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Films > Título:  The Matrix
Re–producción de lo anónimo
por Kletnicki, Armando
Título original: The Matrix

The Wachowski Brothers / USA / 1999

En 1729, en un texto satírico y mordaz titulado "Una modesta proposición”, Jonathan Swift expuso el retrato de una sociedad que ubicaba en el exceso de nacimientos de niños pobres el origen de todos sus males.

Propuso, ante tal dificultad, una solución sumamente simple: se debía alimentar a los bebés nacidos hasta que cumplieran su primer año de vida, luego separar y conservar un número razonable y adecuado para garantizar la reproducción, y el resto –sencillamente– podría ser utilizado como alimento. [1]

Entendemos que si una propuesta de este tipo admite ser leída con su caudal de sarcasmo, o si resulta inmediatamente rechazada por horrorosa, es porque en lo esencial esos bebés son –tanto en ese entonces como en el presente– los hijos de unos padres, un eslabón en el entramado generacional. De allí la angustia que produce imaginar la prolongación de la escena, su posible realización.

Modernamente, un breve fragmento de “The Matrix” retoma, en el ahogado escenario "de una simulación neuro–interactiva", un aspecto de esa vieja y modesta proposición: "¿Querías saber qué es la Matrix?", pregunta Morfeo a Neo, antes de conducirlo a la respuesta que ansiosamente él mismo quiere darle. "Es un mundo soñado generado por computadora... Inteligencia artificial: una conciencia única que generó toda una raza de máquinas..."

Y continúa contándole: "No sabemos quién dio el primer golpe, si ellas o nosotros... pero sabemos que nosotros destruimos el cielo... En esa época ellas usaban energía solar, y se pensaba que no podrían sobrevivir sin una fuente de energía tan abundante como el sol. A través de la historia el hombre ha dependido de máquinas para sobrevivir. El destino, aparentemente, no carece de un sentido de ironía."

Morfeo continúa su relato, pero la descripción que sigue no imita el sarcasmo de Swift: "...el cuerpo humano genera más bioelectricidad que una batería de 120 voltios, y más de 25.000 BTU de calor corporal. Eso, combinado con una forma de fusión, dio a las máquinas toda la electricidad necesaria para subsistir. Hay campos, Neo, campos sin fin donde los seres humanos ya no nacen. Somos cultivados. Durante mucho tiempo me negué a creerlo, hasta que vi los campos con mis propios ojos. Los vi licuar cadáveres para alimentar intravenosamente a los vivos... Y parado ahí, encarando esa precisión horripilante, me di cuenta de lo obvia que era la verdad."

La Matrix, dice Morfeo, es ese mundo soñado que ha sido construido para mantenernos bajo control, y que tiene por finalidad transformar un ser humano en energía. Se trata "de convertir un ser humano en esto...", insiste, mientras acerca a la mirada de Neo una pila.

En este segundo escenario los tiempos son distintos, y la evolución tecnológica ha permitido esa multiplicación de organismos en los que se ha suprimido todo cruce de temporalidades, toda referencia al ordenamiento generacional que introduce el Nombre del Padre, y hasta el más mínimo rasgo de singularidad.

En los campos cultivados no hay precisamente hijos, no hay seres humanos, no hay siquiera cuerpos: son sólo cosas, materia prima útil, objetos dotados de movimiento, conjuntos de órganos articulados con forma de criatura humana. Lo cierto es que ningún encuentro –amoroso o de cualquier índole– los ha convocado, que ningún Otro los ha soñado, deseado o esperado; que no hay quien les haya dedicado una mirada, donado un lugar, o padecido su falta como un desgarro.

Nos queda claro que sólo bajo el dominio de estas nuevas condiciones resulta posible avanzar, tantos años después, con la ‘modesta proposición’ de Jonathan Swift.

Por lo antedicho, “The Matrix” revela una orientación extrema, ya que exhibe y alumbra un propósito exclusivamente utilitarista para abordar el terreno de la reproducción humana.

No estamos describiendo una escena en la que cuestionamos desde nuestros actuales puntos de referencia un estilo de transmisión, un conjunto de marcas que una época impone, o una modalidad particular de expresión del deseo. Tampoco está en juego el horror que puede producirnos lo que inexorablemente cambia, o la simple falta de coincidencia con los gustos de nuestro tiempo.

Lo que allí vemos es la falta más absoluta de referencias a lo que constituye lo humano como tal: se trata de la máxima reducción, del más extenso desierto, de la completa imposibilidad de obtener algún alojamiento en el Otro. Se trata, en resumen, del pleno rechazo de la posición privilegiada que queremos otorgar al Sujeto.

Puede alegarse que “The Matrix” no es más que ciencia ficción, y hasta puede ser cierto. Pero aunque las ideas del filme parezcan fantasiosas y apocalípticas a nuestros oídos actuales, no son los presagios sino la experiencia acumulada la que no nos permite descansar tranquilos.

Una perspectiva a menudo defendida por los amantes a ultranza de las tecnologías reproductivas interroga sobre por qué no utilizarlas para el mejoramiento de la especie humana –por supuesto, dentro de límites que siempre se tildan imprecisamente de éticos– si así se ha procedido sin mayor oposición con el reino animal y el vegetal.

La idea del refinamiento racial, promovida en esos otros campos del nazismo, es una de las caras más conocidas del empeño científico aplicado a la purificación de la especie. Y es de esperar que a esta altura nadie ignore las consecuencias que desencadenó.

Pero los experimentos nazis han mostrado también otro aspecto de la cuestión, antecedente necesario de nuestras preocupaciones: la Matrix, con sus campos cultivados generando vidas con el único propósito de servir de alimento, parece situarnos en un paisaje apocalíptico y tal vez imposible.

Pero, preguntamos, ¿qué es lo que ha hecho el régimen nazi con los cuerpos de sus prisioneros?, ¿no han convertido las vidas humanas en materia prima útil?, ¿no hemos verificado en ese escenario la disolución de la condición humana, en tanto reducción a nada de aquello que la caracteriza?

Se trata, entonces, de reinaugurar una advertencia, de alertar acerca de una orientación que puede abrir el camino hacia una procreación sin transmisión simbólica, hacia una reproducción que se asimile a la serie anónima y a la multiplicación utilitarista de los objetos al anularse la dimensión singular, ese uno por uno que es rasgo característico y necesario de nuestra especie.

Algunos de los avances más sorprendentes en el terreno de las tecnologías reproductivas han conseguido suprimir los cuestionamientos éticos que se le anteponían, pero sin ofrecer respuestas de interés a los interrogantes que enfrentaban.

Lo que han hecho es inutilizar las preguntas, presentando un recurso tecnológico que las avejentara, o que, al menos, las invalidara parcialmente: el congelamiento de embriones, por ejemplo, no implica a esta altura un lugar de debate ético similar al del momento de su aparición, porque en la actualidad es posible congelar separada y exitosamente óvulos y espermatozoides, reduciéndose las situaciones en las que se hace lugar al dilema.

De este modo, lo que en algún momento pone en cuestión la orientación de un desarrollo, termina siendo presentado como un obstáculo –tan provisorio como enmendable– en un proceso que sólo puede ser comprendido si se lo analiza en su totalidad: la supresión del dilema, entonces, no será fruto del avance de nuestras discusiones sino el resultado del mejoramiento del recurso tecnológico, o de la naturalización de sus efectos inicialmente indeseados.

Evidentemente tal perspectiva no es siempre equivocada, y nuestra propuesta no consiste en una reflexión permanente que postergue al infinito la toma de decisiones o rechace toda transformación: consideramos que, en diversas circunstancias, la desaparición de un dilema no es necesariamente consecuencia de su negación –sino de su superación– aunque esto acontezca más de una vez de un modo paradojal, o inesperado.

De todos modos, y en tanto la puesta en marcha de una situación producirá efectos y la gestación de su propio real, no podemos ignorar que cada paso dado con la intención de acercar una solución y cerrar un problema específico, hará aparecer una nueva zona de incógnitas cualitativamente distintas a las de los planteos iniciales.

Quedamos, entonces, convocados a instalarnos en esa región difusa y extensa, atentos a interrogar sus logros y sus contratiempos, ya que a nosotros –navegantes curiosos del campo de la subjetividad– el artificio de inutilizar o suprimir las preguntas nos está vedado.

Nuestra tarea será la de pensar y advertir con seriedad sobre las cuestiones que no pueden ser ignoradas o eludidas, ni tampoco cedidas a quienes se desinteresan por sus consecuencias para lo humano.

En primer lugar, porque esta historia todavía continúa, aunque no sepamos con claridad hacia qué punto dirige su marcha.

Pero también, intentando aportar una moderada cuota de optimismo, porque tal vez sea posible influir de algún modo en su recorrido, aunque tengamos continuamente la impresión de estar corriendo detrás del último vagón de un tren que se aleja a toda marcha.

Una versión preliminar de este artículo, con el título Multiplicar lo anónimo, fue publicado en "Ética y cine", J. J. Michel Fariña y C. Gutiérrez (comp.), Buenos Aires, JVE Ediciones—Eudeba, 2001. En 2009, al cumplirse diez años del estreno de Matrix, Armando Kletnicki preparó la presente versión actualizada, con el foco en el interés que tiene este film emblemático para pensar la cuestión de las tecnologías reproductivas (NdeR).


Notas

[1] En Argentina “Una modesta proposición” es un texto de Dominio Público (Ley 11723 de Propiedad Intelectual). Puede obtenerse una versión en: http://literatura.itematika.com/lib...





 
 
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