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El dilema ético de una vida frente a la de toda la especie

por Guralnik, Gabriel

Introducción: “David Vincent los ha visto”

Los Invasores. Seres extraños de un planeta que se extingue. Destino: la Tierra. Propósito: adueñarse de ella. Así comenzaba cada episodio de la serie televisiva creada por Larry Cohen y producida por Quinn Martin. Un hombre solitario, el arquitecto David Vincent (Roy Thiness), luchaba contra “ellos”. En cada episodio, Vincent procuraba convencer a otros humanos de la amenaza, y desbaratar los planes enemigos. Pero los invasores tenían aspecto humano. Sólo un estudio médico podía probar que pertenecían a otra especie. Al morir, se incineraban sin dejar ninguna huella identificable. Recién desde el episodio 14 de la 2º y última temporada, Vincent logra reunir un grupo que lucha junto a él [1]. Su principal aliado es –sugestivamente- un empresario: Edgar Scoville. Desde entonces, los invasores se ocupan de destruir al grupo. Excepto Scoville, mezcla de Bill Gates y Henry Ford, casi todos van cayendo.

Impecablemente realizada para la época, la serie debió ser desesperante para el espectador medio de los EEUU, donde abundan los finales felices. De allí que sólo durase dos temporadas, y terminara sin solución visible. En el momento culminante de la Guerra Fría, los norteamericanos necesitaban estímulos para ganarla, no una lucha desesperada en la retaguardia.

Leída en clave psicosocial, la serie remite a representaciones sociales que el norteamericano medio podía tener de los soviéticos, en plena Guerra Fría. El régimen de los invasores es –se nos revela- dictatorial. Un error se pena con la ejecución inmediata, al estilo estalinista. Salvo unos pocos jerarcas, el resto consiste en seres indiferenciados (metáfora del “comunismo” representado en los EEUU). Recordemos que las representaciones sociales son, para Moscovici, ese “conjunto de conceptos, declaraciones y explicaciones generadas en la vida cotidiana, en el transcurso de las comunicaciones interindividuales… Puede afirmarse, incluso, que son la versión contemporánea del sentido común” (Moscovici,1981:181). Bajo ese “sentido común”, en los invasores se detecta, casi siempre, una copia alienígena del enemigo soviético. Así, su forma de protegerse es el anonimato, pues son pocos (como los espías), hasta que estén en condiciones de destruir a la humanidad (como se suponía que la URSS pensaba hacer con el capitalismo). Si bien tienen una tecnología muy superior (algo que también muchos ciudadanos comunes temían que la URSS tuviese), no pueden –hasta tomar fuerza en la Tierra- ganar una guerra abierta contra la humanidad. Cuando mueren, muestran su verdadero color: el rojo. De ahí que Vincent intente, por todos los medios, llegar al FBI, al Pentágono y a los mandos militares. En términos del proceso de objetivización, la serie logra, en efecto, identificar al enemigo con la URSS: “Al poner en imágenes las nociones abstractas, da una textura material a las ideas, hace corresponder cosas con palabras, da cuerpo a esquemas conceptuales…” (Jodelet,1986:481).

Leída en clave biopolítica, la serie remite al “otro” como una raza con mayor tecnología, pero inferior en el resto de los aspectos. Los invasores “son” como nosotros, pero no tienen sentimientos. Como sujetos, no tienen más valor que el que los europeos le daban a las personas de los países que conquistaban en el siglo XIX (Mommsen,1977), o el que los nazis le daban a los rusos (Burleigh,2003). Su guerra implica el exterminio de la humanidad, para ocupar nuestro espacio vital. Nuestra guerra –la de Vincent- debe ser, simétricamente, para exterminarlos. En esto valen tanto la “hipótesis de Nietzsche” foucaultiana como la relación positiva del tipo: “si quieres vivir, el otro debe morir”, e incluso debería aplicarse (y los invasores lo hacen) el principio de que los más débiles, entre los propios, no merecen la vida (Foucault,1996). Sin embargo, Vincent no aplicará este último principio: no es un europeo pre-nazi, sino un norteamericano, que debe reflejar lo que de sí mismos piensan los norteamericanos. Como veremos enseguida.

Una vez que Vincent se hace conocido por su guerra personal, el enemigo deduce que liquidarlo sería contraproducente: atraer publicidad sería fatal para la invasión. Pero los invasores encuentran el arma perfecta contra él: la presunción de psicosis. Por todos los medios, los invasores intentarán hacer pasar a Vincent por alguien que perdió el sentido de la realidad. Un loco. Muchas veces lo consiguen.

En la fuerza de Vincent –el héroe individual, tan venerado en los EEUU- reside, también, la debilidad que los invasores tratan de explotar. Es humano. Y no está dispuesto a dejar de serlo, ni siquiera para destruirlos. Su pasión (algo que sus enemigos no poseen) es tan grande como su decisión de que cada vida es importante. Es lo que lo diferencia de los alienígenas: una línea que no va a cruzar. Y que, como en toda guerra, más de una vez se plantea si debe o no ser cruzada.

Marco histórico: Guerra Fría y Carrera Espacial

Durante la década de 1950, la difusión pública del modo en que proliferaban –en los EEUU y en la URSS- los arsenales nucleares corrió pareja con la publicidad de los primeros y espectaculares avances en exploración espacial. En 1945, con la detonación de dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki (Parker,1991:403), cuyas filmaciones fueron ampliamente difundidas, , los EEUU tuvieron el dudoso honor de ser la primera potencia (y, hasta ahora, la única) en practicar bombardeos nucleares contra ciudades civiles indefensas. Caídos en el terreno militar el fascismo, el nazismo y el militarismo japonés, el enfrentamiento gradualmente pasó al plano político, y tuvo lugar entre las dos superpotencias emergentes de la Segunda Guerra Mundial (1939-45), y sus respectivos aliados.

