Inicio > Acceso Docentes > cuatrimestre 2009 > Pan y tulipanes >

por 

Psicología, Ética y Derechos Humanos

Cátedra I

Prof. Tit. Reg. Juan Jorge Fariña

PARCIAL DOMICILIARIO II

Comisión: 9
2do. Cuatrimestre 2009

Alumna: CASTELLI María Alejandra (LU 22656171/0)
castellialejandra@yahoo.com.ar

Pan y Tulipanes

Italia, 2000
Título original: Pane e Tulipani
Director: Silvio Soldini
Libro y guión: Doriana Leondeff y Silvio Soldini
Protagonistas: Rosalba: Licia Maglieta
Fernando: Bruno Ganz
Grazia: Marina Massironi
Costantino: Giuseppe Battiston
Mimmo: Antonio Catania

El título de una película provoca, orienta, predispone. Y en ese sentido, Pan y Tulipanes remite a lo sencillo y lo especial, a lo cotidiano y lo diverso, a lo simple y lo exquisito.

Este film nos lleva a descubrir que algunos cambios en la vida pueden presentarse bajo las formas más sencillas, que lo que parece nuestro destino, azarosamente o no, puede cambiar o no y que esto depende de una actitud del sujeto, de una elección.

“Ni una determinación que lo trasciende y está fuera de su voluntad, alienándolo al Otro, ni la apelación al puro azar, nueva máscara del Destino, es decir finalmente del Otro, son buen escondite para el sujeto.”
J.C. Mosca

Rosalba, una abnegada ama de casa dedicada a sus obligaciones domésticas, a las rutinas del hogar, sometida y maltratada por su esposo y por la indiferencia de sus hijos adolescentes, es torpemente olvidada por su familia en una parada de ómnibus durante una excursión. Se retrasa en el baño rescatando un aro que se le cayó al inodoro y cuando por fin lo logra, se da cuenta de que ellos ya no estaban, se habían ido, la habían dejado. Pero su ausencia no los alarma, ni siquiera se dan cuenta.

Rosalba emprende su regreso a casa haciendo dedo, viajando ocasionalmente con quien la llevara, hasta que un viajante le ofrece manejar el auto. Entonces, un instante, y el camino se bifurca: hacia un lado, Pescara y una rutina de quehaceres y maltratos; hacia el otro, una elección: su anhelada Venecia.

Ésta es la ruta que abre su dilema recortado entre el goce del sometimiento, es decir, el padecimiento desde ese lugar de esposa silenciada por los gritos y el maltrato de su esposo, de madre olvidada y desmerecida, de alguien que no hace falta, de alguien cuya ausencia no se nota; y la moral que se le impone desde su propio ideal, desde los deberes de una buena ama de casa y madre de familia, dedicada a sus quehaceres y a sus obligaciones. Podríamos llamarla moral “doméstica, o mejor, moral que “domestica”.

Dilema y opción. Dos caminos: Pescara y Venecia. Rosalba se le anima a Venecia. “Qué diablos, al día siguiente es domingo ...” y se toma unas pequeñas vacaciones, como escribe en una postal a su familia.

Ambos polos del dilema (eje particular) presentan contenidos que revelan relaciones particulares. En primer lugar, en el nivel del síntoma, lo relativo al padecimiento en la relación con su familia. En segundo lugar, en el nivel de los juicios morales, los deberes, tradiciones, y prácticas que “debe” seguir una esposa y una madre en ese contexto, en esa relación.
Los dos niveles están conectados ya que las tradiciones particulares determinan vínculos particulares. El dilema de Rosalba confronta al “ser” del síntoma con el “deber ser” de la moral, pero el salto no puede hacerse sobre el abismo, es necesario un puente apropiado.
Rosalba se somete como estrategia neurótica para taponar la falta; ella no le hace falta al Otro (lugar simbólico en el que podemos ubicar a su núcleo familiar), o sea, que al Otro no le falta nada. Podríamos interpretar aquel atraso en la estación de ómnibus, como una provocación al Otro, o más bien, como una convocatoria al Otro: y en este sentido algo del deseo se cuela: el deseo inconciente de hacerle falta al Otro, el deseo de que el Otro la desee. Pero si el Otro desea, algo le falta, esto sería una forma de barrarlo, algo que el neurótico prefiere evitar. Rosalba entonces se somete.

