por 

Facultad de Psicología
Universidad de Buenos Aires

Psicología, Ética y Derechos Humanos
Cátedra I
Titular: Prof. Juan Jorge Michel Fariña
2do Parcial Domiciliario

Alumnas:
Paula Gisela Daquarti LU: 335475980
Mariana Nadaja LU: 275273610
COM 1
Profesor:
• Pérez Ferretti Fernando

Fecha de entrega: 26 de Febrero de 2012

Consigna de Evaluación

Elija un film, un texto literario o alguna otra producción narrativa en la que se despliegue y
pueda ser recortada una singularidad en situación.
En ese recorte, escoja a un sujeto que tome una decisión comparable, en términos teóricos, a la de Ibbieta, el personaje del cuento “El Muro” de J. P. Sartre. Justifique su elección.
Analícela ubicando sus coordenadas en los tiempos lógicos del circuito de la responsabilidad y explicitando la hipótesis clínica que establezca respecto de qué debe responder el sujeto, en términos de responsabilidad subjetiva.
Establezca los elementos de azar y necesidad presentes en la situación, consignando los
indicadores respectivos.
Si corresponde, establezca las figuras de la culpa que aparecen, estableciendo su relación con la hipótesis sobre la responsabilidad subjetiva. Consigne en caso que exista alguna relación con la responsabilidad jurídica.
Articule con las categorías trabajadas a propósito de: la ética como horizonte en quiebra; el
acto ético; lo universal-singular; la moral de lo particular y –si resulta pertinente– el
efecto particularista.
En todos los casos, articular con las referencias bibliográficas del Módulo 5 y si el
escenario fuera pertinente con las del módulo 4.

Texto literario: "REVERDECER" (Adolfo Bioy Casares)

Seguía mirando el sepulcro, porque estaba resuelto a no moverse hasta que se alejaran las hermanas de la pobre Emilia y porque en el instante en que se volviera, para salir del cementerio, entraría en el mundo donde ya no podría encontrarla. No se resignaba a emprender el regreso platicando pías trivialidades con esas mujeres, ni se dejaría engañar por la esperanza, tan deplorablemente inútil de buscar en ellas algún rasgo en que su amiga perdurara. Las mujeres partieron por fin; él estaba por irse, cuando descubrió, a una distancia que sarcásticamente calificó de respetuosa, al hombre de las pompas fúnebres, con el aire contrito, servil, implacable, que ya le conocía. Desde la noche del accidente, lo vio merodeando por los alrededores de la casa de Emilia, en un automóvil negro. Ahora pretendería, probablemente, venderle algún álbum de fotografías y de recortes o algún adorno para la tumba; pero lo aterraba la posibilidad de que el individuo, en el afán de ponderar el trabajo de la empresa, le comunicara pormenores macabros. Lo que estaba ahí debajo no era Emilia y para acercarse a ella no había en toda la tierra un lugar más incongruente que ese rectángulo de mármol, con el nombre y la cruz. Mientras él viviera, sin embargo, traería flores. Alguien debería hacerlo y la persona indicada era él. La persona indicada, reflexionó con orgullo, y la única, pues en la vida y en la muerte de Emilia estaba solo. Con dolor en el corazón recordó que en alguna época había anhelado una seguridad como la que ahora tenía: la seguridad de que nada pudiera ocurrir.
Juntos habían leído los versos de un poeta francés:

