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Universidad de Buenos Aires
Facultad de Psicología

Psicología, Ética y Derechos Humanos.
Cátedra I
Segundo Parcial

Alumnas: Glombovsky Nadia - Guzmán Yanina
Profesora: Marcela Brunetti
Comisión: 14
Fecha: 16/11/2009

Film: “La vida de los otros” [2006]
Personaje seleccionado para analizar: Wiesler

La película trascurre en Alemania, mayormente durante los años previos a la caída del muro de Berlín en 1989, cuando Alemania estaba separada en la República Democrática Alemana (Oriental) y la República Federal Alemana (Occidental). El film se desarrolla dentro de la Alemania Oriental, muestra el accionar de la policía estatal del régimen comunista (la Stasi) y las vigilancias e intrusiones a la vida privada a las que estaban sometidas las personas.
Wiesler, un empleado y profesor de la Stasi, se caracteriza por ser un hombre frío, dedicado por completo a su tarea, con una desdichada e insignificante vida privada, carente de relaciones afectivas. Vive solo en un departamento sobrio, pobremente decorado. De esta forma, Wiesler dedica su vida a cumplir minuciosamente las tareas que le demanda su empleo en la Stasi, destacándose por su capacidad para los interrogatorios. En otras palabras, este hombre forma parte de una maquinaria, cumple meramente una función dentro del régimen comunista y su despótica forma de vigilancia.
Para comprender mejor este fenómeno, llamado por Calligaris pasión por la instrumentalización, dicho autor explica que “el saber paterno es supuesto, no está escrito en ningún lado, entonces no se trata de llegar al saber de lo que antes estaba escondido. Se trata de construir un semblante de este saber [...]” . Esto quiere decir, que el neurótico sale del sufrimiento de la incertidumbre a través de la transformación de un saber supuesto en un saber sabido. “Lo esencial es que sea sabido y compartido, y que de pronto nosotros quedemos funcionando, sabiendo lo que tenemos que hacer, como instrumentos de saber. [...] El contenido de este saber no tiene la más mínima importancia” . De esta manera, el neurótico puede orientar su vida en relación a un destino, reduciendo su propia subjetividad a una instrumentalización. Ser el engranaje de una maquinaria agota toda posibilidad de surgimiento de una singularidad e imposibilita ver el propio acto desde otra posición. Wiesler era uno de los mejores funcionarios de la “maquinaria”, y por salir del sufrimiento del sin-sentido pudo ser capaz de realizar actos invasivos y que restringían la libertad de las personas.
En cierta ocasión Wiesler es invitado por su superior, el coronel Anton Grubitz, a presenciar una obra teatral escrita por Georg Dreyman e interpretada por su esposa Christa María Sieland. La invitación que recibe Wiesler puede pensarse dentro de lo azaroso de la situación. Es decir, la invitación no implica responsabilidad alguna por parte del sujeto; es una coincidencia temporal que se dio circunstancialmente: nada tuvo que ver Wiesler con esa invitación al teatro.
El autor de la obra, Dreyman, estaba a favor del gobierno comunista, y sus obras estaban permitidas por el ministro de Cultura. A pesar de esto, Wiesler sugiere que el escritor debería ser vigilado y él mismo se ofrece para realizar la misión. Grubitz, tras consultarlo con el ministro de Cultura, promueve esta iniciativa, y le concede la realización de la misión.
Luego de la instalación de micrófonos por toda la casa de Dreyman, comienza la vigilancia: Wiesler empieza a redactar sus informes sobre todo lo que escucha en la casa. Durante su primer día, como de costumbre, Wiesler parece realizar bien su tarea. Terminando su jornada, al anochecer, escucha por primera vez a la pareja haciendo el amor y notifica este hecho desinteresadamente con la frase: “Probablemente tienen relaciones”
De a poco Wiesler se comienza a interesar cada vez más en la vida de estos “otros”, e interviene en lo que sucede en la casa: por ejemplo, cuando toca el timbre en el momento en que la esposa del escritor estaba llegando a la casa, para que éste descubra que ella salía del auto del ministro y que algo ocurría entre ellos. Con el pasar del tiempo, Wiesler se compenetra más con las situaciones de la pareja, y casi parece estar viviéndolas al tiempo que las escucha. Algo de esto puede apreciarse en la siguiente escena: está la mujer acostada en la cama y le pide a su esposo que la abrace; él la abraza por la espalda. Al mismo tiempo, Wiesler se encuentra solo, escuchando en su silla, tirado hacia un costado con sus brazos cruzados por delante, casi en la misma posición que la mujer mientras era abrazada, con una expresión muy particular en su rostro, como si fuera él el abrazado por alguien.

