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PSICOLOGÍA, ÉTICA Y DERECHOS HUMANOS
Cat. I - Profesor Regular Titular: JUAN JORGE MICHEL FARIÑA

Segundo Parcial Domiciliario

Alumno:
Néstor Hernán Capraro
ncapraro@psi.uba.ar
L.U.: 233375330

ATP:
Soledad Perez Michielli
Comisión 18

Segundo cuatrimestre 2009
Introducción

“¿Oía todos los zumbidos misteriosos
que importunan el espíritu en
ciertos momentos de la vida?

Víctor Hugo
Los miserables

A fines del siglo XVIII, la jurisprudencia francesa es de una dureza implacable. Condenado a cinco años de prisión por robar pan, complicado a su vez por tres intentos de fuga que sumaron años de encierro; Jean Valjean es liberado en 1815 tras diecinueve años de calabozo.
No había sido un delincuente, se trató de un intento desesperado de llevar algo de comer a sus siete sobrinos, durante un invierno que lo encontró sin trabajo. De origen humilde, acostumbrado a trabajar duramente de cualquier cosa; aprendió a leer en prisión, y aprendió también allí a odiar a la sociedad. Acumuló sentimientos de venganza y resentimiento tras diecinueve años de cadenas, maltratos y humillaciones. Su liberación no constituyó una panacea: el “pasaporte amarillo” era lo que acreditada su identidad, al mismo tiempo que su pasado jurídico, lo cual garantizaba una sistemática discriminación por su condición de ex presidiario. Su odio se acrecentaba conforme las puertas se le cerraban. Echado en el suelo de una ciudad que lo rechazaba, muerto de frío y hambre, le aconsejan llamar a una puerta donde seguro sería recibido: la casa de monseñor Bienvenue, obispo de Digne. Efectivamente, no solo lo reciben invitándole un plato de comida, sino que le preparan una habitación en donde podrá pasar la noche. Valjean manifiesta estar sorprendido por semejante trato, pues confiesa poseer el “pasaporte amarillo”, ante lo cual el obispo permanece indiferente. Incluso llega a preguntar al religioso si no tiene miedo de que pudiera hacerle daño alguien como él.
Por la madrugada, Valjean se levanta sigilosamente, pues ha podido ver que los cubiertos con que ha comido eran de plata, y esto lo ha tentado: valdrían algunos cientos de francos. Guarda cuidadosamente la platería en su morral y escapa por la ventana.
Al día siguiente, el obispo se encontraba paseando por su jardín cuando tres gendarmes golpearon a su puerta. Al abrir, se encontró con que los oficiales traían consigo un morral lleno de platería, y a un hombre que tomaban por el cuello. Al acercarse, vio que se trataba del hombre al que había dado asilo la noche anterior, al cual habló mirándole fijamente: “-¡Ah, está aquí!...”, ”Me alegro de verlo. Le había dado también los candelabros, que son de plata como lo demás, y bien podrían valer doscientos francos. ¿Por qué no se los llevó junto con los cubiertos?”.
Al escuchar esas palabras, uno de los gendarmes comentó que el reo había afirmado que el contenido del morral era un obsequio, y que según la actitud de monseñor, eso debía ser verdad. El obispo respondió afirmativamente. Ante ello los oficiales preguntaron si podían retirarse, ante lo cual el religioso respondió que si. Seguidamente, el obispo se acercó a Valjean y le dijo mirándole a los ojos: “Jean Valjean, hermano mío, ya no perteneces al mal, sino al bien. Yo compro tu alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios.”

El pequeño Gervais se encontraba jugando con una moneda entre sus dedos mientras caminaba por el bosque. Se le cae, y va rodando hasta posarse muy cerca del pié de un hombre alto que se encontraba tras unos arbustos. Éste pone un pié sobre la moneda, y permanece inconmovible ante los reclamos del niño. Se trata de Jean Valjean, que luego de lo ocurrido en lo del obispo ha caminado hacia el bosque con espíritu turbado. Al cabo de un tiempo de insistencia infructuosa, Gervais se va llorando, mientras el hombre permanece inmóvil y absorto, ausente de la escena. Se trata, según el autor, de un acto que intenta reafirmar la posición anterior, luchando contra lo nuevo conmovedor que ha ocurrido. Un intento de “resistir a la acción angélica”, según Víctor Hugo: “Sentía indistintamente que el perdón de aquel sacerdote era el mayor asalto y el ataque mas formidable que hasta entonces lo hubiera sacudido; que su endurecimiento sería definitivo si podía resistir a esta clemencia; que si cedía, seria preciso renunciar a ese odio del cual las acciones de los demás hombres habían llenado su alma...”; “...si desde entonces no era el mejor de los hombres, sería el peor de ellos...” Luego de algún tiempo de permanecer ausente, Valjean “vuelve” al bosque, contempla lo que ha hecho con claridad de conciencia, y comienza a correr intentando encontrar al niño para devolverle lo que le ha sustraído. Después de un rato de búsqueda alocada, se quiebra en llanto tachándose de “miserable”.

A partir de estas escenas, que constituyen apenas el comienzo de una extensa historia; Valjean hace un vuelco en su vida. Mudado a una ciudad quebrada económicamente; termina montando una importante fábrica que lo convierte en uno de los hombres mas ricos de Francia; y a esa ciudad una de las mas prósperas. Su reputación por sus permanentes gestos de caridad hacia pobres, maestros y ancianos le valen el nombramiento de alcalde, título que rechaza dos veces, hasta que acepta en una tercera oferta a instancias del Rey. La fama por su bondad lo hacen un hombre muy querido y respetado; aunque las vicisitudes continuarán, pues su pasado de ex-presidiario lo seguirá como una sombra.

