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Universidad de Buenos Aires
Facultad de Psicología

Cátedra I: Fariña, Juan Jorge Michel

Película: La lengua de las mariposas

Parcial Domiciliario

Materia: Psicología Ética y Derechos Humanos

Comisión: 6

Profesora: Levy Daniel, Gabriela

Alumnos:
Gilles, Florencia L.U. 334198040
florgilles@hotmail.com

Villarboito, Ana Laura L.U: 325756930
a_villarboito@hotmail.com


1. Tomando en cuenta el comentario sobre el film: ¿Cuál es el personaje sobre el cual se centra el análisis de la responsabilidad subjetiva? ¿Propone el autor alguna hipótesis al respecto? En caso afirmativo, explicítela consignando los indicadores

2. Sugiera el circuito de responsabilidad (tiempos lógicos) que organizan la situación.

3. Establezca los elementos de azar y necesidad presentes en la situación, consignando los indicadores respectivos.

4. Si corresponde, establezca las figuras de la culpa que aparecen, estableciendo su relación con la hipótesis sobre la responsabilidad subjetiva. Consigne en caso que exista alguna relación con la responsabilidad jurídica.

5. Compare conceptualmente el caso presentado con el de Ibbieta (cuento “El muro”, de Jean Paul Sartre).

1.
Para comenzar sería pertinente ubicar primero de qué sujeto estamos hablando, con qué lente estamos mirando; y, a partir de allí, el modo en que confrontamos al sujeto al campo de la responsabilidad.
Si definimos responsabilidad con la voz del diccionario, sería de la siguiente manera: “Obligación moral que se tiene a consecuencia de haber o haberse cometido una falta. Responsabilidad moral: imputabilidad de un acto moralmente bueno o malo a su autor, considerado como su causa libre de haberlo querido y realizado.” Encontramos así como elemento necesario el haber cometido una falta, y adicionalmente la voluntad del autor, de haberlo querido y realizado. Es decir, el sujeto es conciente de la falta, y por eso, responsable.
Desde el plano jurídico, el concepto de responsabilidad encierra también algo de este criterio, la responsabilidad tomada desde el terreno de la conciencia; y a su autor, el responsable, en tanto sujeto autónomo. Sujeto Autónomo es quien tiene la capacidad de ser responsable de sí mismo, y con eso, hacerse responsable de sus actos. Las faltas cometidas pasan a ser producto de su propia voluntad e intención; y así el Sujeto Autónomo es imputable por definición. Algunas entidades no tienen clasificación jurídica que les permita responder, hacerse responsables, y con eso no hay tampoco posibilidad de sujeto. En este plano se dejan por fuera distintas personas a las que no se las considera responsables por distintos motivos, como por ejemplo: obedientes, locos, niños. Ahora bien, ¿qué plantea la autora cuando ubica la responsabilidad subjetiva de uno de los personajes? No se trata de una responsabilidad en el plano de lo jurídico, ni de moral. No se cuestiona si está bien o está mal el acto. No se pone en discusión si el personaje en cuestión infringe la ley. Responsabilidad subjetiva implica otro concepto, y por eso, anticipábamos, es importante reconocer con la lente que se está mirando. La responsabilidad subjetiva confronta al sujeto con una intencionalidad que desconoce, con una voluntad que se le escapa a la conciencia, y como tal la siente ajena; se trata del sujeto del Inconciente, quien no puede dar cuenta de aquel deseo que desconoce, pero de ello el sujeto es responsable, en términos subjetivos. De todos modos, es importante considerar que esta responsabilidad subjetiva no lo hace al sujeto imputable en el campo de lo moral, ya que esta responsabilidad se está jugando en otro plano que es el del Inconciente, de este modo el sujeto resulta siempre imputable, pero en el plano de lo ético.
Habiendo ubicado ya este concepto, entonces, podemos señalar que la autora centra el análisis de la responsabilidad subjetiva en Moncho. Ella plantea que “Sólo puede haber elección si hay opciones, sólo puede haber responsabilidad si hay, aunque más no sea, un resquicio de libertad” , y el niño con sus palabras tilonorrinco y espiritrompa, palabras que le enseñó Gregorio, su maestro, no hace más que denunciar su libertad. Es en ese momento en que el niño grita algo distinto a todo eso que suena, organizado, que hace tanto ruido, que todos dicen. Tilonorrinco y espiritrompa lo hacen libre, y desde ese momento, también, responsable subjetivamente. Moncho ahí está pudiendo elegir entre: ¿su familia?, ¿su maestro? Allí se plantea el dilema. Allí es donde el sujeto realiza un acto, más allá de su edad, de su “inocencia”, él toma las riendas, se hace responsable y así evidencia su libertad. Podríamos suponer que su acto no cuenta con la intención explícita del sujeto, pero al hacerlo, al gritar lo que su maestro le enseñó, va más allá de lo que se suponía que era su deber hacer; realiza lo que todos esperan de él y algo más.