Por poco que te muevas,
despiertan mis angustias,

y él había exclamado: Es verdad. ¿Cómo pedir a un ser tan vivo como Emilia, que permaneciera quieta a su lado, que no fuera inconstante? No pidió nada, pero el milagro de fidelidad ocurrió. Tal vez por eso ahora se hallaba en medio de una soledad tan extrema, sin nadie para compartir el dolor. El cansancio de los últimos días lo llevó a pensar en imágenes; poco menos que soñando despierto, se vio a sí mismo como un jardinero de tumbas. “Todos los viernes pondré aquí un ramo de rosas”, murmuró, “para compensar las calas que traerán esas mujeres”.
Cuando advirtió que el individuo había partido, lentamente emprendió el camino de vuelta. Cruzó lugares abiertos y desolados, bajó hasta la plaza y a la sombra de los árboles de la calle Artigas, en la tibieza del aire y en un olor de hojas presintió la todavía lejana primavera. Un piano, en una de las casas próximas, tocaba una marcha, circense y trivial, que no oía desde hacía tiempo. Recordó a Arguello o Araujo ¿cómo se llamaba su antecesor? Era éste un personaje borroso, que nunca lo inquietó. Por lo que había colegido, la conoció a Emilia cuando ella tenía menos de veinte años, y probablemente se valió de la circunstancia. Nada concreto le había dicho Emilia contra ese primer amor – era incapaz de ello – pero sin lugar a dudas le dio a entender que en su vida había contado poco. El episodio no tenía otro significado que el de probar lo ciega y cruda que era la juventud.
Se detuvo para cruzar la calle. Miró su casa: el frente de imitación de piedra, la angosta y oscura puerta de madera, los dos balcones laterales, los de arriba (en previsión de un piso alto); se admiró de que todo eso alguna vez le haya parecido alegre. Abrió la puerta y entró como en un sepulcro.
Aquella tarde no pudo renunciar a una convicción absurda. Cuando llamaban a la puerta acudía temblando de esperanza. A pesar de que había llevado una vida retirada, se encontró con que tenía numerosos amigos, y a pesar de las particularidades de su luto, las visitas se sucedían a las visitas. Él recordaba otras, de un ayer que había quedado muy cerca y muy lejos: ni bien cerraba los ojos creía ver a Emilia, llegando un poco atrasada, agitada por haber corrido, y creía sentir en su rostro la frescura de su piel; pero nada fuera de lo regular ocurrió hasta el viernes por la mañana, cuando acudió al cementerio, con un ramo de rosas blancas. Apenas ajado, como si estuviera allí desde la víspera, encontró sobre la tumba un ramo de rosas rojas. Por dos motivos el hecho le extrañó: porque se le hubieran anticipado con la ofrenda, las hermanas, y porque desafiando las convenciones, hubieran elegido flores de color. Opinó que el azar era capaz de todo. Transcurrieron siete días y olvidó el asunto. El viernes acudió a la tumba con sus rosas blancas. Allí encontró por cierto, un nuevo ramillete de rosas rojas.
Aunque resolvió no pensar más, caviló bastante por aquellos días, hasta la mañana del jueves, en que tuvo una inspiración. Apresuradamente se dirigió a un puesto, donde compró flores. En Rivadavia subió a un taxímetro. Muy pronto había depositado su ofrenda y estaba un poco perplejo, sin saber qué hacer. Mientras erró por el cementerio, los minutos pasaron con señalada lentitud. Descorazonado, cruzó el pórtico y en la soleada escalinata se detuvo un instante, se volvió, para dar otra oportunidad al destino, y en el fondo de la alameda oblicua observó con estupor la escena que toda la mañana había previsto y esperado: el hombre colocando en la tumba las rosas rojas.
Su repugnancia de las cosas de la muerte, un tanto neurótica y obsesiva, lo había llevado a tomar por empleado de pompas fúnebres al hombre que rondaba en un automóvil negro, por la casa de Emilia, en los días del accidente. Ahora recordaba una fotografía de Araujo, que había mirado distraídamente años atrás. El hombre era Araujo.
Si no quería que lo sorprendieran ahí, debía alejarse cuanto antes. Aún se demoró un poco. Partió luego caminando despacio. Todo el día esperó, esperó sin inquietud, como quien está seguro. A las diez de la noche llamaron a la puerta. Antes de abrir, sabía con quién iba a encontrarse. Araujo le dijo:
- Caminando se conversa mejor. Sobre todo caminando de noche. ¿Quiere dar una vuelta?
Por Bacacay y Avellaneda bajaron hasta Donato Álvarez; rodearon la plaza Irlanda; volvieron al oeste por Neuquén. Durante horas caminaron y hablaron plácidamente de la mujer que habían querido. Araujo explicó:
- No le llevo flores de muerto porque me parecen una afrenta para Emilia. ¡En ella la vida era evidente! – Después de una pausa agregó – Tenía algo sobrenatural sin embargo.
Él pensó: “Yo no lo había advertido, pero es verdad”. Aunque aparentemente contradictoria con algunas afirmaciones anteriores, encontró que no era menos cierta otra observación de Araujo:
- Porque era sobrenatural debemos ahora conformarnos. Tal vez nunca perteneció a este mundo.
En algún momento le molestó que alguien la hubiera conocido mejor que él y no estuvo lejos de los celos. Araujo debió adivinar el sentimiento porque declaró:
- No podemos juzgarla como a las otras mujeres. Emilia era de un plano distinto. Era de luz y de aire.
Se despidieron. Vio partir a Araujo en el automóvil negro; entró en la casa, encendió el calentador, preparó unos mates. Quería meditar sobre el descubrimiento de esa noche: porque otro la había querido, él no estaba solo, la memoria de Emilia se ensanchaba y más allá de la tumba continuaba del milagro de la vida.

