Inicio > Acceso Docentes > Curso de Verano 2011 > La mamá de Ernesto >

por 

UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES
FACULTAD DE PSICOLOGIA
2011

PSICOLOGIA ETICA Y DERECHOS HUMANOS
2° EVALUACION
CUENTO: "LA MAMÁ DE ERNESTO", (Abelardo Castillo)

TITULAR DE CATEDRA: JUAN JORGE MICHEL FARIÑA

CATEDRA: 1

PROFESOR/A: PATRICIA GOROSITO

COM: 1

ALUMNAS:
* MAIDANA, MARÍA LAURA. LU: 323615490
*BARBIERI, MARIA BELEN. LU: 313438730

FECHA DE ENTREGA: 1/03/2011

La madre de Ernesto
Abelardo Castillo

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza -porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia- nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restaurante inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
– ¡No!
–Sí. Una mujer.
– ¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar emanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
– ¿Qué tiene que ver Ernesto?
Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
– ¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre...
No dijo más que eso.
Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, queres -me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
– ¿Cómo será ahora?
–Quién... ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo – dije yo.
–Miedo no; otra cosa.
Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos: Preguntó:
– ¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
– ¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
– ¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
– ¿Y si nos hace echar?
– ¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierra el boliche por desconsideración con la clientela!
A esa hora no había mucha gente en el bar.: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llevalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa – dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
– ¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio pregunto:
– ¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados- delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
– ¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió "bueno", y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con que caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto. Cerrándose el deshabillé lo dijo.

SINTESIS DEL CUENTO

El cuento elegido es "La mamá de Ernesto", cuento corto escrito por Abelardo Castillo, Narra en primera persona la vivencia de un adolescente y su grupo de amigos de infancia que viven en un pueblo, donde todo se sabe y todo se conoce.

Dentro de este grupo se encuentra Ernesto, pero el cuento no habla de el sino de su madre, quien se va del pueblo con una compañía teatral, abandonando a su marido e hijo. Los Jóvenes que participan en la historia cuentan que luego de un tiempo, esta Señora, morena y amplia (así como la describen) atractiva y descocada regresa al pueblo pero no a su familia sino al "Alabama", una especie de restaurante que se transforma luego de la media noche en un club nocturno, bastante sencillo. Este club pierde la sencillez en el pueblo cuando al Turco, su dueño, se le ocurre poner unos cuartos y traer mujeres, es en este lugar donde la Mamá de Ernesto se ofrece como prostituta.

Ernesto no esta en el pueblo, el y su padre se han ido al talar. En este grupo de amigos surge la idea de acercarse al Alabama, todo el pueblo conoce la historia, todos fueron al club, ellos, son entonces, los únicos que aun no han asistido. Pero cuando realmente se concreta la acción, están allí frente a ella, la mamá de Ernesto se introduce en la escena girando la historia a un lugar inesperado.

Ubicaremos en el Personaje principal, encargado de narrar la historia, los tres tiempos lógicos del circuito de la responsabilidad, desarrollando en la hipótesis clínica a que responde este sujeto dentro de la responsabilidad subjetiva.

ANALISIS DEL CUENTO

En el primer tiempo de la responsabilidad el sujeto lleva adelante una acción determinada que concuerda con el Universo de discurso en el que esta inmerso y que, se supone, finaliza al concretarse el fin para lo que fue realizada. El primer tiempo puede verse en la decisión de ir junto a Julio y Aníbal en el auto hacia "el Alabama", para acostarse con la "Mamá de Ernesto".

Esta acción se choca con un segundo tiempo, la idea es confrontada con algún indicador que señala un "exceso en lo acontecido", algo de lo que estuvo haciendo el sujeto, resulta disonante. En este tiempo, el de la interpelación, es en donde el universo particular sostenido se resquebraja, provocando la aparición de una pregunta.

El segundo tiempo lo ubicamos cuando el Protagonista da cuenta de que va a chocarse con la Madre de Ernesto, SOLO, sin sus dos amigos. Es allí cuando realmente reconoce cual es el fin de esa situación. En este momento el Universo particular del sujeto es interpelado por la acción realizada.

Entre los tiempos 1 y 2 existe un lazo asociativo, una Hipótesis clínica que sitúe la naturaleza de esa ligadura. Finalmente es necesario un tiempo 3 que verifique la responsabilidad subjetiva. Es entonces cuando el personaje puede preguntarse realmente por las actitudes que él ha tenido hacia lo sucedido. Se espera un cambio de posición subjetiva con respecto a los hechos, la cual parte de una pregunta que se hace el sujeto y que el mismo debe encontrar la respuesta retrospectivamente.

