por 

Psicología, Ética y Derechos Humanos

Cátedra I

Cátedra: Fariña, Juan Jorge Michel

Profesora de Trabajos Prácticos: Pesino, Carolina Rut

Alumnas: Cincotta, Lucila Alejandra L.U.: 34.019.096/0

Marazzato, Marianela L.U.: 34.385.558/0

Comisión: 26 (Lunes 12:45 a 14:15 hs.)

1º Cuatrimestre de 2010

POTESTAD
Luis César D’Angiolillo

La película encarna uno de los temas que nos legó la dictadura militar: los asesinatos y secuestros de inocentes, y la apropiación ilegal de los hijos de los mismos. Asimismo, intenta plasmar el trauma interior de una mente alterada por hechos del pasado e invita a hacer una reflexión sobre la responsabilidad de los actos que cometemos y no queremos aceptar.
El rasgo peculiar del film es la sucesión de diversas escenas que se cortan en determinado momento ante la aparición de objetos o personajes, que luego vemos aparecer en otras escenas. Estas escenas son como las piezas de un rompecabezas, no presentan un hilo lógico sino hasta el desenlace de la historia. El film se encuentra estructurado de manera fragmentaria y a través de un viaje de la memoria, éste se desliza entre el presente, pasado, pasado reciente y nuevamente el presente. Debido a ello, la película da lugar a pensar diferentes conjeturas en relación a su trama. Daría la impresión de que el protagonista vive huyendo a partir de un suceso traumático de su vida. En nuestro caso, en un primer momento percibimos al protagonista, el Dr. Eduardo Martínez, como una víctima, afligido por la pérdida de su hija, para darnos cuenta luego de lo contrario, era un victimario. Dimos cuenta de esto en la escena final, donde el protagonista no sólo es espectador sino también participe de un hecho horripilante: testigo del asesinato de un matrimonio considerado subversivo en manos de los militares, consistiendo su labor en firmar las actas de defunción. Uno de los militares le informa que encontró algo y lo lleva hasta el baño, en donde había una nena llorando en la bañera. Siguiendo el transcurso de las escenas descubrimos que él decide apropiarse de la nena, y llevársela como “regalo”, “trofeo” a su mujer, Ana María.
Podemos analizar está problemática desde los dos tipos de responsabilidad: la responsabilidad jurídica y la responsabilidad subjetiva.
En el caso de la primera, se relaciona directamente con la noción de sujeto autónomo, la cual restringe la responsabilidad al terreno de la conciencia, al ámbito de la intencionalidad conciente. “El sujeto autónomo es “aquél capaz de hacerse responsable, no sólo por sus acciones sino también por sus elecciones y decisiones”, y por lo tanto es imputable. En el film, percibimos a Eduardo como un sujeto autónomo, responsable de sus actos (firmar las actas y apropiarse de la beba), pero inimputable en la época en que transcurre la película, ya que el gobierno avalaba y efectuaba dicho accionar. De esta manera quedamos presos de una contradicción: quien debería ser el promotor de justicia es el portador de la insensibilidad que impide poner término a los males de la sociedad.
En la actualidad, el haberse apropiado de la beba podría ser leído dentro del marco conceptual del genocidio. En efecto, la apropiación ilegal es consecuencia directa de la persecución de sus padres biológicos por parte de la dictadura militar; por el simple hecho identificarlos como parte de un grupo específico de la sociedad. Dentro de lo que este hecho terrorífico encierra, encontramos que “al secuestro y apropiación física del niño, o del bebé aún por nacer, debe adicionarse la siniestra categoría de apropiación psicológica, ya que desde la usurpación de los lugares paternos, y de las marcas que desde esa posición se trasmiten, se aportan las condiciones para estructurar un sujeto”. Por lo que, la lógica genocida no se limitó a la desaparición física de las personas desaparecidas, sino que también se encargó de la supresión de la identidad, la desaparición del niño que debió ser, negándole el nombre, la historia y el deseo que lo esperaban. Asimismo, la supresión de su identidad, vuelve a desaparecer a sus padres, ya que al negar la tumba en la desaparición forzada, implica una segunda muerte. Y hasta podríamos pensar en una tercera muerte “cuando se intenta que de él no quede cuerpo, memoria ni prolongación alguna en la descendencia”. Este “secreto de familia” actúa como factor patógeno que opera en la historia de algunos individuos.
Es muy común que la intervención del psicólogo en el ámbito jurídico sea ocasión para una forma de manipulación del conocimiento científico, a fin de desresponsabilizar al acusado. De esta manera, se podría llegar a justificar el accionar del protagonista, eximiéndolo de culpas por el trastorno mental que presenta posteriormente, “como si el sujeto y su responsabilidad fueran un apéndice que cuelga del diagnóstico”, como si lo verdaderamente importante no fuera lo que hizo, sino lo que él es.
Por su parte, la responsabilidad subjetiva es aquella que se conforma a partir de la noción de sujeto del inconciente; sujeto no autónomo, es decir, no es dueño de su voluntad e intención. “El campo de la responsabilidad subjetiva confronta al sujeto con aquello que perteneciéndole le es ajeno”; ajenidad que no es causa de inimputabilidad. En este campo el sujeto es siempre imputable; pero ya no en términos morales o jurídicos, sino éticos. Al hablar de responsabilidad no se intenta dar a entender que el sujeto es conciente de lo que hace, o que se hace cargo de lo que dice; sino que es culpable de lo que hace y de lo que dice.
En su análisis de la película, Juan Jorge Michel Fariña propone su hipótesis clínica respecto de la responsabilidad subjetiva del doctor Martínez. Él plantea que el protagonista se ubica en una posición de objeto, de instrumento de otros. De esta manera, no se trataría de una estructura perversa de Eduardo, sino de una peculiar posición neurótica.
En relación a esto Contardo Calligaris explica que “lo propio de la constitución neurótica o de una estructura neurótica, es el hecho de que el saber, el saber paterno, siempre está supuesto”. Como consecuencia de ello, el neurótico permanece en lo incierto, en la búsqueda de lo que quiere, y de saber qué es lo que quiere. El neurótico iría corriendo detrás de alguna cosa incierta que sería el pago final de la deuda que él tiene con el padre. Es una carrera sin fin. Existirían dos caminos para salir del sufrimiento neurótico, a saber: un camino poco frecuentado y trabajoso, el psicoanálisis; y otro camino que consiste en suponer que el saber paterno no es supuesto, pero sí sabido. Hasta podría ser un saber compartido por todos. De esta manera, se podrían tener certezas, y es a esto lo que él llamó “instrumentalización”, ser los instrumentos de un saber sabido y entonces compartible. No se trata de llegar a saber lo que sería el saber paterno, sino construir un semblante de este saber.
Podríamos pensar que el goce de Eduardo estaría entonces en el funcionamiento del aparato, del sistema, y no en la matanza de inocentes, o ser testigo y colaborador indirecto de esa matanza. Él se ubica en una posición de objeto respecto del trabajo que le fue asignado; intentando así salir de su sufrimiento como neurótico. Una escena que pone en evidencia esto es cuando aparece el padre del protagonista. Notamos allí la posición de sometimiento que adopta Eduardo ante él, ante ese médico ejemplar, digno de admiración, el cual lo humilla negándole la escucha que tanto le implora Eduardo.
De todas formas, ni el principio de obediencia debida, ni su estructura neurótica justifican su accionar y le quitan su responsabilidad. Al contrario, podrían pensarse como agravantes, “porque es justo ahí que está lo inaceptable: que para poder conseguir una salida al sufrimiento neurótico banal, el neurótico pueda considerar que cualquier precio es bueno”.