Tras dos Guerras Mundiales de insólita magnitud, con apenas veinte años de intervalo, nadie podía asegurar seriamente que no estallaría una Tercera: “Generaciones enteras crecieron bajo la amenaza de un conflicto nuclear global que, tal como creían muchos, podía estallar en cualquier momento y arrasar a la humanidad” (Hobsbawm,2005:230). Menos que nadie los europeos, de cuyo continente habían partido casi todas la agresiones, y los habitantes de los EEUU, nación cuyos beneficios en las dos Guerras habían sido desproporcionados con respecto a las vidas sacrificadas.

Las tensiones entre la URSS, devenida la máxima potencia militar terrestre, y el bloque liderado por los EEUU, no se hicieron esperar. Apenas caído Hitler, el cerco de Stalin contra los países de Europa Oriental se fue cerrando, mientras Inglaterra intentaba una retirada ordenada de sus colonias, y Francia pasaba de víctima del III Reich a victimaria de los territorios que mantenía bajo su control. En 1948 surgió el primer pico de máxima tensión, cuando Stalin ordenó el bloqueo de Berlín, inmersa en territorio controlado por los rusos, pero con una zona occidental bajo el mando de EEUU, Inglaterra y Francia, las tres potencias occidentales vencedoras. La exitosa respuesta occidental –un puente aéreo para abastecer Berlín Occidental- y el consiguiente levantamiento del bloqueo evitaron, en ese momento, una confrontación directa (Service,2010:293-94). Pero el problema recién había comenzado.

En 1949, la URSS detonó su primera bomba atómica (Hobsbawm,2005:233). El mismo año, Mao Zedong lideró en China la Revolución Socialista. En 1950, el régimen socialista de Corea del Norte invadió a su vecino del Sur, con armas y tropas chinas (Benz y Graml,1989). Mientras tenía lugar la Guerra de Corea (1950-53), los EEUU detonaron su primera Bomba de Hidrógeno, y a los pocos meses la URSS accedió a la misma tecnología de destrucción. En esos mismos años, y tras heredar el salto gigantesco que los nazis habían realizado en cohetería, ambas superpotencias comenzaron a apuntar sus cohetes hacia e espacio: los viajes interplanetarios comenzaron a ocupar, en el imaginario occidental, un lugar casi tan importante como la inminente Guerra Nuclear (Hobsbawm,2005).

La Carrera Espacial comenzó con ventaja para la URSS, que en 1957 puso en órbita el Sputnik-1, primer satélite artificial de la historia. Pocos meses después, los EEUU replicaron con el satélite Explorer I. En 1961, Yuri Gagarin fue el primer humano en salir al espacio exterior. Con pocos días de diferencia, Alan Shepard piloteó una nave en vuelo suborbital, y a comienzos de 1962 John Glenn repitió la hazaña de Gagarin, igualando la marca para los EEUU (Siddiqi,2000).

Casi al mismo tiempo tuvo lugar el pico máximo de tensión de la Guerra Fría. Aliada con la URSS, la Cuba de Fidel Castro permitió, en 1962, que los soviéticos intentaran instalar misiles nucleares en la isla, a sólo 150 kilómetros de los EEUU. En octubre, el mundo vivió una semana de pánico, ante el bloqueo militar impuesto por Kennedy a las actividades rusas en Cuba, y la insistencia de Khruschev en enviar material militar para instalar las bases de misiles (Hobsbawm,2005:230-35). Hoy sabemos que la Guerra Nuclear no estalló. Pero en ese momento era una posibilidad cotidiana, que marcaba la subjetividad de millones de personas. En 1962, era imposible no tomar el tema con toda seriedad.

A esa altura, casi nadie sabía cómo operaban (o qué eran) las computadoras, inauguradas en 1946 con la ENIAC (Hwang y Briggs,1983:9). Pero todos veían a la “máquina de pensar” como un artefacto más que había irrumpido desde la ciencia-ficción hacia la realidad. “Como en el caso de cualquier evolución tecnológica, cada solución nueva potenciaba un nuevo nivel de siniestras expectativas y cruel capacidad” (Black,2001:86). Si Europa había dado lugar a Hitler y al Holocausto, ¿qué harían los líderes de las superpotencias, con tecnología muy superior, cuando estallara la Tercera Guerra Mundial?

Ciencia-ficción, Guerra Fría y Biopolítica

Mencionamos, en la Introducción, que la lucha de Vincent admite una lectura biopolítica (y es totalmente apta para esa lectura desde el bando de los invasores). Mencionamos también que puede –y debiera- leerse en el marco de la Guerra Fria. Al mismo tiempo, la serie de Cohen pertenece al género llamado ciencia-ficción. Consideraremos aquí brevemente cómo opera esta tríada.

Si bien la ciencia-ficción se remonta al siglo XIX (Shelley, Verne, el primer Wells), el género creció sin límites durante el siglo XX. Lo mismo ocurrió, naturalmente, con sus temáticas (Capanna,1990). Al mismo tiempo, la primera película de la historia fue de ciencia-ficción: “El viaje a la Luna”, de Geórges Méliès (1902), inaguró una nueva forma de expresión artística, y fue el gran disparador de la cultura cinematográfica. El éxito de “Amazing Stories”, la primera revista del género surgida, en 1926, en los EEUU (Ackerman,1998), fue sólo un preludio, mientras en Alemania Fritz Lang filmaba “Metrópolis”, una de las más grandes películas de todos los tiempos, donde un remoto y distópico sistema político –de 2026- se resolvía gracias a una utopía fascista.

La amenaza nuclear, combinada con los primeros pasos hacia el espacio, cultivó la imaginación de toda una época. La literatura marcó gran parte del camino, pero ni el cómic ni el cine se quedaron atrás. En el cine de Hollywood existieron notables excepciones, como la psicoanalítica versión shakespeariana de Mc Leod Wilcox, “El Planeta Prohibido” (McLeod Wilcox,1957), o la filosófica “El increíble hombre menguante” (Arnold,1957). Pero casi todas las películas del género remitieron, entre la década de 1950 y los primeros años de la siguiente, a la Guera Fría. Entre otras, quedaron para la historia “El Día que paralizaron la Tierra” (Wise,1951), “La Guerra de los Mundos” (Haskin,1953) y “La invasión de los usurpadores de cuerpos” (Siegel, 1956), esta última basada en el cómic de Jack Finney. En la película de Wise, el extraterrestre Klaatu se revela a toda la humanidad, en un supuesto mensaje de unión planetaria (donde suyace la amenaza de destruir la Tierra, si los humanos no se subordinan). En la de Haskin, adaptación de la novela de H.G.Wells de medio siglo atrás, el racismo biológico del texto original se matiza con veladas alusiones al enemigo rojo. En la de Siegel, los visitantes del espacio se mimetizan al límite con los humanos, a quienes pretenden exterminar y reemplazar. Siegel construye, acaso, la mejor metáfora de la Guerra Fría de todos los tiempos. Una década después, la serie de Larry Cohen tomará, en buena medida, su planteo. En particular, la sospecha de psicosis que recae sobre el doctor Miles Benell, casi espejada en lo que intentarán los invasores provocar frente al discurso de David Vincent. Y la decisión impacable de ambos (Benell y Vincent) de destruir hasta el último ejemplar de la especie enemiga.

Así, a la guerra de exterminio desatada por los alienígenas (en quienes no cuesta mucho trabajo identificar a la “infiltración marxista”), Vincent opondrá una despareja guerra de exterminio contra los alienígenas. Los invasores no tienen nada que perder, ya se su planeta se extingue. Vincent tiene todo para perder (comenzando por su socio y amigo Alan Landers, asesinado en el primer episodio, y por su novia Susan Carver, que muerta en el episodio 11). Con tecnología del siglo XX, una guerra de exterminio tensa al límite la relación entre el poder biopolítico y el poder soberano (Foucault,1996:209-211). Fue el caso de la guerra de exterminio nazi contra la URSS, que devino, mientras Alemania avanzaba, en las políticas de tierra arrasada y ejecución sumaria, por parte de Stalin, contra quienes no hubiesen muerto antes que rendirse (Overy,2006:557-560). Y revirtió, cuando Alemania conoció la derrota, en que el propio Hitler planeara medidas para la destrucción de toda la infraestructura y, de ser posible, de toda la población alemana (Speer,2001:794-843) [2].

Como en toda guerra de exterminio, la destruccion del otro conlleva, en la serie “Los Invasores”, la decisión –por parte de Vincent- de si propiciará, o al menos permitirá, en algún momento, la destrucción de combatientes del bando propio. E incluso la muerte de personas que no pelean esa guerra, dedicada a protegerlos. En esto, la serie copia minuciosamente la realidad: como en la Segunda Guerra Mundial (y a diferencia de la Primera), en la lucha de Vincent ya no hay líneas nítidas de batalla, ni distinción entre civiles y militares. Es una guerra biopolítica, destinada a la preservación de la propia especie mediante la eliminación de la especie enemiga. La trasposición de términos (“nación” por “especie”, “bolchevique” por “alienígena”) cobra, así, un especial relieve. Y pone a Vincent frente a un complejo problema ético.

El discurso manifiesto de Vincent: “sacrificar a todos los humanos que sea necesario”

En el ya citado episodio 14 de la 2º temporada, “Los Creyentes” (The Believers), los invasores llegan al punto de su desesperación. Por fin, un grupo de empresarios y científicos, incluyendo al líder de una gran empresa informática (Singeiser), creen en la invasión, y forman un grupo junto a Vincent. Si bien son sólo diez personas, su acción combinada puede aniquilar a los alienígenas. Porque a pesar de su tecnología superior, los invasores son muy pocos: llegan a la Tierra en pequeños grupos, y todo indica que les falta mucho para vencer a un ejército terrestre que los confronte seriamente.

Así, al comienzo de ese episodio, en una conversación telefónica con Edgar Scoville, se escucha a Vincent decir: “No creemos que hayan tantos [de ellos] todavía” [3]. Y ante una posible objeción de Scoville (que no se oye, ya que hablan por teléfono), responde: “Bien, pero estamos de acuerdo en que no son tantos como para que no puedan ser detenidos” [4]. No sabe de cuánto tiempo se dispone, pero Vincent cree que los humanos cuentan, a lo sumo, con un año.

Casi a continuación, al salir de la empresa de Singeiser, tres de los diez “Convencidos” mueren en una emboscada. Sólo quedan siete. En la misma acción, Vincent cae prisionero. Lo que buscan es que revele dónde están los otros seis, para eliminarlos. Ni la hipnosis ni las torturas logran que hable. Hábilmente, los alienígenas lo dejan escapar, junto a una mujer a la que también tenían cautiva. Para que Vincent caiga en la trampa, tiene que creer que la mujer realmente lo ayudó a escapar. Se trata de una psicóloga experta en comportamiento de masas, llamada Elise Reynolds [5].