A continuación, convendría diferenciar los distintos modos que existen para el sujeto de confrontarse al campo de la responsabilidad. En primer lugar, la responsabilidad jurídica (social, moral) se basa en la noción de sujeto autónomo, lo que quiere decir, un sujeto con capacidad para auto-gobernarse en el sentido de que decide libre, voluntaria e intencionalmente sobre su propia vida . En cambio, la responsabilidad subjetiva, la cual resulta de nuestro interés en el presente trabajo, es la que “interpela al sujeto más allá de las fronteras del yo, asentándose en la noción de sujeto del inconsciente” .

Resulta pertinente introducir el concepto de circuito de la responsabilidad subjetiva. Según Dominguez , en dicho circuito podemos ubicar tres tiempos lógicos: en el primer tiempo ocurre una acción determinada (acorde al universo particular del sujeto) que se agota en los fines para los que fue realizada. En el segundo tiempo aparece un exceso en lo acontecido: el universo particular soportado en las certidumbres yoicas se resquebraja y se resignifica lo acontecido en el tiempo uno; esto interpela al sujeto. Es el momento propicio para que emerja una singularidad, la cual daría lugar a un tercer tiempo, en el que sobrevendría la responsabilidad subjetiva, es decir, “una toma de posición en relación a lo universal, inscribiendo un acto que produzca un sujeto” .

Tomando la situación de Wiesler, podemos ubicar un primer momento dentro del circuito de la responsabilidad, en el que la acción que se lleva a cabo está en “...concordancia con el universo de discurso en el que el sujeto se halla inmerso...” , y por lo tanto, la acción se acaba en los fines últimos a los que estaba destinada. La acción de nuestro personaje es el vigilar o espiar a la pareja de artistas, y el universo particular en que se halla inmerso es la ideología comunista del gobierno de Alemania Oriental. Estos valores compartidos socialmente constituyen el campo de la moral para ese momento sociohistórico y para ese sujeto; es decir, determinan qué es lo esperable o condenable en una situación dada; sirven de referencia para la valoración de las acciones.
En cierto momento, sucede que Wiesler comienza a omitir sucesos incriminantes y a mentir en sus informes. Por ejemplo, cuando escucha que Dreyman, conmovido por el suicidio de un amigo, planea escribir un artículo en contra del gobierno, Wiesler llama para comunicar este acontecimiento a su superior, pero cuando le contestan el teléfono aparece la duda, y finalmente corta sin decir nada. Se dice a sí mismo: “sólo por esta vez”.
Respecto a estas pequeñas “inconsistencias” que van surgiendo, Wiesler reacciona desde la moral, y toma esos hechos como meros “errores”. Entonces, en este primer momento, no se puede hablar aún de una interpelación subjetiva, ya que el sujeto califica sus acciones como “equivocaciones”; por lo tanto, responde con su yo desde el particular que lo organiza.
A pesar de los intentos de Wiesler de justificar sus acciones argumentando que serán “sólo por esta vez” o calificándolas como “errores”, éstas finalmente se le volverán a imponer, y seguirá “equivocándose”. Poco a poco dichas acciones darán cuenta del desvío de su objetivo inicial: encontrar y notificar información incriminante. Esto permite pensar en la fuerza que tiene el deseo inconsciente que, “...reprimible pero indestructible, sigue haciendo su jugada, iluminándose en cada acto...” .