Sugerimos para el circuito de la responsabilidad de Eduardo, los siguientes tres tiempos lógicos:
Tiempo 1: es aquel donde se realiza una acción determinada recortada en el tiempo, “en concordancia con el universo de discurso en el que el sujeto se halla inmerso y que, se supone, se agota en los fines para los que fue realizado”.
Dicho tiempo lo vemos en la apropiación ilegal de Adriana, la hija de los subversivos asesinados.
Tiempo 2: es el tiempo de la interpelación en el circuito, se funda en su resignificación el tiempo uno, debido a un indicador que le señala un exceso en lo acontecido anteriormente. Este tiempo facilita una respuesta que, aunque no es considerada todavía tiempo 3, responde a la interpelación. No hay forma de no responder ya que la interpelación exige respuesta. El tiempo 1 es ya un tiempo resignificado por la interpelación a través de la culpa. “La culpa hace a la retroacción, hace que se retorne sobre la acción por la que se “debe” responder”. Como respuesta a la interpelación encontramos diversas posibilidades: el sentimiento de culpa, la proyección, la negación, la intelectualización y, en líneas generales, las formaciones sintomáticas.
En el caso de Eduardo, el indicador que señala un exceso en lo acontecido anteriormente, es decir, lo que lo pone en sobre aviso de que algo anduvo mal, de que su acción iniciada en el tiempo 1 fue más allá de lo esperado, es el hecho de que le quiten a Adriana. De esta manera el protagonista responde a la interpelación sobre su accionar, lo manifiesta con reiteradas proyecciones paranoides, dirigiéndose autorreproches y fantasmas persecutorios.
Siguiendo esta lógica de lo acontecido en el tiempo 2 agregamos que a lo largo de la película, varias escenas aluden a la intención de Eduardo de hablar con Ana María, pero ella no lo escucha, no lo mira. Lo que el quiere es preguntarle: “¿no nos equivocamos en nada con Adriana?”. Esta pregunta podría remitir a la interpelación del tiempo 1 y el surgimiento de la culpa. En palabras de Fariña, la culpa “aparece como reverso de la responsabilidad. Allí donde existe un punto ciego en la responsabilidad de un sujeto, el sentimiento de culpa aparece en su lugar”.
Tiempo 3: aquí es donde emerge la responsabilidad subjetiva, que es el “otro nombre del sujeto”. El efecto sujeto es también una respuesta a la interpelación. “La interpelación subjetiva se pone en marcha cuando la Ley simbólica del deseo, obliga a retornar sobre la acción. No hay deseo sin culpa”, la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo.
Este momento no aparece en todos los casos, sino que el sujeto puede quedarse fijado en la culpa. La culpa remite a un deseo inconciente, que no permite ver lo que un hecho determina en sí mismo. En terapia, el terapeuta debe lograr que el paciente llegue a este momento y de cuenta de su deseo.
En relación a Eduardo inferimos que esto no sucede, él se queda fijado en el tiempo 2, en la culpa. Eduardo no llega a dar cuenta de su deseo inconciente que lo llevó a su accionar del tiempo 1, por lo tanto no se responsabiliza de esto. Eduardo hace mención permanentemente del hecho penoso de haber perdido a su hija, pero en realidad existe otro momento, tan traumático como aquél, que tiene que ver con el tiempo 1, con el arrebato de la niña. Eso que él no puede contar, eso que él reprime, lo obliga a inventarse situaciones que lo retrotraen a experiencias buenas de su vida, pero que son interrumpidas cuando sobrevienen objetos o personajes que pertenecen a la verdadera memoria, al hecho siniestro. Él no se hace cargo de este hecho, al contrario, lo esquiva. Es más, en una charla con un conocido admite “no tengo nada que ocultar, tengo la conciencia limpia”.

Nosotras proponemos que su deseo inconciente es ser padre, poniéndolo de manifiesto por un lado, en la escena en la que se angustia cuando el médico (el personaje de "Tito") le comunica que el resultado del análisis de embarazo de su esposa era nuevamente negativo; en la alegría que expresa al ver por primera vez a la beba, diciendo “¿en qué mejores manos podría estar?”; y por otra parte en la angustia que siente tras haberle quitado a Adriana, emitiendo frases como “nos robaron la vida”; “me siento sólo, vacío”.
Incluso podría pensarse que a través de apropiarse de Adriana y dársela a su mujer como "regalo", sería un intento de recuperar su mirada, que lo sostiene virilmente, como si hubiese perdido su virilidad por el hecho de no ser padre y también podría pensarse que el haberse apropiado de Adriana vendría a mejorar o salvar la relación con su pareja.

Entendiendo por Azar aquello que desconecta la conexión entre causas y efectos, podemos otorgar al azar el hecho de que la nena se encuentre allí, en esa casa, en el momento en que Eduardo concurre para firmar las actas de defunción de los supuestos subversivos. Un hecho de suerte que aparece nada más ni nada menos en el momento en que Eduardo desea ser padre y su esposa no consigue quedar embarazada. El azar viene a dar respuesta a la confesión que deja saber Eduardo en el film, a saber: "necesitábamos un milagro y Adriana llegó".
Por otro lado, sabiendo que el término Necesidad alude a “aquellos sucesos ajenos a la voluntad humana”, aquellos que no está en el sujeto cambiar, podemos verlo reflejado en el film en la presencia de la Dictadura Militar de la época. Es decir, la necesidad explica que las personas no somos responsables de todo lo que nos sucede. Establece una conexión entre causas y efectos, entonces podemos inferir que Eduardo no podía ir en contra de su destino, él ejercía aquella "obediencia debida" a la cual no podía o le hubiese costado muy caro contradecir.

A modo de comparación con el film de nuestro trabajo, ubicaremos en el cuento "El Muro" de Sastre, los tiempos lógicos del circuito de la responsabilidad subjetiva como así también las nociones de azar y necesidad.
Para ello presentamos la siguiente cita, la cual nos resume lo acontecido en el cuento. "El muro transcurre en la España de la Guerra Civil. Un grupo de prisioneros republicanos en manos de la falange es arrojado a un sótano y deberán transcurrir su última noche en espera de que al amanecer los lleven hasta el muro y los fusilen. (...) El protagonista, Ibbieta, resistirá el sueño, aunque está agotado, no quiere dormir porque desea no perder ni dos horas de vida. (...). Por fin llega el alba. Y todos salen de escena, queda solo en el sótano. Se escuchan las denotaciones. Ya empezaron. Pero Ibbieta debe esperar. Luego lo suben a una habitación, lo interrogan, le piden que denuncie a un líder anarquista, a Ramón Gris. (...) Le ofrecen: es su vida por la tuya. Ibbieta sabe algunas cosas. (...) Sabe también donde está escondido Gris, en casa de su primo. (...) Pero no iba a hablar, de puro testarudo y para burlarse de ellos. (...) Sí, Ibbieta habló, para mentir, para engañar, burlar al otro, al tirano. (…). Está escondido en el cementerio", mintió Ibbieta. Y dijo la verdad. Allí encontrar a Ramón Gris, lo mataron, la ejecución de Ibbieta fue aplazada".
Hasta aquí la cita. Del mismo modo en que ubicamos el circuito de la responsabilidad subjetiva y las nociones de necesidad y azar en el personaje Eduardo Martínez en el film Potestad, lo haremos sobre el personaje Ibbieta.
Tiempo 1: Interrogado por el paradero de Gris, Ibbieta improvisa una jugarreta para burlarse de los falangistas. Aún sabiendo que Gris se hallaba escondido en casa su primo, Ibbieta dice: "Gris está escondido en el cementerio"