A medida que Vincent va con Reynolds a contactar a sus aliados, estos son atacados. Dos de ellos mueren, uno queda gravemente herido. Finalmente Vincent sospecha que Reynolds, pese a ser humana, trabaja para el enemigo. Y la pone a prueba: le indica que debe ir a ver a un tal doctor Jensen, presunto miembro de los “Creyentes” que aún sobreviven, y que hará el trabajo de la recientemente asesinada Mary Torin. Pone una excusa, para que la psicóloga Elise Reynolds tenga que ir a ver a Jensen sola. El diálogo entre David Vincent y Elise Reynolds, en el hotel, parece revelar hasta qué punto está dispuesto a llegar David en su lucha contra los invasores [6]:

R (Reynolds): Pero lo matarían (refiriéndose a Jensen).

V (Vincent): No si es cuidadoso.

R: ¿Cuidadoso? ¿Y qué pasa si no es cuidadoso?

V: ¡Simplemente hará lo que pueda!

R: ¡Pero lo van a matar, David!

V: En ese caso, otro tomará su lugar...

R: ¿Cómo puedes hablar así? ¡Son tus amigos!

V: ¿Te das cuenta de lo que estamos haciendo, de a qué nos enfrentamos, de lo que hay en juego?

R: ¡No me importa lo que hay en juego! Estás enviando gente al matadero. ¿No sientes nada? ¿Qué clase de monstruo eres?

V: Si tengo que hacerlo, te sacrificaré también. Todos ellos lo sabían desde el principio.

.......................

R: ¿Si tu mueres, qué voy a hacer yo?

V: Tu la terminarás (la misión).

En este diálogo queda claro que Reynolds no está denunciando a los amigos de Vincent por una alianza con los invasores. En realidad, más adelante, en el episodio, se sabrá que actúa bajo extorsión, pues le han hecho creer que tienen a su hermano de rehén, y que lo matarán si ella no les obedece (en realidad ya mataron a su hermano hace meses, y Elise Reynolds no lo sabe).

Lo más importante, en función de nuestro trabajo, es que el diálogo parece revelar que a Vincent no le importa sacrificar a cualquier persona, incluso a un amigo, si con ello consigue vencer a los invasores. En otras palabras: desde el discurso manifiesto, el diálogo parece revelar que a Vincent no le importaría sacrificar a cualquier persona, incluso a un amigo, si con ello pudiera vencer a los invasores: “un modo singular de asumirse, frente a una situación límite, desde un modo particular de ser”. (Fantín y Fridman, 2009:25). En la proposición de Vincent se antepondría un objetivo que posterga el interés y el valor particular de su vida y la de los suyos. Fariña y Lima señalan que, según Hegel, “el deseo... no es humano sino en la medida en que está mediatizado por el deseo del otro dirigiéndose sobre el mismo objeto… ´el deseo humano debe superar este deseo de conservación’: dicho de otro modo, ‘el hombre no se considera humano si no arriesga su vida en función de su deseo humano´ (...) ´el hombre se reconoce humano al arriesgar su vida para satisfacer su deseo humano´” (Fariña y Lima,2012:124).

A lo largo de los 43 capítulos de la serie, otras acciones y otros diálogos (tal vez menos explícitos) parecen dar la impresión de que el propio Vincent cree en este discurso manifiesto. Pero lo que él crea, si es que lo cree, respecto de enviar gente al sacrificio, no necesariamente coincide con lo que él hace. Con su conducta frente al posible riesgo de los otros. Que es el reflejo, en la acción, de su posicionamiento ético.

A continuación damos dos ejemplos clave de la conducta de Vincent, cuando se trata de elegir entre dar un serio golpe a los invasores a costa de sacrificar vidas humanas.

La vida de unos miles, a cambio de la salvación de miles de millones

El doble capítulo “Reunión Cumbre” (Summit Meeting), emitido como episodios 9 y 10 de la 2º temporada, es también doblemente sugestivo. Por una parte, revela cuál es el límite que Vincent no se plantea siquiera cruzar. Por otra, nos confronta con la sociedad de 45 años atrás, en la que la percepción social del los dirigentes políticos era, ciertamente, muy diferente de la actual.

Comenzaremos, pues hace a la verosimilitud de la serie, con el segundo aspecto: la percepción, a nivel psicosocial, del valor de los dirigentes políticos, en un pasado que ya es histórico. Hoy, la clase política suele ser percibida como simple intermediaria de los grandes poderes económicos, y ocupada sobre todo de enriquecerse, a través de esa alianza, y de la corrupción, aprovechando los lugares que ocupa. El fenómeno no es local, sino general. La representatividad de los políticos electos está en duda, y se los elige, a veces, más por descarte, o por resignación, que por confiar en ellos.

En 1967 se vivía una etapa muy distinta. En los EEUU y Europa Occidental regía lo que conocemos como “estado de bienestar” (wellfare state). En la URSS (no así en sus países satélites), el orgullo de ser una superpotencia, que cumplía medio siglo desde la Revolución, y que parecía liderar la Carrera Espacial (la nave Apolo XI llegaría a la Luna recién en 1969), entre muchos otros logros. Las poblaciones de esa época recordaban aún a los grandes dirigentes de la Segunda Guerra Mundial. Roosevelt, Churchill y De Gaulle eran próceres (sólo el desgaste de la presidencia y el Mayo Francés del ‘68 debilitaron, al cabo, al prestigioso De Gaulle). Aún con sus tremendos crímenes a cuestas, Stalin había quedado en la memoria como el líder del Ejército Rojo que batió a Hitler (que el Ejército Rojo lo hubiese creado Trotsky, y que Stalin haya sido un pésimo dirigente militar, no era algo tan conocido). En China gobernaba Mao Zedong. En Cuba, Fidel Castro. Cinco años atrás, Khruschev y Kennedy habían dado al mundo una lección sobre cómo evitar el Holocausto Nuclear. En Medio Oriente, el gigantesco Gammal Abdel Nasser confrontaba con líderes sionistas no menos gigantescos, como lo había sido David Ben Gurion, y lo era Golda Meir. El general Perón, en el exilio, formaba parte de esa casta de los “grandes líderes”, a cuyo lado los políticos actuales parecen una sombra [7].

Si bien nada de esto significaba que las poblaciones no criticaran a sus dirigentes, tanto en los EEUU (donde ya se iniciaban las rebeliones pacifistas contra la intervención en Vietnam, y los afroamericanos estaban en plena lucha) como en Europa (donde apenas un año después estallaría el Mayo Francés), todo parece indicar que las sociedades occidentales aceptaban –y respetaban- a sus líderes políticos, tanto del momento como del pasado reciente, en una medida inimaginable a esta altura del siglo XXI. Estaba cerca la crisis de 1973, y no faltaba mucho para el neoliberalismo iniciado en 1979-80 (Hobsbawm,2005:403-431). Pero en 1967, como hoy, nadie conocía el futuro.

En “Reunión Cumbre”, Thor Halvorsen, un imaginario líder nórdico que lucha por la paz mundial, llega a un extraño acuerdo con los invasores. El planeta viene sufriendo un incremento en la radiación. Todo indica que, en unos meses, ya no será apto para la vida. Es un truco de los invasores, pues ellos mismos crearon ese aumento en la radiación (que no podrán sostener mucho tiempo). Se han revelado a Halvorsen, y le mostraron que poseen un gas que reducirá la radiación, y que entregarán, “generosamente”, a la Tierra. Con dos condiciones: se debe convocar a una junta de los grandes líderes mundiales, en una ignota isla del Báltico (para que todos estén de acuerdo), y Halvorsen no debe hablar con nadie de su pacto con los alienígenas [8]. A través de Michael Tressider, un alto empresario de quien es amigo, David Vincent se entera de la Reunión Cumbre, y sospecha una trampa de los invasores. La sospecha es fundada: una vez en esa isla, los alienígenas no usarán el gas antiradioactivo, sino un gas letal, para acabar con todos los dirigentes mundiales.

El plan elaborado implicó la infiltración de invasores en las segundas líneas de los gobiernos, para tomar el poder político una vez muertos los líderes: un “golpe de Estado” global. Vincent encuentra una inesperada compañera de ruta. Ellie Markham es una invasora que toma contacto con él, para sabotear el plan. No porque intente ayudar a los humanos, sino porque interpreta –con bastante lógica- que el golpe de Estado global se volverá en contra de su especie. Al principio pueden inducir el caos en las poblaciones, pero no pasará mucho tiempo hasta que esas mismas poblaciones descubran que sus nuevos líderes no son lo que parecen, y el mundo entero se una para repeler el ataque extraterrestre. A diferencia del mentor del plan, el infiltrado vice-canciller Pierre Alquist, la aliada de Vincent sabe que la matanza en la isla del Báltico puede terminar en un desastre para el proyecto de aniquilar a la especie humana.

Por supuesto, a Vincent no le agrada unirse a Ellie Markham. Pero lo hace. Nada indica que no comparta la idea de su aliada ocasional, en cuanto a la derrota que significaría, para los invasores, ese intento de hacerse con un poder político que terminaría devorándolos. Más aún: bastaría con liquidar a uno de esos falsos líderes, en público, para que toda una muchedumbre presenciara cómo se incinera su cuerpo, y dedujera que no es humano. Desde el punto de vista de su causa, evitar el atentado que prepara Pierre Alquist es, para Vincent, un error. Morirán unas docenas de líderes mundiales y acaso morirán unos miles, o decenas de miles de humanos en el caos posterior. Pero el resultado final será, con toda probabilidad, la salvación de las tres mil millones de personas que habitan en ese momento la Tierra.

¿Por qué Vincent insiste en unirse a Markham para evitar el atentado? ¿Por qué arrastra con él a su amigo Michael Tressider, que terminará muerto a manos de los invasores? Todo indica que Vincent no desea ese caos inicial posterior al gigantesco golpe de Estado. Que no permitirá que mueran decenas de miles de personas, aunque ese sea el precio de la victoria. Que no aceptará, siquiera, la posibilidad de que varios líderes políticos sean asesinados en la trampa hacia la que, ingenuamente, los guía Halvorsen. Desde su lógica implacable, pudo haber considerado esas muertes (aún si fuesen cientos de miles) como un “daño colateral” de la guerra, que terminaría ganando. Sin embargo, elige salvar a los líderes, aún cuando eso equivalga a proteger, como efecto secundario, el anonimato de los invasores. Elige que no mueran seres humanos, aunque el precio sea continuar con su guerra solitaria, tratando de exponer a los invasores por otros medios. Este giro situacional, esta inversión entre cierto discurso manifiesto de Vincent y sus actos, conforma un escenario donde el protagonista se sitúa en la trama de su constitución dentro del campo del Otro -la cultura, la ley, el deber (y, en especial, el imperativo categórico en Kant)- que lo interdicta. Es a partir de la realidad del sujeto –en tanto acto- donde se expresa y se dirime el valor singular de la posición ética de Vincent.

