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Universidad de Buenos Aires.
Facultad de Psicología.

Materia: Psicología, Ética y Derechos Humanos
Cátedra: I
Profesor Titular: Lic. Juan Jorge Michel Fariña

Segunda Evaluación

Comisión: 02- Lunes 12.45hs.
Ayudante: Lic. Dora Serué.
Co-ayudante: Lic. Tamara García Karo

Alumna:
• Pose, María Soledad. L.U.: 323918810

2º cuatrimestre de 2009

Introducción

A los fines de la presente entrega, tomaré una producción narrativa titulada “La subida al cielo” , escrita por Roald Dahl. Me abocaré en principio a una presentación sintética del argumento de la misma para luego proceder al análisis.

Síntesis argumental

El cuento seleccionado narra la historia de un matrimonio, el Sr. y la Sra. Foster. Ambos vivían en una lujosa casa a la cual habían decidido instalarle un ascensor para hacer más fácil el acceso a los distintos pisos de la misma. La Sra. Foster había sufrido toda su vida un “miedo patológico” a perder trenes, aviones, barcos, y hasta el principio de una obra de teatro. Su marido parecía demorarse a propósito cada vez que partían hacia alguno de estos lugares, aumentando el nerviosismo de su mujer. “(…) ella no se habría atrevido por nada del mundo a levantar la voz y pedirle que se apresurase: [él] la tenía demasiado bien disciplinada para eso”.
La historia que nos compete se desarrolla con la ocasión de la Sra. Foster de viajar sola a visitar a su única hija y sus tres nietos a París. La Sra. Foster esperaba con gran anhelo este viaje y sobre todo, el poder reencontrarse con sus seres queridos “(…) en fechas recientes, cada vez la asaltaba con mayor frecuencia el sentimiento de que no deseaba terminar sus días donde no pudiese estar cerca de sus niños, recibir sus visitas, llevarlos de paseo, comprarles regalos y verlos crecer. Sabía, a buen seguro, que en cierto modo no estaba bien, e incluso era una deslealtad alentar pensamientos semejantes estando todavía vivo su esposo”, pues éste no hubiera consentido nunca mudarse a París y era “casi un milagro” que haya dejado a su esposa emprender este viaje. El Sr. Foster se alojaría en el club mientras su señora estaba fuera para no permanecer solo en una casa de semejante magnitudes, prometiendo que haría visitas regulares a la misma para chequear la correspondencia y cerciorarse de que todo esté en orden.
La mañana del viaje el Sr. Foster decide acompañar a su esposa al aeropuerto. Luego de sus múltiples demoras, consiguen llegar al aeropuerto para comprobar que el vuelo estaba demorado por la espesa niebla (si no hubiera estado demorado, probablemente lo hubiera perdido pues su esposo había tardado demasiado en salir). Ante esta situación, el Sr. Foster regresa a la casa, mientras que su esposa se queda esperando la salida del avión. Tras horas de espera, se anuncia que el mismo se había reprogramado para el día siguiente. La Sra. Foster no sabía si regresar a su casa o alojarse en un hotel pues “no quería ver a su esposo. La aterraba que consiguiese, con algún subterfugio, impedirle el viaje a Francia”. Finalmente, tras meditarlo, y consultarlo con su marido, quien decide no marchar ese día rumbo al club, decide regresar a su hogar. Allí, le comunica a su marido que el vuelo saldría a las 11 de la mañana del día siguiente y le pide que no se tome la molestia de acompañarla. Él dice que no lo hará pero que por favor lo lleve con el coche encargado al club antes de ir al aeropuerto (aún cuando el club no estaba camino al aeropuerto- se encontraba exactamente en la vía contraria).
A la mañana siguiente, llevaban ya 20 minutos de demora (por causa del Sr. Foster) cuando éste se sube al auto. Una vez en el mismo, se da cuenta que había olvidado en el interior de la casa un regalo que quería que su esposa le lleve a su hija, razón por la cual decide regresar a la vivienda. Trascurridos algunos minutos, y ante la posibilidad de perder el vuelo, la señora Foster va a buscar a su marido “Salió presurosa del coche y presurosa subió la escalinata, con la llave en una mano. Introdujo aquélla en la cerradura, y a punto de darle la vuelta, se detuvo. Irguió la cabeza y así se quedó, totalmente inmóvil (…) Viéndola allí plantada (…) se hubiera dicho que acechaba la repetición de algún ruido percibido antes y procedente de algún lugar lejano de la casa. Sí: era indudable que estaba a la escucha. Su actitud así lo indicaba.” Luego de unos minutos, retira la llave de la cerradura, regresa al auto y le pide al chófer que se ponga en marcha puesto que ya no había tiempo de esperar a su marido. Finalmente, logra alcanzar su avión y realizar el viaje “imbuida en un nuevo talante, se sentía curiosamente fuerte y, en cierta manera maravillosamente”. Todas las semanas, escribía a su esposo, y pasadas las seis semanas decide regresar apuntando “tanto en su actitud como en sus palabras” la posibilidad de un regreso no distante.
Al llegar al aeropuerto, advierte “con asombro” que ningún coche la había ido a buscar, al llegar a su casa se encuentra que su correspondencia nunca había sido abierta y “en el aire flotaba un extraño olor dulzón como nunca antes lo había percibido (…) Tenía la Sra. Foster el aire de quien se dispone a investigar un rumor o confirmar una sospecha”. Lo que encuentra, efectivamente, es que el ascensor se había quedado estancado entre el segundo y el tercer piso, quedando a nosotros, lectores, la interpretación de que su marido estaba dentro del mismo, aportada por los distintos indicios de la narración (entre ellos el título). A continuación, la Sra. Foster se dispone a llamar a un técnico para la reparación del ascensor luciendo en su rostro “un pequeño viso de satisfacción”.

