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Imágenes de un malestar psíquico silenciado: El cine como recurso terapéutico en la clínica psicoanalítica

por Paula Garrido Garcés

Resumen:

La palabra es fundamental en la clínica psicoanalítica. Sin embargo, las imágenes preceden a las palabras. Por tanto, frente a la dificultad en la expresión verbal de los pacientes, las imágenes permiten evocar lo ausente; y el cine, como es el arte de las imágenes, se convierte en un recurso terapéutico para movilizar la resistencia. Este artículo explora esa “puesta en abismo”, a través de dos viñetas clínicas, donde la película se transforma en el meta-relato del paciente, permitiéndole simbolizar un malestar psíquico. Finalmente, se reflexiona acerca del acto bioético que implica la utilización del cine en el proceso de psicoterapia.

Palabras clave: Psicoanálisis | cine | puesta en abismo | malestar psíquico

Images of a silenced psychic malaise: Cinema as a therapeutic resource in psychoanalytic clinics

Abstract:

Words are fundamental in the psychoanalytic clinic. However, images precede them. Therefore, when faced with patients’ difficulty in verbal expression, images allow for the evocation of what is absent, and cinema, as the art of images, becomes a therapeutic resource to mobilize resistance. This article explores this "mise en abyme," through two clinical cases, where the film transforms into the patient’s meta-narrative, allowing them to symbolize psychological distress. Finally, there is a reflection on the bioethical act that the use of cinema in the psychotherapy process entails.

Keywords: Psychoanalysis | cinema | mise en abyme | psychological distress


Introducción

Un elemento crucial en la psicoterapia es la palabra. El origen de la clínica psicoanalítica se sustenta en las palabras, en tanto son “los principales mediadores del influjo que un hombre pretende ejercer sobre los otros; las palabras son buenos medios para provocar alteraciones anímicas en aquel a quien van dirigidas” (Freud, 1890, p.124). Desde ahí, es que Freud asevera que la palabra posee una acción curativa que posibilita la tramitación de fenómenos psíquicos.

Este paradigma elucida que un síntoma que provoca sufrimiento y que devino inconsciente podía ser apalabrado a través de la asociación libre, para otorgarle un sentido en lo consciente y dar paso a su simbolización en el aparato psíquico, remitiendo así ese fenómeno psíquico acontecido (Romero, Andrade, Vargas, Martínez y Navas, 2023).

Ahora bien, para este proceso se requiere un paciente que utilice la palabra, por tanto, sin duda, la psicoterapia se complejiza cuando alguien no puede expresar de esa forma aquello que le provoca malestar. El enigma del quehacer del analista en esta circunstancia, encuentra respuesta en aquello que antecede a las palabras, a saber, las imágenes.

El presente artículo explora el encuentro entre la psicoterapia, la palabra y las imágenes a través de dos viñetas clínicas ficcionales basadas en la experiencia clínica, las cuales dan cuenta de cómo éstas pueden facilitar un proceso terapéutico, reflexionando sobre el acto bioético que implica una intervención de estas características.

Las imágenes como vía de simbolización

La Real Academia Española define imagen como una representación, una apariencia de algo (RAE, 2025). El mundo que nos rodea está colmado de apariencias, por ende, el exterior es aprehensible por la vista, es decir, la vista nos posiciona en el mundo circundante, permitiéndonos conocerlo mejor, pero no logrando reproducir con las palabras el fenómeno de la imagen, puesto que “nunca se ha establecido la relación entre lo que vemos y lo que sabemos” (Berger, 2001, p.13), quedando las palabras limitadas en poder expresar todo aquello que vemos.

Berger (2001) plantea que “la vista llega antes que las palabras” (p. 13), y este hecho implica que muchas veces las palabras no logran dar cuenta por completo de esa función, o bien de lo que es visto, ya que “el conocimiento, la explicación, nunca se adecua completamente a la visión” (Berger, 2001, p.13) y el acto de mirar no se reduce a una respuesta mecánica frente a los estímulos, sino que, en su voluntariedad, encarna también los modos en que vemos lo que está en el presente.

De esta forma, lo que vemos voluntariamente en el ahora, son las imágenes que nos vinculan con la realidad, a la cual le otorgamos significado a través de la palabra, por ejemplo, cuando se relata lo que se recuerda.

En un comienzo, frente a la imposibilidad de capturar ese presente, el hombre decide crear las imágenes que le permitan “evocar la apariencia de algo ausente” (Berger, 2001, p. 16), por ende, “una imagen, es una visión que ha sido recreada o reproducida. Es una apariencia, o conjunto de apariencias, que ha sido separada del lugar y el instante en que apareció por primera vez y preservada” (Berger, 2001, p. 15-16), por un momento o por años.

Las imágenes son importantes en la psicoterapia analítica. Freud estableció la técnica del análisis de las figuraciones de los sueños, como una vía regia hacia el inconsciente (Laplanche y Pontalis, 2004). La verbalización de esas imágenes permite acceder a contenidos que no logran ser expresados directamente con las palabras, pero que al apalabrarse tramitan un malestar psíquico.

Las representaciones artísticas cumplen una función similar, en tanto se reproducen imágenes simbólicas que permitan evocar algo ausente o que desea ser mostrado. Así, tanto las imágenes oníricas como las representaciones artísticas funcionan como una herramienta que permite evocar lo que permanece silenciado porque no se conoce, o porque no puede ser dicho para su posterior simbolización, tramitando así aspectos psíquicos.

El cine como herramienta psicoterapéutica

Dentro de esas representaciones artísticas el cine emerge como un medio poderoso, al ser el “arte de la imagen” (Badiou, 2004, citado en Cambra y Julio, 2014, p. 87). Es un arte de masas, porque “la imagen puede fascinar a todo el mundo” (Badiou, 2004, citado en Cambra y Julio, 2014, p.87). Además, logra expresar la complejidad de la existencia humana, encarna la unidad del hombre, el mundo y el tiempo a través de las imágenes (Xolocotzi y Gibu, 2014), fabricando una experiencia aparentemente real que tiene el impacto y la “capacidad infinita de la identificación” (Badiou, 2004, citado en Yoel, 2004, p.32), lo cual lo convierte en una herramienta psicoterapéutica importante en el ejercicio clínico. La vista precede a la palabra y dado que el cine es el arte de las imágenes, una película puede desempeñar un rol relevante en la psicoterapia. Cuando un paciente no logra verbalizar aquello que lo angustia, el analista interpreta el silencio como una resistencia que impide la asociación libre. En este punto, la visualización de una película es una herramienta valiosa, ya que permite al paciente evocar lo ausente, en este caso, su malestar, encontrando palabras para expresarlo.

Freud caracterizó la resistencia como un obstáculo que impedía esclarecer el síntoma y su origen, dificultando la progresión de la cura (Laplanche y Pontalis, 2004). Sin embargo, en ese obstáculo se configura un punto de conflicto como posible motor del malestar psíquico, requiriendo ser analizado para propiciar su elaboración. Este impasse complejiza la tramitación del malestar psíquico (Morales, 2013), ya que lo inhibido, o bien lo que no puede ser dicho, se vuelve imposible de simbolizar. De esta forma, cuando el analizado lleva una película al espacio terapéutico puede movilizar la resistencia, ya que hablamos de un espectador-paciente que ve el filme voluntariamente y lo instala en la psicoterapia para ser dicho, volviéndose un interpretador-activo de su psiquismo, posibilitando un cambio en su posición subjetiva.

Este proceso se vincula con la técnica cinematográfica denominada puesta en abismo, la cual “es un concepto que refiere a una obra al interior de otra, cuando la segunda establece un diálogo con la primera y arroja una nueva luz sobre ella. Una película dentro de una película” (Fariña y Laso, 2024, p. 14). Cuando un paciente que no puede hablar lleva un filme al espacio psicoterapéutico, lo que busca es mostrar algo de sí mismo. Así, cuando el analista usa esa película como recurso para posibilitar la palabra, se ve envuelto en la puesta en abismo del propio paciente. Este, al intentar relatar algo de su historia a través de otra historia, permite el diálogo entre ambos relatos dando lugar a una nueva reflexión de su subjetividad. De este modo, el analista no escucha cualquier película, sino aquella vista por el paciente, escogida e interpretada por sus propias concepciones vitales, convirtiendo el relato del filme en un meta-relato de sí mismo.

Cabe mencionar que tanto la clínica psicoanalítica como las expresiones artísticas, en este caso el cine, permiten “dar imágenes, palabras y representaciones a aquello que en principio está ausente, silenciado, rechazado, a la espera de ser reconocido, para que deje de ser una mortificación hecha herida abierta, instalada como repetición vana” (Laso y Fariña, 2020, p.87), dando lugar a la posibilidad de ser pensado y expresado. Así, ese meta-relato permite abrir un espacio para la elaboración de un malestar psíquico en lo real, sobre todo, de ese malestar psíquico traumático que escapa a lo simbólico, que se repite compulsivamente, y que “no cesa de no inscribirse” (Laso y Fariña, 2020, p. 88); aquel que requiere de la simbolización, y del paso de lo real al registro de lo simbólico (Laso y Fariña, 2020).

