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Universidad de Buenos Aires
Facultad de Psicología

Psicología Ética y Derechos Humanos

17_Maria Luciana Sevilla_ Rebeca Luciano_ La lengua de las mariposas

Cátedra: Fariña

Comisión: 17

Docente: Carew Viviana

Alumnas: María Luciana Sevilla L.U: 269321200
Rebeca Luciano L.U: 316172440

CONSIGNA DE EVALUACIÓN

1. Tomando en cuenta el comentario sobre el film: ¿Cuál es el personaje sobre el cual se centra el análisis de la responsabilidad subjetiva? ¿Propone el autor alguna hipótesis al respecto? En caso afirmativo, explicítela consignando los indicadores.

2. Sugiera el circuito de responsabilidad (tiempos lógicos) que organizan la situación.

3. Establezca los elementos de azar y necesidad presentes en la situación, consignando los indicadores respectivos.

4. Si corresponde, establezca las figuras de la culpa que aparecen, estableciendo su relación con la hipótesis sobre la responsabilidad subjetiva. Consigne en caso que exista alguna relación con la responsabilidad jurídica.

5. Compare conceptualmente el caso presentado con el de Ibbieta (cuento “El muro”, de Jean Paul Sartre).

En todos los casos, articular con las referencias bibliográficas del Módulo 5 y si el escenario fuera pertinente con las del módulo 4.

“La lengua de las mariposas”, impactante película dirigida por José Luis Cuerda que permite vislumbrar los acontecimientos vividos durante la década del 30 en España. Es un film basado en el libro escrito por Manuel Rivas que deja en su final un sabor bastante amargo y un estado de angustia.
Cuesta comprender el estado de terror al cual fueron expuestos los personajes del film, se plantea la inquietud de cuáles serían las consecuencias psíquicas sobre los sujetos colocados en regímenes totalitarios amenazadores de muerte. Se puede entender que se instaura un sistema paranoico, de perseguidos y perseguidores, donde los falangistas persiguen a los republicanos, donde cada vecino mira con desconfianza al de al lado y cada cual delata al otro.
Éste es el clima social amenazante en el que se desarrolla el tramo final de la película y en el que todos los personajes están sumergidos.
En este lapso, todo ocurre, todo se produce dentro de una situación de terror, donde para muchos de los participantes ya no rigen los principios éticos y morales que habitualmente rigen las relaciones humanas, y según palabras de Piera Aulagnier: “donde el poder desempeña el papel de una fuerza alienante que amenaza efectivamente de muerte a todo opositor”.
Se puede considerar que este elemento es un indicador de necesidad que opera, al enfrentar a cada uno de los seres ante la disyuntiva de “la vida o la muerte”, como un factor alienante. Colocados en esta situación, (siguiendo con Piera Aulagnier) “Frente a este conjunto de intimaciones, al Yo prácticamente no le queda nada más que elegir el único camino que se le ofrece y que, excepto para una minoría, es el único que queda abierto para él: atribuir un valor de certeza al discurso que la fuerza alienante pronuncia sobre la “cosa” sociedad. Este discurso desempeña el mismo rol que en la psicosis juega la interpretación fantasmática de la realidad hallada. Tiene la misma fuerza, la misma certeza, el mismo carácter de no-cuestionable. Es la forma extrema de la idealización del saber imputado a la fuerza alienante. El sujeto no sustituye a la realidad por su fantasía ni por una reconstrucción delirante, sino exactamente por el discurso dicho por el otro. La realidad es tal como ese otro la define y el sujeto es conforme a la definición que ese otro da” .
De modo que los personajes de la película están sometidos a un proceso de terror con consecuencias sobre su psiquismo.
Tomando en cuenta el comentario sobre el film antes citado, se puede suponer que la autora, Elizabeth Ormart, centra su análisis de la responsabilidad subjetiva sobre el personaje de Monso, quien compelido por su madre, grita a su querido maestro: “¡asesino!, ¡rojo!”, corriendo junto a otros niños detrás del camión, donde llevan detenido a su maestro junto con otros prisioneros, arrojándole piedras a los mismos.
La autora del comentario considera que el niño, dependiente del amor y aprobación materna y por lo tanto temeroso del castigo y desaprobación de la misma es conminado a realizar una acción que lo interpela como sujeto, de modo que además de expresar obedientemente los insultos que le ordena su madre, el niño expresa otras palabras que representan la particularidad del vínculo que se construyó entre Monso y su maestro, palabras como “¡tilonorrinco!, ¡Iris! “, a través de las cuales evidencia el estrecho margen de libertad subjetiva de Monso, el cual, permite hipotetizar, que posibilitará un acto creador y un espacio suficiente para la ética, diciendo en la cara de los falangistas, aquello que aprendió de su maestro, que va más allá de la ciencia, que representa un espacio de libertad, de resistencia, de oposición a las imposiciones, ya sea que vengan de la madre o desde cualquier poder.
Monso puede responder con una obediencia incondicional a su madre u ofrecer un espacio de resistencia, no sólo ante una autoridad injusta, representada por su madre que le exige que mienta y que no respeta sus sentimientos por el maestro, sino también ante un poder aterrador representado por los falangistas.
Monso no repite “exactamente el discurso dicho por el otro “…Monso también dice aquello que representa la antítesis del discurso del otro. Repite palabras que denotan la libertad que le transmitió el maestro, el amor que él siente por el mismo, el placer de saber, de aprender, que descubrió en el vínculo con él. Por un lado, actúa obedeciendo a su madre, personaje a su vez compelido a renegar de sus ideas y sentimientos hacia el maestro de su hijo, repitiendo las palabras que ella le dicta: “¡asesino!, ¡rojo!”. Pero por otro lado, la desobedece, en un acto singular, asumiendo y responsabilizándose por lo que siente por su maestro, dice las palabras que denotan todo lo que significó su maestro para él, aquel que le despertó deseos de saber, aquel que lejos de ser un asesino operó como un analista que le permitió el acceso a su propios deseos.
Si Monso, este niño tan inteligente y audaz que apenas está saliendo del ala de su madre, fuese hipotéticamente interpelado jurídicamente, no cabría ninguna duda que queda exento ante la interpelación de responsabilidad jurídica. En palabras de Juan Carlos Mosca: “Irresponsable es el niño, o el insano, o el “obediente” (Obediencia Debida) o todo aquel sometido a algún Otro, sea bajo la forma del azar, las determinaciones del destino o la autoridad”
Ahora bien, respecto de la otra dimensión: la responsabilidad subjetiva, Monso deja claro que no es el mismo niño el del comienzo que el que se muestra hacia el final. A lo largo del film permite contemplar su crecimiento desde el primer encuentro con el maestro en donde se muestra frágil y susceptible, hasta el final en donde se muestra seguro de si mismo y fiel a su amigo maestro. Se podría ubicar un tiempo 1, representado por el momento en que Monso, compelido por los elementos de necesidad, sintiendo el terror de sus padres y de toda la situación en la que está involucrado, acepta el discurso de la madre, reniega de lo que sabe acerca de su maestro, reniega de lo que siente por el mismo y pronuncia, llevado por el deseo de ese Otro significante (su mamá, inundada por el miedo) lo que le ordenan que debe decir para salvarse y salvar a sus padres.
Y aunque no certeramente, inducimos que en esa tierna mirada hacia su maestro viéndolo partir se dá el tiempo 2, una interpelación hacia sí mismo, entendida ésta como que “implica una deuda por la que hay que responder” . “La interpelación subjetiva se pone en marcha cuando la Ley simbólica del deseo ob-liga a retornar sobre la acción” . Esto es, cuando creemos que él mismo se intercepta de su sentimiento de culpa, que surge, y en nuestro medio, bien sabemos, cuando se escapa el deseo. Siempre que de cede en el deseo hay culpa. Y justamente es esto lo que inferimos en Monso, que tras haber diseminado esas palabras contra quien había sido su maestro, se pone en marcha un tiempo 3, representado por el acto ético de hacerse cargo de lo que significa el maestro para él, Monso agrega a sus palabras obedientes y acatadas, aquellas que contrarían “el discurso del otro”, que por lo contrario denotan el significado auténtico de todo lo vivido y aprendido con su querido maestro. Tras esa corredera incansable detrás del camión que se lo llevaba, Monso gritaba palabras simbólicas, singulares, que ponían en juego los universales que excedían toda ley por particular. En esas palabras, Monso le transmitía a su maestro que a pesar de la situación tan fachosa a la que se veía sometido, en él había un mensaje de libertad que se perpetuaría al mismo tiempo que a le permitía a él mismo resignificar el tiempo 1 diluyendo su sentimiento de culpa.
Respecto de los indicadores de necesidad involucrados en esta situación, o sea, aquellos que sujetan psicológicamente al niño a definir la situación según el discurso sostenido por la madre y el padre, que son los que representan la autoridad; se pueden considerar la presencia de los agentes falangistas; el advenimiento de un nuevo régimen al cual se adhieren o mueren, la presencia de los símbolos de autoridad tales como los uniformes y armas de los mismos; los factores de presión implícitos en la presencia y orden de su madre; la coacción representada por el ejemplo concretado por el padre que realiza obedientemente lo que su esposa le ordena y la percepción de la obediencia de los demás adultos y niños que insultan y corren tras el camión, arrojando piedras a los detenidos.
Tales indicadores de necesidad presionan para colocar al niño dentro de la definición establecida de la situación: “el maestro es un asesino, rojo, traidor, criminal, anarquista, comeniños “
Estas características de la situación operan como elementos de necesidad que reducen el cuestionamiento o conducen a un deterioro del juicio crítico.
Hay una orden explícita de acusar al maestro por parte de la madre, quien representa la autoridad legítima.
El niño obedece, evitando el castigo y la desaprobación materna.
Además, para un niño asumir actitudes y conductas parentales es un aspecto normal en su desarrollo, de modo que el niño también se identifica con su madre acusadora y con su padre obediente y acusador.
Otro indicador factible de señalar como necesidad está dado porque desde la situación aterrorizante no hubo ningún indicador de oposición que avivara en él la resistencia a realizar las acciones exigidas de acusación, insultar y apedrear: en la medida que los otros obedecen, se refuerza para Monso la definición de la situación en la cual la obediencia es necesaria
Si hubiese habido un disenso entre el padre y la madre por ejemplo, quizás el niño hubiera podido resistir la obediencia a la madre. El hecho de que hubiera habido desacuerdo entre ellos quizás hubiera posibilitado que el niño redefiniera la situación de otra manera y hubiera encontrado respaldo autorizado a expresarse de otra manera.
Los elementos de azar, podrían estar representados por la contingencia de estar simultáneamente Monso iniciando la escolaridad cuando aún el maestro sigue ejerciendo la docencia y contemporáneamente se desata la guerra civil española.
Los acontecimientos pudieron ser muy diferentes si no se hubieran concatenado azarosamente tales elementos.
Entre el film “La lengua de las mariposas”, de José Luis Cuerda que tiene como protagonista al pequeño Monso; y el cuento “El muro”, de Jean Paul Sartre que tiene como protagonista a Ibbieta se pueden establecer algunas similitudes. Aunque si bien las situaciones de éstos personajes difieren absolutamente en función de las edades de cada uno, comparten algunas semejanzas, ya que ambos son personajes que se encuentran instalados dramáticamente durante la guerra civil española, estando sujetos a situaciones de terror, colocados en una encerrona, donde la disyuntiva es la vida o la muerte, y están forzados a una elección obligada.
A Ibbieta lo enfrentan con la opción de que si delata al amigo él se salva y si no lo delata lo matan. Mientras que Monso se encuentra arrinconado entre acatar la orden de su madre vociferando palabras en contra del maestro, aceptando renegar de su verdad y de su amor por su maestro para salvarse y salvar a toda su familia, y la opción de autodeterminarse y afirmar su libertad exponiendo a todos a la muerte.
Al final Ibbieta ríe, podríamos pensar que los “insultos” (nombres técnicos que el maestro le enseñó) que Monso grita, son como esa risa que Ibbieta no contiene.
Ambos, tanto Ibbieta como Monso están colocados en una situación límite. Dentro de la cual, son muy pocos los sujetos, que pueden no conformarse al discurso del poder alienante.

Bibliografía

• Aulagnier, Piera:” Los destinos del placer”- Alienación-amor-pasión- ediciones Petrel, S.A.
• Salomone, G. Z.: El sujeto autónomo y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
• Calligaris, C.: La seducción totalitaria. En Psyché, 1987.
• Mosca, J. C. (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
• Freud, S.: (1925) La responsabilidad moral por el contenido de los sueños. En Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto. Obras completas. Tomo XIX, Amorrortu editores. 1984.
• D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
• Domínguez, M. E.: Los carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.

La lengua de las mariposas
Por Elizabeth Ormart
Comentario sobre el film de José Luis Cuerda

Una recorrida por las calles de Buenos Aires permite vislumbrar el ocaso de algunas costumbres porteñas. Se van perdiendo el paseo nocturno por el barrio y la función de matinée. Los cines más tradicionales de la ciudad se han ido extinguiendo, y los pocos que quedan son refugio de películas poco taquilleras. Algunas salas de la Avenida
Corrientes se reservan hoy "para intelectuales". Escondida en uno de ellos me esperaba la función de "La lengua de las mariposas".
Una pléyade de fotos en blanco y negro anunciaba una película de otra época. Fotos que bien habrían podido ser de nuestros abuelos. El film se desarrolla en España, durante la década del 30, y trata un episodio en la vida de Monso, el pequeño hijo de un sastre. Un niño asmático que protegido bajo el ala de su madre, hace su arribo por
primera vez al colegio. El "gorrión" como lo llama su madre, llega al colegio con la explícita certeza de que el maestro le pegaba a sus alumnos. Pero ese viejito a punto de jubilarse estaba muy lejos de ser una amenaza.
Pronto el anciano descubrió que detrás de esa postal de niño endeble se escondía un muchacho inteligente, inquieto y preguntón.
El espacio de aprendizaje que le brinda el maestro permite que se abra para Monso un mundo nuevo. Deja atrás su pasado de monaguillo y empieza a interesarse por la naturaleza y el amor. Unido a su compañero del colegio observa la cópula de los amantes en el campo. Comienza a formular preguntas a su hermano mayor y a su maestro. El maestro le habla acerca de pájaros exóticos que regalan a la hembra una orquídea. En su ávida exploración, el niño va ganando confianza en su vocación epistemofílica. Rápidamente se transforma en un pequeño más seguro de sí.
Su padre esconde algunos secretos: una hija ilegítima y ciertas preferencias políticas. Un póster de la República preside su taller. Cuando conoce al maestro le habla de su pasión republicana y en tanto recibe su aprobación, le promete regalarle un traje nuevo. La simpatía por el maestro de Monso y los progresos del niño dejan a los padres más tranquilos. Aun a la madre, que de sólo oír rumores sobre el ateísmo del maestro, pone en duda su integridad moral.
El maestro no habla de política sino de libertad. La libertad es la bandera que esgrime cada día en sus clases.
Libertad de movimiento para sus alumnos, libertad de expresión, libertad de indagación. Este amante de la libertad predica con su práctica lo que otros no dudan en proclamar con palabras.
Una a una, las lecciones se vuelven el néctar del pequeño Monso. Una tras otra, las tardes en el prado identificando mariposas con la red que le regaló su maestro. Las mariposas, enseñaba el anciano, poseen una lengua enrollada que despliegan para llegar a lo profundo de la flor y extraer de allí el néctar; a cambio de ese servicio que le brindan las flores, las mariposas esparcen el polen. El paciente maestro derrama su néctar de sabiduría esperando que los niños lo tomen. Con la misma libertad de las mariposas. Y la más brillante mariposa es este niño en quien el maestro cifra todas sus esperanzas.
Una mañana llega el discurso de su jubilación. Todo el pueblo está listo para la ocasión y escucha el agradecimiento del alcalde. El maestro enuncia su mayor esperanza: que al menos una generación crezca en libertad; con esa promesa el futuro estará asegurado. Pero al tiempo que profiere estas palabras, el más rico granjero del pueblo; que no deja de quejarse de la república, se levanta con su familia y se retira ofendido ante el discurso del viejo. El pueblo lo ignora y continúa el festejo. El pequeño Monso se apena por la pérdida de su fuente inagotable, pero el maestro sigue acompañándolo en la aventura de conocer y le anticipa que pronto volverá a la escuela un microscopio para ver la famosa lengua de las mariposas.
