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Biopolítica y posthumanismo. Ciencia, selección y fragmentación de los cuerpos
por Gómez, Mariana
Título original: Never let me go

Mark Romanek / Inglaterra – Estados Unidos / 2010

Basada en la novela de Kazuo Ishiguro, Never let me go, plantea hasta qué punto puede llegar la ciencia, allí donde se encuentra con lo impensable.

Enmarcada en el género de ciencia ficción, la historia transcurre entre 1978 y 1994. En ese tiempo la humanidad parece haber solucionado el problema de la donación de órganos mediante la creación de clones humanos que nacen y se desarrollan con ese objetivo. Donantes involuntarios, pero advertidos de que posiblemente sólo resistirán hasta la cuarta donación de sus partes vitales.

Sin embargo estos jóvenes, no por ser clones, dejan de ser sujetos: aman, celan, sienten, crean, piensan. Atravesados por las pasiones del alma y del cuerpo, sus vidas transcurren en colegios y granjas especiales en donde se preparan para afrontar su destino. Espera consentida y paciente, sin signos de posibles rebeliones. Por el contrario, la historia los muestra ciertamente resignados buscando, como mucho, una posible salida a través de una tibia persuasión al Otro.

Nacer para el otro

Este film interpreta de manera muy precisa el fenómeno de la Biopolítica en lo que refiere al control y a la decisión sobre los cuerpos, cuestión que viene siendo analizada desde hace ya un tiempo por pensadores como Giorgio Agamben (1998) y más recientemente Roberto Esposito (2006), a partir de la recuperación de los aportes de Michel Foucault y Hanna Arendt.

Estos pensadores sostienen que los estados modernos organizan diversas estrategias para el dominio de la población y que éstas se llevan a cabo a través de refinadas técnicas políticas. Así, las técnicas biopolíticas se producen, no sólo para lograr cuerpos más vigorosos que favorezcan la producción capitalista sino que, además, éstas pueden estar al servicio de la eliminación o internación de los cuerpos indeseables (Foucault, 2006). Así, y de acuerdo al planteo foucaultiano, podemos recortar dos tipos de paradigmas.

Por un lado, aquel que contempla las políticas de prevención y de evitación de enfermedades y al que Foucault ubica dentro de lo que sería el tipo de “Poder Disciplinario”; son políticas que se generan con el argumento de la salud y el bienestar de la población. Por el otro, aquellas estrategias que apuntan a la eliminación de los cuerpos.

De este modo, si un estado considera que determinada población puede llegar a ser peligrosa para otra, se la debe eliminar, suprimiendo sus cuerpos. Se trata del “Poder Soberano”. Este ha sido un argumento político para la concreción de muchos genocidios a lo largo de la historia. Otras causas, como las económicas, con prácticas de explotación específicas, también pueden ser motivo para la eliminación del cuerpo indeseable, reduciéndolo así, en un objeto privilegiado para una voluntad de dominio.

Agamben (1998) sostiene que el ejemplo más paradigmático de control del cuerpo humano es el campo de concentración Nazi. Sería el paradigma de lo que él denomina el estado de excepción, donde se da esta situación en su máxima expresión.

La singularidad del Holocausto está dada, en parte, por el tipo de discurso que se produce allí. El régimen Nazi no pretendía expulsar a los judíos de su territorio, o venderlos o eliminarlos para utilizar sus tierras; el argumento para el exterminio respondía a que sus cuerpos no reunían los requisitos deseables para la “excelencia de una raza”. No se trataba aquí de un medio sino de un fin. El argumento era biológico. Este control y manipulación del cuerpo del otro se da a partir de enunciados científicos y biologicistas y es aquí donde la ciencia se liga a la muerte. Surge así, una tecnología de la muerte en donde el extermino se lleva a cabo a partir de montajes ensamblados para la aniquilación y de la reducción al puro cuerpo. Cuerpo sin voluntad o nuda vida, vida desnuda, de acuerdo a la expresión de Agamben.

Pero el Holocausto no sólo se propuso el exterminio de millones de personas sino que, además, utilizó sus cuerpos para el estudio y la investigación. Los crímenes del nazismo también tenían fundamentos experimentales. No sólo se construyen fábricas de aniquilamiento sino que además se seleccionan cuerpos para la experimentación. Y esto se lleva a cabo con el consentimiento de toda una sociedad bajo el argumento del avance de la ciencia.

En este punto, Never let me go nos enseña cómo, para obtener un mejor cuerpo, se produce o fabrica otro. Es decir, se reduce a un sujeto a puro cuerpo para el uso o beneficio de otro, bajo el dominio que la humanidad ha adquirido sobre la genética y las biotecnologías. Estos cuerpos, los de estos jóvenes, serán mantenidos además en granjas especiales, campos o espacios en donde no tendrán ninguna clase de derechos ni garantías y donde el científico soberano, decidirá sobre la vida y la muerte de ellos. Y lo hará con el argumento de cuidar la salud de la población, salvándole la vida a aquellos que dependan para ello de la sustitución de un órgano por otro. Sustitución de un cuerpo enfermo por otro sano. Poder Soberano y Poder Disciplinario se entrecruzan aquí, de acuerdo a la interpretación que hace el realizador del film.

Los nuevos pastores y el grito de lo imposible

La biotecnología actual nos permite reconsiderar y revisar la propuesta foucaultiana planteada hasta el momento. Los actuales campos de la ciencia y el conocimiento nos obligan a trazar una nueva cartografía en términos de lo que implica el paradigma de la Biopolítica.

