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PSICOLOGÍA, ÉTICA Y DERECHOS HUMANOS

Ayudante: Prof. Soledad Pérez Michielli
SEGUNDA EVALUACIÓN
 Elija un film, un texto literario o alguna otra producción narrativa en la que se despliegue y pueda ser recortada una singularidad en situación. En caso de elegir una creación cinematográfica, la misma debe haber sido realizada entre el año 2005 y el presente (salvo condiciones excepcionales, las cuales deben ser autorizadas por el docente a cargo de la comisión de trabajos prácticos).
 En ese recorte, escoja a un sujeto que tome una decisión comparable, en términos teóricos, a la de Ibbieta, el personaje del cuento “El Muro” de J. P. Sartre.
 Analícela ubicando sus coordenadas en los tiempos lógicos del circuito de la responsabilidad y explicitando la hipótesis clínica que establezca respecto de qué debe responder el sujeto, en términos de responsabilidad subjetiva.
 Incluya las referencias relativas a las categorías de necesidad y azar, así como a las de culpa y responsabilidad.
 Articule con las categorías trabajadas a propósito de: la ética como horizonte en quiebra; el acto ético; lo universal-singular; la moral de lo particular y – si resulta pertinente – el efecto particularista.

El texto literario que he elegido para realizar el trabajo se titula “La intrusa”. Es un cuento de Jorge Luis Borges que cuenta la historia de dos hermanos enamorados de la misma mujer. Transcurre en una localidad del sur del Gran Buenos Aires, a fines del siglo XIX. A continuación expondré una síntesis:
“En el cuento se relata la historia de los hermanos Nilsen a quienes el barrio les temía ya que tenían fama de forajidos, bandidos y, de vez en cuando, apostadores.
Estos hermanos eran muy unidos, sin embargo cierto día, el mayor de ellos -llamado Cristian- llevó a vivir a la casa que ellos compartían, a una mujer llamada Juliana Burgos. Juliana era, por momentos una sirvienta, pero en muchas otras ocasiones lucía en las fiestas del barrio “horrendas baratijas” con las cuales Cristian Nilsen la había colmado. Y en un barrio como aquél, modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, Juliana, no era mal parecida.
Eduardo, el menor de los hermanos, los acompañaba al principio. Tiempo después emprendió un viaje supuestamente por algún negocio y a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino. De todas maneras, esa muchacha no le duró demasiado, ya que pasados pocos días, la había echado.
A partir de ese suceso, Eduardo se volvió más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristian.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristian atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristian le dijo a Eduardo:
- Yo me voy a una farra en lo de Farias. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, úsala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristian se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana -que era una cosa- montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del barrio. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban, razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristian solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, mas allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Serían las cinco de la mañana cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristian cobró la suma y la dividió después con el otro”.

Es a partir de este relato que trataré de dar respuesta a la consigna propuesta.
En principio, en este trabajo se tratará de reconocer la responsabilidad subjetiva aquella que interpela a un Sujeto, quien debe o puede dar “respuesta”, responder por su acto. Para ello el enfoque estará planteado desde el menor de los Nilsen, Eduardo.
Tratando de introducir el circuito de la responsabilidad, ubicaré en el tiempo 1 el haber aceptado la presencia de Juliana en la casa. Para Eduardo esto fue un hecho que hubo de aceptar como si no le quedara otra alternativa, ya que Cristian tomó su decisión sin consultar. De todos modos, al no levantarse en contra de la presencia de la muchacha en su casa, podemos decir que aceptó. Asimismo, Juliana era “una cosa” que sólo se reducía a satisfacción sexual para su hermano, por lo que el suceso no cobraba mayor importancia.
Sin embargo las cosas no se dieron de esa manera, porque la presencia de la muchacha comienza a generar efectos imprevistos: Eduardo ya no es el mismo. Eduardo se ha vuelto más hosco, se emborracha en todo momento y ya no se da con nadie. El cambio comportamental en el menor de los hermanos es un indicador de que la acción del tiempo 1 no se agotó allí. Y que, por el contrario, nos ha llevado más acá o más allá de lo que esperábamos –al decir del profesor Fariña-. La mujer ya no era para Eduardo un mero objeto de satisfacción, porque ahora Eduardo estaba enamorado de ella.
A partir de estos hechos podríamos situar como tiempo 2, el momento en el cual Cristian le ofrece a Eduardo que “haga uso” de Juliana. Siguiendo a Oscar D’Amore sabemos que dado este tiempo 2 -el de la interpelación- la ligadura al tiempo 1 es ya una obligación a responder a esa interpelación. La interpelación implica ya una deuda por la que hay que responder (en este caso la respuesta es particular). El hecho de que su hermano le haya ofrecido a él su propia mujer, lo compele a Eduardo a tomar una decisión sobre su futuro proceder: ¿qué hará Eduardo con la “mujer” de su hermano, de la cual él también está enamorado? ¿Qué hará con esa proposición que le deja su hermano antes de partir “a la farra”? Y por último, aunque no por eso menos importante, ¿qué hará con todo eso que hasta entonces lo mantenía tan unido a su hermano mayor? La interpelación subjetiva se pone en marcha cuando la Ley simbólica del deseo, obliga a retornar sobre la acción.
Eduardo, en un primer momento aceptó (como he mencionado anteriormente, el que haya callado y no haya expresado desacuerdo puede tomarse como una aceptación de su parte) a Juliana en su casa. La aceptó, pero como mujer/propiedad de su hermano. Luego se enamoró de ella, pero de alguna manera no se permitió avanzar, no dejó que ese sentimiento saliera a la luz por respeto a su hermano: era la mujer de Cristian, él la “había conseguido”. La culpa no lo dejaba avanzar. La culpa es el soporte particular que permite dar cauce a la responsabilidad subjetiva, que representa la dimensión singular de la ética. En el sentido lógico de que lo universal-singular no se sostiene como tal sino por su relación particular, la culpa es necesaria, “es una condición del circuito de la responsabilidad -a decir de D’Amore-; es la culpa la que ob-liga a responder ”. Vemos en la forma proceder de Eduardo que no se muestran indicios de que haya algún asomo de esta culpa condición necesaria de la responsabilidad, más bien se mueve en un campo de “desculpabilización” justificada por la sumisión a las órdenes de su hermano (Cristian ordena, Eduardo acata) y la cultura reinante en ese entonces. He marcado que el tiempo 2 cuestiona, por un lado, la forma en cómo se ubicará Eduardo respecto de Juliana pero, por otro, lo interpela acerca de cómo se encuentra posicionado –desde hace tiempo- en relación a su hermano. Y ahí se hace visible su posición obediente o sumisa. Cristian, en tanto hermano mayor, aparece en esta historia como un ordenador de la vida de su hermano ya que no se ve que ninguna decisión provenga de Eduardo. Otra vez digo: Cristian ordena, Eduardo acata; Cristian alza la voz, Eduardo calla. ¿Podemos entonces pensar la actitud evitativa como una manera de Eduardo de desresponzabizarse, abandonándose a las decisiones de su hermano mayor? Ya explicaré a qué me refiero con “actitud evitativa”.
En un segundo momento las cosas han cambiado. “La interpelación subjetiva es la puesta en marcha del circuito de responsabilidad subjetiva. Luego la culpa “ob-liga” a una respuesta ad hoc a la interpelación; es decir, dado el tiempo 2 que es el tiempo de la interpelación en el circuito, se funda en su resignificación el tiempo 1, facilita una respuesta que aunque no es considerada todavía tiempo 3 –aquél de la responsabilidad subjetiva- responde a la interpelación” . La interpelación, en este caso, exige una respuesta por parte de Eduardo. El menor de los hermanos elige la evitación. Podría preguntárseme: “¿Eduardo eligió una respuesta evitativa?”, para luego, de algún modo reprochárseme: “Eduardo estuvo con Juliana, los hermanos a partir de entonces comenzaron a compartir a aquella mujer”. Sin embargo, yo sigo sosteniendo la respuesta de Eduardo fue evitativa, recordemos que “Entre ellos, los hermanos, no pronunciaban el nombre de Juliana ni siquiera para llamarla...”; y, finalmente, donde encontramos, a mí criterio, la “máxima” conducta evitativa es en el momento en que la vende a un prostíbulo. Junto con su hermano “organizan la venta”. Esta venta se realiza, y de ese modo se evita, el tener problemas con su hermano al que había estado tan unido hasta entonces. El acto llevado a cabo intenta mantener el orden vigente entre los dos hermanos, no traicionar a Cristian (aunque, paradojalmente si se quiere, de esa forma se traiciona a sí mismo porque cede en su deseo). Si Eduardo no hubiese aceptado aquellos acuerdos propuestos por su hermano se hubiera generado un punto de quiebre entre ellos.
Hasta aquí hemos desarrollado los dos primeros tiempos en el circuito de la responsabilidad; sin embargo, no me es posible ubicar, en este cuento, el tiempo 3. Es decir, un lugar en donde el sujeto se reubique subjetivamente a partir de la interpelación del tiempo 2.
A partir de lo hasta ahora descripto, me gustaría intentar esbozar la hipótesis clínica. La mujer que ahora vive con ellos no le plantea exigencias a Eduardo porque está colocada en un lugar de objeto de satisfacción sexual –primero para su hermano, luego para ambos-: es una cosa. Además, lo reafirma en su lugar de “macho” tan característico de la época . Por este motivo es que los problemas aparecen para Eduardo cuando comienza a tener sentimientos por la joven. Por lo mismo, aun con los sentimientos que tenía por ella, elige “usarla”. De haberle dado un lugar de mujer a Juliana, se hubiera puesto él mismo en falta por no estar a la altura de los hombres de esa sociedad. No es ese el lugar que un hombre de esa época daba a una mujerzuela. No olvidemos que el estar enamorado de ella lo humillaba. Podríamos, entonces, pensar que se juega aquí algo del orden la necesidad representada por las costumbres machistas de esa época, donde a un hombre no se le permitía demostrar debilidad ante una mujer de poca clase. El machismo como un elemento de superioridad con su consecuente control social y explotación sexista. Tal como lo mencionó el profesor Fariña en su clase teórica , la necesidad hace referencia a los hechos que existen por fuera del designio humano. Es evidente que Eduardo no podía modificar las concepciones reinantes en su sociedad por aquella época. Él formaba parte de esa cultura.
Define también Fariña en su texto “Responsabilidad: entre necesidad y azar”, al azar como “los eventos ajenos al orden humano pero que escapan a la égida de necesidad. Coincidencia, casualidad, suerte”; y en nuestro cuento podríamos pensar que fue el azar el que hizo que Cristian conociera a Juliana –justo a esa mujer-, y que la eligiera a ella para llevarla a vivir a su casa. No cualquier mujer podría haber despertado todos los sentimientos que estuvimos analizando en Eduardo. Tampoco en Cristian, en efecto, ninguna de las mujeres anteriores lo hizo.

Agustina D´Aquila Urtubey
DNI 29.502.437

Bibliografía consultada
 Borges, J. L. (1995): La intrusa. En El informe de Brodie. Emecé Editores.
 D’Amore, O. (2006): Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva.
 Michel Fariña, J. J. (1998). Lo universal-singular como horizonte de la ética. (Cap. IV). En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
 Michel Fariña, J. J. Responsabilidad: entre necesidad y azar. En http://www.psi.uba.ar/academica/carrerasdegrado/psicologia/informacion_adicional/obligatorias/071_etica/index.htm
 Mosca, J. C. (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
 Salomone, G. Z. (2006): El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva.



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