La interpelación a Jean Valjean

Es claro que la acción primera del obispo; la de recibirlo y alimentarlo esa noche; no produce en Valjean una interpelación, y mucho menos un cambio de posición subjetiva. Lo que resulta efectivo es la intervención segunda: el voto de confianza, el comprometerse por la libertad del sujeto y la instauración, con ello, de una deuda que ob-liga a responder. ¿Por qué constituye una interpelación el acto del obispo ante los gendarmes? Como primera cosa, debemos señalar que la interpelación se produce sobre el acto de robo de Valjean, que ha sido realizado en el contexto de haber sido hospedado a pesar de su condición social (lo cual de por sí constituye un primer voto de confianza; confianza que sin embargo el sujeto traicionará). Luego, ante los gendarmes, el religioso bien podría haber desempeñado un papel de simple agente de la jurisprudencia, permitiendo que estos se llevaran detenido al ladrón; lo cual sin dudas acarrearía nuevos años en prisión. Ello hubiera propiciado un sujeto de derecho, obligado a responder ante lo jurídico. Pero no fue así. En su lugar, ofreció una respuesta que el reo no esperaba, propiciando un sujeto del inconsciente; pues a partir de ella se verá forzado a volver la vista sobre su acto, ahora resignificado e interpelado desde el acto del obispo. Se encuentra así trasladado a otro territorio legal, ámbito en donde la respuesta le compete a él y no a la justicia. Por una parte, el compromiso asumido por el obispo por su libertad constituye un redoblamiento del voto de confianza otorgado en primera instancia, y lo convierten en garante, al mismo tiempo que en deudor al sujeto (“Yo compro tu alma”). Por otra parte –desde el punto de vista simbólico- el acto y los dichos del clérigo interpelan porque que no producen un “cierre” en torno a las “malas acciones” (por ejemplo una sentencia, un enunciado realizativo, que no convoca una respuesta sino –en todo caso- una apelación). El obispo le ha dado la palabra sobre sus propios actos; su interpelación produce una hiancia ante la cual Valjean debe responder. Como hipótesis clínica podría pensarse que el sujeto es convocado a responder al obispo como si este le preguntara: “¿Qué hay de tu acto respecto de mi?” o bien “¿Qué tienes para decir respecto de lo que hiciste, luego de lo que yo he hecho y hago por tí? Responder por un acto comporta la posibilidad de responder-se por el deseo que sustenta ese acto. Ese es el conflicto que tomará a Valjean.

El acto altruista: ¿Responsabilidad subjetiva?

Es difícil decidir acerca de si la acción resultante de la interpelación a Valjean se corresponde con la producción de un efecto sujeto, o bien al sentimiento de culpa que no se ha diluido. ¿Es un acto libre el de Valjean? ¿Se trata de un acto sin el Otro? Si pensamos en el plano de la necesidad, debemos estar seguros de que sabía que robar comportaba la posibilidad de ir a prisión; tanto cuando robó por primera vez como cuando robó al obispo. El azar quiso que alguien le indicara golpear a la puerta de Bienvenue, cuya singularidad en su accionar desencadenó el conflicto interior. La necesidad y el azar juegan del lado del determinismo; el asunto es detectar de qué manera se posiciona el sujeto respecto de eso que lo determina.

El protagonista llegó a sentir, durante buena parte de su vida, que la sociedad le debía. Él era un acreedor absoluto frente al maltrato social (la venganza es siempre el cobro de una deuda). Hasta aquí, tenemos el determinismo de Valjean. Pero a partir del obispo, él es deudor, y comienza a sentir -respecto de su acto-, ya no identidad, sino alteridad o división, lo cual implica una pregunta por el ser y el hacer. ¿Cuál es la respuesta?

Ante la cuestión que se dirimía en su interior, entre ser el “peor de los hombres” o bien el mejor de todos, el sujeto elije ser el mejor, lo que a mi juicio es una respuesta acorde a la moral, solidaria de la deuda que ha contraído. Es nada menos que un sacerdote, un “Padre” quien ha salido de garante, quien ha prescripto el camino del bien, quien se presta como objeto de identificación.
Valjean rearma su yo mediante una identificación con el obispo, y sostendrá su altruismo desde allí. “Examinando con mas atención aquella luz encendida en su conciencia, reconoció que tenía forma humana y que aquella antorcha era el obispo.”
Valjean cambia su pacto con el Otro, mudando la venganza en altruismo. No parece haber allí responsabilidad subjetiva, sino un rearmado desde el eje particular. Deja de “trabajar” para la venganza, y comienza a trabajar para e bien del prójimo, dado que está en deuda. Ahora debe devolver, no cobrar. Digo trabajar en el sentido de ejercer una especie de papel, un rol. Por ello no creo que se ponga en juego allí una relación mas ética con el deseo, dado que ese trabajar por el bien de todos es una prescripción (o demanda) que le hace su garante: el Obispo-Padre; que a su vez es el representante de Dios, el lugar Otro de la garantía.
“Cuando la responsabilidad del sujeto se halle ausente, aparecerá, como sustituto, como contraparte, el sentimiento de culpa. Los pensamientos atormentadores, el remordimiento, el arrepentimiento, incluso los distintos modos del altruismo, serán algunas de sus figuras.”



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