Salvar seis personas y arriesgar a toda la especie

El episodio anterior a “Reunión Cumbre” es aún más revelador de la posición ética de Vincent frente a la vida humana. Se trata de “Avanzada Mortal” (Dark Outpost), el episodio 8 de la 2º temporada [9]. Algunos invasores sufren una enfermedad. Para curarlos, se apela a una tecnología que implica el uso de ciertos cristales, provenientes de su lejano planeta. Tras algunas incidencias, Vincent entra en contacto con un grupo de arqueólogos, conducidos por el doctor Devin. Junto a él (que no cree en los cuentos de Vincent sobre platos voladores, pero decide acompañarlo) llega a un falso cuartel del Ejército de los EEUU, donde los invasores, disfrazados de militares, montaron el puesto donde curan a sus enfermos [10]. Si bien Devin es asesinado, Vincent logra robar uno de los cristales, y escapar hacia el campamento de los arqueólogos.

Por supuesto, los invasores lo persiguen, en jeeps del Ejército, haciéndose pasar por soldados. Cuando al fin logra llegar al campamento, los seis jóvenes arqueólogos que trabajaban con Devin no le creen. Y no importaría si le hubiesen creído, ya que los falsos militares detienen a los siete, y se los llevan al siniestro predio que simula ser un cuartel militar de los EEUU.

Los invasores ya saben, a esa altura, que torturar a Vincent, o someterlo a hipnosis, no da resultado (si bien en la primera temporada lograron sacarle algunos datos con hipnosis, ya se ha vuelto inmune a ese método). Por ello, en la barraca donde mantienen prisioneros a los siete –bajo la excusa de que poseen un cristal esencial para la defensa norteamericana, y que si no lo entregan serán ejecutados por alta traición- colocan un dispositivo de hipnosis colectiva. Con él, hacen creer a todos que Devin está vivo, y que el relato de Vincent es ficticio.

Antes de ser capturado con los otros, Vincent escondió el cristal en el filtro de aire de la camioneta en la que se trasladaban los arqueólogos. En realidad el cristal se extravió, y fue recogido por una de las jóvenes del grupo (que cree que se trata de una extraña piedra), pero él no lo sabe. De hecho, cree que el cristal sigue en el filtro de la camioneta, y durante un buen rato se niega a revelarlo.

Al temor de siempre de los alienígenas por ser descubiertos, se suma la urgencia que tienen de recuperar el cristal, para seguir curando a los suyos. Siempre bajo el rol de militares, simulan la ejecución de uno de los jóvenes, y anuncian que ejecutarán al resto del grupo, a menos que el cristal aparezca. Vincent logra encontrar el dispositivo que induce la hipnosis colectiva y lo destruye. Ante la vista de todos, el falso Devin se transforma en un alienígena disfrazado de militar. Los jóvenes no le creen aún del todo a Vincent, pero ya comienzan a sospechar. La paciencia de los invasores se termina. La primera ejecución fue ficticia, pero ahora deciden ejecutar a todos de verdad.

Vincent debe optar por no decir dónde escondió el cristal y dejar que los jóvenes mueran, uno tras otro, o decirlo, y tratar de salvarlos. El cristal puede ser el primer paso para salvar a la especie humana. Pero Vincent elige decir dónde lo escondió, para que los jóvenes no mueran: cambia el riesgo futuro (probable) de una extinción humana total por el riesgo presente (seguro) de que seis personas sean asesinadas.

Más allá de las incidencias del resto de la trama –pues los invasores descubren que el cristal no están en el filtro de la camioneta, y deducen, erróneamente, que Vincent les mintió una vez más- lo importante es, aquí, la decisión que toma Vincent, de revelar dónde escondió el valioso cristal, a cambio de ganar algo de tiempo para salvar a los jóvenes. Es un momento crucial de la serie: queda claro que David Vincent no está dispuesto a sacrificar vidas humanas (no, al menos, deliberadamente) a cambio de avanzar en su guerra contra quienes pretenden aniquilar a nuestra especie. En su lucha por salvar a todos, no decidirá que mueran unos pocos. Preferirá siempre proteger a quienes tiene cerca –o intentarlo- y buscar otra forma de combatir a los invasores.

A pesar de que los jóvenes se salvan, y declaran que vieron a los invasores, sus seis declaraciones conjuntas no alcanzan a convencer al Ejército, ya que el cristal se perdió en la lucha para salir con vida. En este caso, Vincent logra seis testimonios, pero los escépticos oficiales militares no avanzarán más allá sin una prueba sólida de que los invasores existen. Obviamente, el episodio no brinda a Vincent muchas opciones para guardar el cristal y tenerlo como evidencia. Pero incluso esa lejana posibilidad pudo haberlo convencido de sacrificar la vida de los seis humanos, a cambio de alertar al mundo de la amenaza alienígena. Y eligió la vida del grupo, aunque eso significara seguir adelante, solo, con su guerra.

Un comentario se impone frente a esta actitud: ”El ser enajenado del único centro emocional y volitivo de la responsabilidad, es solo un esbozo o bosquejo, una variante... del ser singular; sólo a través de una participación responsable en el acto singular se puede ir mas allá de las infinitas variantes y bosquejos...” (Bajtin,1997:51). De algún modo, Bajtín está dando cuenta de la aparente contradicción entre el dicurso y los actos de Vincent, que se evidencian, en este ejemplo, tanto como en el anterior.

Al final del episodio, Vern Corbett, el joven más heroico (curiosamente, un ex–soldado), le pregunta: “¿Nunca te desalientas?”. No es una pregunta menor. Ninguno de los seis lo acompañará en su lucha, incluso cuando ya saben la verdad. Porque son muy pocos los que están dispuestos a seguir hasta el final con esa guerra, y arriesgar la vida en el intento.

Conclusiones

El discurso manifiesto en el que David Vincent afirma que sacrificará todas las vidas que sea necesario no coincide con su posición, siempre coherente, de evitar a toda costa sacrificar a otra persona en su guerra contra los invasores. Tal vez, de algún modo, el propio Vincent crea que está dispuesto a llegar al extremo de ese sacrificio. Pero cada vez que se arriesga la vida de alguien a quien puede salvar, aún a costa de una derrota táctica, Vincent elegirá siempre salvar a la persona y perder la ocasión de reunir más pruebas contra el enemigo alienígena.

