nadie supiera lo que yo sabía.”
Una vez terminada la batalla, los soldados se retiran, sus compañeros lo llaman, el protagonista se demora, lucha con sus pensamientos, recuerda a todos los ingleses jóvenes, esbeltos que ha matado durante el día y toma una decisión, ante la mirada suplicante de las chicas y terrorífico alarido de la madre, dispara y mata al hijo. El grito desgarrador de la madre y la mirada suplicante de las muchachas lo acompañaron durante toda su vida, hasta este momento en que, sintiendo cercana la muerte, decide confesarse.

Análisis

El cuento nos narra la historia de un joven y sobre él vamos recibiendo del autor muchos datos: vive en el centro de Buenos Aires, tiene un hermano mayor , ambos son hijos de españoles, católicos, llegados a América muy pequeños . El personaje va tomando vida y en su recorrido, como en el de todos, existen episodios y hechos que podemos ubicar del lado de la determinación o necesidad y otros que podemos calificar de azarosos.
Entre ambos se va tejiendo la trama del cuento: haber nacido en España y ser traído a Buenos Aires por sus padres, vivir cerca de la viuda, tener por vecinas a las muchachas son hechos que podemos ubicar entre el azar y la determinación: no existe entre ellos grieta alguna por la que podamos interpelar al protagonista por su responsabilidad.
A medida que el argumento se acerca al hecho más importante de la narración, al climax , comienzan a entretejerse la responsabilidad y la subjetividad: el azar , con su carga de incertidumbre da paso a la responsabilidad subjetiva . El niño, ya adolescente de quince años decide junto a su hermano mayor , pedir ayuda a un amigo y juntos espiar la casa cerrada. Este hecho, en principio, nimio, sin importancia se anudará con una decisión que le cambiará la vida. El hecho de conocer el rostro perfecto de las muchachas se le vuelve imborrable, inolvidable.
El joven, ya soldado, en medio del desorden del 8 de julio de 1807 recibe la orden de entrar en la casa cerrada. Surge aquí la primera pregunta: ¿Tuvo la oportunidad de desoír a su superior y entrar en otra casa, tal vez en la casa de al lado y cambiar así su destino? Puede pensarse que en medio del desorden, los gritos, la balacera, las corridas y el terror que dominaban las calles no hubiera sido difícil entrar en otra casa, evitar el encuentro con las habitantes de la misteriosa vivienda que, como dice el autor, ya estaban yendo y viniendo enloquecidas en la terraza arrojando piedras y cargando tachos con agua caliente. Nos inclinamos a pensar que el deseo de volver a ver a las chicas, de entrar en el lugar prohibido empuja al soldado más allá de la orden recibida. La necesidad va dando paso a la decisión. Si el azar desconecta la causa del efecto, parece que el deseo del protagonista las anuda. Según las palabras del propio joven comienza en ese momento una guerra personal, distinta de la otra que se libraba en las calles, despegada de la necesidad, del destino, unida a la subjetividad, una guerra propia en la que no hay superior que dé las órdenes, en la que deberá hacerse totalmente responsable de los actos y de las intenciones que los sustentan.
En este contexto se le devela el secreto de la casa misteriosa: la existencia del joven deforme tan celosamente guardado durante años. El joven protagonista, momentos después, toma una decisión que lo cargará de culpa durante el resto de su vida. Interpretando un pedido hecho por las chicas a través de sus miradas suplicantes decide tirar un tiro más, pero este disparo, lejos de ser uno más transforma el devenir de la historia personal del joven. Su vida ya no será la misma, la culpa ocupará un lugar de privilegio atravesada por la imagen de los ojos de las hermanas y el grito de la madre que según sus propias palabras lo persiguió hasta el momento en que decide escribir la confesión, veinte años después.
Es en este contexto podemos ubicar el circuito de la responsabilidad: el tiempo 1, el tiempo en que la acción es conciente y tiene una finalidad que se agota en la acción misma, estaría dado por el disparo realizado contra el hermano discapacitado. El soldado pensaba que esto no le traería mayores inconvenientes en su vida, respondía con este acto al deseo de las hermosas jóvenes de ser liberadas de la condena a la que se veían injustamente sometidas. Sólo sería un tiro más, pero algo salió mal. El curso de los acontecimientos tomó otro rumbo, un rumbo inesperado y el grito de la madre ocupó un lugar importante en la escena. El soldado no pudo ver más allá del disparo, no vio a la madre, no vio que la culpa lo esperaba para adueñarse de los años venideros. Siguiendo a Salomone podemos decir que la intención
conciente se vio alterada.
En el tiempo 2, el protagonista es interpelado a partir del hecho de darse cuenta que algo anduvo mal, el disparo salvador se volvió condenatorio .Si las chicas se vieron liberadas de la injusta cadena que las ataba a una vida de reclusión y clausura, a partir de la muerte del hermano, la condena se volvió hacia al soldado. Ese hecho que pretendía ser ajeno, un tiro más entre tantos disparados ese mismo día, un muerto más entre tantos, un muerto que casi podría decirse no sería lamentado por nadie frente a tantos que tenían una vida de éxito esperándolos se le volvió propio, cobró sentido y se hizo único entre muchos. El que estaba llamado a ser olvidable, se transformó en el nunca olvidado.
El último disparo, un hecho casi inocente, cuestiona al soldado, ¿por qué lo hizo si podía irse de la casa sin alterar el estado de las cosas?¿Qué deseo inconsciente lo movió a dar el tiro de gracia que abriría para siempre las puertas de la casa y lo encerraría en una cárcel sin rejas? El disparo interpela y la respuesta es inevitable; según D’Amore puede presentarse de distintas maneras: como sentimiento de culpa, proyección, negación, intelectualización – como poderoso anestésico psicosocial – y en líneas generales, la formación sintomática.
Si el soldado pensó disfrutar del amor, admiración o agradecimiento de las hermanas liberadas, si deseo conciente o inconscientemente en algún momento conquistar el corazón de alguna de ellas y por eso realizó su acto de valentía y arrojo, nada indica en el relato que esto haya pasado. Muy por el contrario, parece ser que el sentimiento de culpa no dejó lugar para otros más placenteros. Durante más de veinte años el sujeto vivió sujeto a un instante, a un disparo .El soldado no se cuestionó ni por un momento la cantidad de personas que mató por defender su patria de adopción, la legalidad que la guerra imprimió a esas muertes no deja espacio para el cuestionamiento. No así con el otro tiro. A pesar de que no hubo interpelación social ya que nadie reclamó por el muchacho deforme muerto, la interpelación proviene del hecho mismo, de la responsabilidad de haber realizado el disparo fatal, ese, que según el protagonista “cualquier hombre hubiera hecho”.
“La responsabilidad interpela al sujeto, quien debe dar respuesta, responder por su acto” explica Mosca. La responsabilidad se desprende de la libertad, autonomía y voluntad en el acto. La responsabilidad interpela y el joven responde sintiéndose culpable de ahí en más.
Haciendo pie en los textos de Freud podemos aventurar una hipótesis clínica diciendo que el joven se sometió a lo que interpretó como deseo del Otro, deseo que se le impuso como demanda, y al responder se sintió aún más culpable. Si en el texto de Sartre, el cambió fue una vida por otra, en este el canje fue, un encierro por otro, y el soldado entregó su libertad. A las jóvenes el encierro se les imponía desde lo real, al protagonista desde la responsabilidad devenida en sentimiento de culpa. Cedió a su deseo de ser salvador, liberador, cedió al deseo de cumplir el deseo del otro, de haberlo puesto en acto a través de una muerte más.

Bibliografía

D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.

Freud, S.: (1925) La responsabilidad moral por el contenido de los sueños. En Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto. Obras completas. Tomo XIX, Amorrortu editores. 1984.

Mosca, J. C. (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.

Mujica Lainez, Manuel.( 1950) .Editorial Sudamericana, Buenos Aires.

Salomone, G. Z.: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.

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