Las imágenes del cine van a promover la apertura del mundo simbólico del espectador, a través de: la identificación con los personajes; de la historia misma que excede al propio relato; y/o por la proyección del inconsciente en la obra. Es decir, el cine permite que el espectador sea pensado desde su singularidad, puesto que conjuga la subjetividad de los personajes y del mismo espectador, creando un espacio intersubjetivo único, en tanto,

El proceso de identificación del espectador con los personajes y el contenido del film favorece su involucración afectiva e intelectual, y permite elaborar cuestiones mediante el mecanismo de proyección: identificando en el personaje reacciones, sentimientos, emociones, puede ir desplegando ese camino en el propio proceso, implicando una “proyección del mundo” y no sólo de la experiencia vivida como espectador (Cambra, Mastandrea, Paragis, Tomas, González y Fariña, 2019, p. 68).

En resumen, el cine como herramienta psicoterapéutica ofrece un espacio intersubjetivo que permite al paciente sortear la resistencia y movilizar los contenidos psíquicos que escapan a la palabra. A continuación se ilustra con viñetas clínicas de carácter ficcional construidas a través de la experiencia clínica, cómo el proceso se manifiesta de manera concreta en el ejercicio terapéutico.

Del silencio a la palabra a través del cine: viñetas clínicas

El primero caso es el de un paciente de 35 años, que acude a consultar por agotamiento y desmotivación a causa de la presión laboral. Expresa que ha estado irritable ya que tiene conflictos con su jefatura. Las sesiones giran en torno a esta problemática, abordando su preocupación frente a la falta de creatividad, su baja energía vital y los pensamientos rumiantes relacionados con las desavenencias con su jefe.

Luego de varias sesiones, el paciente llega particularmente lábil a la terapia. Explica que vio el capítulo “Eulogy” de la serie Black Mirror (2025). Para contextualizar, este capítulo muestra a Phillip, un hombre solitario, que convocado al funeral de una ex novia a quien no veía hace décadas, acepta introducirse en un dispositivo tecnológico que aporta en la construcción de un memorial de la persona fallecida a través de la rememoración de sus recuerdos con ella. Ahora bien, este sistema implica entrar en su propia mente a través de fotografías, evocando recuerdos difusos y despertando emociones intensas en el proceso. El paciente expresa que fue un capitulo triste e impactante, señala que se identificó con la persona que guiaba el proceso del memorial tecnológico, puesto que se hizo cargo de la preparación del funeral de su padre, quien murió sorpresivamente en un accidente. Agrega que sintió un nudo en el estómago que provocó que por un momento olvidara los pensamientos rumiantes de su jefe. El mismo nudo que tuvo cuando le avisan del accidente. A partir de eso, las sesiones dejaron de tratarse de la oficina, dando paso al meta-relato que el capítulo permitió abrir, explorando el duelo silenciado de la muerte sorpresiva del padre.

El paciente pudo narrar su historia a través del relato de otro. Esta historia sobre la memoria y la perdida, se convirtió en una puesta en abismo permitiendo un cambio significativo. La visualización de Eulogy en el espacio terapéutico permitió transitar de lo real, es decir lo innombrable, a lo simbólico, o lo que ya puede ser dicho. De este modo se vence la resistencia y se moviliza el trauma de la muerte del padre y su rol activo en el funeral. Este duelo no resuelto del cual no se era consciente, se manifestaba a través de la baja energía vital, y la falta de creatividad dando cuenta de que lo mortífero rondaba en el malestar psíquico del paciente. Así, el conflicto con su jefatura no era un mero asunto laboral, sino una manifestación del peso de un duelo silenciado, que a propósito del episodio visto, logra dar palabras, simbolizar lo que le acontecía y comenzar un proceso de elaboración del trauma.

Por otro lado, el cine puede entrar en un espacio analítico desde la otra vereda, la del tratante. El terapeuta, a través de una película, pudiese favorecer la dirección de la cura, brindando un recurso para el desarrollo de la psicoterapia. Ahora bien, la elección de la película es trascendental y debe ser escogida como un acto bioético, puesto que el espectador establece una relación subjetiva con la obra, siendo atravesado por ella, ya que “se identifica con su propia mirada y se experimenta como foco de la representación” (Cambra, et al. 2019, p. 67-68), lo cual implica que el efecto de ver, comprender y por tanto participar del filme, se extiende más allá de la duración de la película misma (Cambra, et al. 2019), siendo esa extensión la que se analiza en el espacio terapéutico.