“Responsabilidad es otro nombre del sujeto ... irresponsable es el niño, o el insano, o el obediente ... o todo aquel sometido a algún Otro, sea bajo la forma de Azar, las determinaciones del Destino o la Autoridad.”
J.C. Mosca

Su visita a Venecia también tiene que ver con esto, quizás su ausencia convoque al Otro, quizás la necesiten, quizás haga falta. Rosalba se animó por un momento a transgredir su Destino, aunque más no fueran unas vacaciones, tal vez se animó a desafiar a la determinación, a lo inexorable que cancela la libertad.

Los días en Venecia se convirtieron en semanas. Consigue un trabajo en la florería de un viejo anarquista y se aloja en la casa de un hombre al principio misterioso, Fernando, quien pospone su plan de suicidarse programado para la misma noche en que conoce a Rosalba.

Pero Fernando no era un hombre con misterios. Era un hombre solo, desilusionado y triste, que sentía culpa porque su hijo había abandonado a la mujer y a su pequeño nieto, lo mismo que él había hecho años atrás. Y la culpa es un sentimiento innoble que aparece allí donde el sujeto no puede responsabilizarse, la imposibilidad de definir y demarcar el campo de la responsabilidad empobrece la subjetividad.

La presencia cotidiana de Rosalba, los desayunos de Fernando, las flores que ahora diariamente alegran la casa, van describiendo y descubriendo los nuevos sentidos de la compañía.

Rosalba conoce a su vecina Grazia, una masajista holística que agrega otro componente nuevo a la vida de la protagonista: la amistad. El azar más tarde querrá que Grazia se enamore del detective gordinflón que Mimmo, el marido de Rosalba, habia enviado a Venecia para ubicarla y así obligarla a regresar. Con el encuentro de Grazia y Costantino (el detective que finalmente era plomero), se abre otra oportunidad para Rosalba y Fernando, ya que Costantino renunciará a una búsqueda ajena en favor de un encuentro propio.

Rosalba percibe que hay otra manera de vivir: un hombre puede escucharla en lugar de gritarle, un hombre puede hacerle el desayuno en lugar de pedirle que cocine, un hombre puede saber de sus gustos en lugar de exigirle que planche sus camisas.

“De nuestra posición de sujetos, somos responsables”, dice Lacan.

Pero las bases de esta nueva construcción parecen sucumbir cuando es reclamada para que vuelva porque uno de sus hijos se droga. Y aquí aparece la culpa hermanada a la moral: “Soy una madre desnaturalizada, vuelvo con mi familia y con mis obligaciones”. Como ya mencionamos, allí donde emerge la culpa, es porque el sujeto no puede responder, el deseo traicionado “...envuelve al sujeto en las brumas flotantes de una culpabilidad morosa” (Jinkis). Regresa a Pescara dejando atrás un porvenir casi elegido. “Casi”, porque si su acción hubiese sido responsable, si su elección hubiese sido libre, habría estado en juego la responsabilidad subjetiva y no la culpa. Un acto libre implica responsabilidad, es una elección a priori de lo que todavía no es ni sabe qué será, abre el riesgo de perder o de ganar, abre el potencial del devenir, abre la posibilidad del sujeto del inconciente.

Las imágenes de los sueños de Rosalba durante su estancia en Venecia revelaban algo de esto. Las preguntas que pueden leerse en ellos son: ¿qué es ser una madre?, ¿qué lugar ocupo en mi familia?, ¿qué soy para mi marido (posición respecto de un hombre)?, ¿qué esperan ellos de mí?, finalmente y quizás, ¿qué es ser una mujer? Estas preguntas proporcionan las claves para arrimar una hipótesis en relación a su posicionamiento con respecto al Otro.

Tiempo 1: El universo particular
El circuito de la responsabilidad “está compuesto por un tiempo 1 donde se realiza una acción determinada en concordancia con el universo de discurso en que el sujeto se halla inmerso” Es el tiempo de las acciones. Acciones cuyo significado se agotan en sí mismas, es el tiempo de lo que se ve, lo que se escucha.
Sitúo en este tiempo 1 el instante en que Rosalba toma la determinación de seguir viaje hasta Venecia, en la bifurcación del camino.