En la escena en la que Dreyman recibe una máquina de escribir ilegal de parte de uno de sus colegas, y ambos brindan por el comienzo de su proyecto contra el gobierno Oriental, podemos ver que Wiesler se pone inquieto. Inmediatamente comienza a escribir, y podemos suponer por lo que sigue, que va a delatar al grupo de artistas, ya que de allí mismo se dirige hasta la oficina del coronel Grubitz. Wiesler está a punto de delatar el plan del escritor y sus colegas, pero justo en ese momento, Grubitz le menciona unas “condiciones de prisión para artistas subversivos según su perfil personal” en las que se explicita qué “tratamiento” le correspondería a cada artista según sus debilidades, para cancelar la inspiración artística, evitando que vuelvan a escribir, pintar, etc.
Las inhumanas palabras que Wiesler escucha, que son las mismas que siempre escuchó durante todo el tiempo que perteneció a la Stasi, ahora parecen ser escuchadas desde otro lugar. El impacto que estos comentarios producen en Wiesler pueden notarse en la expresión de su rostro: perplejidad, miedo, preocupación, vacilación, finalmente arrepentimiento: una de las formas de la culpa. Efectivamente, Wiesler se arrepiente de su cometido de entregar el informe delatador, y en vez de revelar el plan de Dreyman, pide que el caso quede sólo a su cargo, suponemos que para poder encubrir al escritor. El coronel Grubitz le concede este pedido, a pesar de que le suena extraño.
El arrepentimiento de Wiesler nos indica que algo del universo previo en el que se sostenía, comienza a tambalearse. Estamos frente a un segundo momento en el circuito de la responsabilidad: la interpelación subjetiva. En este momento, puede verse claramente el sujeto dividido, en donde se confrontan dos discursos configurados sobre lógicas diferentes. Es esta confrontación la que interpela al sujeto; es lo que irrumpe como extraño para el yo y lo desorienta. Es la inconsistencia que quiebra todo sentido y convoca al yo a responder. Aquí se abre la posibilidad de que los valores que organizaban su subjetividad, se reordenen. Pero, en este segundo tiempo, todavía no podemos hablar de responsabilidad subjetiva, ya que aún no sabemos qué hará el sujeto en el confrontamiento “con aquello que perteneciéndole le es ajeno” . Es decir, ahora Wiesler va a encargarse él solo de la misión, pero aún no sabemos cómo responderá a las crueles palabras de Grubitz, qué hará frente a la interpelación.
Mientras escucha las conversaciones de los artistas, Wiesler se ve tocado por una lógica diferente a la que organizaba su vida y sus creencias; una lógica ligada al amor, al arte, a las emociones, a la amistad, y al librepensamiento. Ésta es la lógica que le genera disonancia, al chocar con la lógica del gobierno despótico, en la que se sostiene el sujeto. Podemos preguntarnos por qué este encuentro generó semejante ruptura en Wiesler, quien siempre había desempeñado bien su función en la Stasi, sin nunca haberse involucrado con nadie, sin siquiera haberse cuestionado sus acciones. Estas impresiones de “la vida de los otros” a la que está expuesto Wiesler tienen aquí un efecto distinto. No es meramente una escucha de conversaciones, la cual podría pensarse más bien en una dimensión de “necesidad”, es decir, relativa al proceso de escucha a nivel fisiológico del sistema auditivo, en la que escuchar es una necesidad. Aquí se abre algo más que eso: Wiesler deja de ser sólo un oyente dentro del auditorio, para transformarse, además, en un destinatario. El sujeto deja de meramente tipear conversaciones de modo mecánico, para pasar a ser interpelado por la lógica subyacente en tales conversaciones; comienza a escribir lo que a él le parece.

En una escena cercana al final, Dreyman publica su artículo contra el gobierno en Alemania Occidental de modo anónimo, y la Stasi se entera. Inmediatamente Wiesler es llamado por su superior Grubitz, quien está seguro de que algo oculta. Wiesler es interrogado y continúa omitiendo la información incriminante. Finalmente, Dreyman es delatado por su mujer, y la policía va a buscar la máquina de escribir ilegal a un escondite secreto dentro de la casa (develado por Christa). Al enterarse de esto, Wiesler se apresura por ir a sacar la máquina de aquel lugar antes de que llegue la policía, sin que nadie lo sepa. Entonces, cuando llega la Stasi, no encuentran nada y toman a la mujer como una falsa informante.
En la escena comentada, podemos ubicar claramente una acción espontánea y realizada en soledad, que surge en Wiesler. A ésta acción la ubicamos ya en un tercer momento del circuito de la responsabilidad: es el acto que comete al sacar la máquina de escribir de la casa, salvaguardando enteramente la vida del escritor. Es aquí donde situamos el acto ético, una singularidad en situación.
Wiesler arriesga su propia vida, y asume finalmente la posición que podía entreverse en aquellos primeros “errores” que supuestamente cometía al omitir información. Es así como en este tercer tiempo, hay un cambio de posición subjetiva, es decir, hay una respuesta frente a la resignificación que interpelaba al sujeto en el segundo tiempo. Esta respuesta implica asumir la responsabilidad subjetiva por lo ocurrido en el primer tiempo, y es gracias a la luz que echa la resignificación del segundo tiempo, que el sujeto puede responsabilizarse por aquello que excedió los fines que tenía previstos en un principio; aquello por lo que se excedió es el deseo inconsciente. Esta singularidad, “...en consonancia con lo universal, demuestra la incompletud del universo previo, junto con los ideales que allí lo sostenían...” .
Es así como vemos en este tercer momento un Wiesler muy distinto que el del primer momento: vemos un Wiesler que arriesga su propia vida y su posición dentro de la Stasi por salvar la vida de un escritor. Esto nos hubiera parecido inimaginable desde el Wiesler del primer momento, aquel despiadado que interrogaba durante horas a los prisioneros hasta que finalmente confesaban.

Ahora, cabría conjeturar acerca de qué debe responder el sujeto por lo ocurrido en el primer tiempo. Para ello es pertinente volver sobre la personalidad de Wiesler. Al principio, él aparece como una persona desinteresaba por las relaciones interpersonales, poco expresiva, centrada solamente en su trabajo, descuidando el aspecto sentimental de su vida personal. Trabaja como un engranaje dentro de una gran maquinaria de la policía estatal.
En el transcurso de los cambios que se van dando a nivel subjetivo, se puede comenzar a pesquisar indicios de interés por las relaciones afectivas. Esto lo vemos ejemplificado en la escena de la prostituta: Wiesler contrata los servicios sexuales de una mujer. Cuando ésta llega a la casa, notamos que Wiesler se está lavando la cara; parece algo nervioso o inquieto. Ellos tienen relaciones sentados en una silla, y luego de finalizar el acto sexual, Wiesler abraza a la prostituta cariñosamente y le pide que se quede un rato más. La mujer le contesta fríamente que no puede, que tiene otro cliente, y se va. Wiesler queda sentado, con la mirada perdida, en una expresión de desolación y fracaso. Quisiéramos agregar a esto, que el hecho de llamar a la prostituta y a la vez buscar en ese encuentro algo de lo afectivo, puede sonar contradictorio. En verdad, esto podría pensarse como una formación de compromiso entre dos mociones opuestas: por un lado, hay un vivo interés por relacionarse sentimentalmente con alguien -lo cual habla de una necesidad de afecto por parte de Wiesler-, y por otro lado, el hecho de buscar esa relación en una prostituta, -que quizás no es la persona más idónea para este cometido- hablaría de una negación a toda implicación sentimental.
Esta escena la conectamos con la previa escucha de los encuentros íntimos que tiene la pareja de artistas que él espía. Puede pensarse que, a pesar del desinterés que muestra Wiesler cuando notifica esto en su informe, algo de esta escucha lo conmueve, sin que él se dé cuenta, al menos en un principio. Tal vez el modo escéptico en que menciona que la pareja “probablemente está teniendo relaciones sexuales” sea un modo de negar el impacto causado en el sujeto. El negar puede funcionar como un modo yoico, moral de responder a una interpelación subjetiva.
Al respecto, Freud nos dice que “la conciencia moral es tanto más puntillosa cuanto más moral sea la persona. [...] La conciencia moral misma es una formación reactiva frente a lo malo sentido en el ello. Tanto más intensa la sofocación de eso malo, tanto más susceptible la conciencia moral”. Entonces, considerando que Wiesler tiene una dominante conciencia moral, la reacción que presenta frente a la escucha de las relaciones sexuales cobra un sentido muy importante: el encubrimiento del despertar de un interés por lo sexual y la vida afectiva. Esto nos lleva a pensar en que finalmente, Wiesler “se juega” por alguien, se arriesga por una persona a la que no tiene obligación de resguardar. Podemos conjeturar que Wiesler actúa siguiendo sus sentimientos, y que ya no tiene por qué justificarse moralmente por sus acciones.

Bibliografía:
• Calligaris, C.: “La seducción totalitaria”. En Psyché. 1987.
• Freud, S.: (1925) “La responsabilidad moral por el contenido de los sueños”. En Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto. Obras Completas. Tomo XIX. Amorrortu Editores, 1984.
• Salomone, G.; Domínguez, M. E.: La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



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