En alusión específica al acto ético, la responsabidad autoimpuesta por Vincent de salvar a la humanidad entraría en colisión con la responsabilidad emergente de eliminar a uno de sus pares. “El intento de ver en cualquier otro, en cada objeto de un proceder dado, no una singularidad concreta, que participa personalmente en el ser, sino al representante de cierta totalidad mayor, conduce a la... pérdida de la unidad singular. Con ello, la responsabilidad y el carácter ontológicamente no fortuito... [del] acto no sólo no aumentan, sino que decrecen y en cierta forma pierden realidad: el acto aparece como injustificadamente soberbio, lo cual conduce tan sólo al hecho de que la concreción real de la singularidad obligatoriamente real empieza a destintegrarse mediante la potencialidad semántica abstracta” (Bajtín,1997:59-60). Y a esto conduciría, al cabo a, la decisión de Vincent de sacrificar voluntariamente a otros sujetos.

Desde el punto de vista de las representaciones sociales de la época, se trata del tipo de posicionamiento subjetivo que el espectador nortemericano de 1967 necesita, para sentirse reflejado en el protagonista. Alguien dispuesto a morir, a matar, a tomar toda clase de riesgos, pero nunca a sacrificar fríamente a un inocente. El espectador medio de los EEUU tiene que sentirse convencido de que toda sus guerras son justas, y de que todos sus soldados son nobles. Así se lo condujo a las dos Guerras Mundiales, y así se lo debe conducir durante la Guerra Fría, en plena escalada de Vietnam. A nivel psicosocial, la representación de un soldado norteamericano fríamente asesino, o, peor, la de un Estado que mantiene una guerra cuando su enemigo está en lo correcto –y la mantiene porque sus intereses imperiales y sus negocios así lo requieren- es inconciliable con la imagen que el ciudadano norteamericano tiene de sí mismo, de su sistema y de sus dirigentes. No se ha popularizado, todavía, la figura del “daño colateral” (que ya existió, deliberadamente, en la Segunda Guerra). No hay lugar para que los malos soldados formen parte del Ejército de los EEUU. Ni siquiera contra invasores alienígenas que pretenden destruir a toda la especie humana.

En esto último es relevante –y vinculado con el abordaje, en el estado de nuestra investigación, de temas vinculados a representaciones sociales, más que a representaciones sociales en sí- la actitud incial que propone Jean-Louis Schefer: “...adoptar el punto de vista del hombre común, alguien cuya especialidad no es el cine... [y que] no obstante, al frecuentarlo, aprende algo... Es necesario prestar atención, directamente, al discurso del hombre común... a su propia intuición de hombre común que no hace nada más que ir al cine”. Lo cual deriva, en Schefer, según señala Chateau, en una actitud antiontológica, fenomenológica y existencialista. En cierto modo –si bien no entramos en el tema- es una posición que lo acerca a Deleuze, en la medida en que “una materia nueva se vuelve sensible”, y en que lo visible es aquí nuevo, “porque constituye un acto de pensamiento... y no compleamente un objeto de pensamiento” (Chateau,2009:109-111). Pero si este acto de pensamiento posee algunos rasgos comunes en un grupo social, y si se correlaciona con los procesos de objetivización y anclaje, estamos frente a un posicionamiento filosófico que –y esto lo admitimos- abre un campo a nuestra investigación sobre el cual recién comenzamos a incursionar. El “hombre común” y su “intuición”, en presencia del fenómeno, estaría, así, poniendo en correspondencia aquello que se le presenta (en este caso, en TV) con lo ya conocido, y llevando a cabo los procesos inherentes a la representación social. Lo cual, en definitiva, remite tanto a aquello que pudo haber “visto de lo que vio” el espectador norteamericano de 1967-68, como a las razones de su idenficación con Vincent, y su simultáneo rechazo al devenir general de la serie.

La desilusión con el “estado de bienestar”, que comienza con la crisis de 1973, el escándalo de Watergate, casi contemporáneo, la transformación de aliados en enemigos y viceversa (con Saddam Hussein como uno de los principales ejemplos), y, más recientemente, la crisis económica iniciada en 2007-2008, son parte de un fenómeno general, que tiende una sombra sobre el siglo XXI (Hobsbawm,2007). La victoria contra la URSS en la Guerra Fría (1989-91) no alcanzó, salvo entre los más ingenuos, y durante pocos años, a velar la alianza entre ambiciones imperiales e intereses corporativos, cuya expresión más visible es, en el siglo XXI, la invasion de Irak de 2003. El “daño colateral” pasó a formar parte del lenguaje cotidiano, en la prensa y en el cine. Que esa haya sido, desde tiempos muy remotos, parte de la política de los EEUU (y de todos los imperios, en toda la historia), no implica que no se haya logrado ocultar a su población, en todo lo posible, ese lado oscuro de la politica. Pero, al menos hasta la crisis global iniciada a finales de 2007, la población parecía más centrada en que se eliminara lo que Zizek llama “grado cero” de la violencia subjetiva que en las consecuencias de la violencia sistémica (Zizek,2009). Todo parece indicar que la población norteamericana es, en 2012, más consciente de ese doble lado oscuro (el no manifiesto de la violencia sistémica, y el cada vez más manifiesto del “daño colateral”) de lo que lo fue en el pasado. Si eso produce algún impacto que pueda considerarse significativo a nivel psicosocial –o si, por el contrario, sólo genera indiferencia, frente a las urgencias inducidas del consumo- es algo sobre lo que debería indagarse más a fondo. Y no sólo en los EEUU.