HIPOTESIS CLINICA

La indecisión del sujeto analizado sobre participar o no en este encuentro esta rodeada por la culpa y a la vez esta "situación" que esta a punto de vivir se relaciona directamente con el placer. Gracias a esta combinación podemos decir que la acción realizada esta ligada con algo referente al deseo inconsciente del sujeto, que tiene carácter de insoportable para el yo, por lo tanto la aceptación de deseo no aparece de manera conciente.

El deseo edipico es un modo de escenificar el goce como posible, un modo de velar la castración estructural. Freud nos habla de la Horda primitiva para rastrear el origen de la agresión, del superyo la conciencia moral y el sentimiento de culpa. El padre de la Horda primitiva encarna la ley, al ser asesinado se impone el Tótem, el respeto a la ley que representa la prohibición de matar al padre y la prohibición del incesto. Con este mito aparece la constitución de la cultura y la organización social. El superyo es el que interioriza la ley, registra la ley que se inscribe en la individualidad de cada sujeto donde romper con la prohibición es imposible.

La prohibición del Incesto fue internalizada y formando parte de la conciencia moral. La ley es eficaz (desde la función paterna) los deseos incestuosos caen bajo la represión y se satisfacen en la fantasía. El sepultamiento del complejo de Edipo lleva a la sexualidad normal, si no cae en la represión el objeto de amor puede quedar ligado con la imagen materna. A la vez, se manifiesta la función paterna, es decir, la eficacia simbólica y su potencia fundante, en la regulación de la sexualidad y la limitación de la agresividad.

Puede verse ambivalencia frente al deseo inconciente de romper con la prohibición del incesto, sepultado junto con el complejo de Edipo, del cual surgen como herederos la conciencia moral (superyo), así como también los diques morales. Al describir a la madre, nuestro personaje indica "Una mujer linda, morena y amplia, (...) no tenia nada de maternal". La imagen de la mamá de Ernesto como una "MADRE" altera el significante madre dejando ver el deseo de transformarla en "MUJER".

Entonces es la MADRE, tomada como objeto de deseo, reemplazo quizá de su propia madre por la de un miembro del grupo de pares. Esto es visto por nosotros como un "burlar la ley", el padre se ha marchado del pueblo, la madre es "prostituta" en un bar. El sujeto se autodenomina como "no puritano", entonces ¿Porque no?, podríamos decir que la satisfacción de este deseo inconciente es la de infringir la ley, romper con la ley del tótem y estar con su propia madre manifestando la emergencia de la singularidad.

Aparece en el relato la aceptación inconciente del deseo, si fuera ella una mujer cualquiera y no la madre de Ernesto quizás ni si quiera hubieran ido (...) "Porque lo equivoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso era, tal vez (...)", que se trataba de la madre de uno de ellos, de un par.

Dada la condición universal de la prohibición del incesto, lo singular de nuestra historia es que la mujer en cuestión ligada al deseo del personaje se encarna en la figura materna (la madre de Ernesto). Lo particular que atraviesa el eje universal-singular esta contemplado en el contexto social que viven estos adolescentes, dentro de un pueblo donde todo se sabe; asistir a El Alabama es algo normal en el pueblo y considerándose la época en que la historia parece desarrollarse, la iniciación sexual o el comercio sexual con una prostituta es una cuestión socialmente aceptada.

Pero, frente al estado del arte y considerando el relato del personaje nos preguntamos entonces ¿Porque la culpa?, la idea de acostarse con la Mamá de Ernesto aparece como " Una idea extraña, turbadora-sucia (...) inconfesable, cruel, Atractiva", que no tiene en todo el relato una decisión firme sino una proyección sobre otro como creador de la idea. Hay un otro, (Julio) que les mete la idea en la cabeza, pero en realidad quizás esa idea ya existía. Esto implica una respuesta a la fantasía edipica sin ser conciente de romper con la prohibición, bordeando las barreras incestuosas, un “bordear la ley” sin infringirla concientemente.

En ningún momento la Mamá de Ernesto tiene un nombre, esta etiquetada en todo el relato con el significante madre. Esto es lo que nos hace relacionar la culpa con la conciencia moral, instancia superyoica que designa el ámbito de las prohibiciones y las sanciones que el sujeto se pone a si mismo. Medio pueblo había asistido al Alabama, ellos eran "los únicos" que no lo habían hecho, la acción de asistir al Alabama, se gesta como una provocación.

No hacerse realmente cargo del deseo de acostarse con la madre de un amigo, puede tomarse como manifestación de la formación reactiva y la proyección. Así lo hace con Julio indicándolo como generador de la idea "sucia", que los hace sentir culpables, cuando en realidad al reprimir el deseo incestuoso ligado con el placer, de forma reactiva aparece lo contrario.