2.
En relación al Circuito de la Responsabilidad, diremos que se puede dividir en 3 momentos, aunque con 2 de ellos es suficiente para que este quede constituído.
“En un primer momento las motivaciones inconscientes se expresan más allá de la voluntad e intención del yo. El yo desconoce que los olvidos reiterados son el signo de un conflicto que el sujeto no se dispuso a resolver por la vía de la decisión.” Hay algo de esa motivación inconciente que puede ser interpelado, tanto por el sujeto como por otro, que marque allí un punto de inconsistencia del sujeto, que “llama al sujeto a responder”. Este sería el segundo tiempo del Circuito de la Responsabilidad. El sujeto es dividido por la palabra, irrumpe algo que desorienta al yo. Esta interpelación, produce una resignificación del primer tiempo.
“El sujeto en tanto se sabe culpable; sabe que eso le pertenece(…)Se abre así el campo de la responsabilidad subjetiva.” La pregunta que debemos hacernos es al respecto de la respuesta que da el sujeto a esa interpelación. Si realiza un acto, mediante el cual da cuenta de su falta, sin rechazarla o desconocerla, eso lo podríamos manifestar como un tercer tiempo.
En la película, ubicamos el primer tiempo en el momento en que Moncho grita: ¡Tilonorrinco, espiritrompa!. Luego, es el mismo sujeto quien interpela su accionar, dándole sentido a sus palabras. A raíz de esto, el accionar del sujeto cambia, lo vemos detener su corrida al camión que llevaba a las personas junto con su maestro y también dejar de arrojarle piedras. A su vez, la última imagen que se observa en la película es el cambio en la cara de Moncho. Una mirada como de culpa. Esto implicaría al tiempo 3 del circuito de la responsabilidad, mostrando que algo de esa resignificación se produjo en él.

3.
El Azar implica incertidumbre, ya que no depende de saberes previos, no hay esperables, uno no se puede anticipar. Es algo ajeno al sujeto, irrumpe por fuera del encadenamiento causal. El azar no deja lugar para la ética. Al contrario, la determinación necesita de una respuesta de un esperable, y esto lleva aparejado el hecho de que no haya lugar allí para el sujeto. Esto es así porque el sujeto aparece en acto, y la necesidad necesita de todo eso que suena. No hay lugar para la creación, para lo nuevo. No hay lugar para la libertad. Sin libertad no hay creatividad, sin creatividad no hay aquello que irrumpe, que hace acto, que implica responsabilidad, ser responsable del propio deseo que subyace al acto. El efecto sujeto, la responsabilidad subjetiva, se produce en una grieta entre la necesidad (determinación) y el azar.
En cuanto a la necesidad. En la película lo vemos reflejado sumamente en la necesidad de mentir; obligar a Moncho a mentir sobre el traje que su padre le regaló al maestro, mentirle a los hombres que vienen a buscar a su padre. Hay necesidad, para salvar a su familia. Moncho también se ve implicado en esta necesidad de salvar a su familia, en la plaza, cuando su madre lo convoca a gritar, a insultar a los hombres, especialmente al maestro.
La necesidad también se ve reflejada en su padre, siempre refiriéndonos a la necesidad de salvar a la familia y no ser descubierto. Es por ello que se esconde cuando lo vienen a buscar y también reacciona con insultos en la plaza frente a las personas que antes él consideraba allegadas.