Análisis

Tomaremos para realizar el análisis pertinente a los fines de la presente evaluación al personaje de la Sra. Foster. Ahora bien, en la primera evaluación nos habíamos abocado al primer movimiento de la ética, aquel que va de la intuición al Estado del Arte, tomando los códigos deontológicos, es decir, haciendo un análisis desde la perspectiva moral. Analizar a la Sra. Foster desde la moral, desde el orden socialmente aceptado, desde el eje particular, es posible. Podríamos preguntarnos, por ejemplo, si incurre en una negligencia al no ingresar en su hogar para averiguar qué le había sucedido a su marido, podríamos interrogarnos si hace menos de lo que la situación ameritaría. No obstante, no es lo que nos proponemos hacer aquí. Si tomamos a la Sra. Foster como paciente, como quien viene a nuestro consultorio a relatarnos esta situación, en tanto analistas debemos ser abstinentes y ello implica abstenernos de nuestra moral, de nuestras creencias, de nuestra relación con la ley, de nuestra religiosidad . El objetivo de dicha abstinencia no es nimio: permite que la singularidad del paciente pueda emerger.
Hechas estas aclaraciones me gustaría ubicar en la narración un efecto particularista no el personaje de nuestro análisis, sino en su marido; en tanto se ubica en un lugar autoritario, de disciplinamiento, en las propias palabras del autor, produce un aplastamiento de la singularidad de su esposa y por lo tanto, de su subjetividad: ella teme cuestionarlo y teme que le prohíba el viaje que tanto anhela. El efecto particularista produce el desconocimiento de la diversidad y pretende elevar la condición de particular a rango universal. “(…) las actitudes autoritarias defienden siempre intereses particularistas (…)”
Intentaremos establecer a continuación el circuito de responsabilidad, teniendo en cuenta que cuando hablemos aquí de responsabilidad no haremos referencia a la responsabilidad jurídica o moral, sino a la subjetiva, en tanto y en cuanto hace referencia al sujeto del inconsciente. Responsable es aquel sujeto del que se espera una respuesta, es decir hay un acto que lo interpela frente al cual debe responder. En este circuito podemos diferenciar distintos tiempos que actúan como tiempos lógicos- no cronológicos. En el tiempo 1 podríamos ubicar una acción cuyos fines se agotan en los objetivos para los cuales fue concebida (al menos hasta que nuevos indicios digan lo contrario). En el cuento “La subida al cielo” podríamos ubicar dicho tiempo 1 en el momento en que la Sra. Foster sale del auto para buscar a su marido y ante su demora, decide partir rumbo al aeropuerto, dejándolo. Dicha acción no tendría más fin que el de tomar un avión que de esperar un tiempo más, perdería. La Sra. Foster se ve enfrentada a un orden de necesidad, esto es, un orden que escapa a la voluntad del sujeto y que obedece a una causa: la línea aérea había programado un viaje para las once de la mañana; de no llegar en tiempo, lo perdería. Ante esta necesidad la Sra Foster regresa al auto y pide al chófer que se dirija al aeropuerto dejando atrás a su marido, puesto que ya no había tiempo de esperarlo si quería alcanzar ese avión y visitar a su hija y nietos. “Aquél, se decía una y otra vez, era el único avión que no podía perder. Le había costado meses persuadir a su marido de que la dejase marchar. Y, si ahora perdía el avión, no era difícil que él resolviese que debía dejarlo todo en suspenso”
También podríamos ubicar en el cuento en cuestión un tiempo 2, donde aparece una indicación de que el acto emprendido en el tiempo 1 fue más allá de los límites para los cuales fue concebido. Aparece una disonancia que pone al sujeto sobre la pista de que algo anduvo mal y junto con ella aparece el momento de la interpelación. Podríamos ubicar en este tiempo la escena donde la Sra. Foster regresa de su viaje y encuentra que su marido había quedado encerrado en el ascensor de su casa, entre los pisos 2 y 3. Si bien ella esperaba encontrarse con algo de este talante, esa espera era a la manera de “un rumor o una sospecha” y es en el momento de la confirmación donde se produce la interpelación. Bien podríamos aventurar que la interpelación podría venir de los