Tiempo 2: La interpelación
Es en el tiempo 2 del circuito de la responsabilidad subjetiva donde se produce la interpelación. Este tiempo resignifica el tiempo 1, implica un cambio de posición de la respuesta del sujeto frente a una circunstancia.
La aparición de la amante de Mimmo poniéndola en autos de que su hijo se drogaba produce un tiempo de interpelación. La insta a que vuelva con su marido y sus hijos. Rosalba se siente una madre desnaturalizada y se ve empujada a tener que responder.
Al igual que en el caso de Ibbieta, el personaje de Sartre, donde la palabra del Otro lo alcanzó y lo puso a temblar; el pedido (o la orden) de que vuelva, de que todo vuelva a ser como antes, la interpela.

¿Qué quiere ser Rosalba? ¿Mujer o madre? ¿Mujer o esposa? ¿Mujer o ama de casa? Pareciera que no hay combinatoria posible, no hay fusión de términos. Una cosa o la otra. Para Rosalba es una opción u otra.

Rosalba decide regresar a Pescara. Pero Grazia la llama y le dice que todos la estaban esperando en Venecia, le pide que vuelva. Rosalba, en un tono triste, dubitativo, entregado a las obligaciones le dice: “Este (refiriéndose a Pescara) es mi lugar”.

En la protagonista se manifiesta como el reclamo de Otro a quien le hace falta. Alguien nota su ausencia rompiendo del algún modo con la lógica que venía sosteniendo aquel lugar que velaba la castración del Otro.

De aquí se desprende, como hipótesis clínica, que el deseo que habita en Rosalba es ser deseada por el Otro, su deseo inconciente es el de hacerle falta al Otro. Pero, como ya dijimos, de este deseo inconciente el neurótico nada quiere saber ya que supone la falta del Otro.

Por eso, Rosalba se acomodaba en aquella lógica de (falsas) seguridades, rutinas y deberes. Repite las pautas de su universo particular: obedece. Y la obediencia implica des-responsabilizarse. Rosalba no se responsabiliza, no decide.

La interpelación subjetiva del tiempo 2 y su ligazón al tiempo 1 ob-liga a una respuesta, es una exigencia de respuesta más allá de lo que se querría responder. No hay forma de responder, pues la interpelación exige respuesta ... Se abre como respuesta a la interpelación, de un modo general, un abanico de posibilidades; a saber: el sentimiento de culpa, la proyección, la negación, la intelectualización, y en líneas generales la formación sintomática.

Como se dijo, la interpelación del tiempo 2 resignifica los interrogantes que se fueron planteando desde el tiempo 1. La pregunta por el ¿qué hacer? Acorralado entre el deber y el querer, la pregunta por la felicidad, producidos en un contexto del sujeto, sujetado a un marco social. Todos estos interrogantes están condicionados por el mundo particular del contexto, el guión ajeno . La conjetura que podemos hacer al respecto de Rosalba, de lo que se cuestiona, es de algo que ella no sabe sí misma y que está buscando: nuevamente, ¿quién es? ¿qué es? ¿qué quiere ser? ¿qué quieren los demás que sea? ¿madre? ¿mujer? ¿esposa? ¿pareja? ¿compañera?
Responder a estos interrogantes implica asumir una responsabilidad subjetiva, enfrentar su existencia y “... abrir esa puerta más allá del horizonte hacia un tiempo otro, el tiempo de despertar” .
Rosalba decide seguir durmiendo en la obediencia del guión ajeno, cerrando el circuito en sí mismo: no asume su responsabilidad y por ello tampoco puede dar respuesta a lo que la interpela que le abra otro tiempo, el tiempo 3. Rosalba permanece anestesiada.
Rosalba no se puede desprender de “sus socios del pasado, o sea, [ir] más allá del síntoma, entendiendo el síntoma como aquel momento del pasado que da al sujeto una pertenencia, una identidad” .



NOTAS

Película:

Titulo Original:

Director:

Año:

Pais:

Otros comentarios del mismo autor: