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La perpetua carrera de Auguste Dupin y Eric Lönnrot

 Introducción:

De pronto una pulga extraviada divisa a lo lejos (un metro de distancia, ¡pero para la pulga es lejos!) al añorado perro de su infancia. Contentísima se dispone a regresar al hogar, pero a cada salto la pobre pulga no recorre más que la mitad del trayecto que le queda. Es así esta pulga. Tiene ese rasgo de carácter... Desde su lejana posición hasta el bosque peludo perro, en el primer brinco recorre medio metro, nada mal piensa la pulga. Pero en el segundo avanza sólo un cuarto, y en el tercero la mitad de un cuarto (o un octavo; simplifiquemos) y en el cuarto salto la mitad de esa mitad, y así en lo sucesivo un dieciseisavo y un treintaidosavo y etcétera, la pulga se acerca siempre pero siempre queda espacio entre perro y pulga, siempre un maldito resto.

Esta paradoja nos recuerda a las famosas paradojas de Zenón, a las que Borges dedica un hermoso ensayo titulado la perpetua carrera de Aquiles y la tortuga . Aquiles, ideal de la velocidad, nunca alcanza a la morosa tortuga. Nosotros nos proponemos en este “parcial domiciliario” partir del personaje de Auguste Dupin, ideal de la razón, para intentar alcanzar a Eric Lönnrot, el detective borgeano de la muerte y la Brújula. Desde Dupin divismos Lönnrot a lo lejos. El viaje desde Dupin a Lönnrot es, como el de la pulga, un viaje infinito ¡Pero lo sabemos de antemano, eso es una ventaja! Y otra ventaja al emprender este viaje infinito es que llavearemos una brújula imposible, urdida por Borges.

 Desarrollo

El primer asesinato ocurrió en un hotel ubicado en el Norte. En el cuarto del crimen, el comisario Treviranus y el detective Lönnrot tuvieron una primera discrepancia en la elucidación del caso; desde entonces se condujeron por muy diversos caminos. El comisario es pragmático. Su experiencia siempre le sirvió de navaja de Occam para proferir inmediatamente la explicación más plausible: Alguien quiso robar unos zafiros de incalculable valor, alguien entró por error en el cuarto de la víctima y tuvo que matar.
A esta simple y práctica conjetura, Lönnrot respondió:

"Posible, pero no interesante. Usted replicará que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado, interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.”

Nuestro detective procura reducir el azar a su mínima expresión, reconducir todo enigma al circuito implacable de la necesidad. Y por eso construyó, para este caso, una hipótesis interesante según el anhelo de dar un sentido rabínico a la muerte de un rabino. Es decir, un anhelo de racionalidad. En base a unas llamativas pistas que eligió de la habitación donde ocurrió homicidio, unas palabras escritas en una máquina de escribir, los libros del muerto, la consideración de que el muerto sea un rabino, Lönnrot comenzó a esgrimir una compleja hipótesis interesante. Días después un periódico publicaba con ironía que “Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino”. Hacia el final de La muerte y la brújula leemos que, por un desgraciado azar, el criminal Red Scharlach leyó aquel periódico...
Scharlach tenía jurada la muerte de Lönnrot, pues éste había puesto a su hermano tras las rejas. Y el conocimiento de aquella hipótesis interesante, en la cual Lönnrot pretendía vincular el asesinato a “los nombres de Dios” sirvió al criminal para tramar una emboscada y dar caza al detective.
Dijimos que el crimen aconteció en el norte; a poco tiempo de la publicación del periódico se produjo otro en el Oeste, al siguiente mes otro en el Este... Scharlach dejó en cada uno de estos dos crímenes las pistas necesarias para que Lönnrot no pudiera dejar de desarrollar y confirmar su hipótesis interesante. Los tres asesinatos conformaban un triangulo que exigía un último asesinato en el Sur, para completar un rombo relacionado con la hipótesis interesante del detective.
Lönnrot previó lugar, día y hora del último asesinato. No sabía que él mismo sería el asesinado.
Analicemos. En primer lugar, la necesidad de Lönnrot de responder al ideal del detective razonador. Él quería solucionar todos los desafíos mediante el desciframiento de una concatenación de causas y efectos, tal como Auguste Dupin resolviera los crímenes de la rue Morgue. Describe Borges:

"Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él, y hasta de tahúr."

