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Psicología, Ética y Derechos Humanos
Cátedra 71 – Lic. Fariña, J. J. M.

Segundo Parcial Domiciliario.

Docente: Patricia Gorocito

Comisión 16
Año 2010 – 1er Cuatrimestre

Gustavo Leandro Galeano DNI: 28.830.032
Mónica Laura Martínez DNI: 31.270.401

En el comentario sobre La naranja Mecánica “Experimentos psicológicos y consentimiento informado”, Lucía Arrosagaray desarrolla el análisis sobre la responsabilidad del profesional en la realización de un experimento. La autora establece los parámetros para que el campo de acción de los profesionales de la salud referidos a la investigación tanto como a la terapia/tratamiento cumpla con los requisitos deontológico-jurídicos. Se hace mención en dicho comentario de los puntos que fallan a la normativa ética establecida (el consentimiento informado, consignas engañosas, etc.) resaltando la delegación que hacen dichos profesionales de la responsabilidad sobre el protagonista del film, al decirle que él fue quien decidió realizar el tratamiento.
Encontramos al respecto una posible articulación con la conferencia pronunciada por Stanislaw Tomkiewicz acerca de los entrecruzamientos entre Psiquiatría y Deontología . En esta conferencia, que el autor constituye en acto, acto que interpela a su auditorio, el autor eleva un juicio crítico sobre la práctica psiquiátrica (interpelación que puede no alcanzar a todo su auditorio, claro). El médico se interroga acerca de aquello que en su práctica vacila. Da cuenta de tres ejemplos relacionados a las aplicaciones de la terapéutica del comportamiento de los cuales nos gustaría resaltar el primero, muy acorde a la temática del film de Stanley Kubrick. En el mismo, con la única finalidad de ejercer control social, y a través de la introducción en el cerebro de electrodos que permitan seguir a la distancia todas las reacciones cerebrales, se le puede aplicar una descarga eléctrica al sujeto en caso de que muestre la puesta en marcha de un comportamiento no deseado. A partir de esto Tomkiewicz delibera acerca de los efectos iatrogénicos, cuando no mortíferos de determinadas prácticas. Pero él “se sabe inmerso en la situación y su decisión de incluirla es lo que lo responsabiliza, esto es lo que hace a la posibilidad de la emisión subjetiva” Justamente esto es lo que no vemos aparecer el los médicos que le aplican a Alex el tratamiento “Ludovico”, que, amparados en el discurso moral, no se interrogan nada acerca de los alcances de su propia práctica.

En el presente trabajo habremos de realizar un recorrido a través de los distintos momentos del circuito de la responsabilidad basándonos en la bibliografía de la cátedra y tomando como ejemplo para situar los tiempos del circuito el film “La naranja mecánica” dirigido por Stanley Kubrick y estrenado en 1971. Kubrick lo adaptó al cine a partir de la novela homónima de 1962, escrita por Anthony Burguess. El protagonista de la película es Alex DeLarge, un muchacho cuyos principales intereses son el sexo, la ultraviolencia y la música de Beethoven. Este joven lidera una banda formalizada por tres amigos suyos, a los cuales denomina "drugoos", cuyo propósito es hacer un uso extremo y radical de la ultraviolencia. Alex es encarcelado por cometer un asesinato y entonces es expuesto a un experimento que le ayudará a salir de la cárcel. El objetivo de dicho experimento será reformar totalmente la conducta violenta de Alex, adaptándole de nuevo a la sociedad. A continuación intentaremos ubicar los tiempos lógicos del circuito de la responsabilidad que ordenan la situación en esta película.
El circuito de la responsabilidad trabajado por la cátedra está integrado por tres tiempos, los cuales darían cuenta del proceso que ha de llevarse a cabo entre el acto cometido y la responsabilización por ese acto. Cuando hablamos de responsabilidad desde el campo “Psí” nos referimos a un sujeto que responde por su acto y no simplemente a la culpabilidad que se le atribuye por él. No intentaremos entonces, dar cuenta en ningún momento de la criminalidad del acto de Alex desde esta dimensión, la cuál implicaría una lectura a partir del sistema jurídico que plantea a la responsabilidad en términos de ser plausible de imputársele culpabilidad al sujeto “joya” del derecho, cuyas características serían la conciencia, la voluntad, la razón y la intención (lejos de la figura del loco, el niño, el embargado por la emoción violenta, el intoxicado e inclusive el obediente). Distinta es la mirada al considerar un sujeto deseante para el cual “ya no cuenta la intención y la pretendida autonomía de la conciencia, pues introduce una dimensión deseante más allá de ella. La culpa es en este sentido, una condición para el circuito de la responsabilidad subjetiva: es una condición sin clivage. Es la culpa, lo que ob-liga responder”.
El primer tiempo de los tres mencionados consiste en una acción que trae consecuencias, es algo distónico en el sujeto que aparece en una hiancia. El segundo tiempo es propiamente la puesta en marcha del circuito, ya que hablamos de tiempos lógicos y no cronológicos, es decir que produce sus efectos en forma retroactiva. Este après-coup del tiempo dos que se sobreimprime al tiempo uno liga y “ob-liga” a los elementos disonantes del tiempo uno, que es resignificado por la interpelación a través de la culpa, la deuda. Es el tiempo de la interpelación subjetiva sobre aquel acto que tuvo lugar en un tiempo anterior. Luego tendrá lugar un tercer tiempo, el del efecto sujeto: “So Es war, soll Ich werden” hay verdad que adviene allí donde el sujeto no puede dar cuenta de sus palabras y de sus acciones, una verdad de la cual nada quiere saberse. Hay que aclarar que este tercer tiempo no siempre se produce, quedando entonces el sujeto en la óntica del ser de la culpabilidad.
En nuestro caso podríamos dibujar este circuito en torno a Alex, esbozando un tiempo uno allí cuando él mata a una mujer a la que estaba sometiendo a su goce. En consecuencia, y no sin ayuda de sus camaradas los drugoos, acaba preso. Alex no entiende bien lo que pasó, algo se le fue de las manos, es todo lo que puede pensar. Dos años después de estar cumpliendo condena, escucha acerca de la posibilidad de someterse a un tratamiento conductista para curarse de su “enfermedad” y así poder quedar en libertad. El decide hacerlo. No solo eso, sino también se esfuerza durante su estadía en la cárcel en pos de ser elegido para dicho tratamiento. De igual modo, irrumpe, en el momento de la selección por parte del representante científico encargado de llevar el proyecto “Ludovico” adelante, pronunciando una serie de palabras que van a ser decisivas en la ulterior elección. Entonces llegamos así al segundo tiempo, en donde a Alex le retorna algo de su acto y es interpelado por el mismo, lo situamos en la escena en la que, ya durante el experimento, el cual consistía en ser expuesto a formas extremas de violencia a través de una pantalla, se acompañan dichas imágenes con la Novena Sinfonía de Beethoven como background musical. Aquí Alex se anoticia de la gravedad que implica su acto, interpelación que implica una deuda por la que hay que responder. Es un momento en el que encontramos algo que le resulta extraño, incómodo podríamos decir, al protagonista. El juego ya no se juega con sus reglas, él ya no controla la cosa, se devela la hiancia que eclipsa al sujeto, el lugar de la falta. La respuesta esta obligada por la pregunta que supone esta interpelación, implica deuda, por tanto él responde. Responde arrepintiéndose de lo que había hecho, pero lo dice de esta manera: “Ahhh, nooo, paren, paren… es un pecado… usar así a Ludwig Van…él no hizo daño a nadie”. Es en este punto que se resignifica, desde nuestro punto de vista, para él aquel primer tiempo en el que le quita la vida a la mujer, por un segundo en donde asume la culpa, por que si el otro no es culpable, el culpable es el yo. El que había hecho algo era él, algo que estaba mal, que iba en contra de la sociedad “no necesito ir más allá, me han probado que la violencia es mala, he aprendido la lección, estoy curado. Alabado sea Dios!.”, continuando de esta manera alienado al Otro. Esta situación se repite nuevamente cuando Alex, después de regresar “curado” a su casa y encontrarse con que otro ocupa su lugar, no tan solo en su casa sino también en el deseo de sus padres, se abandona en la calle, al la deriva y, en la espera vaya uno a saber de que, se cruza con sus viejos amigos los drugoos, quienes, tortura mediante, le dan una buena paliza en venganza por los maltratos que a menudo habían recibido de Alex. Previamente también había recibido la justa golpiza por parte de los ancianos a los que solía hacer víctimas de su ultraviolencia. Por lo visto el castigo que lo esperaba en el exterior era peor que el que podía llegar a recibir dentro de la cárcel. Pero no era otro más que él quién había elegido estar allí donde estaba. Nos podemos hacer aquí una pregunta ¿Qué tiene que ver su deseo con esa búsqueda de castigo? No obstante, Alex, desesperado, con todo el peso de las castración encima, ya sin lugar a donde ir, encerrado en el vacío presente consecuencia de vivir en el aquí y ahora, opta por ir a golpear la puerta de casa de una de sus victimas (el escritor). Allí termina por ser encerrado en un cuarto, obligado a escuchar sin cesar la Novena Sinfonía que a consecuencia del tratamiento le producía ahora malestar. En esta ocasión su respuesta es otra, esta vez lo hace por medio de un pasaje al acto. Su intento de suicido da cuenta del sentimiento de culpa que no puede ser mitigado ya de ningún modo.
Siguiendo esta hipótesis, establecemos la evasión a la responsabilidad subjetiva por parte de Alex y la presencia de las figuras de la culpa de esta manera: en la primera situación apela al orden de la norma, procura comportarse “bien”, responde desde el campo moral impulsado por el sentimiento de culpa que lo colma, y en la segunda llega mucho más lejos, imposibilitado quizás de recomposición yoica (al nivel del moi), intenta suicidarse.
A modo de Hipótesis clínica que nos ayude a situar la naturaleza de la ligadura entre estos dos tiempos podríamos plantear que aquello que se des-liga con el tiempo dos puede encontrar su insistencia, su expresión a modo de necesidad de castigo, bajo el oscuro trasfondo de la pulsión de muerte, y de la restitución imaginaria (narcisista) de una frustración simbólica de amor. Vemos así como se deduce de la necesidad de castigo la exteriorización pulsional del yo que, sobrevenido masoquista (bajo influjo del superyó sádico) opera esta particular ligazón erótica con el superyó.
Al final Alex consigue su libertad pero ¿a que precio? No podemos afirmar nada, pero probablemente en las condiciones psíquicas que pudo haber quedado luego de la manipulación mental a la que es sometido, en vano sea esperar de éste una toma de responsabilidad subjetiva por su acto. Por lo tanto descartaríamos un tiempo tres en nuestro caso.
(Ver apartado)
“La contingencia pasa, lo esencial queda”. Pero algo de lo contingente entre el caso de Ibbieta el personaje de Sartre y Alex se puede llevar a comparación en tanto que en ambos aparece la tregua: para Ibbieta, la posibilidad de la vida a cambio de traicionar a Ramón Gris; para Alex la posibilidad de la libertad a cambio de traicionar su causa. Sin embargo, Alex no hace una broma como Ibbieta y poco parece importarle el destino de los otros, claramente esto se ve cuando sin culpa, al parecer, escucha el destino al que condujo a su víctima, el escritor: ¡a un manicomio! Pero habla, como Ibbieta el habla y deja filtrar su deseo. El no deseaba seguir viviendo por que lo iban a matar como a Ibbieta, pero deseaba ser libre para seguir viviendo, para seguir gozando del dolor. En ambos casos la situación toca un real. Alex aparenta ser perverso, goza de castigar y de ser castigado. Ibbieta, en cambio, pareciera un neurótico que cae en el dominio del deseo inconciente de la muerte del Otro, puesto que no solo delata a alguien para sobrevivir sino que delata a alguien con nombre y apellido, Ramón Gris. Ramón Gris con quien se encuentra en posición especular, ya que es el quien tiene lo que Ibbieta desea y es el que tiene que ser aniquilado para que Ibbieta pueda tomar su posición. En ambos casos también nos encontramos ante el entramado de la necesidad y el azar que abren la grieta en donde emerge el sujeto. En el caso de Ibbieta fue por azar que su declaración terminó coincidiendo con el sitio en donde se encontraba Ramón gris. Pero no fue el puro azar lo que condujo a los falangistas al cementerio, también fue necesario que Ibbieta hablara en respuesta a un plan de exterminio. En nuestro caso se manifiesta la relación con el azar en este preciso punto en donde la incertidumbre viene a dar cuenta de la apuesta de Alex, que no sabía que sería utilizada en el “tratamiento” la Novena Sinfonía de Beethoven. Esto escapa a su cálculo, “Falla, no resuelve el cálculo con exactitud, deja una diferencia, un resto irreductible. Es una máquina fallida que funcionando a pérdida recorta lo no calculable“ . La necesidad puede ser situada como un sinónimo de “Destino”, se rige por un orden causa-efecto, es decir que siempre tiene una explicación. En este caso encontramos el hecho de que el tratamiento era de naturaleza conductista por lo cual los estímulos sonoros que acompañaban a la rítmica incesante de las imágenes de ultraviolencia eran necesarios. En esa grieta que se abre entre lo necesario y lo azaroso está Alex, el melómano, fanático incurable de la música de Beethoven, abriéndose el camino a esbozar ya no la determinación del sujeto por la necesidad o por el azar sino la sobredeterminación por su inconciente.