El segundo caso es el de un paciente de 40 años, que acude a psicoterapia por iniciativa propia, debido al fracaso de una relación amorosa. Agrega que tiene dificultades para mantener relaciones personales estables y se describe a sí mismo como un hombre solitario, que se “ahoga” y aburre con facilidad cuando la intimidad se vuelve más profunda. A lo largo del proceso analítico relata que mantiene un vínculo complejo con su familia, explica que su padre, un hombre de negocios, fue exigente y lo presionó para ser “fuerte”, negando la sensibilidad del paciente; y que su madre, en ocasiones no estuvo disponible para sus necesidades emocionales, percibiéndola distante.

Ahora bien, las sesiones se estancan cuando emerge el tema familiar. El paciente se pone más defensivo y refiere que acude por la relación amorosa que fracasó, no por sus asuntos familiares. Muestra resistencia frente a la exploración de sus vínculos primarios, negando un resentimiento que resulta evidente, ya que a pesar de su edad, continúa buscando la aprobación de su padre y el amor de su madre, lo cual se manifiesta en la constante sensación de no ser suficiente para los otros, como por ejemplo en esta relación amorosa fracasada.

Frente a este impasse terapéutico, y notando que el paciente es aficionado al cine, el analista le recomienda ver la película Un Buda (2005). Para contextualizar, el filme narra la historia de Tomás, un joven afectado por la pérdida de sus padres durante la dictadura argentina, que siente que no pertenece a la sociedad moderna y que intenta buscar el significado de la vida a través del encuentro con la espiritualidad. Así, inicia un viaje a un templo budista, abandonando su vida y practicando el ascetismo. En el proceso se ve confrontado con: su pasado; con el escepticismo de su hermano Rafael, un académico profesor de filosofía; y con la realidad concreta del mundo que lo rodea.

Por otro lado, la película muestra el contraste entre los hermanos, en tanto uno se centra en la espiritualidad y el otro en la racionalidad, lo que dificulta incluso la comunicación entre ambos. A pesar de ello, Rafael sigue a Tomás al templo, y ambos logran comprender aspectos profundos de sí mismo a través de la enseñanza y la guía del maestro zen.

En la siguiente sesión, el paciente llega dispuesto a hablar de la película. Se muestra sorprendido porque se sintió identificado con los dos hermanos. Por una parte se identifica con la frustración de Tomás frente a un maestro que no le entrega respuestas concretas, y por otro, se identifica con Rafael, quien se resiste a aceptar lo que no logra comprender de manera lógica, a saber, las metáforas referidas por el maestro. Además, le impresiona la evolución de los personajes, en que cada uno, a su modo, deja de luchar con sus expectativas frente al maestro, aceptando que se pueden encontrar respuestas ya sea en el silencio o fuera de la academia.

Así, explica que la película lo hizo pensar en su padre, ya que él lo presionaba para ser “fuerte”, sin embargo, nunca le dijo cómo hacerlo. Esa exigencia lo ahogaba porque sentía que nunca lograba lo que el padre esperaba de él. Frente a esto reflexiona sobre el conflicto con su padre, y explica que no debería persistir en buscar su aprobación, lo cual marca el inicio de un posible desplazamiento de la exigencia superyoica fundada en el complejo paterno a través de una nueva perspectiva de lidiar con la figura de autoridad paterna. En tanto, la figura ausente de la madre a lo largo del filme, hace eco de la distancia afectiva que recuerda y de la necesidad de un soporte que se ve representada en el vacío que envuelve a los personajes de la película.

Al término de la sesión, el paciente expresó sentirse más tranquilo con la idea de la aceptación. La película, como un puente, logra que el paciente venza la resistencia y proyecte su conflicto con la ficción de estos personajes que se desarrollan con la ausencia de sus padres. El paciente pudo simbolizar su malestar psíquico, es decir, su resentimiento, sus sentimientos de abandono, y la búsqueda de un vínculo afectivo basado en lo amoroso y no en la exigencia.

En ambos casos, se ilustra cómo el cine se convierte en un dispositivo auxiliar en el ejercicio de la psicoterapia. Las imágenes funcionaron como vía de simbolización, puesto que el primer paciente abre el camino hacia un duelo silenciado permitiendo el paso de lo real traumático a lo simbólico. Y en el segundo caso, la intervención del analista a través de la película, opera como un puente que permite transitar desde la resistencia hasta el inicio de la elaboración de los vínculos primarios. Las películas logran enriquecer el espacio analítico, permitiendo el acceso a lo inconsciente, habilitando la palabra de las experiencias dolorosas y negadas que encuentran en las imágenes un medio para favorecer la dirección de la cura.

La elección del filme como un acto bioético

El cine es un recurso terapéutico valioso dentro de la clínica psicoanalítica, y la elección de este se convierte en un acto bioético, es decir, en una decisión fundamentada en valores éticos fundamentales para las ciencias de la salud; a saber, el respeto por la autonomía, que reconoce los puntos de vista, las elecciones y las acciones realizadas por el paciente, asegurando su voluntariedad en las mismas; el principio de no maleficencia, que se refiere a no hacer daño de forma intencional; la beneficencia, que implica prevenir los daños y hacer un bien al otro; y la justicia, entendida como un tratamiento apropiado al paciente (Siurana, 2010; Figueroa, 2004).

A propósito de lo anterior, en el contexto de la psicoterapia involucra seleccionar una película como herramienta de intervención, respetando la dignidad del paciente, fomentando su participación activa y voluntaria para promover su bienestar psíquico, evitando daños potenciales y facilitando procesos de simbolización que elaboren los contenidos que causan un malestar psíquico que no puede ser nombrado.

El acto bioético de la elección de la película resulta fundamental, puesto que el paciente establece una relación trasferencial con el filme, en tanto, proyecta en ella su propio sí mismo, a saber, sus conflictos psíquicos, sus deseos, y las repeticiones de ello. Laplanche y Pontalis (2004) explican dos tipos de transferencia: la positiva, que moviliza sentimientos amistosos y un afecto amoroso; y la negativa, que se caracteriza por sentimientos hostiles. En el caso de una película se traduce en un gusto o preferencia; o bien en aversión o disgusto ante la visualización de las escenas. De esta forma, la elección del filme no es neutra, ya que una elección inadecuada pudiese ser iatrogénica, reforzando resistencias, revictimizando, desencadenando fantasías perturbadoras y angustiantes, entre otros, obstaculizando así el paso a la palabra.

Cuando la película se elige adecuadamente, actúa como un dispositivo que aporta en el proceso de simbolización. Las imágenes cinematográficas permiten al paciente evocar lo silenciado, en tanto trauma negado, habilitando que las experiencias dolorosas causantes del malestar psíquico, puedan ser apalabradas.

Conclusiones

A propósito de lo expuesto, es que se recalca la importancia del cine como un recurso terapéutico significativo en la clínica psicoanalítica, y su elección como un acto bioético ensalza su uso no sólo como una herramienta técnica, sino también como una práctica clínica ética.

El cine se construye en relación con la singularidad de cada sujeto. Es decir, “el foco está puesto en la relación del espectador con el film en tanto experiencia individual, subjetiva y estética [brindando] las posibilidades de elaboración de los espectadores en un marco terapéutico” (Cambra, et al. 2019, p.68). El cine es “un acontecimiento que promueve una transformación subjetiva” (Cambra y Julio, 2014, p.89), ya que encarna una experiencia. El espectador no sólo ve, sino que participa, lo cual crea posibilidades de reflexión y en el espacio analítico puede favorecer la superación de un impasse, la tramitación de un malestar psíquico, e incluso, un acercamiento inicial que permite conocer la subjetividad de quien consulta. Gómez, Fariña y Solbakk (2011) plantean que “el cine constituye, en suma, una vía regia para pensar los dilemas éticos de nuestro tiempo” (p.11), por ende, se constituye también como una vía regia para pensar los dilemas íntimos de nuestra propia historia.

Finalmente, vivimos en la sociedad de la imagen, por tanto, el cine adquiere un rol creciente en el espacio terapéutico. Las películas operan como un acontecimiento que transforma, en virtud de que no sólo se mira, sino que se participa voluntariamente de la misma, abriendo camino a la simbolización y permitiendo la palabra en torno a lo innombrado. Así el cine como un recurso ético y clínicamente importante, nos recuerda el siguiente proverbio: a veces, una imagen vale más que mil palabras.

Referencias:

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Berger, J. (2000). Modos de ver. (2a. ed.). Editorial Gustavo Gili.

Cambra, I. Julio, G. (2014). Lo disruptivo en el cine. Ensayos ético-psicoanalíticos. Ética y Cine Journal, 4(2), 87-89.

Cambra, I. Mastandrea, P. Paragis, M. Tomas, A. González, F. Fariña, J. (2019). Cineterapia analítica. Cómo utilizar películas y series en psicología: el caso de la reproducción asistida. En A. Taborda & E. Toranzo (Eds.), Psicoanálisis. Espacio para la transdisciplinariedad del ser y nacer epocal (pp. 65-96). Nueva Editorial Universitaria UNSL.

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