El texto elegido es “Reverdecer”, de Bioy Casares. Los motivos que nos llevaron a su elección fue el deseo de trabajar con literatura y el encuentro azaroso con el solitario protagonista de este cuento, cuyo relieve y gran riqueza reflexiva nos permite ubicar el proceso de duelo y su soporte en el rito funerario en las coordenadas de lo universal-singular y el orden de lo particular, respectivamente. Asimismo, las vicisitudes del personaje a lo largo del relato habilitan la posibilidad de establecer la responsabilidad subjetiva en tanto que el texto despliega una singularidad en situación que lo interpela.
En el entierro de su amada, el protagonista del cuento reflexiona sobre su pérdida y, considerándose a sí mismo el único hombre en la vida de su mujer –a despecho de la presencia de otro hombre que “merodea” por el lugar-, se decide a llevarle flores frescas cada viernes. Así, podemos empezar a desplegar el circuito de la responsabilidad.
En un Tiempo 1 el protagonista está pasando por una situación límite (el entierro de su amada fallecida en un accidente), y minimizando la presencia de cierto hombre que se encontraba por allí, se impone la tarea de llevar flores cada viernes a la tumba de su mujer. De esta manera, realiza “una acción determinada en concordancia con el universo de discurso en que el sujeto se halla inmerso y que, se supone, se agota en los fines para los que fue realizada” : cumplir con el rito funerario de homenajear a su amor cada semana porque él es la “única persona indicada” para hacerlo. De este modo, podemos ubicar este rito en el orden de lo particular y por lo tanto, se enmarca dentro de la responsabilidad moral de homenajear a los muertos que se impone a los deudos como un “deber hacer”: “Mientras él viviera, sin embargo, traería flores. Alguien debería hacerlo y la persona indicada era él.”
Así, el protagonista emprende la tarea a la que se encomienda creyendo que su acción se agotará en sí misma. Sin embargo, las cosas no suceden como esperaba. Ocurre algo que lo interpela y lo hace vacilar: descubre que hay alguien más cumpliendo con el rito que él se había impuesto a sí mismo en la más estricta soledad. Cuando en un Tiempo 2 encuentra flores rojas en la tumba de su mujer, el protagonista debe retroceder sobre sus pasos ante la necesidad de averiguar quién está llevando esas flores. Irrumpe de este modo el personaje de Araujo, un ex amante de su amada, a quien nuestro protagonista confundió en varias oportunidades con un empleado de las pompas fúnebres. Ante el hallazgo, el protagonista queda perplejo y estupefacto: “… en el fondo de la alameda oblicua observó con estupor la escena que toda la mañana había previsto y esperado: el hombre colocando en la tumba las rosas rojas”. Se le impone en ese momento una resignificación de las figuras de la culpa con las cuales soslayó la presencia inquietante de ese hombre para erigirse a sí mismo como único amor de Emilia, a saber:
- la negación: “su repugnancia de las cosas de la muerte, un tanto neurótica y obsesiva, lo había llevado a tomar por empleado de las pompas fúnebres al hombre que rondaba en un automóvil negro, por la casa de Emilia, en los días del accidente.” También aparece la figura de la negación en la ciega creencia de ser “La persona indicada (…) y la única, pues en la vida y en la muerte de Emilia estaba solo”.