Pero el fin de la República está cada vez más cerca. Cuando la radio del cantinero del pueblo trae el nefasto anuncio, el triste grito de sálvese quien pueda, llega al hogar de Monso. Los republicanos acuden al padre de Monso para intentar una defensa del pueblo. Pero éste se esconde tras la falda de su mujer, mientras ésta miente su presencia en la casa. La cartulina de la República junto con el carnet de afiliación son quemados por la madre, presa del pánico. La mujer fija las pautas; y como siempre ha sucedido, el padre asiente. El pequeño Monso es instruido: ¡Papá nunca le regaló un traje al maestro! Tras unas sacudidas el niño entiende la necesidad de la mentira. El pequeño gorrión devenido mariposa aprende a mentir, su padre siempre lo ha hecho. ¿Es que se puede exigir otra cosa a esta familia? Esa noche, desde la ventana los hermanos ven el allanamiento de las casas y el secuestro de los republicanos. A la mañana siguiente, vestidos de negro, como lo exigía la situación, la familia se dirige a la plaza. Todo el pueblo está allí para demostrar su adhesión al nuevo régimen. Los soldados conducen a los culpables de uno en uno, hacia un camión que los conducirá a su destino final. En la primera fila de los espectadores, la familia de Monso. Allí esta el sastre y su mujer vestidos para la ocasión. Allí esta Monso, con sus ojos abiertos, con sus ojos tan negros como el traje. La multitud grita ¡rojos!, ¡asesinos!, ¡ateos! Desfilan los rostros del alcalde, del músico que acompañaba al hermano de Monso en la banda. La madre azuza a su marido: ¡grita, que te escuchen!. La mirada satisfecha del granjero adinerado acusa y legisla. ¿Quién se atreve a no gritar?
El último de los condenados, con su traje nuevo... el maestro. La mujer repite en el incansable oído de su marido: ¡grita!, ¡ahora!, ¡que te escuchen! El padre de Monso obedece, y con los ojos llenos de lágrimas escupe un ¡asesino! en la cara del maestro Ahora tú, Monso, decreta la madre. ¿Qué puede hacer este niño? ¿Puede ser responsable de sus palabras? ¿Puede traicionar a su maestro o a su madre?
Sólo puede haber elección si hay opciones, sólo puede haber responsabilidad si hay, aunque más no sea, un resquicio de libertad.
Si suponemos que el niño, por la etapa evolutiva que atraviesa, por el temor al castigo, o por solidaridad con su familia, no puede elegir; entonces, no tiene sentido plantearse un dilema ético alguno. Si consideramos, en cambio, que hay un pequeño margen para la libertad en el pequeño Monso, entonces la pregunta tiene lugar. Monso grita ¡asesino!, ¡rojo! y con ello pone su vida y la de su familia a resguardo. Corre con otros niños el camión donde van los prisioneros y arroja piedras a los detenidos. Pero cuando Monso grita, su lengua deja salir algo más que insultos. Grita nombres técnicos que el maestro le enseñó, grita: tilonorrinco, espiritrompa. Grita la lengua de la mariposa. Sus gritos no responden solo al apremio de las circunstancias, sus gritos llevan un mensaje de libertad. Puede decir en la cara de los falangistas aquello que aprendió de su maestro. Algo más que ciencia.
Hubo un maestro, que como el maestro zen [1], enseña el rechazo a todo sistema cerrado, el rechazo al dogmatismo, el rechazo al silencio. Un maestro que transmitió un deseo ineliminable.
Hubo libertad para Monso, libertad para decir algo más que el estribillo de insultos. Un pequeño margen, suficiente para la ética.
Suficiente para un acto creador. Un acto por fuera de los otros. Que supone un suplemento al rosario de imprecaciones. Que está más allá del temor y de la temeridad. Temeraria hubiera sido la decisión de oponerse frontalmente a los falangistas, una decisión precipitada. Desde el temor, los epitafios peyorativos hubieran alcanzado. Su madre le ordena grita, el niño teme perder el amor de su madre, teme el castigo. Temor y temblor.
La tentación de dormir en los significantes del Otro. El temor radical de la decisión, o el amor de mi madre y la seguridad o un deseo más allá de ella pero no sin ella. La decisión no se retrasa ni se precipita, ocurre en el momento justo. El “Kairos”, el momento oportuno de la decisión es el momento del salto cualitativo, salto sin red, sin garante, sin coro de aprobación. Sólo antecedido por la angustia, definida por Kierkegaard como “la realidad de la libertad como posibilidad antes de la posibilidad” [2]. La angustia es la antesala del acto y el vector de lo real, de ese objeto que causa.

Bibliografía

Ariel, A. 2001. Clase: La responsabilidad ante el aborto, dictada el 16 de junio en la Facultad de Psicología, UBA.
Ariel, A. 1994. El estilo y el acto. Buenos Aires, Editorial Manantial.
Kierkegaard, S. Temor y Temblor.
Kierkegaard, S. 1982. El concepto de angustia. Madrid, Espasa Calpe.
Ormart, E. Un sujeto paradojal. Revista Universitaria de Psicoanálisis. Año 2, Nº1.
Lacan, J. 1953. Apertura del Seminario. Seminario 1. Buenos Aires. Paidos. 10º Edición, 1996
[1] Lacan, J. 1953. Apertura del seminario. Seminario 1.
[2] Kierkegaard, S. 1982. El concepto de angustia. Madrid, Espasa Calpe.



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