Tiempo 2: Aquí dos sucesos son importantes: por un lado, los falangistas regresan de buscar a Gris, y para sorpresa de Ibbieta, no lo matan; y por otro, en su encuentro con García éste lo pone al tanto de que esa mañana lo asesinaron a Gris en el cementerio, debido que al tener una discusión con su primo decide irse y esconderse en el cementerio.
A partir de ello Ibbieta se interpela sobre su accionar del tiempo 1, se presenta como sujeto de la perplejidad y duda de lo que dijo en el tiempo anterior. Su afirmación "en el cementerio" se torna un interrogante "¿en el cementerio?", es decir, repiensa lo que dijo.
La noticia que le comunica García a Ibbieta no puede más que conmover a éste último, Ibbieta se sorprende. Abrimos así la pregunta por su responsabilidad ¿qué habrá tenido que ver Ibbieta con todo esto? Esta distancia entre un tiempo 1 y un tiempo 2 autoriza la formulación de una hipótesis clínica acerca de aquello respecto de lo cual se espera una respuesta de parte de Ibbieta.
Como en el caso de Eduardo Martínez presentamos al "deseo de la paternidad" como un posible tiempo 3, aquí lo ubicaremos como el "deseo de vivir" de Ibbieta, aquello que lo define como sujeto del inconsciente, sujeto del deseo y de lo cual debe asumir su responsabilidad.
Entonces, Ibbieta es responsable de haber hablado, de su deseo de querer vivir, por lo menos, un poco más; es decir, podría pensarse que Ibbieta se creía preparado para morir, pero a último momento la angustia lo toma y lo hace arrojar un nombre, un lugar posible: el cementerio. Agudizando la hipótesis cabría decir que era allí a donde quería enviar a su amigo, al cementerio, ya que la muerte de su amigo significaría que él viviría.
En esto la necesidad y el azar juegan un rol muy importante y notorio.
La necesidad se hace presente en el ultimátum que los falangistas le dan a Ibbieta: sólo si dice la verdad no lo matarán, eso sucederá para Ibbieta inexorablemente, más allá de su voluntad, ese es su destino. Es por ello que "perdido por perdido" decide jugarles una broma a los falangistas sobre el paradero de Gris, pero he aquí un hecho significativo: la presencia del azar, o llámeselo si quiere "suerte", "coincidencia" "casualidad". Es decir, era poco probable que Gris se encontrara en el cementerio, pero no imposible, de hecho así lo fue. Ibbieta mencionó el cementerio por puro azar frente a los oficiales para burlarse de ellos, y sólo por azar coincidió su declaración con el sitio real donde se hallaba el fugitivo. Gris, por no comprometer a Ibbieta, se va al cementerio; y en el caso de Ibbieta, por no delatar a Gris, dice cementerio. El azar quiso que ambos amigos debieran tomar una decisión crucial para su supervivencia, y que coincidieran. Asimismo, el azar hizo que paradójicamente, con su "confesión mentirosa", Ibbieta concluyera, sin saberlo, diciendo la verdad. Ibbieta no eligió la situación de tener que delatar a su amigo, pero no está por fuera de esto, lo involucra. Algo de responsabilidad hay en la forma en que él se posiciona en esta situación. Es responsable de su deseo de haber querido vivir un poco más, es responsable, quizás no culpable, de abrir la boca, aún en la ignorancia y decir “cementerio”.
Entendiendo al azar como sinónimo de "suerte", podemos preguntarnos si se trata en ambos casos, el del doctor Martínez y en el de Ibbieta, de buena o mala suerte. Es decir, ¿se debe a la buena suerte que Martínez hallara a la niña?, sabiendo que el final de la historia no es el esperado por él. Del mismo modo, ¿es gracias a la mala suerte que coincidiera la mentira de Ibbieta con el paradero de su amigo? ¿O a la buena suerte? ya que gracias a ésta última él logró salvar su vida.

A lo largo del trabajo realizado intentamos desplegar las nociones y los conceptos propuestos por la cátedra, en paralelo con nuestro análisis de la película que nos fue asignada. El haber efectuado el presente trabajos nos permite concluir en la importancia de trasladar los conocimientos estudiados a una situación específica de la vida cotidiana, a un hecho observable. Es por ello que el marco teórico estudiado se vio claramente reforzado, permitiéndonos comprenderlo e incorporarlo de mejor manera.
Finalmente concluimos que la cuota de interés de la película es aquel pasaje que se hace presente en el desenlace: el pasaje de aquella figura de supuesta víctima hacia la de torturador, es decir; el inicio y nudo de la película reside en el intento arriesgado por humanizar la figura del torturador, hecho el cual deja salir a la luz un conflicto ético que queda inquietantemente abierto.

BIBLIOGRAFÍA

“Desastres y catástrofes”. Ficha de cátedra.
Calligaris, C.: “La seducción totalitaria”.
Fariña, J. y Gutiérrez C.: “Veinte años son nada”
Fariña, J.: “Responsabilidad: entre necesidad y azar”.
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Jinkis, J.: “Vergüenza y responsabilidad”.
Klentnicki, A.: “Niños desaparecidos en Argentina: lógica genocida y apropiación ilegal”.
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