Lo que es menos difícil de deducir, aún sin el apoyo de gruesas estadísticas, es que un personaje como David Vincent no sería, hoy, tan verosímil –para el espectador medio- como pudo haberlo sido hace 45 años. Si frente al poco específico riesgo del terrorismo se explicitan medidas de persecución inéditas (no por su novedad, sino por su publicidad), frente al riesgo de una invasión global –en una trama de ficción- sería impensable que el “bueno” de la historia se detuviera en minucias tales como el principio ético de respetar toda vida humana. No cambiaron los hechos (ya estaban ocurriendo en Vietnam, ya habían ocurrido en Tokio, en Hiroshima y hasta en los propios EEUU contra los pobladores originarios), sino la forma en que se promocionan y perciben los hechos. Lo que remite, acaso, a representaciones sociales de la vida del otro tan peligrosas como las que regían, en Europa, en la década de 1930.

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NOTAS

[1El episodio 14º de la 2º temporada, “Los creyentes” (The Believers) fue estrenado en los EEUU el 5 de diciembre de 1967.

[2Foucault hace referencia al famoso “Telegrama 71” emitido por Hitler en abril de 1945 (Foucault,1996:210). Pero sólo es un ejemplo, pues las directivas del Fühter para destruir todos los medios de vida del pueblo alemán, por no haber sido digno de ganar la Guerra (y, por ello, no ser digno de vivir) son de, como mínimo, enero de 1945 (Speer,2001).

[3“We don´t think that there are many of them here yet” (traducción de los autores).

[4“Well, all right, but we agree that there aren’t so may that they can’t be stopped” (traducción de los autores).

[5“I´m working in the field of crowd behavior. Mass responses to disasters”, le revela Reynolds a Vincent cuando están cautivos.

[6El diálogo en inglés es, textualmente, como sigue: R: But he wold be killed. V: Not if he´s carefull. R: Carefull? What if he isn´t carefull? V: Just he´ll do what he can! R: But he will be killed, David! V: Then, someone will take his place. R: How do you talk like that? The´re your friends! V: Do you realize what´we´re doing, what we´re up aganist, what´s in stake? R: I don’t care what´s in stake! Yo´re sending people to be slaughtered. Don´t yoy fell anything? What kind of monster are you? V: If I have to, I´ll sacrifize you too. They all know that from the start... R: If you die, what will I do? V: You´ll finish it. (traducción de los autores).

[7Esto no significa en modo alguno que la gente no criticara a sus líderes, o que creyera, sin más, que todos eran “grandes hombres y mujeres” (de las pocas que había). Antes de finalizar la Guerra que había ayudado a vencer, Churchill fue derrotado en las elecciones de Gran Bretaña (aún siendo percibido como un héroe, no dejaba de ser un conservador). Kennedy tenía muy difícil la reelección cuando cayó asesinado. Golda Meir fue criticada por vastos sectores israelíes. Khruschev fue depuesto en 1963 por sus subordinados. De Gaulle perdió el plebiscito que proponía su continuidad como Presidente. Pero en todos los casos, la población tenía bastante claro que se trataba de grandes líderes, que se enfrentaron con otros grandes líderes (como Hitler y Mussolini). El contraste con los mamarrachos corruptos de las últimas décadas no deja de ser notable, sobre todo para quienes estudiamos las representaciones sociales de la historia del siglo XX.

[8En el que es, sin duda, uno de los muchos homenajes de la serie de Larry Cohen al cine de ciencia-ficción, el alienígena que propone a Halvorsen una cumbre de todos los líderes mundiales, llamado Pierre Alquist, es nada menos que el actor Michael Rennie, el famoso Klaatu de “El Día que paralizaron la Tierra” (Wise,1951). Recordemos que también Klaatu exigía –por otras razones- una reunión con todos los líderes políticos del planeta. Entre otros actores famosos del cine de este género, aparecen en otros capítulos Kevin McCarthy y Dana Wynter, pareja protagonista de “La invasión de los usurpadores de cuerpos” (Siegel,1956).

[9Estrenada en los EEUU el 27 de octubre de 1967. Una traducción literal podría ser “Destacamento oscuro”. Por la índole del episodio, una traducción más precisa que la ofrecida cuando se emitió la serie en español habría sido “El cuartel siniestro”.

[10En este capítulo, el actor Whit Bissell hace de un falso coronel del Ejército, de apellido Harris. Es curioso recordar que Whit Bissell fue el psiquiatra que atendió al doctor Miles Benell en “La invasión de los usurpadores de cuerpos” (Siegel,1956), y que ya era el jefe militar –conocido como el general Kirk- en la serie de Irwin Allen “El Túnel del Tiempo” (The Time Tunnel), estrenada el 9 de septiembre de 1966. Tampoco deja de ser curioso que sólo un dia antes, el 8 de septiembre de 1966, el famoso capitán James T.Kirk haya aparecido por primera vez en la serie de Gene Roddenberry “Viaje a las Estrellas” (Star Trek).





COMENTARIOS

Mensaje de Nora Salias  » 18 de septiembre de 2012 » norasalias@yahoo.com.ar 

Quiero felicitar a los que han publicado tan interesante
trabajo, como psicologa y profesora de filosofia por momentos creo interpretar que se refleja la Etica kantiana
(etica del deber) en algunas conceptualizaciones.
Para luego hilvanar las criticas que Foulcault (Vigilar y Castigar)plantea desde la Genealogia.
Un saludo cordial.

Nora



Película:Los invasores

Titulo Original:The Invaders

Director: Larry Cohen

Año: 1967 y 1968

Pais: Estados Unidos

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