- la racionalización: “Era éste un personaje borroso, que nunca lo inquietó. Por lo que había colegido, la conoció a Emilia cuando ella tenía menos de veinte años, y probablemente se valió de la circunstancia. Nada concreto le había dicho Emilia contra ese primer amor – era incapaz de ello – pero sin lugar a dudas le dio a entender que en su vida había contado poco.” A su vez, la racionalización también le permitió mitigar la angustia ante la posible pérdida de su amada (en vida o ya muerta) convenciéndose a sí mismo de que “milagrosamente” y contra todo pronóstico, Emilia le fue fiel: “¿Cómo pedir a un ser tan vivo como Emilia que permaneciera quieta a su lado, que no fuera inconstante? No pidió nada, pero el milagro de fidelidad ocurrió. Tal vez por eso ahora se hallaba en medio de una soledad tan extrema, sin nadie para compartir el dolor”.
- el lapsus: “Recordó a Arguello o Araujo ¿cómo se llamaba su antecesor?”. En el momento en que se ve interpelado nuestro protagonista ya no duda sobre la identidad de su rival: “Ahora recordaba una fotografía de Araujo, que había mirado distraídamente años atrás. El hombre era Araujo”.
Inconscientemente el conocimiento de Araujo estaba latente y al verse interpelado por su presencia, surgen en el protagonista nuevas figuras de la culpa. Esto se observa con claridad a lo largo de la conversación que sostiene con ese otro hombre, quien toma la iniciativa de acercarse al protagonista para compartir con él el dolor por la pérdida de la amada: ante un comentario de Araujo sobre la naturaleza de Emilia, nuestro protagonista piensa “yo no lo había advertido pero es verdad”, sentimiento de culpa que da lugar inmediatamente al enojo y los celos: “En algún momento le molestó que alguien la hubiera conocido mejor que él y no estuvo lejos de los celos”.
Sin embargo, tras la partida de Araujo, y al quedar nuevamente solo, el protagonista resignifica el advenimiento de la figura de ese otro hombre que posibilita la capacidad de duelar la pérdida que sufre el protagonista ensanchando su universo. Se podría producir entonces un potencial Tiempo 3 donde él ya diría que “no estaba solo, la memoria de Emilia se ensanchaba y más allá de la tumba continuaba el milagro de la vida”.
Tal como se ha visto, se podría ubicar dentro del eje de lo Particular el rito funerario del protagonista, quien se propone llevar siempre rosas blancas al cementerio en recuerdo de Emilia. El rito se encuentra dentro de la moral de lo particular, apareciendo como un deber de obediencia llevar esas flores cada semana. Este rito funciona entonces como soporte particular del eje universal-singular donde se sitúa la capacidad de duelar la muerte de un ser amado.
Asimismo, la muerte de Emilia es del orden de la necesidad, en tanto irrumpe inexorablemente como aquello frente a lo cual no hay palabras.
Por otro lado, del orden del azar resulta el hecho de encontrar las flores rojas en la tumba de su amada, que revela la presencia de otro hombre que se impone el mismo rito funerario que nuestro protagonista con un día de diferencia.
“Es en la brecha que se abre entre necesidad y azar que podemos situar la responsabilidad subjetiva (…) Es allí donde se convoca al sujeto a responder, […] allí la responsabilidad emerge como una posición que él ha producido desde su deseo inconsciente.” Al sujeto no se lo puede responsabilizar de la muerte de Emilia que es del orden de la necesidad ni tampoco de encontrarse con las flores del otro por azar. Pero sí es responsable, en el orden moral de imponerse el rito funerario, y en el orden subjetivo de creerse el único hombre en la vida y en la muerte de Emilia. El tiempo 2 señala un exceso del tiempo 1: el descubrimiento de que existe otro hombre que amó a Emilia y sufre su pérdida abre la pregunta sobre la posición que el sujeto asumió en el primer tiempo: habiendo sido su único amor, le corresponde duelar en soledad la muerte de su mujer.
De este modo, no podemos situar ninguna relación con la responsabilidad jurídica pero sí con la responsabilidad subjetiva. En el texto, aparece la culpa estructural que interpela al sujeto y lo ob-liga a responder. Dado un tiempo 2 se resignifica el tiempo 1, facilitando una respuesta que aunque no es considerada todavía tiempo 3 -aquel de la respuesta subjetiva- responde a la interpelación. En este caso, el protagonista responde con las figuras de la culpa taponando la dimensión ética. Sin embargo, se vislumbra un potencial tiempo 3, que implica un efecto-sujeto. Esto quiere decir que el sujeto responde a la interpelación pero desde una dimensión ética. El protagonista en este acto se produciría como sujeto de deseo inconsciente: logra ensanchar el universo particular en el cual se encontraba capturado, posibilitando el duelo.
La hipótesis clínica que sitúa la naturaleza del lazo asociativo entre la muerte de Emilia, el tiempo 1 y el tiempo 2 versa sobre el atravesamiento del duelo por la pérdida del objeto de amor; pero fundamentalmente por el quiebre del ideal narcisista que lo erigía como único hombre, exigiéndole una nueva respuesta. El protagonista está atravesando un duelo que supone que “(…) ya no habrá nadie que lo piense como ella lo pensaba. La idea es realmente inquietante. Ya no podrá pensarse como en ella se pensaba. Se pierde mucho con eso: se pierde que alguien lo piense así. Si uno se piensa a partir de alguien que lo piensa, y ese alguien ya no está más para pensarlo así, uno ya no podrá pensarse así.” Por un lado, podemos situar que la pérdida real de Emilia lo despoja de la posibilidad de pensarse a sí mismo como ella lo pensaba. Sin embargo, lo más destacable del caso, y lo que verdaderamente interpela al protagonista, es que éste sostiene -contra toda evidencia- la idea de que “ella” lo pensaba como el único hombre en su vida. Así, la muerte de Emilia suscita en él la necesaria conmoción que lo lleva a admitir “con dolor en el corazón (…) que en alguna época había anhelado una seguridad como la que ahora tenía: la seguridad de que nada pudiera ocurrir”. Como puede leerse en este fragmento, no se registra aquí vacilación fantasmática alguna más allá de la que impone el trabajo del duelo “normal”. Entonces, lo que realmente conmueve y ob-liga a nuestro protagonista a responder es la caída del lugar ideal, el descubrimiento de no haber sido el único hombre para esa mujer. Y ese descubrimiento ocurre más allá de la vida y la muerte de Emilia –hasta entonces incólume- y se cristaliza en la existencia de Araujo, cuando ésta se vuelve insoslayable para el protagonista. De esta manera, el sujeto se ve interpelado en su deseo inconsciente de ser “el único y el indicado” inaugurando la posibilidad de tramitar un duelo de carácter narcisista –caída del lugar ideal- sobreimprimiéndolo al duelo por la pérdida de su amada. Dado que “no hay forma de no responder pues la interpelación exige respuesta” la amenaza ante la pérdida de “un pensamiento efectivo a partir del cual constituirse” desemboca en una serie de respuestas del protagonista que intentan reparar este desgarramiento del yo obturando la pregunta por su deseo. Analicemos entonces los elementos disonantes que exigen respuesta en el Tiempo 2 y la resignificación que les imprime el protagonista para cerrar el circuito de la responsabilidad.

En un primer momento, el protagonista se encuentra inesperadamente con las flores rojas en la tumba de Emilia. Frente a este hecho, la respuesta que se produce es una racionalización en tanto figura de la culpa: se explica a sí mismo –no sin sorpresa- que fueron las hermanas las que se anticiparon con la ofrenda floral. La elección del color rojo, poco habitual en el rito funerario, queda soslayada por la adjudicación inmediata al azar. De este modo, el personaje obtura la pregunta sobre la posible existencia de otro hombre respondiendo desde el yo ante la vacilación del fantasma. Luego, ante el descubrimiento inapelable de la existencia de otro hombre que le lleva flores a su amada, nuestro protagonista encubre su negación bajo el velo de la neurosis inaugurando una nueva racionalización que lo lleva a explicar(se) el porqué de su confusión: es, para él, “su repugnancia ante las cosas de la muerte” lo que lo llevó a confundir a Araujo con un empleado de las pompas fúnebres y no su deseo inconsciente de ser el único para Emilia. Ubicamos allí una nueva respuesta yoica ante el “deber” de responder al que lo somete la interpelación propia del Tiempo 2, cerrando así el circuito de la responsabilidad. A su vez, el advenimiento de Araujo como tercero inaugura en el protagonista una rivalidad imaginaria que lo devuelve al eje de la moral taponando la dimensión ética y produciendo así una respuesta del orden de lo particular. Esto puede leerse en el hecho de que el protagonista se adelanta con la ofrenda al llevar las flores un día jueves para encontrarse con su (ya sospechado) rival en posición de ventaja y a la vez se atrasa al retirarse del cementerio para que Araujo tenga tiempo de advertir su presencia. También se queda esperando a que sea el otro quien lo visite esa noche, en su propia casa. Así, el protagonista se defiende de la vacilación fantasmática como si negociara consigo mismo las cláusulas de su posición ante Emilia: si no el único, al menos el mejor, el más importante. Finalmente, ubicamos en el diálogo que el protagonista mantiene con Araujo las figuras de la culpa ya mencionadas (sentimiento de culpa, enojo y celos) al advertir que existe otro que ha pensado cosas sobre Emilia que él nunca pensó, pero con las que acuerda.
Teniendo en cuenta el significado de la palabra Reverdecer -que la da título al cuento-: “Cobrar nuevo verdor. Renovarse o tomar nuevo vigor” (RAE), podemos sostener que en dicho texto el protagonista se “pone verde” al descubrir que no era el único hombre en la vida de Emilia. Esto lo lleva a tomar un nuevo rumbo, un cambio en su posición subjetiva ya que cae su ideal narcisista que lo sostenía hasta ese momento. Sin embargo, el personaje sólo podrá correrse de dicho lugar en un potencial tiempo 3, luego de resignificar el advenimiento de Araujo en su vida. El personaje pasa de llevar flores blancas al cementerio a descubrir que: “porque otro la había querido, él no estaba solo, la memoria de Emilia se ensanchaba y más allá de la tumba continuaba del milagro de la vida.”
El personaje principal tendrá que re-verse, examinarse, volver a verse y cambiar su posición subjetiva, volviendo tras sus pasos para hacerse responsable. Él se miraba en Emilia creyendo que era el único para ella y se complacía y se autocompadecía en esa posición. Con el descubrimiento de Araujo, se produce una rajadura que lo hace vacilar; pero hacia el final del relato, se produce la caída del ideal narcisista, quebrándose así ese espejo en el cual él se sostenía.
Así, nuestro protagonista niega y evade la presencia del otro hombre, tiene la necesidad de sentirse único e indispensable. La muerte de Emilia y el descubrimiento de la existencia de Araujo, lo llevan no sólo a duelar la pérdida de su amada sino también a un duelo en relación a la creencia de ser el único. Esto implica una toma de posición del sujeto. Es en ese punto donde el personaje tendrá que rever, para luego poder llegar a Reverdecer.



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