otros, lectores en este caso, que hasta el momento no sabemos nada de lo ocurrido. ¿Podemos decir que ella es responsable de haber averiado el ascensor provocando la muerte de su marido? Ciertamente no. Allí intervino el azar. El azar implica la incertidumbre, la desconexión de la relación de causa-efecto. Podemos pensar que en “La subida al cielo” una serie de eventos se encadenaron azarosamente, dando como resultado la muerte del Sr. Foster. En la película “El curioso caso de Benjamin Button” hay una escena que resulta paradigmática para ilustrar el azar: se relatan toda una serie de sucesos que de no haberse producido o haberse producido en otro momento, no hubieran terminado con el accidente de Daisy. Aquí podríamos pensar algo similar: si el día anterior el clima hubiera sido más propicio para un vuelo en avión, la Sra. Foster hubiera estado en París y su marido hospedado en el club hasta su regreso. Quiso el azar también que el ascensor se averiara cuando la Sra Foster tenía que partir rumbo al aeropuerto y ya no había tiempo de ir a buscar a su marido. Entonces ¿de qué el sujeto debe hacerse responsable? ¿Frente a qué es llamado a responder? La responsabilidad de un sujeto debe ubicarse en la “hiancia” que se produce entre necesidad y azar. La escena donde ella se encuentra con que el marido ha quedado encerrado en el ascensor nos hace resignificar el tiempo 1, lo que en ese momento podríamos pensar que fue una acción concertada para no perder un avión parecería ubicarse ahora como un acto que permitió la emergencia de una singularidad. Sabemos que la Sra Foster se queda escuchando en la puerta “acechaba la repetición de algún ruido percibido antes y procedente de algún lugar lejano de la casa.” Podríamos pensar a la luz de los sucesos ocurridos en el tiempo 2, que escucha algo que la pone en la pista de que algo anda mal: no podemos conocer a ciencia cierta si sabe que el ascensor ha quedado trabado, pero sí podemos hipotetizar que no ignora que algo no está bien y puesta a elegir entre ver qué le ha sucedido a su marido y alcanzar el avión que la llevará a visitar a su hija, opta por esto último. Cuando regresa al auto, dice el autor: “Es posible, que, de haberla observado con atención, el chofer hubiese advertido que, la cara totalmente blanca, toda su expresión había cambiado de repente. (…) Su pequeña boca, de ordinario floja, se veía prieta y afilada; los ojos le fulgían; y la voz, cuando habló, tenía un nuevo tono, de autoridad”.
Podíamos ensayar aquí una hipótesis clínica de cuál es su deseo, aquel frente al cual debe responder, aquello frente a lo cual debe responsabilizarse. En este sentido, algo que dice el autor podría llegar a ponernos sobre la pista correcta. “(…) en fechas recientes, cada vez la asaltaba con mayor frecuencia el sentimiento de que no deseaba terminar sus días donde no pudiese estar cerca de sus niños (…). Sabía, a buen seguro, que en cierto modo no estaba bien, e incluso era una deslealtad alentar pensamientos semejantes estando todavía vivo su esposo”. Sabemos que el inconsciente es aquello que irrumpe escapando a la actitud consciente y voluntaria de la persona, ya sea en los actos fallidos, en los sueños, en las asociaciones libres. En el caso de la Sra Foster se presenta como sentimientos que “la asaltan”, que irrumpen sin su control y que ella descalifica por “incorrectos”, porque no se puede pensar en “eso” estando vivo su esposo. “El sujeto cede en el camino del deseo para amoldarse a los mandatos del Superyó. Renuncia al deseo para gozar del sometimiento (…) El yo no es propietario del deseo, pero sí diremos que el sujeto es responsable de su puesta en acto.” El deseo frente al cual la Sra. Foster debe hacerse responsable sería terminar sus días cerca de su hija, lo cual implica deshacerse de su marido, puesto que él nunca hubiera consentido dicha mudanza. Ella renuncia a ese deseo, para gozar del sometimiento a su superyó, y por eso tiene la certeza que esos pensamientos que la asaltan son desleales, no están bien. Podríamos ubicar en este sometimiento al Superyó algo del orden de la culpa, puesto que ésta aparece cuando el sujeto se desentiende de su deseo. Es posible, sin embargo, aventurarnos un poco más profundo y pensar algo en relación a la posición subjetiva de la Sra. Foster. A partir de ciertos síntomas, como la obsesión “casi patológica”, como la describe el autor, de llegar tarde y la relación de la Sra. Foster con su marido, podríamos inferir algo del orden de la neurosis obsesiva. Dice Lacan que la relación del neurótico obsesivo con el Otro, se desarrolla en términos de la dialéctica hegeliana del Amo y el Esclavo; el obsesivo para no comprometerse con su deseo se somete a un Otro que se lo prohíbe y cultiva la esperanza que con el Otro muera, va a empezar a vivir. De esta manera el deseo del obsesivo se presenta como imposible. Conjeturamos, entonces, que el deseo que aquí se manifiesta tiene que ver con romper ese sometimiento al Amo, con el deseo de tener un propio deseo.
Ahora bien, la retroacción del tiempo 2 sobre el tiempo 1, no es todavía la responsabilidad subjetiva. Ésta advendría en un tiempo 3. El tiempo 3 implica necesariamente un cambio de posición subjetiva, una respuesta frente a aquel deseo que se manifestó en la acción concertada en el Tiempo 1. Podríamos pensar y quizás dejarlo planteado como hipótesis, que en tanto analistas, confirmaremos o rechazaremos. ¿Hay en la Sra Foster un tiempo 3? ¿Hay un cambio de posición subjetiva? En principio intentaremos aventurar un ensayo de respuesta que diría que sí. La Sra Foster del tiempo 1 es aquella obediente que en lugar de negarse a llevar a su marido al club por ser una propuesta irracional, se baja del auto para esperarlo. Sin embargo, allí donde todo indica que como sujeto neurótico va a comportarse como lo hace siempre, evitando confrontarse con su deseo, el personaje hace algo distinto en lugar de esperarlo o de ingresar a la casa para buscarlo, ella retira la llave de la cerradura y regresa al auto, rompiendo así la relación de sometimiento con su marido. La Sra Foster del tiempo 3 es un sujeto distinto, cuando se dirige al chofer para decirle que se retiraban lo hace con un nuevo talante: de autoridad, aquello de lo que había carecido toda su vida. Mientras realiza el viaje dice el autor que se sentía curiosamente fuerte. Curiosamente, como nunca se había sentido.
No obstante, quisiera dejar planteado el tiempo 3 como hipótesis, puesto que el cuento termina demasiado rápido, no sabemos qué ocurre a continuación. Dahl nos dice que la Sra. Foster se dirige al teléfono con “un pequeño viso de satisfacción”. Freud, con el descubrimiento del inconsciente supo entender que lo que es satisfacción para un sistema, es insatisfacción para otro. Así como él coligió en el caso de Elizabeth Von R., que su paciente al tocar la zona dolorida de su pierna mostraba placer en su cara; podríamos preguntarnos si aquello que la Sra Foster traduce en su cara es ignorado por ella. Y digo que el cuento termina demasiado rápido puesto que no sabemos que hace con aquello que ignora: podría emerger, por ejemplo, el sentimiento de culpa, que no permitiría emerger la pregunta sobre la participación subjetiva en el circuito, sino más bien obturar dicho proceso.
A la luz de los elementos aportados en el tiempo 2, y del cambio de posición subjetiva que en principio podemos inferir que se ha producido en el tiempo 3, podemos pensar retroactivamente la acción concertada en el tiempo 1 como acto ético. Pensamos a la ética como un horizonte en quiebra, puesto que cuando se quiebra el horizonte moral, el eje particular, adviene la ética, que permite el despliegue del eje universal-singular. El acto de la Sra Foster puede pensarse en esta dimensión, puesto que es un acto en soledad, sin los otros por fuera de los mismos, por fuera de la dimensión legal, sino guiado por el deseo. El acto en tanto ético, es incalculable, permite la emergencia de una singularidad. Este acto va a tener consecuencias para los otros pero en tanto el acto resalta la condición de soledad, los otros van a verlo como una acción. Acto ético y efecto sujeto coinciden, el sujeto de la responsabilidad subjetiva y el del acto no van a ser más que uno y el mismo. Es por eso que “(…) la responsabilidad subjetiva es otro nombre del sujeto, del sujeto en acto” .

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