La necesidad de responder al ideal Auguste Dupin, ese puro razonador urdido por Edgar Poe, estará implicada en lo que ubicaremos como tiempo 1, en términos del Circuito de la Responsabilidad. El tiempo 1 es la confección misma de la hipótesis interesante. Se trata de una “acción determinada en concordancia con el universo de discurso en que el sujeto se halla inmerso” . La desgraciada suerte del detective hace que esa hipótesis interesante se publique en aquel periódico. Fue obra del azar el hecho de que Scharlach lo leyera. Se articulan la necesidad y el azar, y aquel primer asesinato va cobrando el sentido que Lönnrot (su Ideal Dupin) eligió.
Eligió ir solo hacia el punto en que previó el último asesinato. Lo esperaba Scharlach, vengador de su hermano. Apuntando con un arma al detective explicó detalladamente el cálculo para llevar a cabo su venganza, la confección del laberinto cuadrangular que encerró al “puro razonador”, sujeto no autónomo sujetado a sus propias determinaciones. Bruscamente aquel método de Auguste Dupin se le hizo egodistónico. Este es el tiempo 2 que confronta al tiempo 1 e interpela al sujeto. “Tiempo donde el universo particular soportado en las certidumbres yóicas se resquebraja”. Se produce un punto de inconsistencia que llamará al sujeto a responder. El Yo, su universo particular, es bruscamente cuestionado por ese nuevo elemento que introduce Scharlach. Aquí ubicamos la hipótesis clínica. Lönnrot advierte que todas las elucidaciones del tiempo 1, aparentemente dignas de un “puro razonador” (tal como Borges escribe que Lönnrot “se creía”) son más bien obra de un “aventurero” y un “tahúr”. Es por la vía de ese “algo de aventurero” que encontraremos la singularidad en situación. Podemos conjeturar que el Yo de nuestro tahúr intentaba velar el azar del juego, hacerlo pasar por necesidades lógicas, y sobre todo intentaba sepultar aquel espíritu aventurero en un tipo de carácter sereno, frío, calculador. Pero el elemento que, en el tiempo 2, resignifica el tiempo 1 está totalmente desligado del universo particular en que Lönnrot se deslizaba, es un fuera de juego que la lógica Auguste Dupin no puede resolver. Ahora Lönnrot, retroactivamente, no había descubierto un asesinato mediante sus razonamientos, sino que sus razonamientos habían producido el asesinato… del agente de esos razonamientos. Como vemos, este es un “momento propicio para la emergencia de una singularidad que, en consonancia con lo universal, demuestra la incompletud del universo previo junto con la caída de los ideales que allí se sostenían.”

Es entonces cuando aquel tahúr, que sabía engañarse a sí mismo, pensó que lo estaban por matar, y no se engañaba ¿Cómo verificar si hubo responsabilidad subjetiva? La muerte asechaba agazapada, a punto de dar el salto. ¿Cómo respondió el sujeto a la interpelación? ¿Hubo lugar para un tiempo 3? ¿Pudo Lönnrot establecer una singularidad en acto que contemple este nuevo elemento? ¿Hubo responsabilidad subjetiva? ¿Pudo tomar una posición en relación a lo universal, en un acto de producción subjetiva?

Nuestra hipótesis es que en Lönnrot hubo, finalmente, responsabilidad subjetiva. La ubicamos en el momento en que Scharlach le concede unas últimas palabras. Allí está el Otro que da lugar a una singularidad en situación. Hasta ahora había regido por completo una combinación entre necesidad y azar, todavía no era pertinente la pregunta por la responsabilidad. Pero ahora se produce una grieta para que la pregunta por la responsabilidad adquiera toda su dimensión. Podríamos primeramente ubicar allí algo de la culpa, producida por la interpelación subjetiva que evidencia el empeño del “tahúr”, de engañarse a sí mismo. La retroacción, desde el tiempo 2, ob-liga por medio de la culpa a que el elemento disonante que introdujo Scharlach se convierta en un tiempo 1 resinificado. El tiempo 1 ya no es las elucidaciones de un detective, sino una acción que el sujeto sabe que cometió en un más allá de ese sentido primero. La evidencia de que hubo culpa es que Lönnrot retornó sobre esta primera acción, por la que “debía” responder ¿Pero cómo se cierra el circuito abierto por la interpelación? ¿Cómo responde el sujeto interpelado? ¿Desde la moral, desde su universo particular, o desde la responsabilidad subjetiva, desde el eje universal-singular?

Nos encontramos en la última página del cuento. “sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima”. Vemos que la apertura del universo particular deja al Yo del sujeto sin un significante que lo nombre. De ahí la “tristeza impersonal”. Podemos ubicar allí la angustia. En todo caso cuando Lönnrot se decide a hablar vemos que su posición subjetiva ha cambiado. Traslado el último pasaje del cuento:

“Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas.
- En su laberinto sobran tres líneas - dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.
- Para la otra vez que lo mate -replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante.
Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.”

Nada es claro de antemano, sólo que Lönnrot refirió el laberinto griego incesante que nosotros propusimos para nuestra pulga. Se esperaba del sujeto una respuesta. Lönnrot, en ese momento crucial, parece simplemente replicar una consideración estética. El rombo puede reducirse a “un laberinto de una sola línea”, sobran tres líneas.
Nuestra hipótesis de trabajo es que aquella consideración no es meramente estética, sino fundamentalmente ética. Expliquémonos. Él “laberinto de una sola línea” que propone presenta una paradoja, una falla insoslayable de la razón. Las paradojas de Zenón pueden considerarse una versión de este laberinto. La pulga que añora al perro de su infancia es una versión más directa. La pulga inconcebible divide, a cada salto, un segmento por la mitad. Jamás se agota el segmento infinito, siempre queda un resto. Ésta nueva decisión de Lönnrot no es ociosa. Nada en Borges lo es. ¿Por qué razón decide cambiar el laberinto anterior por este nuevo? Porque el laberinto en forma de rombo se resuelve y se agota mediante un cálculo exacto, finito, sin resto. En cambio aquel laberinto griego excede la determinación significante. La razón seguirá estando en juego en este nuevo laberinto pero no lo agotará. Algo motoriza al desarrollo de este laberinto y no es algo racional. Sino la añoranza de la pulga por volver al perro de su infancia, o bien ese “algo de aventurero” que motoriza al “puro razonador” en la singularidad de Lönnrot. El laberinto paradójico ensancha el universo previo, que se pretendía universal. Recién es en la singularidad de esta enunciación en donde se está poniendo en juego un universal, en tanto que va más allá del “restringido universo situacional. Esa singularidad, por eso mismo, es universal.” . Es decir que este nuevo laberinto que propone el “detective” (Ahora Borges escribe ese significante, que representaba al Yo, con letras itálicas, y no es en vano…) contempla la hiancia insoslayable, el deseo de Lönnrot. La responsabilidad subjetiva se erige exactamente aquí, en esta hiancia que se abrió en el universo particular previo, que produjo un efecto sujeto en su enunciación del “laberinto de una sola recta”.
Ubicamos aquí el tiempo 3 de la responsabilidad subjetiva. El ideal de la razón, el compás y la brújula, descifraban el punto oculto, ligaban todos los elementos del universo particular. En el cuadrilátero, el fantasma de Auguste Dupin regulaba el goce del sujeto. Ahora el laberinto de una sola recta dio una respuesta a la castración estructural, teniendo en cuenta el quiebre de sentido en que se manifestó la falla estructural. Dupin era el Otro que Lönnrot pretendía sostener como completo, pero Dupin nada pudo hacer frente a la paradoja de Zenón, que da cuenta del no todo del lenguaje simbólico.
Algo del deseo de Lönnrot queda articulado en ese pedido último, antes del disparo.

 Bibliografía.

D’ Amore, O., “Responsabilidad subjetiva y culpa”, en La trasmisión de la ética. Clínica y deontología, Letra Viva, 2006.

Domiguez, M.E., “Los Carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis.”, en La trasmisión de la ética. Clínica y deontología, Letra Viva, 2006.

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Lewkowicz, I. (1998). “Particular, Universal, Singular.” En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.

Borges, J., 1932, Discusión, Alianza Editorial, 1998.

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Salomone, G., “El sujeto dividido y la responsabilidad”, en La trasmisión de la ética. Clínica y deontología, Letra Viva, 2006.

Fariña, J., Responsabilidad: entre necesidad y azar, Ficha de cátedra.



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