4.
Como ya hemos especificado anteriormente, la culpa es la que conlleva la responsabilidad subjetiva de un sujeto frente a su accionar, el cual en su momento no reconocía como propio. La culpa lo deja en falta y lo obliga a responder.
La primer figura de culpa que ubicamos es Moncho. La culpa produce en él el efecto de responder, por lo que lo deja en el campo de la responsabilidad subjetiva, pudiendo así brindar otra respuesta además de la que se esperaba de él.
Otra figura de culpa que podemos ubicar es al padre de Moncho, pero en una posición muy distinta a la de este último. Él llora mientras escupe insultos hacia el maestro y hacia los otros. Pero no produce acto, no se responsabiliza, se queda en un tiempo de acción de insultos, la culpa lo interpela y se hace llanto, pero no hay producción, no hay acto reparador. El padre queda atrapado en la legalidad moral que implica gritar para “salvar” a su familia, y salvarse él. Aquí no adviene el sujeto, no hay implicación, el padre de Moncho se refugia en la angustia y allí permanece.

5.
En el cuento de Sartre, observamos como el personaje Ibbieta debe comunicarles el paradero de su compañero Gris a los oficiales que lo tienen encarcelado. Ante esta situación y no tener nada que perder, decide confrontarlos burlándose de ellos y les “miente”, o por lo menos eso cree él, diciéndoles que su compañero se encuentra en el cementerio. Luego de esto, se encuentra con la interpelación de su accionar. Es allí donde el sujeto se quiebra, se produce una destotalización del mismo. Esto resignifica su accionar. Ibbieta se encuentra comprometido en la respuesta que dio; él se dispone en el campo del Otro, pero al hacerlo brinda exactamente la respuesta que esperaban de él. Él es responsable de lo que dice y hace. Aquí no se produce un acto, se encuentra con una verdad que era desconocida para él mismo. Por lo que tampoco hay responsabilidad subjetiva. Esto nos permite inferir que no hubo efecto de la culpa de obligar a responder, a hacerse responsable y asumir que hubo una intención, una voluntad Inconciente que desconoce, y que lo hace, en efecto, responsable.
Desde otro lado, Moncho es interpelado por su accionar, y ante eso responde. Allí hay sujeto. Allí Moncho declara su libertad, haciéndose subjetivamente responsable, asumiendo su participación Inconciente en la acción primera. Evita atribuirlo al azar, y no da causas deterministas. Asume su responsabilidad y se asume como sujeto del Inconciente, como productor de sentido, como creador de acto.

La lengua de las mariposas
por Ormart, Elizabeth


Título original: La lengua de las mariposas
José Luis Cuerda / España / 1999

Una recorrida por las calles de Buenos Aires permite vislumbrar el ocaso de algunas costumbres porteñas. Se van perdiendo el paseo nocturno por el barrio y la función de matinée. Los cines más tradicionales de la ciudad se han ido extinguiendo, y los pocos que quedan son refugio de películas poco taquilleras. Algunas salas de la Avenida Corrientes se reservan hoy "para intelectuales". Escondida en uno de ellos me esperaba la función de "La lengua de las mariposas".
Una pléyade de fotos en blanco y negro anunciaba una película de otra época. Fotos que bien habrían podido ser de nuestros abuelos. El film se desarrolla en España, durante la década del 30, y trata un episodio en la vida de Monso, el pequeño hijo de un sastre. Un niño asmático que protegido bajo el ala de su madre, hace su arribo por primera vez al colegio. El "gorrión" como lo llama su madre, llega al colegio con la explícita certeza de que el maestro le pegaba a sus alumnos. Pero ese viejito a punto de jubilarse estaba muy lejos de ser una amenaza. Pronto el anciano descubrió que detrás de esa postal de niño endeble se escondía un muchacho inteligente, inquieto y preguntón.
El espacio de aprendizaje que le brinda el maestro permite que se abra para Monso un mundo nuevo. Deja atrás su pasado de monaguillo y empieza a interesarse por la naturaleza y el amor. Unido a su compañero del colegio observa la cópula de los amantes en el campo. Comienza a formular preguntas a su hermano mayor y a su maestro. El maestro le habla acerca de pájaros exóticos que regalan a la hembra una orquídea. En su ávida exploración, el niño va ganando confianza en su vocación epistemofílica. Rápidamente se transforma en un pequeño más seguro de sí.
Su padre esconde algunos secretos: una hija ilegítima y ciertas preferencias políticas. Un póster de la República preside su taller. Cuando conoce al maestro le habla de su pasión republicana y en tanto recibe su aprobación, le promete regalarle un traje nuevo. La simpatía por el maestro de Monso y los progresos del niño dejan a los padres más tranquilos. Aun a la madre, que de sólo oír rumores sobre el ateísmo del maestro, pone en duda su integridad moral.
El maestro no habla de política sino de libertad. La libertad es la bandera que esgrime cada día en sus clases. Libertad de movimiento para sus alumnos, libertad de expresión, libertad de indagación. Este amante de la libertad predica con su práctica lo que otros no dudan en proclamar con palabras.
Una a una, las lecciones se vuelven el néctar del pequeño Monso. Una tras otra, las tardes en el prado identificando mariposas con la red que le regaló su maestro. Las mariposas, enseñaba el anciano, poseen una lengua enrollada que despliegan para llegar a lo profundo de la flor y extraer de allí el néctar; a cambio de ese servicio que le brindan las flores, las mariposas esparcen el polen. El paciente maestro derrama su néctar de sabiduría esperando que los niños lo tomen. Con la misma libertad de las mariposas. Y la más brillante mariposa es este niño en quien el maestro cifra todas sus esperanzas.
Una mañana llega el discurso de su jubilación. Todo el pueblo está listo para la ocasión y escucha el agradecimiento del alcalde. El maestro enuncia su mayor esperanza: que al menos una generación crezca en libertad; con esa promesa el futuro estará asegurado. Pero al tiempo que profiere estas palabras, el más rico granjero del pueblo; que no deja de quejarse de la república, se levanta con su familia y se retira ofendido ante el discurso del viejo. El pueblo lo ignora y continúa el festejo. El pequeño Monso se apena por la pérdida de su fuente inagotable, pero el maestro sigue acompañándolo en la aventura de conocer y le anticipa que pronto volverá a la escuela un microscopio para ver la famosa lengua de las mariposas.
Pero el fin de la República está cada vez más cerca. Cuando la radio del cantinero del pueblo trae el nefasto anuncio, el triste grito de sálvese quien pueda, llega al hogar de Monso. Los republicanos acuden al padre de Monso para intentar una defensa del pueblo. Pero éste se esconde tras la falda de su mujer, mientras ésta miente su presencia en la casa. La cartulina de la República junto con el carnet de afiliación son quemados por la madre, presa del pánico. La mujer fija las pautas; y como siempre ha sucedido, el padre asiente. El pequeño Monso es instruido: ¡Papá nunca le regaló un traje al maestro! Tras unas sacudidas el niño entiende la necesidad de la mentira. El pequeño gorrión devenido mariposa aprende a mentir, su padre siempre lo ha hecho.
¿Es que se puede exigir otra cosa a esta familia? Esa noche, desde la ventana los hermanos ven el allanamiento de las casas y el secuestro de los republicanos. A la mañana siguiente, vestidos de negro, como lo exigía la situación, la familia se dirige a la plaza. Todo el pueblo está allí para demostrar su adhesión al nuevo régimen. Los soldados conducen a los culpables de uno en uno, hacia un camión que los conducirá a su destino final. En la primera fila de los espectadores, la familia de Monso. Allí esta el sastre y su mujer vestidos para la ocasión. Allí esta Monso, con sus ojos abiertos, con sus ojos tan negros como el traje. La multitud grita ¡rojos!, ¡asesinos!, ¡ateos! Desfilan los rostros del alcalde, del músico que acompañaba al hermano de Monso en la banda. La madre azuza a su marido: ¡grita, que te escuchen! La mirada satisfecha del granjero adinerado acusa y legisla. ¿Quién se atreve a no gritar?
El último de los condenados, con su traje nuevo... el maestro. La mujer repite en el incansable oído de su marido: ¡grita!, ¡ahora!, ¡que te escuchen! El padre de Monso obedece, y con los ojos llenos de lágrimas escupe un ¡asesino! en la cara del maestro Ahora tú, Monso, decreta la madre. ¿Qué puede hacer este niño? ¿Puede ser responsable de sus palabras? ¿Puede traicionar a su maestro o a su madre?
Sólo puede haber elección si hay opciones, sólo puede haber responsabilidad si hay, aunque más no sea, un resquicio de libertad.
Si suponemos que el niño, por la etapa evolutiva que atraviesa, por el temor al castigo, o por solidaridad con su familia, no puede elegir; entonces, no tiene sentido plantearse un dilema ético alguno. Si consideramos, en cambio, que hay un pequeño margen para la libertad en el pequeño Monso, entonces la pregunta tiene lugar.
Monso grita ¡asesino!, ¡rojo! y con ello pone su vida y la de su familia a resguardo. Corre con otros niños el camión donde van los prisioneros y arroja piedras a los detenidos. Pero cuando Monso grita, su lengua deja salir algo más que insultos. Grita nombres técnicos que el maestro le enseñó, grita: tilonorrinco, espiritrompa. Grita la lengua de la mariposa. Sus gritos no responden solo al apremio de las circunstancias, sus gritos llevan un mensaje de libertad. Puede decir en la cara de los falangistas aquello que aprendió de su maestro. Algo más que ciencia. Hubo un maestro, que como el maestro zen [1], enseña el rechazo a todo sistema cerrado, el rechazo al dogmatismo, el rechazo al silencio. Un maestro que transmitió un deseo ineliminable.
Hubo libertad para Monso, libertad para decir algo más que el estribillo de insultos. Un pequeño margen, suficiente para la ética.
Suficiente para un acto creador. Un acto por fuera de los otros. Que supone un suplemento al rosario de imprecaciones. Que está más allá del temor y de la temeridad. Temeraria hubiera sido la decisión de oponerse frontalmente a los falangistas, una decisión precipitada. Desde el temor, los epitafios peyorativos hubieran alcanzado. Su madre le ordena grita, el niño teme perder el amor de su madre, teme el castigo. Temor y temblor. La tentación de dormir en los significantes del Otro. El temor radical de la decisión, o el amor de mi madre y la seguridad o un deseo más allá de ella pero no sin ella. La decisión no se retrasa ni se precipita, ocurre en el momento justo. El “Kairos”, el momento oportuno de la decisión es el momento del salto cualitativo, salto sin red, sin garante, sin coro de aprobación. Sólo antecedido por la angustia, definida por Kierkegaard como “ la realidad de la libertad como posibilidad antes de la posibilidad” [2]. La angustia es la antesala del acto y el vector de lo real, de ese objeto que causa.

Bibliografía
Jinkis, J. (1987). Vergüenza y responsabilidad. Conjetural, número 13. Editorial Sitio. Buenos Aires.
Ariel, A. 2001. Clase: La responsabilidad ante el aborto, dictada el 16 de junio en la Facultad de Psicología, UBA.
Mosca, J. C, (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
Freud, S. (1925). La responsabilidad moral por el contenido de los sueños. En algunas notas adicionales a la interpelación de los sueños en su conjunto. Obras completas. Tomo XIX, Amorrortu editores, 1984.
Alemán, J. (2003): Nota sobre Lacan y Sartre: El Decisionismo. En Derivas del discurso capitalista: notas sobre el psicoanálisis y política. Miguel Gómez Ediciones. Málaga.
Salomone, G. Z.: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
Ormart, Elizabeth: La lengua de las mariposas (comentario).



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