Apartado:
Cuando decimos que el sujeto es culpable o que es responsable, lo decimos en tanto que como sujeto deseante esta ob-ligado a responder por su deseo. Deseo del cual nada quiere saber pero con el cual contingentemente tendrá que vérselas. Estas son las contingencias en las que Ibbieta, el personaje de Sartre, es llamado a responder: La historia trascurre durante la guerra civil española. Ibbieta esta junto a otros prisioneros encerrados en un sótano esperando al amanecer para ser fusilado. Ibbieta no duerme por que quiere aprovechar hasta la última hora con vida. Llega el amanecer pero en vez de llevarlo al muro lo suben a una habitación para interrogarlo. Le piden que denuncie el paradero de Ramón Gris, líder anarquista. A cambio de la información lo dejarían vivir. Ibbieta sabe que Ramón Gris se esconde donde su primo. El sabe que todos son mortales, que si no es hoy es mañana, pero que nadie escapa de la muerte. Piensa que son unos estúpidos que intentan sobornarlo perdonándole la vida. Entonces habla, pero para burlarse de ellos: “está escondido en el cementerio” dice conteniendo la risa. Pero sin saberlo dijo la verdad, Ramón Gris estaba escondido en el cementerio. Allí lo encontraron y le dieron muerte. Entonces Ibbieta “retornó al patio de los prisioneros, esperando una sentencia. Por que la muerte sigue pendiendo sobre su cabeza. Sólo pudo ser aplazada. Después de todo ya era mortal”. Ibbieta termina llorando de risa o riendo hasta las lágrimas.



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