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Un nuevo escenario para la decisión de Salomón
por Ormart, Elizabeth
Título original: Law & order: Special Victims Unit

Dick Wolf / Estados Unidos / 1990

Un nuevo escenario para la decisión de Salomón. [1]

“Los padre modelan al sujeto en esa función que titulé como simbolismo. Lo que quiere decir, estrictamente, no es que el niño sea principio de un símbolo, sino que la manera en que le ha sido instalado un modo de hablar, no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo aceptaron los padres.” Jacques Lacan. Conferencia en Ginebra sobre el Síntoma, 1975

Reeditada en un formato de serie y en el nuevo escenario de las tecnologías reproductivas, se presentifica la disputa de dos madres por su hija. La sabiduría que antecedía al Rey Salomón daba cuenta de un saber acerca de los misterios humanos. No se trataba de un saber enciclopédico, acumulable y transmisible sino de un saber sobre las intenciones, los deseos, los secretos del corazón humano. La famosa decisión de partir el niño en dos y darle a cada mujer una parte. No tenía el efecto de una orden sino de una interpretación. Interpretación que produjo ante la presencia de la ley la renuncia de la madre verdadera de ese objeto de deseo. Prefería perderlo a verlo morir y esta renuncia, para habilitar un lugar para su hijo, es lo que la señaló como su madre. Sólo un sabio podía hacer valer su interpretación para descubrir a partir de la renuncia la posesión.

En la serie La ley y el orden, unidad de víctimas especiales [2], el problema de decidir acerca de la verdadera madre de una niña (Pat) se muestra con nuevos matices. Pat es raptada por una mujer (Michelle) cuya hija había muerto en un accidente automovilístico, junto con su marido, años atrás. Esta mujer aseveraba la filiación de la niña. Sin embargo, había pruebas irrefutables sobre la muerte de Ann, la hija de Michelle y acerca del origen de Pat y su verdadera madre. La certeza que poseía la secuestradora parecía fruto de una convicción psicótica más que de la realidad.

Afortunadamente hoy contamos con la seguridad que aporta la prueba del ADN, técnica con la que no contaba Salomón. Pero cual sería la sorpresa de los espectadores cuando resultó que la niña era hija genética de la raptora y de su difunto esposo, y no de la mujer que la gestó, la tuvo y la crió. ¿Cómo llegamos a este punto?

Las dos mujeres habían recurrido a una clínica de inseminación asistida, el médico, más aficionado al lucro que a la moral, había fecundado once óvulos de Michelle con el esperma de su esposo y los había implantado en ella y en otras mujeres. La actitud mercantilista e inescrupulosa de este médico llevó a recurrir a los embriones desechados por Michelle y su esposo para fecundar a otras mujeres y ahorrarse el trabajo de sacarles un óvulo y fecundarlas con el material genético aportado por los interesados.

La disputa legal acerca de la tenencia de la pequeña Pat no se hizo esperar. Se nos abre la pregunta, acerca de ¿Quién es la madre? Pregunta de no tan fácil resolución. El saber que nos entrega la ciencia, irrefutable y certero resulta escandalosamente insuficiente para contestar esta pregunta. La ley tiene que buscar más allá de la ciencia una respuesta para dirimir la situación. Se nos hace necesaria una sabiduría de otro orden, como la salomónica, que arroje luz sobre aquello que emerge de lo biológico y no se agota en ello, una sabiduría que sepa leer la marca en el origen que nos abrió un lugar en el universo simbólico que nos antecede.

La madre genética de Pat es Michelle de ello no hay duda. Sus embriones fueron implantados en otra mujer sin su consentimiento. Sin embargo, Pat creció en el seno de otra mujer, fue amamantada y criada por ella y lo que es más importante, esta mujer, su madre, no sabía de la decisión tomada por el médico y creía que había sido fecundada con el semen de su esposo. La prueba de ADN nos entrega un saber sobre la filiación biológica. Saber que puede ir anudado a un deseo, como en el caso de la búsqueda de las Abuelas de Plaza de Mayo, quienes gracias a la prueba de ADN pudieron religar esa trama generacional rota por los abusos de la última dictadura militar. Pero este caso, nos muestra de manera patente que la prueba de ADN sin esta otra dimensión simbólica no habilita un lugar para la función.

La decisión del juez, no resultará satisfactoria para las partes. Porque a diferencia de lo que creía Salomón, gracias a las tecnologías reproductivas “madre no hay una sola”. Los tiempos en los que la maternidad se arrogaba la exclusividad de un vínculo único han pasado. Contamos en este caso con una madre genética y otra madre de gestación y de crianza.

Michelle no renunció al material biológico que dio origen a Pat, no lo donó, no lo congeló, sólo quiso que fuera desechado. Su oportunidad de tener una hija con su esposo había muerto junto con él. Ahora que sabía que su hija estaba viva. ¿Tenía que renunciar a ella? Sin embargo, ella no deseo tener esa hija, se encontró con ella azarosamente y vio en ella un vínculo para todos invisible.

La mamá de Pat, que le dio su nombre, que la acunó en su seno, que la deseó al punto de tener que someterse a una práctica médica, a la que podríamos llamar al menos molesta, como la FIV. Que supone una intervención quirúrgica, como la laparoscopia y numerosas prácticas médicas sobre el cuerpo. Poner el cuerpo, someterlo al saber de la ciencia, supone un costo físico y psíquico que un inmenso deseo puede pagar. Un deseo que le dio existencia aún antes de gestarla. ¿Tenía ahora que renunciar a su hija porque no era producto de su material genético?

¿Qué es ser madre? La respuesta que arroja el ADN no nos alcanza. Si apuntamos a la función materna que habilita un lugar para esa niña, que supone un deseo de tenerla y de criarla, tal vez encontremos algún camino. ¿Qué lugar tiene para Michelle la niña que surgió en su camino buscando a su hija muerta? ¿Pat viene a llenar el vacío que dejó Ann, su hija muerta? Si la respuesta a esta pregunta es afirmativa, no tenemos que seguir buscando. No encontramos en Michelle el deseo de una hija, sino de un reemplazo para su hija muerta. Finalmente, en el ejercicio de la función, “madre hay una sola” y en este caso, no es la madre biológica (Michelle) la que ejerce esta función.

Nos encontramos en tiempos en los que la decisión de Salomón se reedita en un nuevo escenario. Las nuevas tecnologías nos enfrentan a nuevos y multifacéticos dilemas acerca de la paternidad y la maternidad. La respuesta de la ciencia y de la ley, si no están anudadas al estatuto simbólico propio del ser humano, no pueden para dar cuenta de los efectos que sobre la subjetividad tienen estas técnicas.

Bibliografía

Gutiérrez, C (2000) Restitución del padre. En Fariña, J. Gutiérrez, C. (Comps.) La encrucijada de la filiación. Buenos Aires: Lumen, 2000.

Lacan, J. (1988) Dos notas sobre el niño. En Intervenciones y Textos 2. Buenos Aires: Manantial.

Lacan, J. (1988) Conferencia en Ginebra sobre el Síntoma. En Intervenciones y Textos 2. Buenos Aires: Manantial, 1975.

Ormart, E (2008) Cuando el producto tecnológico tiene rostro humano: problemas éticos en el uso de las tecnologías reproductivas. En Revista Hologramática. UNLZ. Facultad de Ciencias Sociales UNLZ. Año V, Número 8, V6, pp.97-107


Notas

[1] Una versión preliminar del presente escrito fue presentada en la publicación online: http://www.elsigma.com

[2] Birthright - Season 6, Episode 1






 
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