Peter Sloterdijk (2000) sostiene que, en la actualidad, atravesamos un movimiento que podríamos denominar “Posthumanismo” y que viene al lugar de las políticas de cría y reproducción de cuerpos vigorosos al modo de la Biopolítica. De allí que proponga repensar el Humanismo, sobre todo, el conflicto entre animalidad y humanidad.

Sloterdijk realiza así, una lectura de Platón de la mano de Nietzche, a quien sitúa en el centro de este problema, para pensar al político como pastor del rebaño humano.

De este modo, lo que Sloterdijk llama el “fracaso del humanismo” produce, no sólo el cuestionamiento sobre qué es una vida digna de ser vivida, sino también sobre la selección de aquello que se considera “vida ascendente” frente a la “vida degenerante”. Es decir, la selección de aquellos que poseen el derecho a vivir. Selección de embriones, de órganos para trasplantes, entre otros, donde la responsabilidad de dicha elección recae en los médicos y científicos, convertidos ahora, y siguiendo la metáfora platónica, en los nuevos pastores de la humanidad. Se trataría entonces de una Biopolítica, pero basada en procesos de selección de los mejores cuerpos y órganos. Y esto es lo que plantea la película. Jóvenes clones que han sido creados en un laboratorio y criados de manera intensiva y saludable con el fin de ofrecer sus órganos a pacientes enfermos.

Los desarrollos de Sloterdijk, a su vez, nos conducen a la distinción entre vida y cuerpo planteada por Lacan (1992) y retomada por Miller (2002) en Biología lacaniana y acontecimiento del cuerpo. Miller plantea allí que hoy asistimos a la época de la fragmentación. Estas intervenciones en los cuerpos: la fabricación de órganos, su compra y venta y sus trasplantes, no son más que cuerpos fragmentados que remiten, en definitiva, al cuerpo imaginario [1]. Sin embargo, se trata aquí de la fragmentación del cuerpo para el beneficio de la humanidad, ya no del despedazamiento del que goza Sade, sino del que se hace por el bien público. Tampoco se trata, podríamos agregar, del antiguo sacrificio del cuerpo para la exigencia de los dioses, si no más bien, como lo muestra el film, del despedazamiento al servicio de la conservación de la vida.

Al haber sido concebidos con la marca de ser puro fragmento, los protagonistas del film aparecen, por ello, más preocupados por su origen, por su identidad, que por rebelarse para cambiar el orden de lo establecido. De hecho, llama la atención la aparente pasividad con la que aceptan su destino final. Efectivamente, en determinada escena los vemos interrogarse sobre quiénes pudieron haber sido sus “originales”. Una curiosa fascinación los tiene capturados en el nivel de lo imaginario y los lleva a cierta posición melancolizada cuando no logran dar con la recuperación de una imagen que les dé identidad propia.

Jóvenes que no logran ir más allá de esto, aceptando su destino, creyendo encontrar una salida tan efímera como sus vidas: prolongarse un poco más allá del tiempo si pueden demostrar que se han enamorado. Inocencia o ingenuidad que no les permite ver que sus pastores no los liberarán, aunque les puedan hacer saber, a través de sus creaciones artísticas, que aman a otro clon. Tampoco, el convertirse en “cuidador”, pastor, del propio rebaño como lo hace la protagonista, alcanzará para la supervivencia.

Sin salida ya, y frente a lo inevitable, el grito final y desgarrador del protagonista nos confronta con lo real de la angustia, eso que no engaña. Un modo ciertamente eficaz del realizador de mostrar lo imposible. E interesante interpretación, además, que hace resonar “El grito” de Edvard Munch, aquella pintura que expresa la angustia y la desesperación del sujeto de la modernidad. Modernidad que continúa deslizándose entre cuerpos fragmentados, controlados y seleccionados bajo el imperio de la ciencia y de lo útil.

Referencias

Agamben; G. (1998) Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida. Barcelona: Pre-textos.

Arendt, H. (2000). Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen.

Brousse, M. H. (2009) “Cuerpos lacanianos: novedades contemporáneas sobre el estadio del espejo” en Colofón 29. Boletín de la federación Internacional de Bibliotecas de la Orientación Lacaniana.

Esposito, R. (2006). Bios. Biopolítica y filosofía. Buenos Aires: Amorrortu.

Foucault, M. (2006) Nacimiento de la biopolítica. Buenos Aires: Fondo de Cultura Economica.

Lacan, J. (1992) “Los cuatro conceptos del psicoanálisis” en El Seminario, libro 11. Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (1992) “Aún” en El Seminario, libro 20. Buenos Aires: Paidós.

Lazzarato, M. (2006) Los conceptos de vida y vivo en la sociedad de control. Buenos Aires: Tinta Limón.

Miller, J.A., (2002) Biología lacaniana y acontecimiento del cuerpo. Buenos Aires: Colección Diva.

Nancy, J.-L. (2006), El intruso. Buenos Aires: Amorrortu.

Sloterdijk, P., (2000) Normas para el parque humano; Una respuesta a la Carta sobre el Humanismo. Madrid: Ediciones Siruela.


Notas

[1] De acuerdo a la distinción planteada por Lacan de los tres órdenes o registros: Real, Simbólico e Imaginario.







 

 
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