El elemento conciente que esta latente, siempre esta ligado a otra cosa, algo que no conocemos, “un saber no sabido”. El lenguaje desde el análisis dice mucho más que solo palabras; es necesario poder descifrar que se esconde detrás del discurso, casi llegando al final del relato el personaje describe la reacción de Julio, ya en el Alabama y frente a la Mamá de Ernesto, quedándose totalmente inmóvil. Indica también que esta reacción podría ser causada por vergüenza, o asco. Estas son proyecciones del relator, lo que realmente siente frente a la acción pero que no acepta para si. Desde la responsabilidad subjetiva hay una relación entre lo que le pertenece al sujeto y le es ajeno al mismo tiempo. El sujeto es efecto de la palabra que lo divide, el yo no es propietario del deseo, pero si el Sujeto es responsable de su puesta en acto. Desde Lacan decimos; solo se puede ser culpable de haber cedido en su deseo.

Es el sentimiento de culpa el hilo conductor para encontrar la dimensión de la responsabilidad subjetiva. El sujeto debería dar respuesta de la razón de su ser en la razón deseante. En esto el sujeto no tiene otra elección pero no por eso es menos responsable. Las acciones en general son influidas por la necesidad y el azar, condición que, por un lado, puede ponerse al servicio de un deseo inconciente que lo lleva a accionar, desconociendo sus causas reales. El deseo se sirve de estos dos factores para poder manifestarse en actos que posteriormente interpelaran al sujeto en su posición con respecto a lo realizado. En nuestro caso una cuestión azarosa es que la madre de Ernesto regrese al pueblo luego de abandonar a su familia, pero no como madre sino como prostituta. La necesidad es en cambio algo ajeno a nuestra voluntad, algo que esta allí independiente de nosotros. Consideramos un factor de la necesidad que este grupo de adolescentes asista al Club nocturno así como todos los de su pueblo, no puede sernos indiferente que Alabama esta allí, ubicado en el pueblo y es ajeno a nosotros su propia existencia como lugar de reunión frecuentado.

Estas dos cuestiones se encuentran atravesadas por la decisión del personaje de ir al Alabama, donde es interpelado ante la emergencia de lo singular, eso propio del sujeto pero tan desconocido por él, los “verdaderos” motivos que lo llevan a tal destino.

Ante la emergencia de su singularidad (deseo incestuoso) no hay responsabilidad subjetiva. Desde la dimensión particular la culpa aparece como lo socialmente aceptado, nuestro personaje no cambia de posición subjetiva frente a la prohibición cultural, no puede hacerse cargo de su deseo generando así un acto ético, (singularidad que rompe el universal y lo obliga a la transformación); sino que se queda en el nivel de la culpa, conciliado con su entorno, con el mundo de las leyes “morales” en las que vivimos inmersos que aparecen como defensa luego de reprimir los deseos incestuosos, para que el individuo pueda vivir en sociedad. La culpa moral tapona el acceso a un orden de deseo. Este tipo de respuesta a la interpelación difiere del tiempo 3 como responsabilidad subjetiva. El efecto sujeto es también una respuesta a la interpelación pero desde una dimensión ética.

La culpa podemos tomarla como un ordenador social, que opaca la singularidad misma de cada sujeto, condenado a que sus deseos solo subsistan en la fantasía, por fuera de la moral y lo permitido. Esta Culpa es en respuesta a la interpelación, pero desde una dimensión moral, a diferencia del tiempo 3 del circuito, en la cual resulta un sujeto, en la dimensión ética.
El sujeto es interpelado, ante el encuentro de sus partes mas oscuras y ajenas de si, aparece la culpa. Esa es la respuesta de nuestro personaje a la interpelación, con las formaciones consecuentes; la respuesta esperada.

La interpelación en este sujeto surge al dar cuenta que la acción a realizarse, el comercio sexual con la mama de Ernesto, se dará en soledad, es un encuentro entre ÉL Y ELLA (la de su fantasía), donde cada uno se enfrenta a su propia tentación y deseo. En el personaje elegido, la confrontación con el deseo mismo, le causa angustia. Lo confronta con su falta (el placer encontrado siempre es menor que el buscado y sobreviene la frustración) y sus temores de castración. Este deseo que se sostiene en la fantasía, pero que al poder convertirse en real remueve esa parte de si que no conoce.

En relación a éste tercer tiempo de la responsabilidad, el narrador no puede hacerse cargo de la idea de estar con la madre del mejor amigo. No esta conforme con la idea, se siente culpable de ir a ver a la mamá de Ernesto, sin embargo va igual. Cuando esta ahí, espera que algo pase y termina sucediendo lo que esperaba.

Entre todas las salidas posibles, una es responder, confrontarse con las consecuencias de su acto, implicarse con el y lograr un cambio de posición, un nuevo sujeto que acontece a partir del transitar de ese circuito de acciones y resignificaciones, que lo hace reconocer algo de si que desconocía, allí existiría un 3° tiempo; sin embargo la opción elegida por nuestro personaje es la salida fácil, es no implicarse, y desarrollar culpa a su vez, como defensa de ella, la intelectualizacion o la negación.

Antes de finalizar el análisis, sería importante describir la modalidad en la que la interpelación subjetiva pone en marcha el circuito, el tiempo 3 consiste en que el sujeto pueda hacer algo con aquello descubierto, llevándolo a actuar de un modo diferente. En este caso no se encuentra que en el personaje haya responsabilidad subjetiva respecto a su deseo, o sea un cambio de posición con respecto a la situación, nuestro personaje expresa culpa por la acción cometida y a su vez indica que esta idea es generada por otro. La consecuencia de aceptar la idea como propia cambiaria las bases de su propia existencia.

Considerando el relato de los hechos el personaje principal espera la mirada acusadora de la Madre de Ernesto; cuando ella salga de la Habitación. Se le presentan sentimientos contradictorios, por un lado de manera inconciente, burlar la ley, por otro obtener con la mirada de la mujer la puesta de límite a sus deseos.

Es decir, que la responsabilidad se liga al sujeto en relación a lo que el desconoce de sí mismo, produciéndose un abrochamiento de las tres categorías. La idea de plantear un tercer tiempo, proviene de nuestra voluntad, a veces no resultan de esta última, no se dan solo por necesidad y azar, sino que hay un plus a esto: el propio deseo inconsciente desconocido por el sujeto, que es el eje central en todas las acciones que nos hacen vivir día a día.

Con respecto a nuestro caso, acostarse con la madre de otro es burlar la prohibición del incesto, burlar la ley, aparece el deseo de "acostarse con la madre" pero es la madre de otro, de un par. Al chocarse con esta acción el personaje deberá ver el si acepta o no este deseo, y que hacer con el (si lo reconoce como propio), al aceptarlo surgiría el efecto sujeto pero en el relato, el sujeto no se implica con su deseo, no hay un cambio de posición subjetiva frente a el y por lo tanto no podemos ver signos de responsabilidad subjetiva y algo de lo logrado con el deseo se paga con culpa.

Bibliografía:

D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.

Domínguez, M. E.: Los carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006

FREUD, S., Tótem y tabú, Alianza, Madrid, 1982.

Mosca, J. C. (1998). “Responsabilidad, otro nombre del sujeto” en Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.

Salomone, G. El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.

“El padre en función” Salomone, G.

Biografía

Abelardo Castillo nació en San Pedro, provincia de Buenos Aires, el 27 de marzo de 1935. En 1959 fundó la revista El Grillo de Papel, que posteriormente se continúa en El Escarabajo de Oro, una de las revistas literarias más importantes en cuanto difusión y fomento del debate en los años sesenta y setenta, y cuya existencia se prolongaría hasta 1974. Definida a partir de su adhesión al compromiso sartreano y el existencialismo, se incorpora al debate que emerge a partir del llamado "boom de la literatura latinoamericana".
En el año 1959, por el relato "Volvedor" obtuvo el premio de la revista Vea y Lea, cuyo jurado estaba integrado por Borges, Bioy Casares y Peyrou. Con su primera obra de teatro, El otro Judas (1961), surge la problemática de la culpa del traidor. Con su segunda obra, Israfel (1964), basada en una biografía de Edgar A. Poe, obtuvo en 1966 el Premio Internacional de la UNESCO y un gran éxito de crítica y público.
El libro de cuentos Las otras puertas aparece en 1963, seguido por Cuentos crueles (1966), Tres dramas (1968), Las panteras y el templo (1976), El cruce de Aqueronte y El Sr. Brecht en el Salón Dorado (ambos en 1982), Las maquinarias de la noche (1992) y los Cuentos completos (1997). En 1975 publicó El que tiene sed, que gira en torno al problema del alcoholismo y dos años más tarde La casa de la ceniza. En 1993 se editó Crónica de un iniciado y en 1995 el volumen Teatro completo, que incluye Salomé. De 1999 es El evangelio según Van Hutten, donde la preocupación religiosa adquiere una cualidad esencial en el relato.
En 1961, Abelardo Castillo obtiene el premio Casa de las Américas, y en 1986 el Premio Municipal de Novela. También publicó los ensayos Discusión a la crisis del marxismo (1967) y Las palabras y los días (1988). Entre los años 1977 y 1987 dirigió la revista El ornitorrinco.



NOTAS

Película:

Titulo Original:

Director:

Año:

Pais:

Otros comentarios del mismo autor: