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Universidad de Buenos Aires, Facultad de Psicología

Materia: Psicología, Ética y Derechos Humanos

Equipo Docente

Titular: Juan J., Michel Fariña

ATP: Fernando Pérez Ferretti

Co-ayudante: Daniela Botheatoz

Film Asignado: La memoria de los muertos (The final cut)

Alumno: Leandro Ochoa
LU: 31.423.028/0
Comisión: 2
e-mail: lean_oc@hotmail.com

Titulo del Informe: 2do Examen parcial de Psicología, Ética y Derechos Humanos

Ciclo lectivo: curso de verano 2010

Consideraciones preliminares a la lectura de este escrito
El siguiente trabajo constituye un ejercicio de aprendizaje (a la vez que un requisito académico) que intenta atravesar la temática de la responsabilidad subjetiva. La particularidad del presente abordaje consiste en la utilización de elementos fílmicos para intentar ubicar las conceptualizaciones pertinentes.
El escrito consta de cinco apartados cuyo punto de partida se encuentra consignado de antemano (ver Consigna de la Segunda Evaluación – Curso de verano 2010, en anexo adjunto). De igual modo se han sugerido las materias primas aquí empleadas a saber: el film La memoria de los muertos, de Omar Naim y el comentario que del mismo realiza Romina Galiussi titulado Tratamientos de la memoria: ¿supresión o invención? Por lo demás, resta desear que si algo en estas letras excediera lo exigido a su autor, la sorpresa se sitúe del lado del alumno.

1. El personaje
No hay que confundir la historia en que se inscribe el sujeto inconsciente, con su memoria, palabra, cuyo confuso empleo no seré el primero en señalar. Por el contrario, habida cuenta del punto al que hemos llegado, importa distinguir muy claramente entre memoria y rememoración, del orden, esta última de la historia.

Jacques Lacan, Seminario 2: El yo en la teoría de Freud

La licenciada Galiussi resume en una sentencia el análisis relativo a la responsabilidad subjetiva del personaje considerado: “…las versiones del sujeto son filtradas y engendradas por un tercero.” No azarosamente la frase admite cierta polisemia. Por un lado, nos habla del trabajo que realiza el protagonista del film (de aquí en más Alan). Por otro, nos sugiere como Alan es trabajado por algo que lo determina.
En la verdad que ficciona la película Alan trabaja como montador. Así, soportándose en un artilugio tecnológico que permite a las personas grabar todos sus recuerdos audiovisuales, se ocupa de editar, compilar y musicalizar algunos recuerdos a la manera de un largometraje. Dicho material constituye el plato fuerte, y también el único, de la ceremonia rememorial en que se despide a quien labró tal biografía de la vida terrena. Claro está, los recuerdos humillantes, los tristes, los criminosos; no quedan en escena (tal vez en una “otra”…).
Dicho esto, podemos elucubrar un primer sentido presente en la frase de la licenciada: Alan, con sus montajes, participa de esa vieja costumbre científica (a menudo observable en psicoterapia) de eliminar al sujeto de la ecuación. En punto tal situáse el efecto particularista definido por Benvenaste y Fariña como “…la pretensión de que un rasgo particular devenga condición universal.” Pero el desconocimiento de la condición simbólica del hombre (fundada en la diversidad ), no acontece sin efectos. Una breve escena del largometraje lo señala de forma clara: la novia de Alan (de aquí en más Delilah) confiesa no haber soportado la asistencia a una ceremonia rememorial pues no reconocía a su deudo en los fragmentos inmortalizados.
Pero más allá de posicionarse acerca de los efectos forclusivos del discurso científico? la lic. Galiussi relaciona el abandono freudiano de la teoría de la seducción con una hipótesis sobre la responsabilidad subjetiva de Alan. Así, la vida del montador sería a su vez un montaje engendrado por el Otro. La realidad recordada sería sólo una versión posible, una père-version dirá Lacan. El texto de la licenciada nos sugiere lo que en el film escuchamos de la novia del personaje: Alan ha “…visto muchas vidas y aún así no sabe nada de ella.” Basta señalar dos indicadores representativos a este respecto: a) su trabajo como montador concentra casi todo su interés en detrimento de los objetos del mundo y b) se enamora de su novia a través de los ojos de un otro para el cual realiza un montaje. Retomaremos esto al plantear la hipótesis clínica en el apartado 4.

2. El circuito de la responsabilidad
[…]
Oyó vivas,y oyó mueras
oyó el clamor de la gente,
él sólo quería saber
si era o no era valiente.

Lo supo en aquel momento
en que le entraba la herida
se dijo "no tuve miedo",
cuando lo dejó la vida.

Jorge Luis Borges, Milonga del muerto

El siguiente apartado intenta estructurar una serie de escenas del film con el objeto de poder pensar el tema de la responsabilidad subjetiva en el personaje elegido. El análisis hará mención de cuatro momentos. Atendiendo a una mayor claridad expositiva se reservará la mención de las figuras de la culpa, cuyo tratamiento enriquece el circuito de la responsabilidad, para el apartado 4.
Podemos situar un primer momento cronológico dónde Alan se desempeña imperturbable como el mejor de todos los montadores. “Si no soportas las imágenes, el sí” proclaman sus colegas de él. El origen de tal dudoso talento es explicado por Alan: “Una miniatura concisa y simétrica, el mundo me parece así”. Ya porque los fallos pueden borrarse y también porque la vida de las personas es susceptible de una categorización automatizada que agiliza el trabajo del montador descomponiendo una vida en horas de sueño, masturbación, celebraciones, etc., Alan vive en un mundo dónde lo incalculable no tiene lugar. Así, toda acción puede llevarse a cabo bajo la ilusión de que se agotan en los fines para los cuales es concebida.
En un segundo tiempo, Alan toma noticia de que con gran esfuerzo sus padres habían conseguido costearle un chip que permitiera grabar las experiencias acontecidas en su vida y habían muerto antes de poder comunicárselo. Este saber coloca al sujeto, en palabras de Gabriela Salomone, en un “…punto de Indeterminación radical que lo convoca a responder de un modo singular” . De este modo, el primer momento es significado retroactivamente como tiempo uno: su vida también es un montaje del cuál él es el artífice (nos precisaremos a este respecto al plantear la hipótesis clínica en el apartado 4). La reacción de Alan ante este saber varía desde el silencio sepulcral hasta la ira que lo lleva a romper un espejo pasando por la risa que intentó ser de incredulidad.
Es en un tercer tiempo dónde Alan se pone en juego en la dimensión del acto. Acto que apreciamos por partida doble en dos acciones que se ubican subjetivamente en la misma línea: a) la búsqueda del documento que lo certifica poseedor del chip que sus padres le legaran y b) la puesta en peligro de su vida por dilucidar un recuerdo de su niñez que lo atormenta . Ninguna de estas acciones se trata de meras transgresiones al Código que todo montador internaliza sino de “…la presentación de "algo" incalificable según el lenguaje de la situación” . Alan va más allá de su universo alentado por el mismo tipo de deseo que soporta el trabajo analítico: un deseo de saber. Pesquisamos de forma patente ese deseo cuando Alan vuelve a revisar el inventario de portadores de chips aún cuando ya conocía que no encontraría el nombre que allí buscaba. Al contrario, Alan encontró allí su propio nombre que segundos antes había pasado por alto. Pero Alan llega por obtener ese saber al púnto máximo de la soledad y de falta de garantías que el acto implica: pone su vida en juego. Justamente, como advierte Ariel “Un acto implica una decisión sin socios -igual que en la muerte, ya que no hay socios para la muerte” .
El circuito que aquí se recorta permite conjeturar un cuarto momento (ya no un tiempo lógico) a partir de que abandona su trabajo y comenta “Me he hartado de la vida de los demás”. Esta última frase, no sin cierto optimismo yoico, hace prever un cambio en Alan en relación a su propia vida. Cambio que no alcanza proyección al verse truncada su vida por elementos que exceden la responsabilidad del personaje.
3. Elementos de azar y necesidad
Sé dónde está. Está escondido en el cementerio, en una cripta o en la cabaña del sepulturero.

Jean Paul Sastre, El muro

En el caso analizado existen muchos elementos que exceden la responsabilidad del personaje. Dedicaremos el próximo párrafo a señalar únicamente los elementos de necesidad más significativos para las escenas analizadas y los consiguientes elementos de azar.
El primer elemento de necesidad que se hace sentir en el film es la aceleración gravitatoria, un compañero de juegos de Alan (de aquí en más Louis) cae, luego de perder la estabilidad, e impacta contra el suelo luego de unos metros. También, el cuerpo de Alan constituye un elemento de necesidad cuando extrema sus límites físicos y arriesga su vida en la escena citada en el apartado previo. Esto es así pues (como señala otro montador) el sistema nervioso de ningún ser humano podría haber sobrevivido más de cinco minutos conectado a la interfaz que se utiliza para leer el chip.
Las escenas también se soportan en elementos de azar. El primer elemento lo constituye el hecho de que Alan haya nacido el mismo año que Louis. Recordemos que sólo por eso la búsqueda del chip de este último culmina con el encuentro de información relativa al dispositivo del primero. El segundo elemento lo constituye la muerte de los padres de Alan que posibilita la ignorancia del personaje analizado respecto de su implante electrónico.
Notablemente, la presencia de ambos elementos resulta requisito sine qua non para posibilitar el acto. Esto resulta claro en el caso del azar pues como ilustra Ariel ¿Cómo habría acto sin el azar, si hubiera pura determinación significante? ”. Sin embargo, este postulado también es válido en relación al orden de la necesidad pues recordemos que es el cuerpo, en su dimensión real, aquel sobre el cual se plasma la determinación que el acto conmueve y sin la cual no sería tal.

4. Figuras de la culpa e hipótesis clínica
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
[…]

Jorge Luis Borges, Remordimiento

Las figuras de la culpa se presentan en el film desde la primera escena. Alan vive atormentado por el recuerdo del accidente padecido por Louis. Así, se reprocha no haberlo ayudado e incluso el haberlo incitado a ponerse en peligro. Pero esta escena que Lacan advertiría como “materialmente inexacta” (no puede conjeturar lo que diría Lacan) esconde un doble valor de verdad. En primer, lugar Alan no podría haber evitado el accidente de ninguna manera y tampoco lo incitó por cuánto no podría ser culpable de este. Así mismo, era sólo un niño y por tanto no imputable. Sin embargo, la responsabilidad subjetiva (que no se pliega a la jurídica) queda pendiente en el personaje de Alan. Así mismo, Alan no puso en aviso a sus padres del accidente sino que eligió dejarlo pasar por alto.
Es así como un Alan adulto vive en un mundo borrando los sucesos displacenteros de la gente. Es así como Alan subsiste en la creencia de que los errores se corrigen por su negación, por su eliminación. En esta línea se sitúa el intento de anulación de su chip electrónico por medio de un tatuaje. No es necesario vérselas con el sufrimiento de la vida porque Alan ni siquiera está de lleno en esta vida sino en un montaje que ha construido y editado prolijamente. Alan aplaza, su relación con los objetos del mundo refugiándose en su trabajo y con una excusa desresponsabilizadora de la vida por excelencia: “Un único recuerdo ha hecho de mi quien soy”. Si Alan no está en su vida sino en un montaje bien se le aplican las palabras que de Lacan retoma el licenciado Mosca “Siempre así resulta que "la vida está en otra parte" y como ésa no es su vida, tampoco lo amenaza la muerte. El obsesivo cuenta con todo el tiempo para postergar el acto, porque es inmortal y es por eso que casi nada de lo que le pasa tiene para él verdadera importancia, no es su juego ni su tiempo, es del Otro bajo cualquiera de sus formas” .
Por este motivo la hipótesis clínica que abona este escrito es la de que Alan es responsable de haber montado su propia vida en función de evitar lo real displacentero que esta puede conllevar. Es responsable de haber consagrado su vida a esperar la muerte del Otro.

5. Elementos en comun con el “caso” Ibbieta
Los elementos en común con el protagonista del relato de Sartre pueden resumirse consisten en que ambos montaron una impostura en la que se presentaban como imperturbables. Ambos pretendieron mofarse del Otro ignorando que sus acciones estaban determinadas desde el discurso del Otro. Ambos pretendieron minimizar la muerte. Ibbieta, convenciéndose de que los falangistas también iban a morir un poco más tarde. Alan, convirtiéndose a sí mismo en un “devorador de pecados” y haciendo a la muerte un elemento familia de su vida.
Por otro lado a ambos el azar los interpeló firmemente: a Ibietta en tanto por azar su amigo se escondió en el lugar que el nombró, a Alan, en tanto su año de nacimiento le permitió saber que llevaba un implante electrónico.
En lo que hace al papel de la culpa hay una diferencia entre Ibietta y Alan. En el primero la culpa casi no aparece pues da paso inmediato al acto en cuál con una risa mezclada con llanto Ibietta muestra la responsabilidad por su deseo. En cambio, en Alan las figuras de la culpa dilatan el momento del acto un largo tiempo. Si bien es cierto, que a la larga encontramos en ambos responsabilidad por su deseo no sabemos que sucede después en el caso de Ibbieta pues allí concluye el relato. En el caso de Alan se nos muestra el carácter evanescente del acto en la escena final dónde Alan mira su mano ensangrentada mientras muere. Mira su mano como si no creyese estar muriendo, como si aún pensase que se trata su vida de un montaje.

Bibliografía
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Ariel, A.: La responsabilidad ante el aborto. Ficha de cátedra. Mimeo. Publicado en la página web de la cátedra.
D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
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Fariña, J. (1992). Ética profesional. Dossier bibliográfico en salud mental y derechos humanos. Acápite 3.3: el status de la responsabilidad sobre los actos.

Jinkis, J. (1987). Vergüenza y responsabilidad. Conjetural, número 13. Editorial Sitio. Buenos Aires.
Lewkowicz, I. (1998). Particular, Universal, Singular. En Ética: un horizonte en quiebra. Cap. III. Eudeba, Buenos Aires.
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Salomone, G. Z.: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



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